private rental market; and the intersection of housing policy with other social policies such as the National Disability Insurance Scheme (NDIS).
7 Policy development options
7.4 Final remarks
«Si tratamos a los hombres como son, los haremos peores de lo que son; pero si los tratamos como si fueran lo que deberían ser, conseguiremos que al final lo sean.»
JOHANN W. GOETHE
Aplicando esta máxima a cada uno de nosotros y a nuestro entorno, nos permitiremos ser visionarios de nuestra propia vida, mejorando así nuestra forma de ser y de hacer.
Posiblemente en este libro he transmitido una admiración o confianza muy grande hacia el individuo. Lo reconozco, a la vez que aclaro que no pretendo defender aquí un concepto ultraliberal de la vida o de nuestro sistema. Desde mi punto de vista, el ser humano tiene una gran fuerza y debe poder desarrollarse libremente en su entorno, pero siempre enmarcado en una sociedad que establezca ciertas normas, y aplique unas determinadas políticas sociales de protección, expansión y consolidación de los derechos comunes, el bienestar general y la igualdad de oportunidades.
Pero si bien los gobiernos de los diferentes estados deben garantizar la democratización del acceso a las oportunidades y un lógico nivel de bienestar y seguridad, cuando se exceden en su empeño, pueden llegar a provocar en la sociedad un efecto sedante.
Si nos empeñamos entre todos en que los valores dominantes de nuestras comunidades sean los de la cultura de los derechos sin obligaciones; la calidad de vida sin esfuerzo; la seguridad como norma básica, seguida de la penalización del riesgo; el poco aprovechamiento del talento y las iniciativas valientes, y el pensar que sólo por vivir donde vivimos tenemos que tener nuestras necesidades principales cubiertas, lo único que conseguiremos es ser una sociedad anestesiada por un tiempo, pero que deberá despertar de forma dolorosa más
adelante.
Barcelona-Cataluña-España-Europa. Tengo la fortuna de vivir en un punto situado en pleno centro del mundo desarrollado, donde el grado de bienestar es máximo, incluso comparándolo con el de muchos países de igual nivel o de mayor riqueza que el nuestro. No quiero abrir aquí un debate filosófico que todos habremos tenido más o menos en serio en muchas ocasiones. Pero de vez en cuando nos deberíamos hacer algunas preguntas esenciales como por ejemplo: ¿nos merecemos realmente tanta calidad de vida?; ¿es lógico que vivamos tan bien cuando muchos países están en la más absoluta de las miserias?; ¿somos lo suficientemente ricos en la base como para estar al nivel que nos encontramos y, lo que es más importante, para mantener ese nivel?; ¿somos realmente conscientes de cuáles son las claves que nos han llevado a nuestra actual situación privilegiada, y cuáles lo serán para conservarla?; ¿nos damos cuenta de que el mundo está cambiando muy rápidamente y de que deberemos ser competitivos a escala global si queremos vivir más o menos como ahora?; ¿queremos defender nuestro estatus actual a cualquier precio, e ignorar las consecuencias que ello puede comportar para las siguientes generaciones o para el propio planeta?
La seguridad y el bienestar prácticamente se han convertido, en nuestra sociedad actual, en una religión integrista. Y el peor síntoma (o causa) de ello es que los políticos, como líderes que deberían ser en nuestros respectivos países, ni tan siquiera se atreven a proclamar que no todo tiene que ser protección, y que la gente tiene que aprender a espabilarse algo más por su cuenta. No se atreven a decir que nos ha costado mucho llegar a nuestro nivel de servicios, y que la lucha para poder mantenerlos requerirá muchos esfuerzos de toda la sociedad o que, incluso, habrá que revisar el propio catálogo de prestaciones concedidas.
Con todo ello, casi toda la educación y formación de valores en la actualidad parece empeñada en enfocarnos hacia la seguridad por encima de todo. A demostrar que la tranquilidad y la ausencia de riesgo son el único camino a la felicidad. Y con ello se va reduciendo el espacio para la novedad, la creatividad, las sorpresas y los cambios. Si nos encerramos en nuestras zonas de comodidad y bienestar, dejaremos de
crecer y mejorar.
Al igual que las personas, un país que sólo busca seguridad es un país al que le falta confianza. Y no confiar ni en nosotros ni en nuestro potencial nos comportará proteger tanto nuestras vidas que quizá conseguiremos vivir sin grandes sufrimientos o preocupaciones, pero también cerraremos las puertas a las emociones, a las nuevas ilusiones, o a nuestro propio desarrollo como comunidad realmente feliz, realizada y próspera.
Que todas las encuestas a jóvenes estudiantes españoles concluyan que más de la mitad (entre el 60 y el 75% según varios estudios) aspira prioritariamente a tener un empleo público, muy por delante de otras ocupaciones, no creo que sea lo más alentador para el futuro de un país. Y que la vocación empresarial sea de las menos valoradas, podría considerarse ya no sólo triste, sino más bien peligroso.
Colocarse en la Administración parece ser el gran sueño americano de nuestro tiempo. Yo no tengo nada en contra de los funcionarios, más allá de que el sistema de gestión podría ser, en muchos casos, bastante mejorable. Pero lo que sí me preocupa es que la gran fuerza de futuro que supone nuestra juventud esté básicamente motivada por un determinado trabajo, no por una real vocación profesional, ni por que así pueda aportar algo importante a la sociedad, sino simplemente porque allí tendrá seguridad y buena calidad de vida.
Alguien dirá que es lógico que la juventud esté preocupada por el futuro, pues son el colectivo que más acusa las inseguridades de nuestro sistema y es el grupo social con mayor paro y menor acceso a las oportunidades de trabajo y bienestar de los que las generaciones inmediatamente anteriores han tenido. Eso es totalmente cierto. Es la realidad actual y, en mi modesta opinión, una muestra de la incertidumbre que afrontaremos en los tiempos venideros. Pero eso no lo vamos a solucionar sólo protegiendo a nuestros cachorros de la lluvia que cae fuera de nuestras casitas de papel couché. La única forma de afrontarlo es con valentía, demostrándoles que aunque el entorno es complicado, está lleno de oportunidades interesantes, y que a veces, aunque llueva, hay que saber mojarse, porque no podemos estar siempre aguantándoles el paraguas.
Debemos inculcarles, de alguna manera, una mentalidad emprendedora. No me refiero aquí sólo al término «emprendedor» aplicado a ser empresario, sino a ser dueños de su propio porvenir, creadores de sus propias realidades. Necesitamos mentalizarlos de que no tienen por qué tener una vida mediocre o estereotipada, en la que no puedan rebelarse a su destino o a lo que el azar ha decidido, teóricamente, por ellos. La vida, pese a todas las complejidades del mundo actual, será lo que ellos quieran hacer de ella. Su iniciativa y su actitud serán fundamentales para ir diseñando su futuro. Y a partir de aquí, los que tengan vocación sincera de servicio y quieran ser médicos, policías, bomberos o profesores, bienvenidos sean al empleo público de calidad. Pero los demás, que no vean en la seguridad a largo plazo el único camino hacia la realización personal. Todos ellos tienen la gran responsabilidad de gestionar nuestro mundo en el futuro; y por ello hemos invertido muchos esfuerzos y recursos en su formación. En lo que más debemos haber fallado es que, demasiado a menudo, les hemos inculcado aversión al riesgo, al fracaso, a la ambición, a la incertidumbre y a la gestión de la propia buena suerte.
Me he extendido un poco en esta reflexión sobre las motivaciones e inquietudes de nuestra juventud actual por dos motivos: primero porque ellos son los que gestionarán el mañana, y a un emprendedor lo que más le preocupa siempre es tener un mínimo plan estratégico para afrontar el futuro. Y segundo, porque ellos son el reflejo del sistema que hemos creado, con muchas ventajas, pero que si no nos autolimitamos o autocontrolamos, podemos poner en juego todos esos mismos beneficios que tanto nos ha costado conseguir.
Me gusta especialmente estar en contacto con gente muy joven, ya no tanto para sentirme yo mismo todavía joven (de espíritu, por lo menos), sino para compartir sus inquietudes, valores, humor, códigos de comunicación y funcionamiento en general. Y por suerte, tanto mi vertiente deportista como la empresarial me lo permiten muy a menudo. Correr carreras de todo tipo con chavales, que están entre los 18 y los 30 años, me permite convivir de una manera muy intensa, próxima y espontánea con todos ellos. Y formar parte todavía, y desde hace diecinueve años ya, de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Cataluña (AIJEC), miembro de CEAJE (Confederación de Jóvenes
Empresarios de España), ayuda a llenarse de energía y a ser testigo de uno de los segmentos más activos de nuestra juventud actual. He formado parte de la junta directiva de la mencionada asociación durante dieciséis años y, aparte de haber sido yo mismo un joven emprendedor, ello me ha permitido conocer de primerísima mano, y con una visión más amplia, a todo el entorno de estos aventureros más prematuros. Los propios estatutos establecen que a los 40 años se pierden los derechos políticos en la organización, determinando así, de alguna manera, el límite de edad en la que uno es «joven empresario». Yo ya he superado esa franja de edad, y quizás ahora me tocaría formar parte de alguna patronal como Fomento o Pimec; pero me siento más a gusto en la AIJEC, cerca de la savia nueva y de los líderes del mañana; donde se vive con la máxima pasión la innovación, la creación y las fases más intensas de cada proyecto. De hecho, cuando me propusieron ser el presidente de la AIJEC+, la sección sénior de la asociación que engloba a los miembros mayores de cuarenta años, me motivó muchísimo. Además, os puedo asegurar que en todos los actos de esta asociación en los que participo, veo y percibo una vitalidad muy intensa en este colectivo de jóvenes emprendedores que dedican poco tiempo a quejarse, y mucha energía en lanzar y gestionar nuevos e interesantísimos proyectos. Como ellos, por edad y evolución empresarial, no tienen todavía mucho para proteger, se basan en su autoconfianza y asumen los riesgos necesarios con naturalidad para ir avanzando hacia el futuro.
Siempre que estoy con estos grupos tan activos, me convenzo más de que es un gran error afirmar, como hacen muy a menudo los mayores, que la juventud actual es peor que la de antes. Los jóvenes de hoy en día son magníficos en muchísimos sentidos. El problema que tienen no son ellos mismos, sino que la sociedad en general se empeña en sobreprotegerlos, en crearles expectativas de comodidad y calidad de vida excesivamente tentadoras, y en coartarles la capacidad de tomar iniciativas y de cometer errores en sus vidas personales y profesionales.
Sea como sea, estoy seguro de que el futuro necesariamente será más emprendedor. No sólo para los empresarios, sino para la sociedad en general. La incertidumbre en la que estamos, y la que vendrá, deberá afrontarla cada cual con su autoconfianza y cambiando parámetros
básicos de su propia mentalidad actual. A nivel profesional, por ejemplo, vemos que la generación que ahora está por encima de los 60 años ha tenido, en la mayoría de casos, uno solo o muy pocos empleos en su vida. Mi generación, en cambio, que está ya por encima de los 40, ha cambiado bastantes veces de empresa o negocio a lo largo de su carrera profesional. Y los que están por detrás de nosotros tendrán multitud de trabajos a lo largo del tiempo. Pero además, es fácil visualizar un futuro en el que la mayoría de la gente para desarrollarse tendrá que olvidarse de centrarse sólo en una empresa u organización para ganarse la vida, y pasar a pensar en clave de carrera profesional o autoempleo. En ese momento cada uno gestionará su propia iniciativa y prestará sus servicios ya no a una, sino a varias compañías.
Enlazando con esta visión de un futuro más emprendedor, y entendiendo que la formación siempre será la base en la que deberá sustentarse nuestra sociedad venidera, sería fundamental que en las universidades no sólo enseñasen conocimiento, sino que también promoviesen y divulgasen la emprendeduría profesional o empresarial. Tendría que haber más conexión entre el «ágora» (donde se hacen los negocios y se vive la cultura y la política) y la «academia» (donde se genera y divulga el conocimiento).
Además, si aparte de vivir intensamente el presente, nos preocupa mínimamente el futuro porque de él dependerán los próximos presentes, deberíamos dar más valor a los colectivos clave que constituyen la base de la creación de ese porvenir. Y entre esos colectivos, los empresarios ocupan uno de los lugares destacados. A pesar de que demasiadas veces, en lugar de encontrar facilidades en la sociedad actual, éstos deben luchar para superar muchos más obstáculos del mismo sistema que los que les serían propios por su condición.
En los mapas antiguos, cuando se mostraban zonas que no habían sido todavía exploradas, se dibujaba un dragón o alguna fiera rara para demostrar que en esas tierras todo era desconocido, y que había mil peligros acechando a los osados que se atreviesen a descubrirlas. Pero siempre había algún aventurero que asumía el riesgo y daba un paso más en el conocimiento de nuestro mundo y en el descubrimiento de un montón de nuevas oportunidades.
continuamos teniendo muchísimos dragones dibujados en nuestro mapa mental. Quizá tenemos incluso más miedos que antes, pues ahora el temor no nos viene de las zonas desconocidas y no exploradas, sino precisamente de lo que ya conocemos y tenemos miedo a perder. La aceleradísima velocidad de los cambios que estamos experimentando y, precisamente, el hecho de haber conseguido unas cotas de desarrollo tan avanzadas, nos hacen muy vulnerables por todo lo que ahora tenemos y ponemos en riesgo. Por ello será imprescindible que fomentemos y alentemos un verdadero ejército de personas que tengan una actitud emprendedora ante los grandes retos actuales y futuros de nuestra humanidad.
Como fiel apóstol de la emprendeduría, termino este libro declarándome absolutamente optimista hacia el futuro que nos espera. Será distinto, será quizá más complejo todavía, y será muchas cosas que no podemos ni describir hoy en día; pero estoy convencido de que será apasionante. Sin embargo, el reto que tenemos por delante es enorme. Como decía el recientemente fallecido premio Nobel José Saramago: «Nunca una generación ha tenido tanta responsabilidad sobre ella misma y su futuro como la generación actual». El nivel de consciencia, información y libertad ha aumentado exponencialmente; y por ello tenemos que adoptar una actitud protagonista y responsable en nuestra vida personal y profesional o empresarial. De manera que nos enriquezca personalmente y a la vez esté en línea con el desarrollo y el bienestar de todas las personas, respetando y fomentando la máxima sostenibilidad medioambiental posible.
Vivimos unos tiempos sensacionales. Especialmente si sabemos adoptar una actitud más curiosa que asustada; más confiada que recelosa; más atrevida que conservadora; más activa que pasiva; más emprendedora que resignada. Si no nos hubiesen tocado estos momentos de la historia, quizás hubiéramos pagado por vivirlos.
Y hasta aquí me ha llevado la atrevida aventura de escribir mi primer libro, redactado sin conocimientos previos como escritor, pero asumiendo también el riesgo, e intentando hacerlo tan bien como he sabido, siendo tan sincero como he podido y partiendo de la experiencia propia de una vida dedicada, hasta ahora, a vivir con pasión casi todo lo que he hecho. Una vida más enfocada a vivirla que únicamente a
pensarla. Una vida que espero poder continuar exprimiendo al máximo, gozando de todas las aventuras posibles tanto a nivel deportivo como en la actividad empresarial.
Al fin y al cabo, como emprendedores de nuestro propio proyecto empresarial, profesional o vital, todos tenemos claro que más allá de la reflexión siempre estará la acción; y que lo verdaderamente importante es hacer algo tan sencillo como pasar del sustantivo «vida» al verbo «vivir»… y a ser posible, con cierto espíritu de aventura.
Agradecimientos
Para poder escribir este libro he necesitado acumular muchas experiencias que no hubiesen sido posibles sin el apoyo y compromiso de mucha gente a lo largo de muchos años, y en momentos muy especiales de cada proyecto. Necesitaría un libro entero como éste para agradecerles a todos su aportación indispensable. Por ello, hago un agradecimiento general a todos por haber compartido conmigo tanta energía positiva, y destaco sólo los casos más especiales que me han permitido llegar a redactar todo el contenido que habéis podido leer. A mi mujer María, agradecerle ser siempre mi apoyo y consejera indispensable tanto en mis proyectos empresariales como deportivos. Por ayudarme a vivir la vida de forma expansiva dentro de la propia pareja, y compartir todo lo que hacemos de una forma apasionada en nuestra aventura familiar. Después de haber dado vueltas viviendo al límite por todo el mundo y ver cosas maravillosas, gracias a ella y a toda mi tribu, tengo clarísimo que lo mejor de todo siempre está antes de cruzar la puerta para salir de casa.
A mi madre le agradezco haber sufrido toda la vida, con dignidad y humor, por culpa de mis ansias para afrontar retos de todo tipo. Pensó que me calmaría cuando acabase la carrera, o cuando montase un negocio, o cuando tuviese hijos, pero cada vez he hecho animaladas más grandes y nunca se ha podido acostumbrar a que su hijo se liase constantemente en acciones rodeadas de riesgo.
A Mónica Palencia, la gerente de INVERGROUP, le doy las gracias porque a pesar de que yo he tenido momentos de soledad importantes en el negocio y en la aventura, gracias al equipo que ella lidera de forma excelente y a la compenetración a la que hemos llegado en nuestra
intensa colaboración profesional, puedo permitirme combinar toda la gestión y responsabilidad empresarial, con periodos intermitentes de ausencia por temas deportivos.
Mil gracias a todos los compañeros de aventura y colaboradores de todo tipo en los diferentes proyectos empresariales y aventureros: los trabajadores de las empresas con las que estoy relacionado, los sherpas, los guías, los porteadores, los copilotos, los mecánicos, los responsables de comunicación, los escaladores, mis compañeros de equipo, mis amigos deportistas, etc.
Un gran reconocimiento a todos los patrocinadores que me han apoyado económica o técnicamente en todos los proyectos en los que he participado. Aquí hago especial mención de SAUNIER DUVAL, marca que me ha esponsorizado desde 2004 en la mayoría de mis aventuras. Pero también agradezco el soporte esencial a Spanair, Vista Óptica, Joma’s Uniformes, ECHO, Don Piso, Icebreaker, Race Tracker, Masajes a 1000, Golite, EnelaireTV, El Mundo Deportivo, Sport, y una larga lista de colaboradores.
A Pep Busquets (primer piloto en silla de ruedas de la historia en acabar el Rally Dakar, siendo yo su copiloto y asistente), a Nelson Cardona (coronamos juntos el Everest, pero él con una pierna amputada) y a Camila Vargas (a sus 15 años y con sólo un 20% de capacidad pulmonar ha grabado y me ha dedicado su primera y fabulosa canción). A los tres les estaré siempre agradecido porque me han inyectado mucha energía, y me han demostrado que todos los impedimentos que hay en la vida son sólo mentales. Todos podemos hacer realidad nuestros sueños, por muy duras y traumáticas que sean nuestras circunstancias. Y muy especialmente, a Sergio Bulat, mi editor, porque ha sido fundamental para mí en todo el proceso de redacción y concepción de este libro. Me ha aconsejado, ha sido mi guía y mi coach, siempre se ha