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Mientras se hallaba visitando las ciudades galileas, en los primeros días de su vida pública y antes de que hubiera estallado contra él la oposición, un rico fariseo llamado Simón invitó a nuestro Señor a comer en su casa. Había oído hablar del predicamento de que nuestro Señor gozaba entre la gente y estaba ansioso por averiguar por sí mismo si realmente se trataba de un profeta o de un maestro. Es curioso que también había por allí otra persona que se sentía deseosa de encontrar a nuestro Señor, aunque los móviles que la impulsaban eran más elevados que los del fariseo. Esta persona, una mujer, tenía un grave peso sobre su conciencia y quería ver en 'Él al que había de salvarla de su culpa. Por grande que fuera la vergüenza que experimentaba, no le impidió ir en busca del Señor, a pesar de que sabía habría de aparecer delante de los que podían condenarla. Así nuestro Señor se encontraba entre uno que sentía curiosidad por Él como Maestro y una que comparecía en su presencia como penitente en busca de su salvación.
Cuando llegó nuestro Señor, hubo poco entusiasmo de parte de Simón, quien le recibió fríamente, omitiendo los cumplidos y las atenciones de rigor que solían tributarse a un huésped. En aquellos días, entrar en una casa sin descalzarse era lo mismo que entrar hoy día sin quitarse el sombrero. Los zapatos y las sandalias se dejaban en el umbral. El visitante era siempre saludado con un beso por el dueño de la casa, el cual le decía al mismo tiempo: «El Señor sea contigo». Entonces se indicaba al huésped que se sentase, y un sirviente le traía agua para lavarle los pies y efectuar las abluciones rituales. A continuación, el huésped, o por lo menos uno de los sirvientes, ungía la cabeza y la barba del visitante con óleo perfumado. En el caso de nuestro Señor, no hubo agua para sus fatigados pies, ni un beso de bienvenida para su mejilla, ni ningún perfume para su cabello... Nada más que un insignificante ademán con el que se le indicó que en la mesa había un sitio libre. Tal vez Simón se diera cuenta de
que estaba siendo observado por otros fariseos, y por ello omitió las referidas muestras de cortesía. En aquel tiempo los huéspedes no se sentaban a la mesa, sino que se reclinaban en unos lechos, con los pies descalzos y las piernas extendidas en el lecho.
Era muy fácil el acceso a un comedor, probablemente porque estaba tan extendida entre los pueblos orientales la ley de la hospitalidad. Mientras se estaba sirviendo la comida, tuvo efecto un incidente inesperado. Simón levantó los ojos, y lo que éstos vieron hizo subir el rubor a sus mejillas. Nada le habría importado si otras personas se hubieran encontrado en su comedor, ¡pero estaba allí aquel hombre! ¿Qué pensaría de él? La persona que había entrado sin ser invitada era una mujer llamada María. Su profesión, la de pública pecadora, una mujer de la calle. Avanzaba despacio, sin apartarse de la cara el cabello que caía sobre su frente, ya que le servía de pantalla contra las miradas del fariseo. Se detuvo ante los pies de nuestro Señor y dejó caer sobre ellos, como las primeras gotas de una lluvia de cálido verano, algunas lágrimas. Luego, avergonzada de lo que había hecho, se inclinó como para ocultar su vergüenza, pero la fuente de sus lágrimas no quería secarse. Cobrando ánimo al ver que el Maestro no la rechazaba, la mujer se arrodilló y empezó a secar con su larga cabellera las lágrimas que mojaban los pies de. Jesús. En tales casos se solía ungir la cabeza, pero ella no se atrevió a asumir tal honor, por lo cual, llena de humildad, se contentó con ungirle tan sólo los pies. Tomó de su velo un vaso de precioso perfume. No fue derramándolo gota a gota, lentamente, como para indicar con la misma lentitud la generosidad del que ofrecía el perfume, sino que rompió el vaso y lo vertió todo de una vez, ya que el amor no conoce límites. No estaba rindiendo tributo a un sabio; estaba descargando su propio corazón del peso de sus pecados. Le había visto antes, ciertamente, y había oído también hablar de Él, y estaba segura de que Él poseía el medio de infundirle alguna esperanza. Había amor en la audacia de aquella mujer, arrepentimiento en sus lágrimas, sacrificio y sumisión en el hecho de ungir al Señor.
Pero el fariseo estaba horrorizado de que el Maestro hubiera permitido que aquella mujer de tan mala reputación se acercara a Él y, de manera contraria a todas las tradiciones de los severos fariseos, vertiera lágrimas a sus pies. Simón no lo expresó en voz alta, pero se dijo a sí mismo:
Éste, si fuera profeta, conocería quién y cómo es la mujer que le toca, que es pecadora.
Lc 7. 39 ¿Cómo sabía que era una mujer pública? Al juzgar a otra persona se estaba juzgando a sí mismo. A los ojos de Simón, era una pecadora y siempre sería considerada como pecadora. Para él había abominación en su contacto, pecado en sus lágrimas y mentira en su unción. El fariseo no hizo preguntas, no concebía esperanza alguna. Lo mismo le daba que fuera una voluntad depravada, el hambre o la lascivia de los hombres lo que arrastró a aquella mujer a su ruina. Tampoco le interesaba saber si por la noche tenía que levantarse debido a los remordimientos y si se acusaba mil veces por estar haciendo lo que sabía que no había de reportarle la paz. Y, en cuanto a Cristo, si de veras sabía ver el interior de las personas, se daría cuenta de que aquella mujer era una prostituta.
Nuestro Señor leyó entonces los pensamientos de Simón de la misma manera que un día leerá en las almas de los vivos y de los muertos. Le dijo así:
Simón, tengo una cosa que decirte. Y Simón repuso:
Di, Maestro.
Nuestro Señor prosiguió:
Cierto acreedor tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta; mas no teniendo ellos con qué pagar, a entrambos les condonó la deuda. ¿Cuál de ellos, pues, le amará más?
Lc 7, 41 s El sentido de la historia era que Dios es el acreedor que nos confía sus bienes hasta el día señalado para pagar la deuda y en que le rindamos cuentas de nuestra actuación administrativa. Unos deben más que otros; algunos, porque han pecado más; otros, porque mayores fueron los dones que recibieron; algunos reciben diez talentos, otros cinco, otros uno tan sólo. Podía darse el caso de que los pecados de aquella mujer equivalieran a una deuda de quinientas piezas de plata o denarios, mientras que la deuda de Simón fuera sólo de cincuenta denarios. Pero, al fin y a la postre, ambos eran igualmente deudores, y ni el uno ni la otra podían satisfacer su deuda. El significado de esta palabra estaba claro. Dios es el acreedor que confía
al hombre sus dones de riqueza, inteligencia, influencia. Pero hay un día señalado para el pago. Sin embargo, aunque ninguna persona puede pagar en estricta justicia la deuda que tiene contraída con Dios mediante el pecado, Dios está dispuesto a perdonar a todos los deudores, grandes y pequeños. Lo que este perdón cuesta en estricta justicia, nuestro Señor no venía a discutirlo en aquel momento. Pero estaba preparando a Simón para que comprendiera que Él había venido para redimir de los pecados.
Nuestro Señor le pregunta ahora:
«¿Cuál de ellos, pues, le amará más?» Simón respondiendo le dijo: «Pienso que aquel a quien más perdonó.» Y Él le dijo: «Has juzgado rectamente.» Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas y los ha limpiado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta con ungüento ha ungido mis pies.»
Lc 7, 43-46 Cuando nuestro Señor dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer?», ¿qué quería significar? Quería decir que no podía ver a la mujer realmente como era ella, sino solamente como la mujer que solía ser, o la mujer que él creía que era. Simón había dicho en su interior que si nuestro Señor fuera profeta conocería que ella era una pecadora. Ahora nuestro Señor daba vuelta a la frase y preguntaba a Simón: «¿La ves, Simón? El mal de vuestra tribu de personas que se creen justas es que os creéis virtuosos por el mero hecho de que encontráis a otras personas que son viciosas. Vosotros nunca veis nada. Creéis ver, pero no veis. La culpa está siempre en el prójimo, nunca en vosotros mismos».
Nuestro Señor procedió entonces a enumerar las cortesías corrientes que Simón había omitido, pero que aquella mujer le había hecho. «Ha regado mis pies con lágrimas.» El vestido que está muy sucio no se lava antes de haber frotado mucho y derramado gran cantidad de agua. Cuando existe una gran mancha producida por los pecados, no basta sólo un lavado, sino que es menester un baño y una inmersión en las lágrimas de la contrición. Entonces le secó los pies con la cabellera. En el verdadero arrepentimiento, las cosas de las que se ha abusado en servicio del pecado se emplean luego siempre en el servicio de Dios. El mejor adorno del cuerpo, a juicio de aquella penitente, no era demasiado bueno para ser empleado en el servicio más bajo en honor de nuestro Señor.
Las cortesías que Simón omitió en el orden natural, su divino visitante las compara ahora con las cortesías más elevadas del orden de la gracia. Las muestras de honor llevan ahora hacia la fuente de donde proceden: al deseo que aquella mujer tenía de ser perdonada. En todas las muestras de cortesía convencionales de la vida existe alguna raíz de afecto y amor. Simón pensaba que estaba demostrando bastante consideración al hijo de un carpintero al invitarle a su mesa; pero Jesús atribuye el amor de la mujer al sentido profundo que ella tenía de que le habían sido perdonados los pecados:
Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados porque amó mucho. Mas al que se perdona poco, poco ama.
Lc 7, 47 Sería un error deducir que estaría bien haber pecado mucho o haber hecho subir mucho la deuda con objeto de que al pecador pudiera perdonársele más. La lección es más bien la de que los pecadores flagrantes tienen mayor probabilidad de descubrir que son pecadores que los que creen ser buenos. De la misma manera que en un hospital el que mayores males sufre despierta más piedad que el que no sufre tanto, así también la culpa admitida no es un obstáculo, sino más bien un argumento en favor de la misericordia divina. El amor de esta mujer estaba en proporción con su gratitud por el perdón. No era la cantidad de pecado, sino más bien la conciencia del pecado y la misericordia que implicaba el perdón, lo que manifestaba el gran amor de aquella mujer. Mucho le había sido perdonado; por tanto, mucho era también lo que amaba.
Nada pone tanto en contacto a una persona con otra como la confesión de los pecados. Cuando un amigo nos habla de sus éxitos se halla distanciado de nuestro corazón; cuando nos habla de su culpa, en medio de sus lágrimas, se halla cerca de él. En realidad, cuando una persona tiene conciencia de su pecado no distingue muy bien si sus pecados pertenecen a la categoría de los quinientos denarios o a la de los cincuenta. Lo que le inquieta es el hecho de que ha ofendido a alguien a quien ama. San Pablo se tenía por el primero de los pecadores, pero no fue un gran pecador salvo en su fanatismo y persecución. Quien hace poco caso del pecado, poco apreciará el perdón. Quien hace poco caso de la gravedad de una herida, jamás apreciará debidamente el poder del médico.
Simón tenía algo que aprender; había invitado por ello a un maestro; la mujer tenía algo que necesitaba ser perdonado, por ello fue a derramar sus lágrimas de arrepentimiento a los pies del divino acreedor, que resultó
ser su Salvador. Simón no había negado la existencia de la culpa, pero, al ver a aquella mujer pecadora, se sintió relativamente inocente. La culpa no es precisamente la ruptura de un amor, sino más bien la ofensa a alguien a quien se ama. La gravedad del pecado aumenta a medida que Cristo se está aproximando. Hallarse junto a la cruz y sentir las agonías de aquel cuya muerte fue necesaria para la expiación de los pecados pudo hacer que Pablo, el fariseo de los fariseos, se llamara a sí mismo el «mayor de los pecadores».
La mujer fue despedida con estas palabras: Los pecados te son perdonados.
Lc 7, 48 El hombre al que Simón creía un maestro no estaba formulando un código; estaba perdonando pecados. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios? Tal era el pensamiento que corría por la mente de cuantos se hallaban a la mesa:
Y los que estaban a la mesa con él comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que llega hasta perdonar los pecados?
Lc 7, 49 Ésta era la pregunta que se hacían cuando se levantaron de los triclinios. Aquella especie de lechos era como el símbolo de un mundo que, diecinueve siglos más tarde, se consideraría sin culpa. Los hombres se levantarían de su lecho después de haber hecho su confesión a un psicoanalista. Pero tales almas no sentirían la alegría interior que experimentó aquella mujer al oír que le decía uno que era más que un profeta:
Tu fe te ha salvado: ve en paz.
Lc 7, 50 Su fe le había dicho que Dios ama la pureza, la bondad y la santidad. Y delante de ella estaba el único que podía restablecerla a aquella santidad. Pero el precio que Él tendría que pagar por aquella paz vendría sólo después de una guerra: la guerra contra el mal. El perdón que la mujer recibió no fue solamente el de ser «absuelta», sino que se trataba de un perdón en el que la justicia misma había sido satisfecha. Más adelante, el apóstol Pedro, que asistió a aquella comida, registró por escrito el precio que había tenido que pagarse por aquel perdón de pecados:
Llevó nuestros pecados en su propio cuerpo, sobre el madero... y por sus llagas fuisteis sanados vosotros.
Petr 2, 24 Los huéspedes se preguntaban cómo podía aquel hombre perdonar pecados. En su opinión, ¿quién más que Dios podía perdonarlos? Una vez más se revelaba el propósito por el cual el Hijo del hombre había venido a la tierra: sería identificado con los pecadores al tomar sobre sí mismo las culpas de ellos; sería separado de los pecadores al ofrecerse a sí mismo para salvarlos, y, por lo tanto, podía perdonarles los pecados.
Por un lado, identificación: Con los inicuos fue contado.
Lc 22, 37 Por otro lado, separación:
Santo, inmaculado, apartado de los pecadores.
Hebr 7, 26 Se trata de verdades complementarias. La primera se refería al precio que tuvo que satisfacer para poder perdonar los pecados, tales como los de la mujer; la segunda se refería a su vida divina, que confería un valor infinito a sus padecimientos. A la mujer que tenía ante sí le fue perdonada la deuda de sus pecados, mas ella no tenía idea de lo que esto iba a costarle a Él. Todas las muestras de ternura que la mujer pecadora le prodigó habría de volver a recibirlas Jesús, aunque de una manera distinta. Un beso vendría de parte de Judas; el lavado de los pies sería realizado al revés cuando Él se ceñiría con una toalla y se dispondría a lavar los de sus dis- cípulos; y en lugar del aceite para su cabeza habría sobre ésta una corona de espinas en el momento en que Él derramaría el perfume de su propia sangre.