Hegel despacha con bastante facilidad al hedonismo. Los tribu- nales y los remordimientos se ocuparan de los casos extremes. Pero otro adversario historico ofrece mas tenaz resistencia: el sentimentalismo, generador de actos desconsiderados, lo que mas tarde Hegel denominara j«la papilla del corazon»!
Con el tiempo, el vicio se desgasta. Los buenos sentimientos amenazan ser incorregibles. Desarrollan obstinadamente su pro pia dialectica. Para Hegel esta cuestion es cosa de nunca acabar.
Es cierto que a veces intent a despreciarlos, y denunciar su de- bilidad y su ineficacia. Por ejemplo, en el Prefacio a las Lec- ciones sobre la filosofia de la historia, dice: «Estos ideales, que naufragan rompiendose en los escollos de la dura rsalidad du rante la travesia de la vida, inicialmente solo pueden ser subjeti- vos; pueden pertenecer unicamente a la individualidad del hombre particular, que se cree el ser mas elevado y sabio».5 Pero casi siempre lo atemoriza su real nocividad. ^No es signi- ficativo que aborde el tema en sus tardias Lecciones de Ber lin? ([Se preocuparia tanto si lo desdenase?
Denuncia la secreta envidia, la hipocresia y la desmesurada pre- suncion que anidan en estos buenos sentimientos. En ciertos casos llega al extremo de designar por su nombre a los adversa ries proclives al sentimentalismo, a los reformadores que as- piran a construir un mundo de acuerdo con los dictados de su propio corazon. Esta intencion polemica sin duda repre- senta un papel en su violenta crftica a Fries, a pesar de que tambien intervienen otros motivos, como la hostilidad personal y consideraciones de actualidad politica.
No puede sorprender el punto de vista en que se situa Hegel en esta celebre andanada contra Fries. Le reprocha la pretension de «fundar la ciencia, no en el desarrollo de los pensamientos y los conceptos, sino en el sentimiento inmediato y la imagina- cion contingente», y de «disolver en la papilla del corazon, de la amis tad y del entusiasmo, esa fecunda articulacion intima del mundo moral que es el Estado».6
La actitud de Fries se reflejaba en las palabras que pronuncio en la fiesta de Wartburg, citadas por Hegel: «Cuando en el pueblo prevalece un verdadero espiritu comun, todas las fun- ciones de interes publico deben recibir su impulso vital de aba- jo, del pueblo. A las obras de cultura del pueblo y de servicio al pueblo deberian consagrarse las sociedades vivientes, unidas in- disolublemente por la sagrada cadena de la amistad . . .».7 Hegel critica ante todo la vulgaridad de estos conceptos. En nada se distinguen de la charla comun. No representan ninguna novedad. Estos sentimientos y su invocacion son viejos como el mundo. (iQue necesidad habia de esperar a Fries para que la «amistad» y la «fraternidad», invocadas con tanta frecuencia y tan inutilmente en el curso de la historia, produjeran al fin 5 Die Vernunft in der Geschichte, J. Hoffmeister, ed.? Berlin, 1955, pags. 75-76.
6 Principes de la philosophic du droit, trad, al frances por A. Kaan, 1940, pag. 25.
sus saludables efectos? En definitiva, Cristo las habia predicado mejor que Fries.
Por otra parte, no son mas que impresiones individuales. Se tienen o no se tienen sentimientos, y cuando existen ni siquiera es posible dominar su intensidad y su duracion. No circunscri- ben un lugar de reunion de todos los espiritus, no crean una comprension universal. Todo lo contrario, encierran a los indi- viduos en su particularidad, los dividen y contraponen. <;Que se puede reprochar a quien no experimenta sentimientos fra- ternales?
Hegel cree que el pensamiento de Fries, mezcla de sentimen- talismo y kantismo mal digerido, se pierde en la subjetividad, y que en cambio la actividad humana, y sobre todo la accion politica, exigen una objetividad rational. En la Historia de la filosojta, Hegel apreciara del siguiente modo la doctrina de su adversario: «O tra forma de la subjetividad es la subjetividad del placer amable, de la ignorancia. Afirma lo siguiente: La forma suprema del conocimiento es saber inmediato, hecho de conciencia. Es una cosa comoda ( . . . ) Este amable placer todo se lo ha permitido; como en el fumadero, se ha dbmportado poetica y profeticamente ( . . . ) eso es Fries».8
Este delirio sentimental conduce a los actos mas nefastos. En la Estetica, Hegel critica nuevamente a quienes condenan al mundo real en nombre de los «derechos eternos del coraz6n»,9
y ve en Karl Moor, el principal heroe de Los bandidos de Schiller, el modelo del destino que les aguarda.
Sin embargo, seria injusto achacar a Hegel la responsabilidad de la condenacion de Karl Moor. Recordemos que, en defini- tiva, este se condena solo, reconoce sus errores y decide en-
tregarse a la justicia. En esto Schiller precede a Hegel. Por otra parte, seria falso ver en el rechazo de la actitud inicial de Karl Moor una orientation tardia del pensamiento hegelia- no, la consecuencia de un aburguesamiento prusiano. En efec- to, ya hallamos la misma critica, mas desarrollada y minuciosa, en el capitulo consagrado por la Fenomenologta a la «Ley del corazon» y al « Delirio de la presuncion», en los que se percibe facilmente la alusion de Hegel a Karl Moor.
Es conocido el tema del drama de Schiller. Al final de una ju- ventud desipada, Karl Moor se ve enganado odiosamente por su hermano, en el momento mismo en que se arrepentia e im-
8 Werke, H. Glockner, ed., X IX , pag. 645.
9 Estketique, trad, al frances por S. Jankelevitch, Paris, Aubier, 4 vols., 1944, II, pag- 324.
ploraba a su padre el perdon de sus faltas. No intenta esta- blecer la autenticidad de los hechos, ni verificar nada, y acepta la mentira de su perfido hermano: se cree abandonado por to- dos, por su padre y su prometida. Se considera entonces victi- ma de la maldad bumana, y su corazon se revela contra esta «raza hipocrita de cocodrilos».
Resuelve entonces luchar, no tan to contra «el orden constitui- do», como se afirmo a menudo, como contra aquellos que el cree infringen las leyes de este orden. Desea convertirse en des- facedor de entuertos y justiciero, castigador de los opresores y estaf adores.
Con este fin, se pone el mismo «£uera de la ley» y asume la direccion de un grupo de bandidos que se le someten en cuer- po y alma y le obedecen ciegamente.
Se lanza entonces a riesgosas aventuras, acompanadas de cri- menes y exacciones, hasta el dia en que las circunstancias lo fuerzan a reconocer que se habia enganado: fundado en una mentira que habia aceptado con excesiva ligereza, dudo sin mo tive del amor de su padre y de su prometida.
Entonces siente remordimientos, se arrepiente y se entrega a la justicia humana.
Este movimiento de vals sentimental, un tanto tumultuoso, re- mata en una ofrenda a la prosa de la vida comun. Sin embargo, quedan los estragos cometidos en la embriaguez del corazon. En definitiva, la empresa de Karl Moor ha obtenido resultados contrarios a los que perseguia.
Asi fracasan la accion directa, la agitacion anarquista adornada de bellas frases, la actividad individual, el desencadenamiento pasional que no contempla la realidad y sus leyes, y que con pretextos prestigiosos en ultimo analisis solo apunta a fines personales, a la venganza individual contra la sociedad de parte de un personaje que se cree excepcionalmente ofendido por ella y excepcionalmente superior.
j Vaya presuncion la de quienes pretenden desviar el curso del mundo segun los impulsos confusos de su corazon! Fracasa- ran . . . pero no sin haber provocado sufrimientos y ruinas inutiles.
Karl Moor suministraba a la Fenomenologia una magmfica ilustracion de esta doctrina. Pero Hegel no habia esperado la obra de Schiller para elaborar tales ideas.
Ya en sus primeros escritos, ineditos en vida del propio Hegel, censuraba en la persona y la doctrina de Jesus las aspiraciones a una vision idilica de la historia. Los impulsos sentimentales particulares no coinciden con las exigencias de la vida social,
la orientacion de la historia no depende de los buenos; senti- mientos.
Es absolutamente paradojico que algunos teoricos de la anar- quia hayan creido a veces que Hegel podia ser uno de sus pre cursors. Explica esta actitud el hecho de que Hegel, si bien criticaba y combatia las consecuencias de la actitud anarquista, asi como su irrealismo, no habia percibido sus verdaderas rai- ces. Ademas, para que pudieran utilizar ciertos elementos del hegelianismo fue necesario que los anarquistas los aislasen de su contexto doctrinario, olvidando e ignorando un conjunto completo de tesis hegelianas contrarias.10
La virtud
A1 apartarse de la sustancia etica, de la autentica moral social, unos procuran realizarse en el placer, y otros intentan introdu- cir su espontaneidad moral en el mundo apelando a la fuerza. La experiencia los reduce a adoptar una actitud mas racional, como resultado de una inversion dialectica de sus intenciones, salvo que, no instruidos todavia suficientemente, prefieran con- sagrarse a otra utopia.
En efecto, en lugar de imponer su individualidad a la vida so cial, pueden adoptar la actitud contraria y sonar con la elimina- cion de toda individualidad, a la que consideran ahora una fuente de perversion. Sentiran entonces la vocacion de limpiar el mundo de toda la particularidad que lo mancilla, y de incor porate ahora la universalidad . . . pero siempre apelando a un golpe de fuerza premeditado, desde fuera.
La intencion es reformar, pero ahora como proceden los teo ricos de la moral, en nombre de la virtud universal.
Tambien este intento sera inutil. En su esfuerzo por actuar, el virtuoso revelara todas las contradicciones internas de su pro- yecto, que le impediran hacer nada. Sus veleidades se aseme- jaran a las de Don Quijote. Y apenas ira mas lejos que las bue- nas palabras.
Pretende actuar inmediatamente de acuerdo con una ley uni versal, que por lo tan to esta fuera del tiempo y del espacio, al margen de la estructura historica del mundo humano en el cual
10 Acerca de las relaciones del hegelianismo y el anarquismo, vease K. Marx, La ideologia aletnana> I, cap. I l l , «Saint-Max» (critica de Max Stirner).
vive. Y se condena a la irrealidad. Ahora bien, «la historia no es meramente romantica, del mismo modo como no es una simple reunion de hechos fortuitos, de periplos de caballeros andantes que se baten en su propio nombre y se afanan por nada, y cuya actividad ha desaparecido sin dejar rastros».11 Hegel volvera a menudo sobre esta dialectica que desemboca en la imposibilidad de una insercion directa de lo universal en 10 concreto. En la Fenomenologia ya la desarrolla, a proposito de la relacion de la virtud y del curso real del mundo.
El «universalista» virtuoso se compromete en un movimiento que pone en tela de juicio su actitud y la supera. Despues de distintas experiencias que intentara realizar con el fin de al- canzar el proposito que se fijo, percibira que el universal mo ral al que desea ajustar inmediatamente sus actos permanece vacio. Para inscribirse en lo concreto, precisamente, deberia perder su condition de universal. En efecto, la action es siern- pre particular, localizada y encuadrada en el tiempo.
Al rechazar de este modo su singularizacion, el virtuoso se complacera con su superioridad sobre el mundo real, una supe- rioridad que sin embargo es absolutamente vana. Hegel se muestra implacable con este genero de personaje: «Estas esen- cias ideales, esos fines ideales se disipan como frases vacfas que exaltan el corazon y dejan vacia la razon ( . . . ) declaraciones que en su determination expresan unicamente este contenido: el individuo que pretende actuar con fines tan nobles y pro- nuncia tan excelentes frases, se hincha y llena su cabeza y las ajenas, pero todo es mera ampulosidad».12
La virtud que aspire a la plenitud debe comprometerse. Se in- serta entonces en el curso del mundo, del que por un momento habia crefdo posible separarse. Mezcla sus actividades con las de todos los demas, participa en una actividad unanime que se despliega de acuerdo con sus propias leyes.
Ya no permanece a la puerta del mundo. Entra resueltamente en la sustancia etica. Al actuar singularmente, para sf mismo, cada individuo trabaja para todos. El virtuoso, instruido por la experiencia, baja de su pedestal y se mezcla con la multitud. El resultado de los actos individuales sobrepasa de lejos las in- tenciones del egoismo que los promueve; pero reciprocamente el curso del mundo, que se alimenta de esos actos, no puede prescindir de los individuos.
11 Geschichte der Philosophic, en Werke, H. Glockner, ed., X V II, pag. 48.
Hegel sustituye los individualistas desenfrenados que preten- den liberarse del mundo, o transformarlo por arte de magia, por las individualidades que actuan dentro de una totalidad humana concreta: es decir, los arraigados.
El kantismo
La lectura de la Fenomenologia suscita a menudo la impresion de que Hegel insiste en provocar y maltratar al mismo adver- sario, a quien creiamos fuera de combate hacia mucho tiempo. En realidad, combate las formas cada vez mas refinadas y su- tiles de un mismo comportamiento condenable o anticuado. Cada actitud antihistorica se supera espontaneamente en el intento de afirmarse, pero renace en un nivel superior de gene ralization y justification.
La conciencia abandona una position que ya es insostenible y se refugia en otra mas poderosa, pero tambien vulnerable. El kantismo, que es una vigorosa construction teorica, repre- senta la ultima ciudadela de la oposicion a la historia. En el fondo, Kant no aporta nada nuevo a la dilucidacion de la vida moral. Su dualismo se limita a codificar, sistematizar y llevar al absurdo una oposicion entre lo ideal y lo real que ya se habia afirmado en el cristianismo, inspirado a su vez por corrientes de pensamiento mas primitivas.
Asimismo, en los tipos de comportamiento humano cuya ca- ducidad Hegel revela, se disciernen con frecuencia rasgos kan- tianos, y sospechamos un anacronismo. Pero la semejanza es equivoca, pues si Hegel atribuye formulas casi kantianas a los judios biblicos, a Jesus y a los virtuosos de todos los tiempos, cree al mismo tiempo que Kant les debe mucho.
En este sentido el primer kantiano seria Abraham, quien como sabemos, «erraba sobre esta Tierra como un extranjero»,13 o Je sus, «cuya existencia fue separacion del mundo y evasion fuera de sf, hacia el cielo».14 Para Hegel existe tambien una Sagrada Familia, la Sagrada Familia de la evasion y de la utopia. Ese es el mal que Hegel pretende remediar. Anhela que el hombre no viva ya como un extrano en esta Tierra, que no experimente el sentimiento de que recibe ordenes de un amo
13 Hegels Theologische Jugendschriften, H. Nohl, e d , Tubinga, Mohr, 1907, pags. 368-69.
extranjero, como un esclavo; y para el caso poco importa que ese amo este fuera de el o en su propia persona. Hegel desea que el hombre se sienta «en su casa» en el mundo, o sea, libre. Pero para restaurar este perdido bienestar debe triunfar sobre el kantismo. En su crftica del Sollen (deber), Hegel repite, profundizandolos, todos los argumentos que habfa esgrimido contra las distintas figuras de la utopia, la anarquia, el indivi- dualismo y la evasion. Pues todo esto se asemeja y se reune, y culmina en la conception kantiana de la conciencia moral: un sublime olvido de la historia.
En la interpretation hegeliana del kantismo pueden reprocharse a este dos opciones que fundamentalmente excluyen el espfritu historico.
Ante todo, el dualismo. Para Kant, la razon es una exigencia eterna y absoluta que se opone al dato emplrico e intenta so- meterlo a su legislation. Heterogenea respecto de la razon, la naturaleza humana debe plegarse a sus leyes.
Esta oposicion confiere a la filosofia moral kantiana una pos- tura aparentemente «revolucionaria»: ^acaso no formula una crftica permanente del dato y lo combate? Quiza refleja, a fines del siglo xv m , el hecho de que la burguesfa cobra conciencia de la necesidad de intervenir contra un orden social que le im- pide satisfacer sus exigencias; en efecto, el kantismo ha res- paldado, y con bastante benevolencia, muchas iniciativas revo- lucionarias.
Sin embargo, el pensamiento kantiano se muestra revolutiona r y solo hasta cierto punto, y unicamente en uno de sus aspec- tos. Es indudable que propone, en presencia de una realidad ingrata, un absoluto que debe imponerse, pero acentua meta- fisicamente esta oposicion y la cristaliza hasta el extremo de afirmar, como por definition, que este mundo real no coincidi- ra jamas con lo absoluto. La naturaleza nunca sera racional. De modo que Kant promueve el alzamiento de los revolutiona ries, pero los lleva muy pronto a la desesperacion.
Si se entiende que la naturaleza nunca podra llegar a ser racio nal, la tarea moral, que es dominar racionalmente a la natura leza, se convierte en una labor infinita, en un esfuerzo eterno que ciertamente jamas triunfar a. Se trata de un esfuerzo inutil. Hegel se complace en denunciar «la hipocresia» de esta doctri- na, el engano que constituye su fondo15 y la vanidad de la casuistica a la cual conduce. El moralista kantiano pretende actuar de acuerdo con las leyes de la razon, al mismo tiempo 15 Phenomenologie, II , pag. 168.
que reconoce que las condiciones de la accion real excluyen tal legislacion. De hecho, su concepcion de la realidad desmiente la racionalidad de sus pretensiones.
Es indudable que en esta perspectiva el kantiano puede con- vertirse en revolucionario, pero con la condicion de no ser con- secuente consigo mismo. Es mucho mas grave el riesgo de retor- nar al lugar de donde proviene: es decir, de regresar al cristia- nismo y a sus esperanzas de realizar el bien y obtener la feli- cidad en el mas alia.
La razon kantiana, exigencia absoluta de universalidad, se opo- ne irremediablemente a lo contingente, lo empirico, lo indivi dual. Pero como la mano que actua realmente es siempre la de un individuo, la razon kantiana se coloca fuera de la historia,16 En cambio, para Hegel la razon se encarna en lo individual, en lo contingente, y gracias a su astucia — es decir, al juego de las leyes dialecticas— consigue que sirvan a lo universal, a lo absoluto. Por lo tanto, la razon se encuentra comprometida to- da ella en el proceso de la historia, en el cual se realiza. Para Kant, lo ideal es irrealizable. El deber ser se desvanecerla al realizarse. La ley moral se extinguiria si se convirtiese en realidad efectiva.
En cambio, para Hegel, lo ideal siempre se realiza, y lo real siempre es ideal. Nos reconciliamos con lo real santificado. Y necesitamos aceptar las consecuencias de esta reconciliacion: amar esta ciudad, este pais, esta tierra en la cual vivimos, y que encarnan un momento del ideal; situarnos conscientemen- te en la historia, restablecer el contacto con lo real ( si lo he- mos perdido), descubrir el bien que oculta y que no puede ha- llarse en otro lugar.
Al superar el dualismo kantiano, Hegel elimina tambien su consecuencia autoritaria, la idea de la aplicacion a la naturaleza de una restriction extrmseca.
Reprochase con frecuencia a Hegel que impone obediencia al individuo: en efecto, deberia someterse a la ley del mundo en que vive, y mas exactamente a las leyes del Estado que lo cuenta entre sus ciudadanos. En esta vena se reprueba la exis- tencia de cierto «autoritarismo» hegeliano.
Pero es necesario advertir que la doctrina hegeliana se ha de-