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Fiscal Implications of Adaptation—Key Elements Balancing adaptation and mitigation

Psychiatry is at present vacilating between physiology, phenomenology, behaviourism, and biology, among other isms and ologies.

Robert Young

Una breve reflexión sobre la Antipsiquiatría como movimiento nos remite a sus raíces socio-políticas, pero lo que define ante todo esta agrupación es su espíritu crítico y heterodoxo en el plano médico, que rechaza los métodos y prácticas habituales de la psiquiatría. El concepto de “mito de la enfermedad mental” que Szasz maneja en su libro de 1974, The Myth of Mental Illness, es fundamental en el pensamiento antipsiquiátrico: la enfermedad es un concepto físico, y por tanto no puede aplicarse a los desórdenes mentales que no muestran ningún tipo de patología física. Mientras que Szasz reconoce la existencia de algunas enfermedades mentales (muy pocas) de origen orgánico (encefalitis, etcétera), considera éstas, más que enfermedades mentales propiamente dichas, enfermedades orgánicas que tienen una manifestación en el comportamiento del individuo, pero con un claro origen físico. Lo que habitualmente se denomina “enfermedad mental” es, para Szasz y los antipsiquiatras, una serie de actitudes y comportamientos que el individuo se ve forzado a adoptar, y que son juzgadas con un número de criterios culturales y sociales específicos que las consideran “no-normativas”, y, por tanto, enfermas y desviadas. La afirmación principal de los antipsiquiatras es que la “locura” no se puede extrapolar de su entorno, de las complejas redes sociales y culturales y de la misma civilización occidental, que con su jerarquía y mores sociales puede precipitar la inestabilidad emocional y la alienación en sus

miembros más vulnerables, aquellos incapaces de solucionar los dobles vínculos a los que a diario el “homo socialis” tiene que enfrentarse.

Ya hemos observado cómo existen en esta época una serie de movimientos alternativos que cuestionan el Estado y las prácticas sociales al uso, así como los marcos de pensamiento en que éstas se inscriben. El término antipsiquiatría, que es la etiqueta bajo la que se ha agrupado a una serie de psicólogos y psiquiatras que durante los años 60 se enfrentan a los mores psiquiátricos establecidos, es de acuñación tardía. No hace su aparición hasta 1967, en el libro de David Cooper Psychiatry and

Antipsychiatry. En el momento en que este término entra en la escena del pensamiento

contracultural, sin embargo, ya se habían fraguado gran parte de las bases teóricas y prácticas de estos filósofos fenomenológicos, que incluirían a Thomas Szasz, Gregory Bateson, R. D. Laing y el propio Cooper. La antipsiquiatría surge de los intercambios de corrientes de pensamiento entre Europa (más concretamente el Reino Unido) y Norteamérica, pero a partir del clima político y social de mayo del 68, su influencia alcanza también Milán, Bruselas, París y otras principales ciudades europeas (por ejemplo, la clínica Heidelberg en Alemania surge influida por las comunidades alternativas propugnadas por los antipsiquiatras).

Pese a su carácter de oposición a la norma, que toma de sus raíces contraculturales, la antipsiquiatría como lucha contra la práctica psiquiátrica normativa no nace de los márgenes de ésta, sino de su propio seno. Este movimiento se postula siempre como un intento por parte de miembros de la comunidad psiquiátrica de

reformar dichas instituciones, ya que la objetivización y falta de humanismo en la relación médico-paciente hace que la psiquiatría se convierta en parte del problema, y no de la solución a la enfermedad mental (Jones 1997). La psiquiatría alemana postkraepeliniana, con su tendencia a la sistematización, comienza a conceder un mayor interés a las motivaciones de los síntomas que a éstos en sí mismos, enfatizándose el carácter descriptivo y la investigación del psíquismo inconsciente del enfermo. Durante los años siguientes, se concede más valor a los criterios dinámicos y funcionales que a los criterios descriptivos y a la categorización de síntomas, en parte como consecuencia del fracaso de la psiquiatría biológica en encontrar nuevas etiologías y tratamientos específicos para los trastornos psiquiátricos. El “modelo médico” que critican los antipsiquiatras (Antonio, 1975, 15) da por supuesto que la esquizofrenia y la locura en general tienen unos orígenes fisiológicos dentro del propio individuo. Basándose en esta aserción se intenta sistematizar una serie de síntomas hasta organizarlos en “síndromes”, que son los cuadros médicos resultantes de un sistema patológico; a estos síndromes les corresponden una serie de terapias (drogas clínicas, electrochoque, e incluso la lobotomía). Laing critica este acercamiento (el modelo médico), porque sugiere que el comportamiento que se adapta a la regla es el positivo, mientras que el comportamiento desviado es patológico, igualándose así los conceptos de aceptación del sistema social y salud mental, sin plantearse si dicho sistema social es destructivo o no.

Durante los años 60 y 70, los experimentos socio-médicos de doctores pertenecientes a este grupo tomaron muy distintas formas, si bien todas ellas orientadas hacia el establecimiento de nuevas formas de comunidades terapéuticas. En la agenda

antipsiquiátrica encontramos comunidades alternativas independientes donde los enfermos conviven en régimen de comunidad con el personal (psiquiatras, enfermeros, etcétera), intentando minimizar las diferencias entre unos y otros: por ejemplo, no existen batas ni rasgos físicos externos que distingan a un paciente del doctor, puesto que la jerarquía de los hospitales psiquiátricos es vista como parte de un proceso de

institucionalización, en el que se intenta que ciertos aspectos sociales referentes a cuál

es el funcionamiento normativo sean internalizados por los pacientes, integrándolos en el sistema de normas, valores y leyes que gobiernan el comportamiento social). En estas casas se diluyen pues las fronteras entre el personal y los pacientes, permitiendo que sean los propios pacientes quienes realicen, en la medida de lo posible, tareas como cocinar, limpiar o gestionar los recursos de la propia casa, y se recurre al consenso para organizar de un modo democrático las reglas de convivencia. En estos lugares, los individuos podían realizar sus mensajes metanoicos, sin el riesgo de ser etiquetados ni manipulados por las prácticas coercitivas de la psiquiatría tradicional, convirtiéndose en entornos donde los psicóticos tienen una oportunidad “to live and grow through their madness” (Gordon, 1971, 57). En la fundación misma de estas comunidades terapéuticas hallamos la creencia de que el ataque psicótico no es un desorden de tipo neurológico, sino más bien una crisis existencial que posee un poder curativo, que proporcionaría al yo la posibilidad de regresar al lugar en que se produjo la división del yo y reintegrarlo con éxito; así como el profundo deseo de tratar al psicótico, ante todo, como persona, reconociendo su dolor y sentido de la soledad y desesperación ante lo que está sufriendo.

A lo largo de los años 60, estas comunidades adquieren distintas formas: casas como Kingsley Hall (dirigida por el propio Laing), experimentos pequeños dentro de los confines de un hospital (Villa 21, de David Cooper, un ala de un hospital), y esfuerzos por reformar el sistema de Sanidad en lo que se refiere al tratamiento psiquiátrico (Psychiatrica Democratia). Kingsley Hall es, sin duda, la más conocida de estas comunidades: ubicada en el este de Londres, además de su función terapéutica, durante su existencia como tal (desde 1965 a 1970), se convirtió en un lugar de encuentro de cultura y filosofía, albergando en sí conferencias, seminarios, y las visitas de activistas de izquierda, músicos y escritores. Kingsley Hall pasó así a ser un centro de cultura alternativa que recibió visitas de grupos teatrales y artistas, convirtiéndose, como define Isaac, en “ [a] countercultural mecca, with close ties to the New Left, the British ‘underground’ movement, and the artistic avant garde” (1990, 29), al tiempo que unas ciento diez personas permanecían allí durante estos años como pacientes, algunos llevando a cabo brillantes procesos metanoicos, como la residente más famosa de

Kingsley Hall, Mary Barnes, que narró su experiencia de recuperación en su

autobiografía Mary Barnes: Two Accounts of a Journey Through Madness (1971).

El papel de la antipsiquiatría y las comunidades alternativas, que contó con el apoyo de importantes pensadores y cabezas culturales de la época, también encuentra expresión en la literatura. Doris Lessing y Allen Ginsberg, así como Ken Kesey y Peter Shaffer, son algunos de los autores que recogieron los postulados antipsiquiátricos y que analizaremos en nuestro estudio. Durante los años 70, el movimiento antipsiquiátrico perdió gran parte de su virulencia, absorbiéndose homeopáticamente dentro del sistema. Aún hoy, no es difícil encontrar su influencia en una actitud más

comprensiva hacia la enfermedad mental y una mayor empatía hacia el enfermo. Aún siguen existiendo organizaciones como la Philadelphia Association, dedicada al adiestramiento de psicoterapeutas con un acercamiento empático hacia la enfermedad mental. Por otro lado, una vez superados y asimilados los supuestos radicales que definieron en algunos momentos la antipsiquiatría, sus ideas sobre la influencia social o ambiental en el desarrollo de la enfermedad mental han servido para matizar acercamientos excesivamente biomédicos, que cifraban la caída en la locura como un mero accidente de tipo químico o biológico.

La tesis fundamental de la antipsiquiatría es, como ya hemos adelantado, el rechazo del concepto enraizado de la enfermedad mental como una mera anormalidad biopsíquica, y el esfuerzo por encontrar el origen de éste en un contexto histórico-social y cultural. Se rechazan los modelos y tratamientos médicos tradicionales, sobre todo el hospital psiquiátrico, lugar no de curación sino de mayor alienación social, entornos que generan y hacen crónicos los comportamientos que se han tildado como desviados9. En consecuencia, estos espacios cerrados se sustituyen por una serie de comunidades alternativas como las ya mencionadas. El psicótico no es un objeto que ha de ser arreglado y reintegrado a la sociedad, sino ante todo un ser humano, víctima de un

9 La publicación en 1973 del artículo de Rosenhan, “On Being Sane in Insane Places”, contribuyó a

agudizar el malestar entre la profesión, y la confirmación de algunas de las teorías antipsiquiátricas sobre el funcionamiento de los hospitales de la época, así como el círculo vicioso existente entre el internamiento y el agravamiento del comportamiento desviado. En el estudio de Rosenhan, ocho “pseudopacientes” simularon sufrir alucinaciones auditivas y fueron internados en doce hospitales psiquiátricos diferentes con el diagnóstico de esquizofrenia. Durante el ingreso dejaron de manifestar los síntomas, exhibiendo un comportamiento normal en el que, sin embargo, cualquier movimiento era interpretado por el personal de la clínica como “desviado” y nuevo síntoma de esquizofrenia. Rosenhan utilizó este estudio para atacar la poca fiabilidad de la evaluación psiquiátrica y el peligro de error diagnóstico. La crítica de Rosenhan estaba implícitamente ligada a los estereotipos culturales y a las prácticas psiquiátricas inhumanas de los hospitales mentales.

sistema patógeno anclado en el malestar cultural y que le obliga a enfrentarse a una serie de contradicciones y conflictos irresolubles que provocan su inadaptación o “locura”. Esta “locura” no es sino una etiqueta aplicada a lo que se aprecia como una desviación social, que sirve para que las instituciones mentales y la psiquiatría tradicional, en nombre de la familia y el grupo social, tras perturbar al sujeto, lo declaren enfermo y lo aniquilen mediante una serie de tratamientos agresivos que, con la excusa de integrar, homogeneizan; la psiquiatría es una forma más de opresión social similar a otras instituciones de la sociedad patriarcal (Familia, Escuela, Capital, Estado, Policía, etcétera). La esquizofrenia es, pues, consecuencia de la represión y de dobles

vínculos (un concepto cuyo significado pronto analizaremos) que perpetra la familia

como representante microsocial de una sociedad más amplia, y que muy a menudo desemboca en la institucionalización. La psiquiatría es un mecanismo que refuerza la represión, una especie de violencia institucionalizada, consensuada y aceptada por la sociedad. Esta etiqueta, el diagnóstico mental, es arbitraria puesto que depende de los valores socio-temporales y de la ideología cultural del momento, y la definición de normalidad variaría, pues, de un grupo a otro. Así, las experiencias de místicos hindúes o cristianos, o de “medicine men” en culturas chamánicas (con su abandono del yo, visión alterada y fusión con el mundo) comparten gran parte de las atribuciones del ataque psicótico, gozando sin embargo éstos de un status especial dentro de sus comunidades sociales o culturales.

En el seno mismo de la práctica antipsiquiátrica, y de las soluciones alternativas que se proponen a los modelos médicos tradicionales, existe una fuerte corriente humanista que trata de ver al enfermo ante todo como ser humano, aniquilando

fronteras amenazantes e infranqueables entre paciente y médico. El médico, postulan los antipsiquiatras, debe formarse no sólo para reconocer al paciente como persona, sino también para comprender qué tipo de problemas sociales se esconden tras su locura, cuáles son las nefastas características del sistema que le han obligado a adoptar rasgos psicóticos como mecanismo de supervivencia. más que la locura, lo cuestionable es el contexto social enfermo que la produce en individuos especialmente sensibles a las contradicciones familiares, culturales y sociales.

El destino de la “revolución” (pues como tal ha sido calificada por algunos) antipsiquiátrica ha sufrido diversos altibajos en lo que a su influencia y relevancia se refiere, y el análisis de este movimiento médico-cultural resulta más acertado debido ya a una cierta distancia histórica. La popularidad de las ideas antipsiquiátricas decayó a partir de los años 70, por la desaparición de la Contracultura que la vio nacer, el desinterés en políticas marxistas y anarquistas con que se relacionó, y el lastre del malestar inicial por sus críticas hacia el sistema psiquiátrico, enfocado en los años 60 hacia un estudio biológico de la etiología de la esquizofrenia. Del rechazo de muchas de estas ideas, unido a la denostación de la figura de R. D. Laing (como máxima figura de este movimiento en la imaginería popular) en los últimos años de su vida, se ha pasado ahora a una reevaluación de esta corriente en todo lo que de positivo aportó al campo del estudio de las psicosis. Muchos de sus postulados, como la importancia del entorno social en el desarrollo de la enfermedad, han atemperado las interpretaciones duras de la esquizofrenia como enfermedad meramente neurológica que se manejaron en su momento. Lo más destacable, acaso, sea la consideración que trajo del paciente como ser humano, y la empatía y humanización del trato entre éste y el médico, el interés por

lo social dentro del currículo formativo de nuevos especialistas, y, sobre todo, la ponderación de las presiones sociales como causa de desequilibrio psíquico.

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