4 DustComb equipment
4.3 Drying of the pulp
4.3.2 Flash drying
- Sí, claro, es poco probable que una mujer tenga un nivel muy alto en el espionaje soviético, en cualquier espionaje, de hecho, -afirmó, intentando en el último momento que sus palabras no tuvieran un excesivo tono sarcástico.- pero nos conviene saber al menos su campo de actuación, para conocer no sólo la calidad sino el tipo de información que puede llegar a proporcionar el objetivo. Al coronel parecieron pasársele por alto las segundas intenciones de las palabras de Sarah, puesto que se limitó a fruncir el ceño y a sumirse en otro de sus soliloquios.
- Uhmm, sí bueno... Es cierto, si bien... Por otra parte, no nos resulta imprescindible disponer... De acuerdo... -Al fin levantó la vista, centrando su atención en ella, y dijo, con mayor resolución.- Está bien, ha demostrado lo válido de su criterio, así que puede continuar con el seguimiento de su objetivo. Pero sólo mientras dure el juicio y su tapadera continúe siendo válida.
- Gracias, señor. - respondió ella, pasando por alto el comentario del coronel acerca de la poca necesidad que tenían de ella en otra parte.
Puesto que la entrevista parecía haber finalizado, el coronel se puso en pie, momento en el que dudó de manera evidente ante ella. Sarah no pudo evitar una sonrisa ante las dudas del coronel. ¿Cómo se despedía a una agente femenina, que además era civil? No correspondía un saludo militar, desde luego. ¿Se le daba un beso en la mejilla como a una señorita? Al fin, el coronel pareció salir de su estupefacción y extendió la mano. Sarah se puso en pie y la estrechó con decisión y firmeza, tratando de reprimir una sonrisa ante el cómico instante de perplejidad de su superior.
- Hasta la vista, y felicidades por su trabajo. -ijo él. - Gracias, señor... Esto... Otra cosa...
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- ¿Sí? - Si se decide pasar a la fase de extracción de información del objetivo, ¿se me comunicará?
- ¿Oh? Mmm, sí, desde luego, al menos mientras esté usted en su seguimiento, claro... -dijo mientras se retorcía una punta de su bigote.- Después el asunto quedará fuera de su competencia.
- Está bien. Gracias, señor. - Muy bien, hasta la vista.
* * * * * * * * *
El alto mando británico - de hecho el propio Bernard Law Montgomery - había elegido Bad Öynhausen como cuartel general precisamente por ser una pequeña y tranquila ciudad-balneario. Disponía de hoteles capaces de albergar todo el entramado de la administración de la zona británica, y además no había sido objetivo de las bombas aliadas. En consecuencia, Sarah se halló en medio de una ciudad encantadora, con toda la tarde para ella. Se encontraba de un humor excelente, y el día era soleado, fresco y muy agradable. Decidió regalarse algunos de los servicios que el lugar todavía ofrecía a los visitantes ocasionales.
Inmersa en un relajante y cálido baño de sales, Sarah fue consciente de su estúpida y constante sonrisa, que sin embargo no abandonó, ni siquiera al reflexionar acerca de la persona de Gordon-Adams. El hombrecillo no era, desde luego, un militar. Su rango y empleo eran una simple tapadera, puesto que el MI6, a diferencia del NKVD, era un servicio civil. No parecía, desde luego, un soldado, aunque se destino ficticio tenía que ver con la intendencia, no con las armas. En todo caso, se apreciaba que las contradicciones entre su condición de civil y el uniforme que llevaba tendían a superarle. Sin embargo, aquello no resultaba peligroso para su tapadera: los militares ingleses siempre habían sido
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así, en absoluto marciales. Contrastaban fuertemente con los alemanes. El mariscal Keitel, juzgado en Nuremberg, era el ejemplo más evidente: se obstinaba en comparecer ante el tribunal con su vistoso uniforme, con todas sus medallas y hasta su monóculo. El resto de militares juzgados allí había renunciado a ello, en un evidente intento por parecer menos obviamente nazis, aunque seguían disponiendo de un aspecto ciertamente marcial. Y sin embargo, la guerra la habían ganado tipos como Gordon-Adams... Sarah ensanchó su sonrisa. La había ganado gente como él, y también como ella, con su trabajo con la máquina Enigma.
Oh, vaya, echaba de menos aquellos tiempos, se dijo mientras se retorcía en la cálida sensualidad que le proporcionaba aquel baño. Aunque su situación actual tampoco estaba mal. Y seguiría con Nadia... El juicio todavía iba a durar varios meses. Sarah salió de la bañera, envolviéndose en una toalla y soltándose de nuevo el pelo. Sí, se cambiaría el peinado. Ya era hora de darse un pequeño lujo; se lo había ganado.
59 PARTE 5
El regreso, sin las incertidumbres de la ida, fue todavía más plácido. Sarah se sentía confiada y segura de sí misma. Todo había salido razonablemente bien, y ahora se enfrentaba a una misión que se prolongaría varios meses. Era algo estimulante: desentrañar el misterio que era Nadia suponía todo un desafío. Sentada en el vagón del tren, de nuevo vacío, trató de concentrarse. Debía proceder con orden, y lo mejor sería hacer una lista de los problemas a los que se enfrentaba. Primero, las motivaciones de Nadia. Su reacción a la trampa que le había tendido parecía algo exagerada; sin duda se podrían sacar datos interesantes de su pasado resolviendo esa ecuación.
Segundo, su rango y competencias dentro del espionaje soviético. Esos datos eran realmente importantes, y justificaban por sí solos la prolongación de la misión. Sin embargo, sería el más complicado de poner en claro, sin duda.
Tercero y último, desentrañar la extraña actitud de Nadia hacia ella. La atracción existía, o al menos eso parecía, y sin embargo no parecía ir a ninguna parte. Nadia se comportaba de una forma tan extraña con ella, como si viese en ella algo más de lo que había... Orden, orden, se dijo. Había que tratar esa cuestión con la misma frialdad que las demás. Analizar, desentrañar, organizar. Por una parte, parecía evidente que los soldados rusos la consideraban "territorio prohibido", a causa de su relación con ella. Aquello era suficientemente curioso, se dijo sin poder evitar una sonrisa que nadie vio. Pese a ello, Nadia no parecía compartir con los soldados aquel concepto, al menos no del todo. La trataba con una cierta familiaridad distante, con un afecto contenido. Las razones de aquel comportamiento podían ser muchas, pero especular acerca de ellas no la llevaría a ningún lado.
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propio reflejo en el vidrio de la ventanilla. Sonrió ante su imagen y su nuevo aspecto. Se había arreglado el pelo siguiendo el estilo impuesto por Veronica Lake. Era el peinado de moda, al que se había resistido hasta entonces. Era curioso cómo solía evitar las modas, hasta que empezaban a quedar obsoletas. Sólo entonces se decidía a seguirlas.
En la peluquería habían hecho todo lo posible, y la verdad era que había quedado bien. El cabello echado a un lado, casi ocultando el lado derecho de su cara, se suponía que le daba un aspecto misterioso. Suspiró; ni por esas se sentía del todo en el papel de espía, y sin embargo no deseaba dedicarse a ninguna otra cosa. No era obligatorio ser coherente, se dijo sonriendo a su traslúcida imagen en el cristal.
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A medida que avanzaba hacia la Rauchstube, iba sintiendo cómo su sensación de seguridad se iba desvaneciendo. En el tren todo había estado muy claro, pero ahora era evidente que había olvidado algo. No lo había olvidado; tenía que reconocer que lo había dejado de lado, pues se trataba de una decisión difícil. En el mismo momento en que empujaba la pesada puerta de la taberna, tomó una determinación. Le diría a Nadia que estaba al corriente de la muerte de Gneissenau, pero sin evidenciar que sospechaba de ella. Tendría que hacerse la tonta de nuevo. Aquello no le gustaba, pero no tenía muchas alternativas.
Nada más entrar se encontró con la mirada de Nadia, que había levantado la vista nada más aparecer ella. Vio su boca formar una sorprendida "o". Había olvidado su nuevo aspecto, y no se había preguntado cómo reaccionaría la soviética. Sonrió, algo insegura, mientras Nadia se ponía en pie haciendo lo mismo.
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fuera a besarla. No lo hizo, sino que quedó a su lado, con una sonrisa algo sardónica. - Estás muy... diferente. Muy guapa, desde luego.
Sarah sonrió en respuesta al cumplido, que no dejó de parecerle forzado. Por alguna razón, le parecía que Nadia se reía de ella, que sus ganas de parecerle más atractiva y misteriosa le resultaban transparentes. Aquello era absurdo, se dijo mientras la mujer pasaba un brazo por su espalda y la conducía hasta su asiento.
No tenía sentido aplazarlo, decidió nada más sentarse. Cuanto más franca y directa fuera, más sincera parecería.
- He sabido que el hombre al que investigué, el tal Gneissenau, ha sido asesinado. - dijo de sopetón, tratando de parecer inofensiva e inocente, mientras Nadia estaba tomando asiento frente a ella.
La reacción de la soviética podría haber resultado cómica en otras circunstancias. Se quedó a medio sentar, como paralizada, y su expresión mostró una repentina alarma. La miró con intensidad, traspasándola con aquella mirada tan característica. Por un momento, Sarah sintió una punzada de pánico. Pensó que Nadia estaría decidiendo si debía matarla o no.
El instante se fue tan repentinamente como había llegado. Una vez pasado, Sarah apenas se sintió capaz de decidir si todo aquello se había debido a su imaginación o no. En todo caso, la oficial se acabó de sentar, compuso una expresión vagamente interesada y dijo tan sólo: - ¿Oh? ¿Sabes cómo ha sido? Decidió darle a todo el asunto el tono más banal posible. Le molestaba que Nadia pensase que era idiota, pero sería lo mejor.
- La policía de Leipzig no se aclara, pero qué le vamos a hacer. Ha sido mala suerte. Tal vez alguna de sus víctimas le reconoció. De todas formas da igual, mi artículo saldrá adelante de todas formas, así que me da lo mismo.
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Su respuesta pareció complacer a Nadia, que esbozó una leve sonrisa. Apoyó sus codos sobre la mesa ante ella, como soporte para su barbilla, y la miró con lo que sólo se podía interpretar como interés.
- Estás realmente muy guapa, Sarah. ¿Cómo te ha dado por cambiarte el peinado?
El cambio de tema era forzado pero de intención evidente. No podía resultar más oportuno desde su propio punto de vista, de modo que lo aprovechó de inmediato. Debería jugar al juego de la chica superficial; aquello tranquilizaría sin duda a su interlocutora.
El resto de la velada trascurrió por esos mismos senderos. Le contó su viaje, lo bonito que era Bad Öynhausen y todo cuanto podía explicarle sin comprometerse. Nadia parecía sinceramente aliviada, y aquello se le contagió. En definitiva, fue una agradable tarde que derivó sin sentir hasta la noche. Las dos se habían quitado un peso de encima, y eso se hizo notar. Lo había pasado en grande, se decía Sarah mientras caminaba, sola, de vuelta a casa de los Bauer. Nadia parecía más confiada que nunca, e incluso de alguna forma más amistosa y menos atraída hacia ella. Aquello funcionaba, se dijo, cuando una ráfaga de viento en medio de la noche la sacudió con fuerza. Recordó entonces la mirada asesina de Nadia, durante aquel breve y amenazador instante, y sintió que el frío le helaba los huesos. Por fortuna, la sensación pasó tan rápido como cuando había ocurrido, y Sarah recuperó aquella sensación de calidez interior que había disfrutado hasta entonces.
* * * * * * * * *
Los meses se fueron uno tras otro, a medida que los días se iban haciendo más largos y el frío iba desapareciendo. El juicio se aproximaba a su final, a través de sus farragosas sesiones. A lo largo de todo aquel tiempo, Sarah se vio con Nadia
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casi todos los días, en una rutina establecida: Se saludaban por las mañanas, a la puerta de la sala, somnolientas y taciturnas aunque sonrientes. Después se veían para la rápida y espartana comida durante el receso de mediodía. Por las tardes solían verse en la Rauchstube. Allí acostumbraban a cenar, pasando un buen rato hasta entrada la noche.
Durante todo aquel tiempo, Sarah no olvidó su misión. En medio de sus conversaciones, se esforzaba por averiguar algo, lo que fuera, sobre el pasado de aquella hermética mujer. Sus intentos resultaron infructuosos. Nadia, aunque no parecía recelosa, se negaba suave aunque obstinadamente a revelar un solo detalle de su vida antes de Nuremberg. En una ocasión, ante la insistencia de Sarah, había sonreído de forma irónica y, tras un breve silencio, había dicho: - No te gustaría saber cosas de mi vida antes de la guerra, Sarah. De todas formas, eso no te afecta, o al menos eso espero.
Sarah, inclinada hacia su interlocutora en el agradable ambiente de la Rauchstube, notó cómo su sonrisa se helaba en su rostro. Sintió que debía haber palidecido, porque Nadia la observaba sin perder su expresión sardónica. Todo lo contrario. La miraba como si sus azules ojos fueran capaces de ver a su través. Como si conociera todos sus secretos y estuviera jugando con ella. Sarah se había obligado a sonreír de nuevo, cambiando de tema como si aquello no hubiera tenido la menor importancia para ella. Pero por un instante creyó que había sido descubierta.
Después se preguntó acerca del significado de aquellas palabras, sobre todo de la críptica segunda frase. Por más vueltas que le dio, no consiguió darle un sentido lógico.
Por otra parte, aunque la compañía de Nadia resultaba estimulante, Sarah notaba que dormía cada vez peor. No era demasiado extraño; le recordaba sus propios días de trabajo durante la guerra, cuando trabajaba en Cifrado. La
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tensión era menor, desde luego. Su esgrima intelectual con Nadia, con ella tratando de hacer saltar las defensas de la soviética sin levantar sus sospechas, no alcanzaba la tensión de aquellos días en que la vida de miles de soldados dependía de su trabajo. Sin embargo, había algo que no se daba entonces: existía una fecha límite. El juicio se iba deslizando lenta pero inexorablemente hacia su final, y ella sabía muy bien que tras las sentencias ambas se separarían. Aquello pondría punto final a su relación con Nadia, y le impediría redondear su misión con un éxito total. Eso si no lograba despejar las dos incógnitas principales: el grado y competencias de la oficial soviética dentro del NKVD.
En consecuencia, a medida que el verano avanzaba, dormía cada vez peor. Sin embargo, y de forma similar a lo ocurrido durante la guerra, notaba una curiosa sensación de felicidad que se sobreponía a la tensión y la fatiga. Sentía que había nacido para esto, y la animaba la excitación de la caza. Sobre todo cuando su presa era una mujer tan inteligente y complicada como Nadia.
Además, y analizando detenidamente sus sentimientos, Sarah comprendió que su tensión tenía otro origen, que se acumulaba con el resto. Le preocupaba mucho que llegara el día en que tuviera que chantajear a la soviética. No deseaba de ninguna forma que aquel momento se presentase. A veces la temía; suponía que Nadia reaccionaría de forma violenta o al menos peligrosa al revelarle la trampa que le había tendido. Sin embargo, en otras ocasiones Sarah la imaginaba reaccionando de otra forma. Visualizaba su expresión de decepción, de tristeza al saber que aquella mujer en la que había confiado la había traicionado. Sarah no conseguía decidir cual de las dos posibilidades temía más. En todo caso, aquello no dependía de ella. Además, ella misma había tomado sobre sus hombros aquella carga. Lo sentía como su responsabilidad, y estaba dispuesta a afrontarla. La orden le llegaría por correo, sin previo aviso, de forma que su tensión fue creciendo a medida que avanzaba el año. Pese a ello, la alegría no la abandonaba, todo lo contrario. Aquel duro y terrible invierno, el primero tras el final de la guerra, iba quedando atrás, y los días largos y cálidos
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Obedeciendo la imperiosa orden del ujier, Sarah se puso en pie, como el resto de la sala. No se trataba, esta vez, del final de la sesión. Con los jueces sentados, el ujier se adelantó hasta un micrófono y, con voz alta y solemne, proclamó en inglés:
- Los encausados han sido acusados de cuatro delitos: primero, conspiración contra la paz mundial; segundo...
Sarah sintió su corazón acelerarse. El momento definitivo, el de las sentencias, había llegado al fin. El verano se había ido ya, aunque todavía se disfrutaba de buen tiempo, y el juicio había alcanzado su final. Durante las últimas semanas, los rumores se habían desatado; había quien aseguraba que las presiones sobre el tribunal eran fuertes, y se decía que los americanos querían un veredicto clemente, para lograr la reconciliación con los alemanes. Los soviéticos, en cambio, exigían condenas ejemplares. La tensión había ido aumentando entre los dos aliados. El discurso de Churchill sobre el "telón de acero" que, según él, los soviéticos estaban extendiendo a través de Europa, había tenido su trascendencia. Las tensiones eran evidentes, y el desenlace del juicio no iba escapar a todo aquello.
- ... y realización de una guerra ofensiva; tercero... - seguía diciendo el ujier. Sarah trató de olvidar sus pensamientos y aprensiones. El instante era histórico, y convenía prestarle atención, ya que había dispuesto del privilegio de asistir a él.
- ... crímenes y atentados en contra del Derecho de Guerra; y cuarto, crímenes contra la Humanidad.
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justificar la creación de un tribunal tan particular como aquel. Entretanto, Sarah aprovechó para mirar a Nadia, de pie al otro lado de la sala. Su expresión de odio era casi aterradora. Habían discutido acerca de los posibles veredictos, y desde luego que exigía una condena general. No podía imaginar su reacción en caso contrario.
En aquel instante, Nadia desvió su mirada del ujier, y las de ambas se cruzaron. De inmediato, su expresión se suavizó, e incluso esbozó una tenue sonrisa en su honor. Sarah se la devolvió, aunque pronto la atención de ambas fue reclamada de nuevo por la voz que llenaba la sala.
- A falta de las pruebas, que quedarán consignadas en la sentencia pública, paso a la lectura de los veredictos. Hermann Göhring, condenado por 1, 2, 3 y 4, sentenciado a muerte en la horca. Joachim Von Ribbentrop, condenado por 1, 2, 3 y 4, sentenciado a muerte en la horca. Hans Frank, condenado por 3 y 4, sentenciado a muerte en la horca...
La lectura prosiguió con monótona precisión. En total, 12 sentencias de muerte, 7 de prisión y tan sólo tres absoluciones. La reacción de los condenados a muerte fue variadísima, desde la indiferencia a la consternación, pasando por la indignación de unos pocos. En cambio, a Sarah le bastó una mirada a Nadia para comprender que las sentencias la habían satisfecho. En su mirada se veía