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Chapter 5: In which Institutional Settings are Officials to engage Communities

5.3 The development of a Park

5.3.1 The flaws of Park development structure

roso suicidio fu e inspirado por la muerte de Sócrates tal como la describe el Fedón de Platón. En este cuadro de Pierre Narcisse Guérin (1797), puede verse en primer plano un rollo del pergamino del Fedón.

alma. Se echaron a llorar y abandonaron la habitación. Catón cogió de nue­ vo su espada y declaró: 'Ahora yo soy mi propio dueño7. Al alba, en cuan­ to se quedó solo, se clavó la espada en el estómago, pero debido a que se había lesionado en la mano, no pudo clavársela con suficiente fuerza. Sus visceras quedaron colgando fuera de su cuerpo, pero no murió. Llamaron a un médico, que volvió a meterlas dentro de su cuerpo y le cosió la herida. En cuanto Catón volvió en sí, echó al médico, se arrancó las tripas con sus propias manos y murió.

En lo único en que Catón se parece a Sócrates es en el hecho de haberse matado a sí mismo, inspirándose en la descripción de la muerte de Sócrates en el Fedón. En todos los demás sentidos, su muerte no es meramente no so­ crática, sino antisocrática. Para empezar, es terriblemente violenta -en claro contraste con la indolora y casi incorpórea muerte de Sócrates en el Fedón.

libertad de su ciudad -mientras que Sócrates fue condenado por su propia y recién liberada ciudad. Para muchas de las personas de la época imperial romana, la muerte violenta, política, ultramachista de Catón era mucho más admirable que la del tábano extranjero y fanfarrón Sócrates.

La filosofía baja de las nubes: Cicerón

Un epigrama del erudito poeta y bibliotecario alejandrino Calimaco (si­ glo II aC) presenta la imitación de la muerte de Sócrates como una activi­ dad frívola y caprichosa.

Diciendo '¡Adiós, Sol!', Cleombroto de Ambracia saltó un alto muro y fue a parar a la Tierra de los Muertos. ¿Por qué? Por nada, solamente porque había leído ese texto de Platón sobre el alma.

Este personaje no tiene ningún motivo para suicidarse, excepto la inspi­ ración que le proporciona el Fedón de Platón. El poema es un tributo a la es­ pléndida maestría artística de Platón; pero también es una pulla irónica contra el hecho de tomarse el ejemplo de Sócrates demasiado en serio.

El gran estadista, orador y prolífico escrito romano Marco Tulio Cicerón (106-43 aC) abordó estos temas al considerar el ejemplo del Sócrates mori­ bundo. El propio Cicerón escribió textos filosóficos y admiró a Sócrates co­ mo ejemplo filosófico. Admitía que 'todos los filósofos piensan de sí mismos, y quieren que los demás piensen de ellos, como seguidores de Sócrates' (De

Oratore, 3.16.60).

Pero Cicerón estaba inquieto por la medida en que los no filósofos tam­ bién querían seguir el ejemplo de Sócrates. Por un lado, Sócrates proporcio­ naba un modelo de cómo la filosofía podía interrelacionarse con el mundo real. Supuestamente, había sido el primer filósofo que había estudiado cuestiones éticas, más que cosmológicas o teológicas: Cicerón destacaba que Sócrates 'había hecho descender a la filosofía desde el cielo a la tierra'

(Tusculanae Disputationes 5.4.10). Por otro lado, Sócrates parecía estar toda­ vía demasiado alejado de las realidades de la vida en la medida en que mo­ ría por una abstracción (la verdad) y no por una causa política concreta.

Cicerón habla en contra del modelo del discurso de la defensa de Só­ crates (la Apología de Platón) para un orador. Un acusado romano llamado Rutilio Rufo siguió imprudentemente el ejemplo de Sócrates y se negó a invocar a las emociones en su defensa. Era inocente, pero gracias a su insen­ sata insistencia en la integridad de Sócrates, fue condenado al exilio.

Evidentemente, como orador, Sócrates no es un muy buen ejemplo, porque no salió muy bien librado (De Oratore 1.231).

En su obra filosófica, Cicerón utiliza la buena disposición -e incluso la alegría- de Sócrates ante su propia muerte para proporcionar la prueba definitiva de que no hay nada que temer después de la vida. Pero Cicerón se aleja de Sócrates tan pronto como parece aproximarse a él. Comenta: 'Sin embargo, todo esto es una historia antigua, y griega además. Pero Catón abandonó esta vida con un sentimiento de júbilo por haber encontrado una causa para morir' (Tusculanae Disputationes 1.87). El ejemplo de Catón pare­ ce imponerse al de Sócrates porque él era un contemporáneo de Cicerón -y no simplemente un griego muerto. Además, Catón murió por las República. Las razones de Sócrates son mucho menos fáciles de determinar. La vida de Sócrates parecía un modelo peligroso, en la medida en que ponía en cues­ tión las costumbres de su ciudad. Cicerón advierte, 'Que nadie cometa el error de pensar que porque Sócrates... no hizo ni dijo nada contrario a las costumbres y tradiciones de su ciudad, también él tiene derecho a hacer lo mismo' (De Officiis, 1.41.148).

La muerte de Sócrates le parecía a Cicerón algo más bien distante del mundo real. Repetidamente la compara con otras muertes más explícita­ mente políticas. Catón proporciona uno de estos ejemplos. Otro es el de un estadista llamado Teramenes, que fue ajusticiado por Critias en tiempos de los Treinta Tiranos. Igual que Sócrates, fue obligado a beber cicuta en la cár­ cel. Mientras bebía, hizo un brindis: 'A la salud del hermoso Critias', dijo. Cicerón manifiesta admiración por 'este hombre noble, que bromeó incluso antes de exhalar su último suspiro' (Tusculanae Disputationes, 1.97). Sócrates bebió la cicuta tranquilamente, pero no profirió ninguna agudeza al hacer­ lo. Teramenes, no Sócrates, constituye un buen modelo de cómo comportar­ se con dignidad en esa importante situación romana: cuando uno es obliga­ do por un tirano a suicidarse.

Cicerón discute la idea de que Sócrates nos enseñó a morir con su mane­ ra de actuar ante la muerte:

Dejadme que os advierta en contra del hecho de pensar que puede haber algún hombre capaz de rivalizar con Catón en vuestra admiración -incluido el hombre sobre quien el oráculo de Apolo aparentemente declaró que era el más sabio de toda la raza huma­ na. La verdad es que la memoria de Sócrates la honran las ense­ ñanzas que ofreció, pero la de Catón la honran las gloriosas accio­ nes que realizó. (De Amicitia 10).

Este pasaje constituye un elogio muy ambiguo de Sócrates, incluso como maestro. Sócrates solamente puede decirnos qué debemos hacer, no mos­ trárnoslo con su ejemplo. Más edificante es la enseñanza que nos proporcio­ na la entereza moral de Catón. Podemos intuir en Cicerón un eco del recha­ zo de Sócrates por parte de Catón el Viejo calificándole de mero 'charlatán griego'.

La muerte violenta del propio Cicerón fue tan diferente de la muerte se­ rena y filosófica de Sócrates como del sanguinolento suicidio de Catón el Joven. Cicerón se opuso con vehemencia a Marco Antonio, que llegó al po­ der después del asesinato de Julio César el año 44 aC. La voluminosa co­ rrespondencia de Cicerón durante los dos últimos años de su vida evoca constantemente el tema central del Critón de Platón. Cicerón se pregunta­ ba si debía permanecer leal a su país y a sus leyes, ahora que ocupaban el poder unos hombres malos; si sería una traición a sus principios escapar de Roma y vivir seguro en el exilio; y si, como Catón o como Sócrates, te­ nía que suicidarse. Cicerón titubeó lo suficiente como para que le costase la vida. Fue capturado por un grupo de asesinos que le cortaron la cabe­ za y las manos en represalia por los discursos que había escrito en contra de Antonio.

Cicerón alcanzó una especie de dignidad en el momento de su muerte diferente tanto de la de Sócrates como de la de Catón. Murió estando de viaje, en un camino polvoriento, y su muerte no fue planeada ni escenifica­ da, sino aceptada valerosamente cuando finalmente llegó. Como nos cuen­ ta Plutarco, 'Tocándose el mentón, como tenía por costumbre, con la mano izquierda, miró fijamente a sus asesinos; estaba cubierto de polvo, los cabe­ llos y la barba sin cortar, y en su cara se reflejaban sus preocupaciones'. Los tábanos eran tratados con más gentileza en los viejos tiempos atenienses. Quienes provocaban y desafiaban a los nuevos gobernantes de Roma no recibían ninguna clemente copa de cicuta.

Séneca, el estoicismo y aprender a morir

Para los filósofos romanos, las imágenes de Sócrates llegaban a través del filtro de la filosofía griega de los siglos II y III. Dos 'escuelas' helenísticas en particular afectaban a las actitudes romanas respecto a Sócrates: la de los cínicos y la de los estoicos. Para los cínicos, Sócrates era admirable por su falta de interés en los bienes materiales. Para los estoicos, representaba al sabio ideal capaz de resistir el dolor, la presión política y el miedo a la muer­ te. Más que ningún otro de los grupos filosóficos helenísticos y romanos

que podían remontar sus orígenes a Sócrates (incluidos cínicos, académicos, peripatéticos, hedonistas y escépticos), los estoicos hacían más hincapié en la muerte de Sócrates que en su vida y en sus doctrinas. Los estoicos eran los principales herederos intelectuales de la afirmación que hace Sócrates en el

Fedón según la cual la tarea perenne de la filosofía es aprender a morir. Como observaba Epicteto: 'El recuerdo de la muerte de Sócrates es más útil al mundo que el de las cosas que hizo o dijo cuando estaba vivo' (Discursos 4.1).

Epicteto, un influyente filósofo estoico que vivió durante el primer y segundo siglo de nuestra era (c. 55-135 dC), consideraba que el Sócrates moribundo era el modelo más importante a seguir por parte de los estoicos contemporáneos. Insistía: 'La muerte no es una cosa mala, de lo contrario así se lo hubiera parecido a Sócrates' (Enquiridión 5). El modelo de la muer­ te de Sócrates puede darnos valor a todos cuando nos llegue el momento.

Nacido esclavo, Epicteto fue obligado por el emperador Domiciano a exi­ liarse de Roma. Se retiró al norte de Grecia y fundó una escuela a una dis­ tancia segura del centro del imperio. Epicteto consideraba a Sócrates como la personificación de cómo debe comportarse alguien en una tiranía políti­ ca. Volvía constantemente a la paradoja de que la muerte de Sócrates le con­ fería integridad. La muerte de Sócrates nos enseña cómo se puede ser libre incluso estando oprimido. 'El Sócrates que se opuso a los tiranos y que mantenía conversaciones sobre la virtud y la belleza moral nos ha sido pre­ servado gracias a que decidió morir en vez de huir', nos dice Epicteto. 'Se enfrentó a los Treinta Tiranos como un hombre libre'. Esta es una clase de libertad que está al alcance de cualquier individuo pero que no provoca ningún cambio político.

El filósofo estoico romano Séneca el Joven (4-65 dC) se adelantó a Epic­ teto en su obsesión por la muerte de Sócrates. Al igual que Epicteto, Séneca trata la muerte como un acontecimiento culminante en la vida de Sócrates. Declaró: 'Cicuta magnum Socratem fecit' ('Fue la cicuta lo que hizo grande a Sócrates') (Epístolas 13.14). Esta frase sugiere que Sócrates no hubiera sido nadie sin su muerte.

Debido a que Sócrates murió del modo en que lo hizo, fue posible con­ vertirlo en un héroe estoico. Pero Séneca reinterpreta la muerte de Sócrates para adaptarla a las expectativas culturales romanas. Sitúa el dolor en el centro de la historia. El Sócrates de Platón es un hombre tranquilo y no pa­ rece sufrir. El Sócrates de Séneca es un hombre que soporta un sufrimiento interminable con un espíritu totalmente estoico. Soportó la pobreza, un mal matrimonio, unos hijos incorregibles, un trabajo duro, el servicio militar, vivir bajo una tiranía, la enemistad y, finalmente, una acusación, la cárcel y la muerte. Y a pesar de todo ello, jamás se permitió una emoción excesiva;

según Séneca, nunca se le vio inusitadamente alegre o inusitadamente me­ lancólico -'Supo permanecer ecuánime frente a todas las disparidades de la fortuna' (Epístolas 104.27). La muerte de Sócrates imparte una lección estoi­ ca: incluso el dolor y la desgracia pueden hacernos bien.

Séneca insiste en su visión de Sócrates como modelo de una vida filosó­ fica: 'Si deseáis un modelo, tomad a Sócrates'. Pero Séneca es también cons­ ciente de algunos peligros obvios en la dependencia retórica romana de la muerte de Sócrates y de otras muertes famosas -incluidas las de Catón y Te­ ramenes. Es posible que imitar la conducta de otros no sea realmente la mejor manera de aprender a ser bueno. El resultado de repetir una y otra vez historias 'inspiradoras' puede ser que se hace imposible escucharlas, del mismo modo que es imposible mirar la Mona Lisa con ojos vírgenes. Tal vez, como sospechaba Cicerón, el ejemplo de aquel famoso filósofo griego no era muy útil en la realidad política de la Roma contemporánea.

Séneca aborda explícitamente este problema. Cita a todos los sospecho­ sos habituales a los que se refieren los argumentos en contra del miedo a la muerte, incluido Sócrates: 'Sócrates llevó a cabo una discusión filosófica es­ tando en la cárcel, y cuando le ofrecieron la oportunidad de escapar, la rechazó y se quedó, para liberar a la humanidad de las dos cosas más terri­ bles, la muerte y la prisión' (Epístolas 24). Pero luego Séneca se imagina que el tópico puede no haber convencido totalmente a sus lectores: 'Se dirá que todas estas anécdotas han sido contadas una y otra vez en todas las escue­ las; ahora bien, ya que el tema es el desprecio a la muerte, seguramente ten­ dremos que hablar de Catón'. Y efectivamente, la muerte de Catón es la si­ guiente de la lista.

Pero tal como relata Séneca la historia, la muerte de Catón es no sólo un ejemplo, sino una ilustración de la necesidad de ejemplos. Catón necesitó dos cosas para matarse. Una era la espada; la otra, un libro: el Fedón de Pla­ tón. Sin tener a mano el ejemplo de Sócrates, sugiere Séneca, Catón no po­ día haber llevado a cabo su heroico suicidio. 'Encontrándose en unas cir­ cunstancias desesperadas, se había provisto de estas dos armas: una, para convencerse de su voluntad de morir; la otra, para poder ponerla en prác­ tica'. Sin la muerte de Sócrates, Catón tal vez no hubiera tenido el coraje de morir.

Tres formas de imitar a Sócrates

El mordaz historiador romano Tácito (55-120 dC) describe una serie de tres suicidios forzados bajo Nerón, incluyendo el del propio Séneca. Tácito

presenta estas muertes como tres formas diferentes en que un romano podría tratar de morir como Sócrates. Pero él parece cuestionar la afirma­ ción de Séneca acerca de la utilidad del ejemplo socrático. Según él, el hom­ bre que más se esfuerza en morir como Sócrates -el propio Séneca - es tam­ bién el hombre cuya muerte está más impregnada de afectación y egotismo. Hacerse pasar por un Sócrates convierte en absurda la muerte de Séneca. La teatralidad es un pobre sucedáneo del verdadero coraje.

El año 65 dC, Nerón ordenó a Séneca que se suicidase. Platón insiste en que Sócrates no se suicidó. Pero la distinción entre la ejecución autoadmi- nistrada y el suicidio bajo coacción política puede resultar difícil de man­ tener.

En el relato de Tácito (Anales, libro 4), cuando el filósofo recibe la orden, se dirige a sus amigos y les dice que solamente les queda un servicio por cumplir, el más hermoso de todos: dar testimonio de la imagen de su vida. En consecuencia, la máxima preocupación del Séneca de Tácito parece ser la de hacer que la imagen de su muerte se parezca lo más posible a la de Sócrates. Al igual que Sócrates, Séneca reprocha a sus amigos cuando estos expresan su pesar -aunque no lo hace porque el alma sea inmortal, sino porque los hombres sabios tendrían que mostrarse ecuánimes en todo mo­ mento. '¿Dónde están todos estos preceptos sobre la sabiduría -pregunta-, dónde está la actitud racional frente al desastre sobre la que habían medi­ tado durante tantos años?'.

Empieza despidiéndose de su esposa, pidiéndole que contenga su pesar. Pero aquí el modelo socrático falla porque la mujer de Séneca, a diferencia de Jantipa, insiste en suicidarse con él. En principio se le permite compartir su experiencia, aunque más tarde la salvan de morir. Esta es una de las for­ mas en que la escena es una versión romanizada de la muerte de Sócrates: los romanos idealizaron el matrimonio mucho más de lo que lo habían hecho los atenienses.

Séneca y su esposa se cortan las venas de un solo tajo. Pero Séneca, debi­ do a su edad y a la debilidad derivada de su forma de vida basada en la abstinencia, no consigue sangrar lo suficiente y decide cortarse también las venas de sus piernas y rodillas. Por consideración a su mujer, le pide que salga de la habitación, para así ahorrarle la visión de sus sufrimientos. Permanece en plena posesión de sus habilidades retóricas y manda llamar a sus secretarios para que tomen nota de sus últimas palabras. Tácito obser­ va secamente: 'Dado que el largo discurso que pronunció ha sido publica­ do, me ahorraré la molestia de transcribirlo'. El historiador considera que no debe perder el tiempo reescribiendo el Fedón en nombre de un hombre que fue lo suficientemente egotista como para dictar sus últimas palabras.

Tácito se salta completamente los discursos finales de Séneca -y da a enten­ der a sus lectores que eran meras poses retóricas.

La muerte de Séneca es una extraordinaria combinación de casi todos los posibles métodos de suicidio: cortarse las venas para desangrarse, ingerir veneno, asfixiarse, ahogarse y finalmente morir quemado. Séneca pide que le traigan una copa de cicuta porque tarda mucho en desangrarse -la cicuta es el mismo veneno, observa Tácito, que utilizaban los atenienses en las eje­ cuciones públicas. Pero ni siquiera la cicuta puede acabar con el filósofo romano: sus miembros están demasiado fríos y no se ven afectados por el veneno. Finalmente se mete en una bañera llena de agua caliente y, mientras, esparce una libación sobre los esclavos que tiene más cerca, en honor de Júpiter el Libertador. Se asfixia con los vapores del baño y luego su cuerpo es incinerado. Al hacer morir a Séneca de tantas formas diferentes como es posible hacerlo, Tácito parece lanzar una mirada satírica a la noción misma de que la filosofía es una forma de aprender a morir. Es evidente que el filó­ sofo no se ha aprendido muy bien su propia lección: lo de morir lo hace especialmente mal, mucho peor que la mayoría de la gente. Es como si tra­ tando de aprender a morir como Sócrates hubiera hecho a Séneca incapaz de experimentar la muerte por sí mismo. El estudio académico del tema ha desecado su cuerpo hasta dejarlo sin una sola gota de sangre por derramar.

El cuadro que pintó Rubens de la muerte de Séneca, basándose en una