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P. Grice (1969, 1975), en la misma línea de los planteamientos anteriores, elabora una teoría pragmática del significado. Su teoría parte de la explicación del significado de los actos de habla, tanto en sí mismos como, sobre todo, en función de las

intenciones del emisor. Es decir, se prima un análisis del significado en función de las

intenciones comunicativas, sean éstas lingüísticas o de otro tipo. Al expresarse, el hablante tiene una triple intención: 1) que el oyente produzca una respuesta; (2) que el oyente se dé cuenta de la intención; (3) que el oyente produzca una respuesta por razón, o en parte al menos, de haberse dado cuenta de la intención .

Grice define el significado del hablante (adaptada y simplificada por Hierro y Pescador, 1989: 344) diciendo: "Para un hablante H, la expresión tipo x significa algo, si y solo si H tiene en su repertorio el procedimiento siguiente: proferir un ejemplar de la expresión x cuando tiene la intención de que el oyente produzca determinada respuesta". Ello quiere decir que un hablante asigna significado a cualquier expresión, si cuenta con el procedimiento de utilizarla siempre que quiere que su auditorio u oyente emita una respuesta determinada. La respuesta, desde esta definición, por parte del oyente ante una declarativa, puede ser tanto la creencia en lo declarado por el oyente, como la creencia en que el oyente cree lo que manifiesta. La definición anterior se refiere al uso lingüístico de un hablante, a su idiolecto, pero Grice suministra la definición de significado para una comunidad de hablantes (Hierro y Pescador, 1989: 345):

Para una comunidad C, la expresión-tipo x significa algo si y sólo si algunos (¿muchos?) miembros de C tienen en su repertorio el procedimiento de proferir un ejemplar de x cuando tienen la intención de que el oyente produzca determinada respuesta, estando condicionada la conservación de tal procedimiento por el supuesto de que, por los menos, algunos otros miembros de C tengan o hayan tenido dicho procedimiento en su repertorio.

Esta definición es lo suficientemente incompleta e imprecisa como para admitirla como punto de referencia provisional. En la definición anterior Grice se refería al significado permanente o intemporal de una expresión determinada, pero a ello añade el concepto de significado aplicado, es decir, lo que una expresión significa en una situación determinada. La definición de este significado se deriva lógicamente de los anteriores (Hierro y Pescador, 1989: 345):

Cuando el hablante H profirió la expresión x, ésta significaba algo si y sólo si H tenía la intención de que su auditorio reconociera lo que H quería decir por medio de x, sobre la base del conocimiento (o presunción) que el auditorio tiene de que al repertorio de H pertenece el procedimiento de proferir x cuando H tiene la intención tiene la intención de que su auditorio produzca determinada respuesta.

Este significado se sitúa entre el ya mencionado significado permanente y el todavía más concreto significado ocasional. De estas propuestas se desprende una dimensión fundamental: la de la importancia que tiene la intención del hablante, la fuerza ilocucionaria, en una expresión determinada. En definitiva, se observa la existencia de tres tipos de significado (Grice, 1969, 1975): significado atemporal (o acepciones de la palabra), significado atemporal aplicado (o acepción seleccionada en una oración) y

significado ocasional del hablante, que puede alejarse más o menos del significado

literal de la expresión utilizada (uso particular o subjetivo del hablante).

Al analizar la comunicación lingüística, Grice señala que la conversación es una forma de conducta cooperativa, que sirve a un propósito común a los hablantes. En las situaciones de comunicación rige el principio de cooperación, que se formula:

Haga que su contribución a la conversación sea en cada momento, la requerida por el propósito o la dirección del intercambio comunicativo en el que está usted involucrado.

Se trata de una especie de condición previa o preparatoria que se espera que los hablantes respeten, siendo de lo contrario la conversación incoherente, inconexa y absurda. De hecho, la violación del principio de cooperación puede llevar al castigo o exclusión por parte de los otros participantes. Esta concepción podemos resumirla en cuatro tipos de normas conversacionales o máximas de tipo descriptivo, relativas a la cantidad, cualidad, relación y modo (op. cit., 354):

1. Por lo que se refiere a la cantidad de información a suministrar: haz que tu contribución sea tan informativa como se requiera para los propósitos normales de la comunicación, pero no más de lo que se requiera.

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2. Por lo que hace a la calidad de la comunicación: intenta que tu contribución sea verdadera. Que se descompone en no decir lo que uno cree que es falso y en no

decir aquellos para lo que se carece de pruebas adecuadas.

3. Por lo que toca a la relación entre las palabras y el tema de la comunicación:

sé relevante. Se traduce en que los participantes intervengan sobre el tema del que

se está hablando.

4. Y, finalmente, por lo que respecta al modo (modalidad) de la comunicación: sé claro (perspicuo, es decir, claro e inteligible). Lo cual se descompone en evitar expresiones oscuras, evitar la ambigüedad, ser breve (no prolijo) y ser ordenado.

La máxima de cantidad es denominada por otros autores principio de economía (Ducrot, 1986). Por ejemplo, si el emisor dice: Tengo cinco millones, se infiere que cuando se dice una cantidad, una edad, etc. se dice el umbral máximo. La máxima de calidad puede denominarse también máxima de sinceridad. El interlocutor ha de decir la verdad sin errores ni manipulaciones, ha de disponer de los datos que le permitan afirmar algo.

El concepto de relación o relevancia es desarrollado por Sperber y Wilson (1994). Son pertinentes o relevantes aquellos enunciados que generan nuevas informaciones a partir de las informaciones previas (contexto lingüístico: lo que ya se ha dicho), de la situación comunicativa (contexto físico) o de los supuestos compartidos por ambos hablantes. Sperber y Wilson proponen un modelo que da cuenta de la forma en que se produce el paso del significado de los textos al sentido de los mismos. Mientras el significado se produce mediante los procesos de codificación y decodificación que la persona realiza a partir de la competencia lingüística, el sentido forma parte de la comunicación ostensiva-inferencial mediante la cual el emisor transmite un mensaje (verbal o no verbal) supuestamente relevante para que el receptor infiera lo que quiere decir, las intenciones, el sentido del mensaje.

Es fundamental la idea de que en la comunicación humana los interlocutores hacen uso de todos aquellos procedimientos y conocimientos de que disponen para dar sentido a los mensajes que reciben. Así, si le digo a alguien que pasa por la calle: ¿Tienes

fuego? y me contesta: No fumo, de forma aparentemente poco coherente, he de realizar

procesos de inferencia para ver la relevancia del enunciado, su sentido e intención en el contexto de enunciación. Así, debo realizar las siguientes operaciones:

Supuesto: Los fumadores llevan fuego. Los no fumadores no llevan fuego. Inferencia: El oyente no fuma, luego no lleva fuego. La respuesta es no.

Al comunicarnos partimos de unos supuestos, es decir, cuando conversamos sabemos que nuestro interlocutor dispone de unos conocimientos compartidos con nosotros, por afinidades profesionales, sociales, culturales, costumbres, etc. Ello hace que variemos nuestra forma de hablar dependiendo del interlocutor, de acuerdo con los supuestos. Por otra parte, la implicatura supone que el hablante comunica algo que no es explícito, que el oyente debe inferir de acuerdo con esos supuestos y mediante procesos cognitivos de inferencia. El principio de relevancia da lugar a que cualquier enunciado sea analizado a fin de valorar si tiene sentido en una situación determinada. En el caso anterior el enunciado es relevante para el oyente si ha interpretado adecuadamente la implicatura vertida por el emisor. Pero si le contesta: No le he preguntado si fuma, solo si lleva

fuego, pondrá de manifiesto su inadecuada comprensión del proceso argumentativo,

demostrando que el enunciado no es pertinente.

En definitiva, hay que diferenciar lo que se dice explícitamente (contenido proposicional o lingüístico) de lo que se dice implícitamente o de lo que se comunica. Mientras que el lenguaje explícito, lo que se dice, presenta una idea susceptible de ser rechazada o aceptada por el interlocutor, lo implícito se impone o se supone como ya compartido y debe ser aceptado por el receptor, a menudo de forma inconsciente. Para Grice las implicaturas pueden ser convencionales y no convencionales. Las implicaturas

convencionales o presuposiciones (según Ducrot) son mensajes implícitos que surgen

del enunciado, del lenguaje del propio texto o del propio significado de la proposición; tienen un carácter convencional, pero sobre los que no se focaliza la atención. A menudo pueden utilizarse para abusar del oyente, para transmitir un mensaje latente, para manipularle, imponiéndole un juicio subyacente, y para generar polémica ya que no está previsto que se pueda hablar sobre lo que se presupone. En ese sentido, como señalan Ferrer et. al. (1996: 64):

Ducrot considera la presuposición como un verdadero acto de habla: decir que yo presupongo X es decir que pretendo obligar mediante mi discurso al destinatario a admitir X, sin concederle el derecho de continuar el diálogo a propósito de X. Presuponer es dar una información al margen del discurso, negando al destinatario el derecho a encadenar su discurso a partir de esta afirmación.

¿Podrías pasar?: se entiende como una petición cortés (no como una capacidad). Juan fue director de un banco: implica que ya no lo es.

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Obsérvese la diferencia entre:

Los representantes/matones del sindicato están reunidos/compinchados debatiendo/urdiendo su postura/trama en la sala de juntas de la empresa.

Podemos diferenciar a través del uso convencional del lenguaje la visión del mismo hecho en dos emisoras de radio de ideología opuesta. Obsérvese la diferencia de presuposiciones entre usar el primer o segundo elemento de cada par de nombres, adjetivos o verbos.

Las implicaturas no convencionales o sobrentendidos (según Ducrot) son mensajes implícitos de naturaleza pragmática cuyo sentido debe ser obtenido mediante un proceso intelectual de inferencias a partir del discurso, de modo que el mensaje dice una idea pero quiere decir otra diferente (¿qué quieres decir?). Muchos oyentes pueden mostrar incomprensión o confusión en la interpretación precisa de estos mensajes (ambigüedad). Aquí es pertinente la diferencia entre los conceptos de significado y el sentido. Se usan a menudo en el lenguaje lúdico, la ironía, los chistes, etc. A menudo se basan en la ley de economía: el argumentador expresa un mensaje breve o elíptico y el destinatario debe inferir lo que quiere decir. Obsérvese el comentario del jefe de personal de una empresa a la directora de la misma tras entrevistar a dos candidatas (A y B) para un puesto de trabajo e infiérase cuál de los dos será contratada:

1. A sabe inglés, pero… 2. B no sabe inglés, pero…

También se observan en la lítotes, que es un mecanismo de atenuación en el que afirma algo negando lo contrario.

No es nada vago

No es tan listo como parece

Obsérvese la siguiente afirmación:

Está muy bien. Todavía no le han metido en la cárcel.

Se puede inferir que hay una sugerencia o implicación como: se trata de un ladrón, etc.

Veamos a continuación la diferencia entre una presuposición y un sobrentendido:

No es muy estudioso

Presupuesto o implicatura convencional  Es algo estudioso.

Sobrentendido o implicatura no convencional  Es un vago completo.

En todo caso, la transgresión de las diversas normas no tiene la misma gravedad. Es normalmente más grave una mentira que un lenguaje prolijo o una respuesta incoherente. Como señalan Hierro y Pescador (1989), estos principios parecen ser los de la racionalidad lingüística comunicativa, es decir, aquellos que pueden regir, dentro del principio de cooperación, una conducta lingüística racional y teleológica. En todo caso, y dada la heterogeneidad de las máximas propuestas, caben críticas diversas: ¿por qué las frases deben ser breves y ordenadas?, ¿qué pruebas debe tener el hablante de la verdad de su mensaje?, ¿estamos ante reglas universales o que afectan a sectores sociales o culturales determinados?, etc.

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