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Mariano Rodríguez González

(Universidad Complutense de Madrid)

La contribución de la memoria a nuestra identidad seguiría en efecto, como indica Carlos Pereda, dos modelos dominantes: el de la Memoria como Archivo y el de la Memoria como Procesos de Reconstrucción. En lo que respecta a la poco arrogante y siempre amenazada identidad personal, nosotros nos situamos en la línea lockeana, o neolockeana, según la cual nuestra identidad llegaría hasta donde llega nuestra “consciousness”, o capacidad de rememorar una acción, o una experiencia pasadas, con la misma “sensación de nuestras”, de “memoria desde dentro”, o “experiencial”, con la que entonces la llevamos a cabo o la experimentamos. Por eso el Alzheimer, por ejemplo, supondría la muerte de la persona, igual que la pérdida definitiva de su memoria histórica supondría la “muerte” de los pueblos; y por eso resulta tan importante poder mantener una actitud crítica respecto de los falsos recuerdos, las omisiones y las tachaduras, que se nos imponen continuamente en los usos formales de la memoria, tanto individual como socialmente dirigidos.

Ahora bien, esa actitud crítica no tiene más remedio que presentarse, en un primer momento, como defensa del recuerdo

verdadero, casi en el sentido sin duda algo absurdo (= deshacerse de

la socialización) de la Memoria como Archivo, porque mis recuerdos no son nunca exactamente (como) los recuerdos del otro, ni siquiera del Otro Significativo. Tendríamos todos un “tesoro”, nuestro pasado;

porque allí está contenido casi todo lo que seremos. En medio de la

pasivas, y también de las tachaduras interesadas, el recuerdo que es el nuestro se delataría muchas veces porque nos duele de un modo

especial, y este dolor del recuerdo, como en el Psicoanálisis, nos

certificaría que se trata de un recuerdo verdadero o nuestro. Los falsos recuerdos nos envuelven, antes bien, en la indiferencia (a no ser que atenten patentemente contra la integridad de los verdaderos), o si no en una especie de alegría extraña, que no sería de verdad nuestra alegría. No se propone construir la biografía componiendo recuerdos dolorosos, espantable actividad del masoquista, sino de enlazar la narración en los recuerdos que duelen para no degradar la biografía en novela: como señalaba Ricoeur, lo que llamamos la realidad sería el sufrimiento humano.

Pero como es natural en el fondo no concebimos la identidad, o la autoconstitución narrativa del autoconocimiento, como des- socialización, o desnudamiento de la perla solipsista; y por ello hemos de optar, necesariamente, por el modelo de la Memoria como Procesos de Reconstrucción, en los que se pondría a trabajar la capacidad crítica del sujeto sobre la continuidad personal-social de la Memoria; duro trabajo sobre la dureza casi sagrada de las posmemorias que forman grupos y comunidades, trabajo también contra la inercia de las herencias culturales que quieren definirnos, y además trabajo frente a la inquisición científica de las historias de los historiadores que pretenden concebirnos como productos, llevándole la contraria, si hace falta, a nuestra propia autocomprensión.

Es decir, y a mi modo de ver: para que la historia, personal o colectiva, no se nos diluya en el fuego fatuo e inocuo de la mera novela; para poder seguir distinguiendo lo fáctico de lo que no pasa de simple ficción, y poder seguir pretendiendo, así, lo verdadero y lo valioso que nos brindan la comprensión, tenemos que narrar y narrarnos con toda la creatividad que Wittgenstein reconocía en el trabajo de la memoria, pero siempre en una narración al final enraizada en el dolor que haría inconfundible al recuerdo verdadero.

Y es que sólo así nos haremos, en lo individual y en lo colectivo, como identidades que han resistido, más o menos, las pruebas argumentativas enderezadas a lo verdadero, lo valioso y la comprensión. Se dice que sólo hay pueblos si ha habido sufrimiento, de la misma manera que sólo dicen la verdad, y lo que nos interesa de verdad, las personas que saben lo que significa el dolor. Habría que narrar siempre a partir de este suelo, porque sólo de él puede brotar la normatividad de las historias que nos contamos, o sea los criterios de lo verdadero y lo valioso, que son los mismos que hacen la posibilidad de la comprensión de lo que contamos, es decir de lo que somos.

Paradójicamente, la prueba de que recordamos bien es que acabamos olvidando tarde o temprano: “el pasado que no acaba de pasar”, o la vida que se interrumpe o se colapsa en la indigestión historicista que denunciara Nietzsche, significa en realidad la enfermedad mortal de la memoria, una memoria que se ha puesto mala, y que por eso no recuerda ya, esto es, ya no nos daría paso desde el pasado al futuro, porque no es capaz de hacernos propio el pasado, de hacérnoslo nuestro, y por lo tanto tampoco de brindarnos un futuro de verdad para nosotros. Para no solidificar a las personas y a los pueblos en auto-identidades de piedra (seudo-identidades del delirio, como las de la raza o la pura sangre); para libertar el futuro de los yoes frágiles que seríamos nosotros, nuestro trabajo crítico- argumentativo sobre el continuo personal-social de la memoria deberá rematar en el recuerdo y el olvido insuperables que sólo nos trae el perdón. Perdonarnos el pasado los unos a los otros es la única manera de perdonárnoslo nosotros a nosotros mismos. Es la única manera de olvidar, es decir, de recordar, absolutamente perfecta. De manera que la dimensión moral de la memoria viene a coincidir con su dimensión de verdad.

El problema, para la identidad personal y colectiva, sería lo Imperdonable, porque lo de verdad Imperdonable hace imposible que

el pasado pase, o sea, reprime el recuerdo impidiendo la memoria. Lo Imperdonable, literalmente, nos enloquece, quiebra el yo y el nosotros, al sacarnos fuera del tiempo. Lo Imperdonable es el asesinato como tal, hacer imposible que alguien o algunos vuelvan a ser nunca. Por eso alguien o algunos nos deberán ayudar a poder perdonarlo todo.

El texto de Carlos Pereda es inatacable, por eso sólo he podido, después de leerlo y escucharlo, hilar algunas palabras mías que en realidad son mías como son suyas, porque prolongan hasta el sano olvido el recuerdo de las suyas.

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