La mujer tomó a Bomba del brazo. Tenía el rostro muy pálido y profundas ojeras ensombrecían su expresión. -¿Me ayudará entonces? -exclamó en tono implorante-. ¿Me ayudará a encontrar a mi esposo, a mi hermano y a m¡ hijo? Otra vez los capturaron los indios. Quizá los están torturando en este momento. ¡No puedo soportarlo!
Se levantó de un salto, con una luz extraña en los ojos. Con gran suavidad la obligó Bomba a sentarse nuevamente.
-No debemos hablar alto-le advirtió-. Podría haber indios en los alrededores. Yo trataré de auxiliar a su familia, pero no podemos apresurarnos demasiado. Hábleme de ellos. ¿Estaban con usted anoche?
Con un tremendo esfuerzo logró dominarse la mujer. Se inclinó cerca del muchacho y habló con rapidez, mirando de vez en cuando hacia las sombras de la jungla.
-Una noche atacaron los indios nuestro campamento y nos capturaron a todos - dijo-. ¡Fue horrible!
Había elevado la voz y calló un instante, tratando de controlarse. -Yo los vi después -expresó Bomba-. Los vi atados a los árboles. Ella lanzó un grito agudo.
-¡Por favor! -rogó-. Ni siquiera puedo pensar en ello. Una noche logró mi hermano librarse de las ataduras. Nos liberó a nosotros y escapamos todos. Pero estábamos perdidos. Buscamos el camino de regreso a nuestro campamento y no pudimos hallarlo. Las penurias que sufrimos...
Calló de nuevo y Bomba leyó la tragedia en sus ojos. De nuevo se sintió enmudecido y turbado. Anhelaba decir algo para consolar a la mujer, mas no supo cómo hacerlo.
-Anoche nos encontraron de nuevo-continuó ella, lanzando otra mirada de terror hacia las sombras de la jungla-. Cuando se nos arrojaron encima y nos rodearon, me sentí enloquecida de terror. Me aparté de los otros, pero me siguieron dos de los salvajes. Acababan de capturarme cuando llegó usted.
Miró al muchacho con gran atención, mientras que la curiosidad con respecto a él le hacía olvidar momentáneamente su pena y su terror.
-¡Estuvo usted espléndido! -dijo-. ¿Cómo pudo dominar a esos dos terribles salvajes? ¡Si no es más que un muchacho! Debe de ser tan fuerte como valiente.
Bomba se sintió halagado ante esos elogios. Mas tuvo poco tiempo para gozar del momento, pues casi de inmediato volvió la mujer a referirse a su tremendo problema.
-Todo lo que sé es que mi marido y mi hermano y mi pobre hijo están de nuevo en manos de los indios -se estremeció y agregó luego, tendiendo las manos hacia
-Lo intentaremos -prometió él, conmovido hasta lo más íntimo de su ser ante la desesperación de la pobre mujer-. Pero primero coma un poco de esto.
Sacó del morral el resto del trozo de carne que había estado comiendo y que guardara cuando oyó la llegada de los indios. Ofreció este alimento a la mujer, y se sintió intrigado al ver que ella se echaba hacia atrás, negándose a tocarlo.
No tengo hambre-expresó ella, esforzándose por disimular una mueca de desagrado-. En este momento no podría comer nada.
Vagamente preocupado, Bomba hundió los dientes en la carne de tapir.
-Debe usted comer-dijo, mirándola con el ceño fruncido-. Le buscaré algunos peces en el arroyo. No puede pasar hambre.
-Comeré después -prometió ella, para tranquilizarlo-. Sí, ya me buscará usted algunos peces.
Bomba arrojó a los matorrales el último trozo de carne y se puso de pie con un movimiento ágil.
-Ahora iremos a buscar a su familia-manifestó.
La mujer se puso de pie, mas estaba tan débil que trastabilló y tuvo que tomarse de un árbol para no caer.
Bomba frunció el ceño.
-Usted tiene hambre -dijo-. Hizo mal en no comer la carne que le ofrecí. Se hubiera fortificado.
-No -protestó ella-. Tengo los músculos endurecidos de tanto estar tendida en el suelo. No estoy acostumbrada.
-Bueno, vamos ya.
La mujer se dispuso a avanzar; pero después de dar un paso o dos, volvió a tambalearse y tendió de nuevo la mano para sostenerse.
Bomba se acercó de inmediato.
-Apóyese en mí -dijo tímidamente-. Soy muy fuerte. Ella contempló la figura del muchacho que con su piel de puma parecía algún dios joven de la mitología, y en sus ojos se reflejó un destello de admiración y gratitud.
-Es usted un muchacho espléndido -exclamó-. Tiene más o menos la estatura y la edad de Frank. ¡Mi pobre Frank! ¿Volveré a verlo?
Su voz se quebró entonces, convirtiéndose en un sollozo. -Lo encontraremos-le aseguró Bomba-. Pronto brillará el sol. Debemos irnos mientras haya sombras en la jungla.
Se internaron entre las malezas, perdiéndose entre las sombras. Por un tiempo, la señora Parkhurst -tal era el nombre que dio al muchacho- apoyáse contra Bomba. Las privaciones y penurias sufridas hacían sentir su efecto. No era ya la mujer fuerte y activa que acompañara a su esposo en su expedición a la selva. Lo que entonces pareciera ser una aventura maravillosa se había convertido ahora en un drama lleno de horror.
Empero, tenía gran valor, y la ansiedad por sus familiares le dio fuerzas y la acució a hacer esfuerzos que, en circunstancias menos graves, le hubiera sido imposible realizar después de lo que había sufrido hasta entonces.
Gradualmente se le fueron fortificando las piernas y caminó con más facilidad. Bomba casi lamentó cuando sacó ella la mano de sobre su hombro y siguió andando sin apoyarse en él.
Por un tiempo se vieron obligados a seguir con la mayor precaución. Bomba pensaba regresar al sitio donde rescatara a la señora Parkhurst de manos de los indios.
No muy lejos de allí -había explicado ella- capturaron a sus familiares. Examinaría el sitio para ver si encontraba indicios que le ayudaran a seguir la pista que tomaran los salvajes con sus prisioneros.
Ignoraba lo que iba a hacer al alcanzar a los cazadores de cabezas. Ya su ingenio le indicaría la manera de obrar. Cuando los hallara ya vería.
No encontraron indios ni huellas de los mismos. y Bomba comenzó a abrigar la esperanza de que hubieran renunciado a buscar a la mujer de los cabellos dorados y estuvieran satisfechos con haber recapturado a los otros miembros del grupo de exploradores.
De ser así estaría resuelta una parte de su problema. En lugar de ocuparse en eludir la persecución, podría convertirse en perseguidor y tomar la iniciativa.
La señora Parkhurst se maravilló ante la habilidad de Bomba. Naturalmente, no recordaba detalles del camino que siguieran en su fuga la noche anterior. Para ella había sido aquello una pesadilla: un correr a ciegas entre las tinieblas amenazadoras, una memoria horrible de manos crueles que se tendían para volver a hundirla en la desgracia y el cautiverio.
Y ahora, al ver a Bomba que marchaba sin vacilaciones hacia la escena de la lucha, su curiosidad con respecto al muchacho se multiplicó extraordinariamente.
Anhelaba interrogarlo, pero cuando quiso hacerlo el muchacho le indicó que guardara silencio.
-Será mejor que no hable todavía-le advirtió-. Esperaremos hasta estar seguros de que se han ido los indios.
Al fin llegaron al sitio del que escaparon la noche anterior. No estaban los cuerpos de los dos salvajes. Al ver el lugar, la mujer pareció a punto de perder el sentido. Se echó hacia atrás, poniéndose la mano sobre los ojos, y exclamó con voz quebrada:
-¡John! ¡Frank! ¿Dónde están? ¡Oh! ¿Qué les han hecho? -¡Vamos! -le urgió Bomba-. Creo que los encontraremos. Venga conmigo.
El muchacho acababa de ver el rastro de los indios. Para ojos menos penetrantes, las señales de su paso habrían sido invisibles. Pero para el muchacho estaban bien claras, y no vaciló ni un momento siquiera.
La señora Parkhurst lo siguió de cerca. Aunque no se quejaba, se daba cuenta de que se le estaban agotando las fuerzas. Le sería imposible continuar mucho tiempo más sin descansar.
Oyó entonces un gruñido de Bomba y lo vio detenerse y poner una flecha en el arco.