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La condena del cardenal presbítero Anastasio la dictó el sínodo romano celebrado el 12 de actubre de 868 sobre la base de gravísimas acusaciones: maquinaciones para promover la discordia entre el emperador y la Iglesia de Roma, saqueo del palacio papal a la muerte de Nicolás I, sustracción de decretos sinodales dictados contra él bajo los papas León IV y Benedicto III, participación en el rapto y asesinato de la mujer y de la hija de Adriano II. En el sínodo el papa echó en cara otros reproches a Anastasio y declaró: «Pero últimamente —como muchos de vosotros lo habéis oído conmigo de un cierto sacerdote Ado, que incluso es pariente suyo, y como a mí me consta por otros cauces— con la más crasa ingratitud a los favores que Nos le hemos hecho, envió a un hombre a Eleuterio y le incitó a que cometiese algunos homicidios (exhortans homicidio perpetrari). Y, ay, se han cometido, como sabéis». Sin embargo, ya a finales del año 869 aparece de nuevo Anastasio como consejero del papa y de nuevo era al menos bibliotecario de la Iglesia romana; lo que proyecta una luz sospechosa sobre el santo padre.32

En apoyo de su poder papal frente a los obispos, Adriano, que era hombre profundamente piadoso aunque no de carácter especialmente firme, había recurrido en los mismos comienzos de su pontificado a numerosas sentencias de los padres de la Iglesia, exactamente 21, todas las cuales procedían de las falsificaciones seudoisidorianas.

Pero no era de la fibra de su predecesor. Vaciló, transigió y, por ejemplo, aunque con ciertas reservas pero apoyándose únicamente en sus promesas, anuló la excomunión de Waldrada y el 1 de julio de 869 dio la comunión en Monte Cassino a Lotario, que por ello le colmó de regalos, oro y plata. El rey había asegurado (y su séquito lo confirmó) que no volvería a tener ningún contacto con Waldrada. También «sus cómplices (fautores) recibieron junto con él la comunión de manos del papa». Entre ellos figuraba incluso el depuesto arzobispo de Colonia Gunthar, «el autor y promotor de aquel adulterio público»; eso sí, tras pronunciar una declaración especial «delante de Dios y de sus santos...» (Annales

Bertiniani).

Durante el viaje de regreso, en el que su séquito fue víctima de una epidemia, Lotario sufrió en Lucca un ataque de fiebre y el 8 de agosto de 869 moría en Piacenza. La creencia común lo interpretó como un «juicio de Dios» por el perjurio cometido en Monte Cassino. Enterraron al rey en el pequeño monasterio de San Antonino, extramuros de la ciudad. Pero Teutberga, que pronto debió de visitar su tumba, hizo generosas donaciones al menos a los monjes del lugar, a fin de que orasen por el descanso del alma de su esposo (¡y es que todo tiene su precio!).

Ella terminó sus días como abadesa del monasterio de Santa Glodesin-de en Metz, suntuosamente dotado por Lotario. Y su rival Waldrada se hizo monja en Remiremont, junto al Mosela.33

Aclamaciones para Carlos el Calvo con el saludo entusiasta de los obispos

Apenas tuvo noticia del repentino fallecimiento de su sobrino Lotario II, Carlos el Calvo, que fue de por vida uno de los príncipes más ambiciosos, desleales, pusilánimes y afortunados de su tiempo, marchó sobre Lotaringia sin respetar para nada los compromisos contraídos.

La situación era favorable: muerto Lotario, su hijo Hugo era ilegítimo además de ser un niño, Luis el Germánico yacía gravemente enfermo en Ratisbona. Y sus hijos, como convenía a los buenos cristianos, estaban todos en campaña contra los eslavos: el príncipe Luis III combatía con sajones y turingios contra los sorbios, el príncipe Carlomán lo hacía con bávaros contra los moravos, y el príncipe Carlos III sostenía con tropas francas y alamanas al rey enfermo, que «encomendaba a Dios el éxito de la causa». Pero el emperador Luis, hermano de Lotario y el heredero más legítimo, no sólo estaba muy lejos sino que apenas estaba disponible. Desde hacía más de tres años luchaba contra los sarracenos en Italia meridional, donde por fin había cercado por tierra la ciudad de Bari, baluarte sarraceno, y con ayuda de una flota bizantina de 400 barcos recién aparecida también la había aislado por mar.

Por el contrario, Carlos el Calvo que desde años atrás seguía con atención los asuntos de Lotaringia, y especialmente el proceso matrimonial de Lotario II, se hallaba casi a las puertas y para la correría que entonces se iniciaba podía confiar plenamente en la complicidad de muchos obispos, como Hatto de Verdún, Advencio de Metz, Franco de Lüttich, Arnulfo de Toul y otros. También le acompañaba el arzobispo Hinkmar con dos de sus sufragáneos, lo que permite concluir que «desde el comienzo había apoyado» el plan de usurpación y que acompañó «decisivamente» el asalto (Reinhardt).

Cierto que en Attigny algunos obispos y algunos grandes lotaringíos rogaron a Carlos que no franquease la frontera. Pero otra embajada le invitó a marchar lo antes posible a Metz, donde estaba el obispo Advencio, que ahora trabajaba en favor de Carlos con el mismo empeño con que antes lo hiciera a favor de Lotario. El agresor avanzó sin escrúpulos. En Verdún le rindieron vasallaje el obispo del lugar y el de Toul, en Metz lo hicieron otros prelados. Y el 9 de septiembre de 869 Advencio exaltó allí, en la iglesia de San Esteban, al señor Carlos como el sucesor elegido y como el legítimo heredero. Advencio no se cansó de

repetir la palabra maravillosa de Dios, el salvador en la tribulación, para hacer ver a todos que tan sólo se trataba de la voluntad de Dios para convertir en su rey y príncipe al señor Carlos allí presente, el heredero legítimo al que Dios mismo había elegido para la salvación de todos. Y como el prelado de Metz hablaron también muchos otros señores ecle- siásticos.

Engelbert Mühlhaber habla de una «comedia de la justificación». «Los obispos, que un año antes tan solemnemente habían proclamado su patriotismo contra las veleidades anexionistas francooccidentales, no vacilaron ahora ni un instante en otorgar la bendición eclesiástica al quebrantamiento del derecho del sobrino, al quebrantamiento del tratado frente al hermano. La falsedad y la hipocresía no retrocedieron ante la perspectiva de mezclar el nombre de Dios con sus maquinaciones para ocultar el fin interesado y egoísta. ¿De dónde sacaron ellos, que por el momento no eran más que una minoría, el derecho a disponer de un reino cuya posesión estaba vinculada a la herencia y para instituir un rey extranjero en un reino que sólo conocía una monarquía hereditaria? ¿Obraban ellos de manera diferente a como lo habían hecho los grandes francooccidentales, cuando llamaron al rey alemán para que se adueñase de su país? ¿No era Carlos tan usurpador como el rey alemán en su ataque al reino occidental, al que Hinkmar de Reims y en parte los mismos obispos creían no poder condenar con la suficiente contundencia ni humillar con el suficiente rigor?»

Carlos, por su parte, insistió en su elección divina haciendo también hincapié en el consenso general de eclesiásticos y nobles; prometió pre- servar el honor y dignidad de la Iglesia y cuanto había que salvaguardar y proteger, como suele repetirse siempre en tales ocasiones. Que también el arzobispo Hinkmar afirmase solemnemente que el rey Carlos había acudido a Metz guiado por Dios es algo que se entiende por sí mismo. Según lo cual se conectaba con el «gran Dios,¡bendito sea!» y el regio salteador mandó que cada obispo recitara una pequeña oración por su salud (y victoria) y se hizo ungir y coronar, para inmeditamente después distraerse en las Ardenas con la «noble» cacería y estar así entrenado para nuevas empresas.

Por ejemplo, el encuentro con Richildis, la concubina de su juventud y pariente del rey Lotario II, ya que precisamente el 6 de octubre había muerto en Saint-Denis su mujer Irmintrude, madre de ocho hijos. El conde Bosón, hermano de la querida, se la había proporcionado a toda prisa, recibiendo a cambio de aquella tercería amorosa la abadía de Saint-Maurice con otros feudos. Pero el príncipe católico, que no llevaba ni una semana de viudo, apenas tres días después de recibir la noticia de la muerte de su mujer, el 12 de octubre celebró su «reunión» con Richildis, mientras que simultáneamente los normandos, que ya se ha-

bían asentado en las orillas del Loira, incendiaban Le Mans y Tours según todas las reglas del arte de la guerra.34

Incontables veces habían atribuido los obispos la usurpación de Carlos a la acción divina y habían interpretado el robo del país casi como obra de Dios. Por el contrario, el papa Adriano II se empeñó por procurar la sucesión del trono a Luis II, su «amado hijo espiritual», a quien el abad Regino no sólo llama «piadoso» sino también «protector de las iglesias» y «lleno de humilde sumisión a los servidores de Dios», lo que entonces contaba más que cualquier otra virtud. Además, aquel emperador, en su perjuicio ciertamente, guerreó contra los sarracenos que embestían de continuo, los venció y por lo mismo no debía cesar en el empeño para asegurarse por ejemplo su herencia en el norte. De ahí que el santo padre amenazase con la excomunión eclesiástica especialmente a los obispos y a cuantos se alzasen contra su protegido y atentasen contra sus derechos hereditarios. Quería que a los tales los tratasen como a infieles y tiranos. Pero a nadie inquietaron los gritos del papa romano y el propio emperador estaba demasiado lejos y ocupado, como queda dicho.

Y naturalmente a quien menos inquietaron los deseos papales fue a Carlos el Calvo. Se alió más bien con Rorich, el caudillo de los normandos, que entretanto se había convertido al cristianismo, pese a lo cual continuó siendo «el azote de la cristiandad» —por lo demás, como también lo habían sido los cristianos unos para otros desde hacía siglos y siguieron y siguen siéndolo—. Cuando Luis el Germánico, sorprendentemente restablecido, amenazó al usurpador con la guerra y marchó de inmediato a su encuentro, Carlos cambió de actitud.

Tras largas prenegociaciones los dos monarcas se encontraron en Meersen (a orillas del Mosa en los Países Bajos, donde ya a mediados del siglo habían pactado repetidas veces los príncipes francos) y el 8 de agosto de 870, exactamente un año después de la muerte de Lotario, se repartieron sin más a partes iguales su reino al norte de los Alpes; los ríos Mosa, Mosela y Saona trazaban aproximadamente la frontera, hasta que diez años después, por los tratados de Verdún (879) y Ribemont (880), toda la parte occidental de Lotaringia pasó de nuevo a Franconia oriental.35

Otras protestas del papa sólo llegaron después de consumada la opera- ción. Pero ni Carlos el Calvo, el «tres veces advertido», ni el sin duda más sermoneado arzobispo Hinkmar. a quien el papa romano tal vez con toda razón había increpado abiertamente como el iniciador de la maldad y del robo, ni el resto de los prelados se preocuparon demasiado. El santo padre más bien hubo de escuchar pronto a Carlos que los reyes francos, y no los obispos, reinaban en sus territorios, por lo que él se anexionó tranquila- mente lo que le correspondía por el tratado de Meersen.

Pero al igual que Adriano había tenido ya que ceder frente a Lotario y Waldrada, también hubo de hacerlo en otros conflictos, en pleitos civiles y eclesiásticos del imperio carolingio, y especialmente en una desavenencia del obispo Hinkmar de Laon y de su poderoso tío Hinkmar de Reims así como de Carlos el Calvo. Protestaba contra las intromisiones, a las que no estaba dispuesto. Carlos suprimió por entero las órdenes romanas que atentaban a sus derechos. El papa hasta tuvo que desmentir algunas cartas personales, que había escrito su secretario. Declaró que se las habían ocultado durante su enfermedad y que eran pura invención. También un sínodo de 30 obispos francos tomó partido por el rey.

El emperador Luis II muere agotado por Cristo, y

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