5.7 Real setup
6.2.1 Force sensor
Después de muchos meses de enormes progresos, allá entre el tercer o cuarto año de vida, si todo marcha bien, se deberían haber consolida-do, firmemente, los seis niveles que constituyen la base de la inteligencia humana. En este punto comienzan las tentativas de la psicología profunda respecto a comprender los orígenes de la vida interior. Quede claro, no obstante, que éste no es el comienzo del desarrollo, sino la culminación de un inmenso crecimiento mental.
En su camino hacia la madurez el niño pasa, sin embargo, a través de otras etapas evolutivas adicionales basadas, todas ellas, en los cimientos dejados por las seis fases iniciales. Alcanzar las metas de cada una de las etapas vitales requiere una organización
mental incluso más compleja. A medida que el individuo se va haciendo mayor, se va adentrando en situaciones y responsabilidades sociales nuevas, cada una de ellas con sus propios matices, tanto relacionales como emocionales. A medida que se van alcanzando los logros y se van integrando las ideas y los sentimientos que van surgiendo, se construye un nuevo escalafón mental. Atender a los niños y ganarse un sueldo, por ejemplo, requiere, obviamente, una organización mental más compleja que maniobrar por los bancos de are- na sociales de la escuela primaria.
Si bien las metas que se pretenden alcanzar en las etapas posteriores difieren de los objetivos de los primeros años de vida, los lazos emocionales y relacionales permanecen en el epicentro del desarrollo mental. Aproximadamente en la época en la que un niño asiste a la guardería o al primer curso de primaria, es capaz de relacionarse, comunicar, imaginar y pensar, capacidades, todas ellas, desarrolladas en las primeras etapas evolutivas. Se adentra, ahora, en una fase de espontaneidad, expresividad y expansividad cuyo lema podría ser «El mundo en mis manos».' Está deslumbrado por las maravillosas posibilidades que le ofrece el mundo y sus propios recursos. Los niños de esta edad exploran estas posibilidades en el juego, en las aventuras imaginarias y a través de las relaciones personales más complejas. Es ahora cuando el niño comienza a percibir las relaciones triangulares, no sólo entre mamá v él o papá y él, sino también entre los tres.
El niño se muestra interesado, algo engreído o, a veces, temeroso y está sembrando los fundamentos de la creatividad a medida que va observando la vida desde perspectivas cada vez más diferentes. Delante de él se expanden, ahora, los innumerables hechos extraordinarios que ofrece el mundo, sus deseos y los miedos de sus más terribles pesadillas, junto con la amplia gama de soluciones posibles que puede poner en práctica ante los inevitables conflictos y las paradojas inherentes a la vida. El peligro de esta etapa consiste en que se sienta abrumado por todas estas posibilidades y que pierda su contacto con la realidad. Por otro lado podría, prematuramente, estrechar el cerco de su curiosidad y su creatividad y volverse excesivamente rígido y centrado en unas pocas tareas. Puede, igualmente, encontrar un equilibrio que le permita ser curioso y creativo, analizar las cosas desde múltiples perspectivas y comprender el contexto, a la vez que desarrollar un sentido de la responsabilidad y una adecuada noción del riesgo que le darán la seguridad necesaria para emprender las aventuras que se avecinan. En el mejor de los casos, un niño supera esta fase con una comprensión más sólida de la realidad, un sentido más dinámico de su potencial, una vida fantasiosa muy rica y un repertorio mucho más variado de percepciones y res-puestas sociales.
Estas habilidades entran en juego hacia los siete u ocho años, cuando las reglas que se establecen en el patio y la ley del más fuerte en clase do-minan la vida social del niño y su propio concepto de maduración. En las trifulcas de su grupo social aprenden a afinar su percepción de las reacciones respecto de los demás niños. Durante un tiempo, estas reacciones conformarán, de hecho, la autoimagen del niño. Cualquier niño de segundo o tercer grado sabe, con absoluta precisión, qué lugar ocupa en el ranking de popularidad, atractivo físico, deseo de que forme parte de un equipo deportivo, capacidad de escribir, sumar o leer, estar a la moda, talento musical o cualquiera de los centenares de criterios a través de los cuales los niños de esta edad se evalúan a sí mismos y a los demás.
Mientras la complejidad de las relaciones entre iguales les va sirviendo de fuente de aprendizaje, los niños también profundizan en los procesos grupales de su propio microcosmos social. El niño queda definido así, en parte, por ser miembro de la sociedad en la que vive. Con un pie todavía en la familia se ha adentrado, con el otro, en un grupo más complejo y combativo y, por medio de su identidad social, logra percibirse a sí mismo como otro tipo de persona. Como miembro de un grupo, aprende que el todo es más que la suma de las partes; es, de hecho, una parte que define quién es él. Su grupo de iguales constituye un punto de partida importante, no sólo para comprender los patrones sociales y la realidad social, sino también para verificar su calidad de miembro en diversos grupos y su grado de identificación con los mismos: con su familia y sus amigos v, finalmente, con su comunidad y la sociedad en la que vive.
Entre los diez y los doce años, muchos niños comienzan a desarrollar una autoimagen interna que refleja, en mayor grado, sus propias necesidades, sus deseos más íntimos, sus aspiraciones v valores, más que las reacciones de los demás. Sus capacidades cognitivas, cada vez mayores, también les permiten actuar de acuerdo con su propia conciencia, más
que por miedo al castigo. El niño mayor ya ha elaborado dos mundos, uno cotidiano, cambiante, de relaciones entre iguales, y un mundo más estable, caracterizado por las percepciones de sí mismo y sus crecientes valores internos. Estos dos mundos aportan los cimientos para hacer frente a los problemas que caracterizan la adolescencia y la edad adulta. Los nuevos patrones relacionales seguirán perfilando el emergente sentido del sí mismo, que aporta un sentido básico de seguridad y estabilidad durante este período de crecimiento.
Cuando los niños inician su adolescencia, su universo se sigue expandiendo, abarcando una comunidad más extensa, más allá del grupo formado por los compañeros más próximos. Durante esta fase, tienen que afrontar asuntos tan complejos como los diferentes valores de los padres y de los compañeros mientras que, al mismo tiempo, comienzan a mostrar otros campos de intereses mucho más amplios, sea en asuntos políticos, morales o religiosos, movimientos sociales o similares. La maduración cerebral también les permite considerar posibilidades futuras e imaginar mundos hipotéticos: «¿Qué pasaría si Jane aceptara ser mi novia?», »¿Debería matricularme en la universidad pública o intentar entrar en una universidad de mayor prestigio?», Cuando sea mayor, ¿me gustaría ser médico/a, piloto, profesor/a?».
Cambios físicos muy evidentes se presentan también en esta etapa de la vida. El cuerpo infantil se desvanece, ocupando su lugar un cuerpo de hombre o mujer absolutamente desconocido. También desaparece la voz de niño junto con toda su apariencia externa. La nueva talla, el nuevo tipo, los músculos, los pechos y la distribución del vello se acompañan de sentimientos nuevos e inquietantes y de nuevas realidades en el grupo de amigos. Las amistades son, ahora, más profundas, y las que se establecen con el sexo contrario, más problemáticas. Para el adolescente, las posibles identidades se diversifican más y la necesidad de definirse a sí mismo es cada vez más apremiante: ¿es él un necio, un inútil, un tonto, un estúpido? ¿Es popular, atractivo, simpático? ¿Qué desea ser? ¿Quién es él realmente?
Mientras transcurre la ingente demolición y reconstrucción de la adolescencia, únicamente una base bien sólida permite al joven conservar un sentido de la identidad equilibrado. Pero si los pilares de los puentes, construidos en esta etapa, se erigieron sobre cimientos poco sólidos, el niño no será capaz de dominar los poderosos sentimientos — sexualidad, pérdida de la infancia, otro tipo de humillaciones— a los que tendrá que hacer frente.
La primera edad adulta viene apuntalada por nuevas experiencias: dejar su casa para ir ala universidad o al servicio militar, unas relaciones sentimentales probablemente más íntimas y estables, quizá la necesidad de ganar dinero para poder pagar al menos una parte de sus gastos... El mundo se abre más allá del contexto relacional formado por los grup os de secundaria para abarcar el campus, las comunidades de base o un equipo de colaboradores. Más adelante, aparece la necesidad de elegir una carrera, la complejidad de un matrimonio y la nueva intimidad que comporta. El individuo se aleja ahora de casa, tanto física como emocionalmente, aspirando a satisfacer sus necesidades básicas de las que había disfrutado, anteriormente, a través de la relación con sus padres. Todos los viejos temas de dependencia, deseos de intimidad, necesidad de un entorno seguro, y- otros similares, persisten, pero el individuo debe encontrar patrones alternativos para poderlos satisfacer.
La condición parental aporta una marca repentina de emociones des-conocidas y hacerse con ellas constituye un reto difícil. Para poder ser un buen padre o una buena madre, una persona debe aprender a satisfacer muchas de sus propias necesidades emocionales a través de dar satisfacción a las necesidades de otra persona. Ello requiere una empatía mucho más sutil y una capacidad de entrega a los demás mucho mayor de lo que la mayoría de las personas han conocido hasta ese momento. Para salir airosa, una persona necesita tanto una definición sólida de sí misma como la capacidad de tolerar una amplia gama de sentimientos intensos a medida que se constituyen docenas de constelaciones interpersonales. Ante la rivalidad, frustración, incertidumbre, rabia, responsabilidad, ansiedad, cansancio o resentimiento, el amor paterno o materno y todo lo demás, los padres deben mantener una posición de líderes de sus familias y atender las realidades laborales y financieras para poder pagar las facturas.
La edad intermedia aporta responsabilidades todavía mayores mientras que, simultáneamente, la pérdida de la juventud y de sus utópicos sueños y ambiciones se tornan realidad. La persona, probablemente, no haya encontrado la pareja ideal, no tenga los hijos perfectos ni la carrera brillante que cierto día le parecieron seguros. Tampoco dispone del tiempo que tuvo, en su día, para poder lograr todo ello. Desde la cú spide de la montaña vemos el camino de bajada y el tiempo comienza, ahora, a percibirse como limitado. Cuando una persona se confronta con los primeros indicios de su condición de ser mortal, sus hijos están pasando por las primeras etapas de su propia vida personal. Este período requiere un equilibrio perfecto entre la empatía, que permite comprender su situación, y cierta sobre identificación que los utiliza para satisfacer las propias satisfacciones no alcanzadas.
En la edad intermedia tardía, muchas personas observan cómo su perspectiva se desplaza, nuevamente, hacia una consideración más amplia, más altruista del mundo entendido como un todo, concibiendo a todos los niños como niños del mundo y considerando el legado que dejarán a su paso. Los asuntos que ocupan a la persona se relacionan con un sentido colectivo de la responsabilidad adulta: por ejemplo, preocupación sobre cómo la balanza comercial con el Japón afectará al nivel de vida de la siguiente generación. Sin embargo, muchas personas no acaban de realizar esta transición debido a sus propios problemas actuales con los hijos, el trabajo, la pareja, la salud delicada de los padres o cualquier otro asunto que les abrume y agote.
El sistema nervioso central continúa creciendo hasta los cuarenta y cinco o cincuenta años de edad. Así, por ejemplo, las vías nerviosas relacionadas con la capacidad de juicio y reflexión continúan absorbiendo mielina hasta la edad intermedia de la vida.' Si bien la memoria y la capacidad física han dejado atrás sus momentos culminantes, la capacidad de juicio y la sabiduría bien pueden incrementarse. La experiencia, obvia-mente, constituye un factor básico para el juicio sensato y la sapiencia, pero resulta reconfortante saber que puede encontrar cobijo en un sistema nervioso central en desarrollo.
El envejecimiento comporta cambios corporales similares a los de la adolescencia, pero al revés. Simultáneamente con el declive de la persona mayor, sus hijos van camino de la fortaleza y belleza adultas. La madre atraviesa la menopausia, mientras que su hija se vuelve sexualmente activa. El padre es intervenido de la próstata mientras que su hijo lleva una intensa vida amorosa. Adiós a la vista, a la cintura, a gran parte de la belleza física de la juventud: el pelo precioso del que una estaba orgullosa, la piel suave, la musculatura fuerte. Los sentimientos de competencia, pérdida, desencanto y la toma de conciencia de que el tiempo se va acortando, se vuelven más apremiantes.
Muchas personas se dan cuenta, cada vez más, del lugar que ocupan en el desfile de generaciones, formando parte del ciclo de la naturaleza v de la vida. A medida que el tiempo y, quizá, el espacio del que uno dispone se van constriñendo, el sentido temporal- espacial, en el nivel cósmico, se puede expandir de la mano de un sentido unitario con la naturaleza o con Dios.
Cada una de las etapas de la vida es, así, una consecuencia de las etapas anteriores, mientras se van presentando nuevos temas emocionales. En el caso de que una persona no pueda hacer suyos los desafíos de una nueva etapa, se puede limitar o hacer rígido emocionalmente. Estas posibilidades se analizan en los capítulos 9 y 10 al estudiar las ramificaciones del modelo evolutivo de cara a la salud mental. Si todo marcha correcta- mente, la tendencia va hacia una conducta cada vez más generosa, más integrada y más sutil.
Acabamos de ver cómo las capacidades mentales superiores, desde la conciencia hasta la inteligencia, se forman a partir de ciertos «bloques» constituyentes básicos. Cada uno de estos bloques se basa, a su vez, en la capacidad del ser humano de experimentar emociones. Antes que nada, a capacidad de prestar atención es la capacidad de mostrar un interés emocional ante diversas imágenes, sonidos y otras características del en-torno. La capacidad de relacionarse hace referencia a la capacidad de experimentar alegría, placer y calor afectivo en presencia de otra persona. Con el paso del tiempo incluye, también, la posibilidad de incorporar otros sentimientos adicionales a nuestro mundo relacional, entre otros la capacidad de autoafirmarse, la rabia, el desencanto y la compasión.
deseo, lo que, por su propia naturaleza, es experimentado como un sentido proposicional afectivo o emocional. La capacidad de elaborar patrones intencionales interactivos complejos refleja la capacidad de sintonizar las propias señales emocionales con las de otras personas a través de la interacción. Las grandes negociaciones sobre seguridad, aceptación, consentimiento, orgullo y otros temas importantes son intercambios emocionales con una finalidad emocional. La capacidad de crear imágenes, símbolos e ideas, la base del razonamiento y de la vida emocional, depende de la capacidad de investir esos constructos mentales de significado emocional. En ausencia de esta investidura, permanecerán como pequeños islotes fragmentados de la actividad mental. La capacidad de relacionar imágenes y símbolos para formar lo que se podría entender como infraestructura mental supone la habilidad no sólo de ilustrar los propios sentimiento s y deseos, sino también de captar de forma intuitiva los sentimientos y deseos de otra persona, comprendiendo siempre las señales emocionales que emite el otro. Esta habilidad posibilita la comprobación de la realidad y otras formas de pensamiento lógico.
El esquema del desarrollo mental que hemos presentado aquí conduce a algunas conclusiones muy originales y bastante novedosas sobre el desarrollo de los niños. Así, por ejemplo, únicamente aquellos padres que han profundizado en el estudio de las diferentes etapas de su propio crecimiento emocional hacia la edad adulta pueden acompañar exitosa- mente a su hijo a través de estas etapas. Cuando un niño supera la etapa del aprendizaje presimbólico y simbólico inicial y se adentra en el mundo de los símbolos inconscientes, ya ha dejado atrás un proceso largo y complejo que se caracteriza por clasificar, sopesar, juzgar y discernir. El adulto ha invertido una enorme cantidad de tiempo e interés en responder a sus sonrisas, expresiones, palabras y gestos, ayudándole a mejorar su nivel de atención, a disfrutar de lo placentera que resulta la reciprocidad, a sentir el poder comunicativo de los gestos y a otorgarle una forma simbólica a sus sensaciones emocionales y corporales. Estos procesos y la mutualidad que los hace posibles son los que llevan al niño desde el caos sensorial de las primeras horas extrauterinas hacia la plena conciencia humana.
Esta visión de la mente pone de relieve su profundo sentido unitario, los lazos indestructibles entre pensamiento y sentimiento. Pone al descubierto mecanismos largamente buscados por los sociólogos, que permiten que las familias y las sociedades transmitan estructuras de personalidad, valores y significados culturales a lo largo de las generaciones. Si, tal como hemos indicado, las cualidades más elevadas del espíritu humano únicamente pueden florecer al sol de unos vínculos genuinamente personales, entonces únicamente una sociedad que favorezca el desarrollo de estos vínculos puede obtener la plena cosecha de una ciudadanía creativa y humana.