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Forecasting Future Needs Based on Past Trends

La tradición mesoamericana debe su unidad histórica al hecho de que, durante varios siglos, a partir principalmente de la estabilización de sociedades sustancialmente agrícolas y sedentarias, vinieron reproduciéndose patrones culturales comunes que vinculan fenómenos más antiguos, como lo olmeca, a realidades históricas documentalmente más conocidas, como la mexica y, hasta nuestros tiempos, a los grupos indígenas que participan de la compleja realidad social de los estados modernos. Utilizando el concepto de Mesoamérica como categoría cultural, podemos afirmar que muchos de los elementos cosmogónicos que se han ido construyendo a lo largo de la historia de esta área, siguen vigentes aún. A pesar de haber sufrido cambios decisivos durante el proceso histórico mesoamericano, muchos de los antiguos patrones culturales y sociales se han podido

mantener, siendo posible plantear como materia de futuros estudios, la aplicabilidad del concepto cultural de Mesoamérica hasta la contemporaneidad.

En los últimos 500 años podemos contar con un nutrido acervo de información documental (sea ésta histórica, antropológica o de cualquier otro tipo) para intentar explicar la vida y la cultura que caracteriza a las comunidades de origen mesoamericano, y a aquellas que se constituyeron conforme al complicado proceso histórico moderno y contemporáneo que se dio en México y en otros países. En el caso de los tiempos más antiguos, los restos arqueológicos representan, lamentablemente, la única huella que tenemos a disposición para documentar la presencia de realidades sociales más antiguas.

La arqueología se presenta como una disciplina fundamental que mediante sus hallazgos, la catalogación y la comparación de los materiales encontrados, debe garantizar la base empírica de una posible interpretación de las estructuras históricas y culturales mesoamericanas. En el sentido más profundo, se presenta como un procedimiento de recuperación de lo perdido, dotando, de esta forma, a su ámbito de aplicación empírica, de una marcada dimensión sicoanalítica, es decir, de la posibilidad de recuperar, junto con la mera materialidad de los hallazgos, los universos mismos de una cultura.

Si por un lado es indudable que hace varios siglos existieron comunidades que ocuparon los actuales territorios de varios estados nacionales como México, por el otro es evidente que no tenemos la clara oportunidad de reconstruir, ni siquiera con un cierto grado de aproximación, las instancias culturales, sociales, económicas y políticas que caracterizaron a estas antiguas sociedades. La dificultad se presenta bajo un doble aspecto: primero, los límites mediante los cuales la moderna ciencia concibe el quehacer histórico nos hacen imposible comprobar la vigencia de ciertos mecanismos por falta de información

“escrita”; segundo, la total diversidad de nuestros universos mentales, nos hace complicada

una interpretación de las características psicológicas y cognitivas de realidades sociales que pertenecen a un pasado con el cual nosotros nunca hemos podido comunicarnos directamente.

El enorme puente que se establece conforme a esta falta de comunicación directa, es lo que dificulta cada intento de reconstrucción de un pretérito ajeno a nuestros modelos de comprensión social, y en particular científica, de lo que definimos “pasado”. Este problema

epistemológico, representa indudablemente un límite a todo intento de definición del pasado.

Sin embargo, creemos que es oportuno que la ciencia, en este caso la historia, se atreva a proponer interpretaciones que a pesar de los evidentes condicionamientos hermenéuticos, puedan, en un momento dado, enriquecer el esfuerzo hacia una comprensión del pasado por parte de la sociedad actual.

De lo dicho resulta que el compendio de información arqueológica que hoy tenemos a nuestro alcance, debe ser suficiente para que podamos aprovechar una base empírica sobre la cual fundamentar nuestras aspiraciones interpretativas. El problema que nos queda por resolver será entonces de orden epistemológico y metodológico, es decir, definir los ámbitos teóricos dentro de los cuales decidimos movernos, y los pasos necesarios para realizar una propuesta coherente con nuestras premisas intelectuales.

Varios historiadores modernos y contemporáneos nos han suministrado los instrumentos teóricos para enfrentar el paso hacía la comprensión del pasado, en particular de aquel que por su extrema distancia con el tiempo presente y por la diversidad de los horizontes cognitivos de los grupos que lo caracterizaron, es considerado inalcanzable. Especialistas como Braudel (1968) hablan, por ejemplo, de dos formas mediante las cuales podemos considerar el pasado: la primera, basada en el análisis de recortes temporales muy breves que nos informan acerca de acontecimientos y situaciones específicas; la segunda, que trata de interpretar lapsos mucho mayores y tiende a una comprensión cabal de los procesos históricos y de cómo se dieron sus cambios estructurales, es decir, lo que representa un proceso de larga duración.

Dentro de esta perspectiva, la larga duración se presenta como un concepto útil para

calibrar un proceso histórico del cual sólo tenemos información “discreta”, es decir,

fragmentada. De esto resulta que los datos sobre los cuales podemos contar proceden de segmentos temporales, y también espaciales, muy distantes que amplían enormemente lo temporal, obligando al historiador a tratar con un objeto de estudio diacrónicamente dilatado. Sin embargo, a lo largo del proceso histórico, hay algo que permite hablar de la presencia de una continuidad con el pasado, es decir, la vigencia de formas equivalentes

que nos indican el rumbo hacia el cual dirigir nuestra interpretación, con base en la información más cercana que tenemos de tales formas.

En nuestro caso, el acervo arqueológico a nuestra disposición nos habla a través de formas que a lo largo del tiempo se han repetido visualmente. A pesar de lo engañoso que pueda ser un intento de interpretación de las imágenes más antiguas con base en informaciones cronológicamente más cercanas (a una equivalencia o similitud de las formas no necesariamente corresponde una equivalencia o similitud de los universos cognitivos que las crearon), es necesario atreverse a sugerir una hipótesis de continuidad histórica, que pueda servir como modelo interpretativo para historiadores, antropólogos, etnólogos y arqueólogos.

La historia como disciplina, trata metodológicamente y por razones de confiabilidad, acerca de la información documental (mejor si está escrita) que se tiene sobre un hecho histórico (o presuntamente considerado como tal), más cercana cronológicamente a éste, es decir, busca la información sobre un acontecimiento pasado en el pasado mismo. En el caso del proceso histórico mesoamericano, la distancia con respecto al acontecimiento pasado y de sus contenidos culturales con la información documental (escrita) que tenemos a disposición, es muy grande. Eso significa que estamos obligados a interpretar en un terreno resbaladizo, como el constituido por la equivalencia formal de las imágenes, un acontecimiento o una estructura histórica de los tiempos más antiguos (por ejemplo, de los periodos que en la tradición mesoamericana se definieron como Preclásico), de acuerdo con informaciones que proceden de periodos posteriores (la Conquista, la Colonia y la información etnográfica contemporánea) al pasado precolombino y la estructura histórica y cultural que lo sustenta y fundamenta, es decir, Mesoamérica (Ochoa, 1999).

Eso significa que el historiador está buscando, principalmente en el presente y no en el pasado, la razón de tal continuidad histórica y cultural. Este procedimiento, evidentemente, representa el único camino que podemos recorrer una vez constatada la existencia de elementos formales que se repiten a lo largo de un proceso histórico muy largo.

Aby Warburg (1966) y Erwin Panofsky (1975) definieron esta continuidad de las

formas “vuelta a la vida de lo antiguo”. Sin embargo, sus análisis se orientaban a la

de la cual la información disponible, en relación con los tiempos más antiguos, es mucho más sólida de la que nosotros tenemos para la tradición mesoamericana. A pesar de esto, el

concepto de una “vuelta a la vida de lo antiguo”, puede ser valioso para tratar de brindar

una interpretación de cómo y sobre cuáles bases cognitivas se construyeron las estructuras históricas más antiguas de la tradición mesoamericana, como la olmeca.

Obviamente, la reproducción de formas en tiempos históricamente diferentes y a lo largo de un vasto territorio, no nos autoriza a hablar de estructuras mentales establecidas de una vez por todas como los arquetipos de los que nos habla Jung (1980). Aunque estamos conscientes de que las formas que trataremos en el presente trabajo fueron resultado de procesos históricos, sociales y culturales específicos que las pudieron reformular y refuncionalizar de diversas maneras, es imposible no percatarse de la continuidad que, en conjunto, estas formas son capaces de informarnos acerca de los elementos que actualmente nos permiten inferir la existencia de una estructura profunda que llamamos Mesoamérica.

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