CHAPTER IV HISTORICAL LEGACY
2. Early Post-war Industrialisation: Agendas Strategies, and Agents 1 Strategy for a new position in the international division of
2.2 Foreign aid and intervention, the first five-year plan, and industrial isation.
La conformación de las culturas como tejidos textuales producidos a partir de la incidencia de los discursos dominantes y dominados partícipes de las prácticas socio-culturales, sustenta la hipótesis del lenguaje del arte como actor en la construcción de las sociedades contemporáneas y en la cimentación de sus sistemas de valores. Esto lo confirma Martínez (2005), al reconocer que las sociedades se complejizan por las actividades humanas que inciden en sus conformaciones y las tipologías de situaciones sociales que se hallan en la contemporaneidad:
Las sociedades se han vuelto más complejas; las actividades humanas han aumentado y se han diversificado, de tal suerte que los usos del lenguaje relacionados con ellas también se han incrementado. Así, hoy nos enfrentamos a una gran diversidad de géneros discursivos, definidos a partir del tipo de situación social que convocan; es decir, de acuerdo con el tipo de contrato social de habla dominante (Martínez, 2005, p. 57).
La cultura se conforma, pues, desde las relaciones socio-culturales existentes entre quienes hacen parte de un acto comunicacional específico, en la medida en que las producciones sígnicas de estos sujetos hacen parte del continuum semiótico (Lotman, 1996, p. 21) que construye la esencia del universo al cual aplican.
En este orden de ideas, se retoman parte de las nociones del signo de la visión estructural y post-estructural. En primera instancia, se considera el signo, esta
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unidad simple con carácter de átomo, como el vehículo que contiene las producciones de sentido. En segunda instancia, se tienen presentes los actos comunicacionales como acciones no aisladas de la producción sígnica, que hacen parte del continuo semiótico en el cual se originan las relaciones existentes entre los signos que componen el universo.
La separación de estos (las nociones de signo y acto comunicacional) está condicionada únicamente por una necesidad heurística. Tomado por separado, ninguno de ellos tiene, en realidad, capacidad de trabajar. Solo funcionan estando sumergidos en un continuum semiótico, completamente ocupado por formaciones semióticas de diversos tipos y que se hallan en diversos niveles de organización. A ese continuum, por analogía con el concepto introducido por V. I. Vernadski, lo llamamos semiosfera (Lotman, 1996, p. 22).
Así, la producción del signo bajo las consideraciones del acto comunicacional resulta relevante para la definición del universo semiótico, de la semiosfera. Al igual que los sistemas de comunicación y enunciación, desde una perspectiva discursiva, todo esto permite dar cuenta de las relaciones de sentido que se tejen entre los participantes del acto.
El cerramiento de los procesos de semiosis que se instalan en la obra de arte son producto de la aceptación o el rechazo de los valores aportados por el locutor de este acto comunicativo de orden artístico sobre la incidencia del discurso del político y del crítico de arte dentro de la estructura social colombiana. En ese sentido, el carácter delimitado del universo semiótico de arte grausiano en Colombia, que hace énfasis en la homogeneidad y la individualidad del sistema, puede ser permeado por espacios no descritos, interpretados o entendidos por dicho sistema, reconocidos como espacios alosemióticos o extrasemióticos, entre ellos, las esferas de la comunicación periodística y académica. Lo anterior en tanto
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estas se relacionan cuando prevalece el diálogo respecto al tema privilegiado, es decir, la construcción social y cultural de la violencia en la década de los noventa en Colombia.
Esta semiosis deja entrever la importancia del sujeto observador que delimita la construcción del universo semiótico. Sin esta acción de determinación, no se podría dar cuenta de la noción de sistema y, mucho menos, de las relaciones de producción de sentido que la sostienen. Por tal motivo, el sujeto observador reconstruye el universo, en cuanto se ubique dentro o fuera del sistema, y que desde esta categorización logre entender cómo se construyen los mensajes y los no mensajes (Lotman, 1996), los lugares y los no lugares que definen la esencia del fenómeno social plasmado.
A partir de lo anterior, se hace relevante establecer las diferencias conceptuales de la noción del lugar y el no lugar, partiendo de las denominaciones dadas por el autor Marc Augé (s.f.). De acuerdo con él, el lugar se define a partir de la apropiación que hace del mismo el sujeto que coexiste en dicho espacio. Los lugares poseen significados de base determinados y replanteados por los múltiples contactos que han tenido los miembros del universo semiótico observado, lo cual, para Bajtín, según Silvestri y otros (1993), es producto de la sociedad y, para Lotman (1996), es el continuum semiótico definido por la frontera de la cultura observada en esa estructura social.
Para la antropología, en cambio, el lugar es un espacio fuertemente simbolizado, es decir, una condición física del objeto desde la cual podemos leer, en parte o en su totalidad, la identidad de los que lo ocupan, las relaciones que mantienen y la historia que comparten. El no-lugar, por su parte, se configura como el espacio no simbolizado, no significado; espacios extrasemióticos como los denomina Lotman (1996), en los cuales no es posible que exista la semiosis. El lugar y el no-lugar se dan a través del reconocimiento de la noción de frontera, que no solo permite la
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distinción de los universos semióticos sucedáneos, sino que también hace posible la traducción, el filtro, el mecanismo de buffering del texto y no-texto. En el caso del artista, la consciencia de este es el lugar mediante el cual expone sus valoraciones y las legitima para buscar la aceptación del espectador.
Respecto a este último apartado, Bajtín identificó que la conciencia tenía como génesis la sociedad; la historia que se construye mediante las relaciones sociales. Retomando las palabras de Marx, este estudioso denomina la conciencia como un
producto del intercambio material (Silvestri et al., 1993, p. 27). Ello implica un cambio en la percepción que se tiene de la realidad, del pensamiento que la estructura y los textos que conlleva. La conciencia es, pues, un proceso de orden dialéctico por la manipulación del contenido temático que está en camino de convertirse en conocimiento, y por el reflejo de las acciones que cada sujeto empírico posee al suscribir su práctica de significación en una semiosfera.
La acción de tomar conciencia se constituye como práctica de significación, puesto que le permite al sujeto autodeterminar su pertenencia a un universo semiótico, frente al distanciamiento que asume frente a otros universos. Dicha conciencia semiótica no existiría sin la comunicación y el lenguaje que le preceden:
(…) la conciencia es un intercambio de mensajes –desde el intercambio entre los hemisferios cerebrales hasta el intercambio de culturas. La conciencia sin comunicación es imposible. En este sentido, se puede decir que el diálogo precede al lenguaje y lo genera (Lotman, 1996, p. 35).
Bajtin, Silvestri y Lotman llegan a la conclusión de que las relaciones llevadas a cabo redefinen y delinean la historia, la consciencia semiótica y el universo semiótico. Según estos autores, estos conceptos solo pueden darse entre las prácticas socio-culturales y los diferentes usos del lenguaje que se tienen en la definición del lugar de sentido. Martínez (2012) propone esta aseveración como
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punto de partida de su modelo de estudio de las correlaciones entre prácticas sociales humanas y los usos del lenguaje.
En el caso puntual de la obra de Enrique Grau, la obra se convierte en lo tangible de la conciencia del artista, en aquello específico que se contrapone a los universos semióticos de las instituciones sociales instaladas en la estructura social tradicional colombiana: Estado, Iglesia, gobierno, academia y medios de comunicación. Se convierte, en resumidas cuentas, en el dispositivo pensante y autónomo que hace parte del tejido discursivo del artista sobre la violencia en Colombia.
7.2 LA PRÁCTICA DE SIGNIFICACIÓN COMO AGENTE DE