Chuuk State
Chapter 4: Foreign conquests
Como hemos estudiado en los apartados anteriores, la naturaleza social del hombre lo conduce a agruparse; una vez formados los conjuntos, éstos se organizan y reparten el poder, hecho que ratifica a un grupo que gobierna la sociedad. Para llegar a consolidarse como tal, el grupo de poder pone en circulación diferentes discursos que propician su surgimiento, consolidación y continuidad, a través de estos discursos delimitan los márgenes de la sociedad y del individuo, es decir, se instaura un orden, se concretan esquemas de conducta individual y colectiva. Foucault, sobre este planteamiento señala, “yo supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada, y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (11). No hay discurso sin intención circulando en los estratos de la sociedad, en el caso de los discursos propagados por el grupo de poder, su producción y presentación no surgirán al azar, la divulgación será intencionada, y la recepción que se haga en los grupos sociales, no será aleatoria, antes bien, el mensaje será aprehendido y retransmitido. Al realizar este acto, el sistema se protege de caer en el desuso y perder el dominio.
Los integrantes de una sociedad adquieren una identidad por formar parte de tal o cual grupo, esta oportunidad se les otorga por el simple suceso de pertenecer a la agrupación. Al entrar en la mecánica de la colectividad, el individuo recibe los discursos –directa o indirectamente– que el grupo de poder
ha puesto en circulación, los cuales le indican cuál es su lugar, qué funciones va a realizar y las reglas y disposiciones para mantener el correcto funcionamiento de la comunidad. La sociedad es un complejo sistema de valores, reglas, creencias, leyes y normas que confieren a cada integrante nociones de las cuales afianzarse, sencillas e importantes, como el bien y el mal, lo permitido y lo prohibido, o lo bello y lo feo, sentires por demás básicos pero que configuran de manera determinante el orden social y el funcionamiento correcto.
Foucault plantea que el discurso no puede ser enunciado con facilidad, la producción de éste es “controlada” por una autoridad, el grupo de poder. El hombre, quien quedó siendo la figura rectora del orden y el administrador el poder en las colectividades humanas es esa autoridad que crea y distribuye el discurso. Sobre la consolidación del hombre como figura de poder, Manuel Fernández Perera señala que éste “siempre ha tenido manifestaciones culturales y representaciones dirigidas al despliegue social y a la consolidación de su poder” (180). Para este teórico, el hombre empleó “emblemas de poder” para reafirmar su autoridad como género, e incluso cargó de simbolismo objetos cotidianos para hacerse aun más presente. De esta manera, objetos, eventos, rituales, ceremonias e invocaciones “conformaron el gran aparato simbólico de su masculinidad” (181). Por medio de estas disposiciones, el hombre se confirió y fortaleció una identidad, se otorgó una voz y dio potestad a ésta, a la vez que estableció el lugar, los roles y las características propias del resto de los integrantes de su colectividad.
Resulta indiscutible la poderosa influencia que posee el arte dentro de la organización social. Los grupos de poder, tal como plantea Fernández Perera, hacen uso de las expresiones e instituciones humanas para establecer y mantener un orden. Ahora bien, según Jauss, es mediante el arquetipo del héroe que se propicia la identificación del receptor de la obra artística con la información y los intereses sociopolíticos transmitidos. Ante esta premisa, la crítica feminista señala que el detalle de este proceso de organización social es que el héroe es una imagen masculina que únicamente contempla los intereses, preocupaciones y luchas de este sexo. Por lo que, diferentes teóricas han esbozado la necesidad de conceptualizar al héroe femenino: la heroína, para que la mujer como grupo logre encontrar un ícono propio, que posea sus luchas, anhelos, miedos y fuerzas, no las de alguien más; una figura femenina con la cual conceptualizarse y comprenderse. Esto resulta importante, ya que, como se pudo apreciar en los postulados de las jungianas feministas, la mujer no tiene una imagen propia, creada por ella sobre ella misma; la única imagen femenina que conoce la mujer es de autoridad masculina, por ello, dista mucho de compartir las características de la figura del héroe masculino clásico.
Según Annis Pratt, el arquetipo del héroe al verse encarnado en la figura femenina pierde mucho de su heroicidad, entendiendo el término como la exaltación de las virtudes, luchas y logros del héroe; para esta psiquiatra; a la heroína no le es alabada la virtud heroica, más bien, es rechazada y/o expulsada de la sociedad, una vez obtenido el triunfo. El propio camino monomítico de la heroína no es un simple separación-inicio-retorno, sino que se entreteje con la
lucha social de la mujer, los roles que le son impuestos y actos que le son exigidos. Es decir, el camino monomítico de la heroína es una lucha multidireccional que aunque rebasa y sobrepasa la masculina, no obtendrá el triunfo y gloria del héroe clásico, y si llega a haberlo no le será reconocido.
Las más de las veces, el triunfo de la figura femenina, es de carácter doméstico, ella obtiene la victoria y ésta le será reconocida, únicamente si llega a conformarse con el lugar que le ha sido asignado dentro de la sociedad y se incorpora al funcionamiento social (Pratt 44-46). Muestra de ello son las obras literarias, en las que en su gran mayoría, la figura heroica después de haber desafiado el orden social no llega a buen término. Inclusive, aunque llega a sacrificarse, su propio sacrificio es en vano, éste no ayuda a la sociedad, ni a ella.
Paulina Rivero Weber, en su obra Se busca heroína, equipara los
personajes de La Odisea, Odiseo y Penélope. Parece resaltar, que mientras
Odiseo enfrenta toda clase luchas, acude a lugares como el inframundo, se topa con seres fantásticos y supera cada una de sus pruebas; Penélope se encuentra en su alcoba tejiendo y destejiendo de manera interminable por un largo período de tiempo, todo esto con el único fin de no darse en matrimonio a otro hombre (28-29). Como se evidencia, las tareas que cada uno de estos personajes tiene que realizar son completamente diferentes y son un claro ejemplo de los roles y lugares que le han sido asignados a cada uno de los géneros. Podemos afirmar, por tanto, que mientras el hombre es el encargado de salir al espacio público y enfrentar todo tipo de retos, la mujer debe permanecer en el hogar realizando
repetidamente tareas que permitan la estabilidad familiar, cualquier actividad femenina debe ser realizada desde el espacio privado. En un tejer y destejer interminable dentro del hogar, Penélope es la madre sometida a la faena doméstica, que cocina y limpia de manera continua,es la mujer a quien se le ha enseñado que su valor recae en la labor doméstica, que encuentra el gozo en la espera del amado, actos que darán como resultado la consolidación de un hogar, su hogar. Esto según enseña la tradición, es el máximo triunfo para el género femenino, acompañar y apoya indirectamente al valeroso héroe.
En la actualidad se encuentran vigentes las caracterizaciones de un héroe triunfal masculino que tiene batallas campales fuera del hogar, y la de una mujer –la heroína– que se mantiene dentro del hogar resolviendo problemas menores. A la mujer se le advierte, a través de los personajes antagónicos femeninos, que si sale del espacio que la ha sido asignado, o intenta cumplir otras tareas no propias de su género, no tendrá a buen fin.
Dentro de la sociedad occidental a la que pertenecen las obras estudiadas, la figura del hombre como padre, el patriarca, tiene una carga semántica importante; en esta palabra convergen nociones espirituales, físicas, emocionales, sociopolíticas e incluso religiosas, las cuales repercuten en la sociedad y la cultura. Es en este contexto que Gilbert y Gubar esbozan al varón, autor del texto, que crea y cuenta relatos, experiencias y expresiones, que se transmiten y ponen en circulación dentro de los grupos. Al ser creador de los textos, éstos le pertenecen; pero, según plantean estas teóricas, si el hombre es dueño de lo que escribe, “también es dueño/poseedor de los sujetos
de su texto” (21), la realidad de ellos, identidad, espacio y comportamientos; inclusive, de la influencia que tengan sus creaciones en la sociedad. De manera que, los diferentes estratos y grupos sociales, han aprendido por medio de la literatura, cuáles comportamientos son aceptables y cuáles no, es decir, qué conductas se deben practicar y evitar.
El hombre, como género y autor, desde sus orígenes, se ha construido una historia de luchas y victorias; ha pintado diferentes escenarios y se ha hecho vencedor de todo tipo de problemáticas que el mismo ha creado para demostrar su valor. Según Gilbert y Gubar, la mujer es parte importante de estos relatos de autores masculinos; por medio de esta acción, ella ha sido definida por el hombre a través del lenguaje (20-22), éste le ha indicado cuál es su lugar, qué acciones debe realizar, y qué características debiera tener. Mientras que la mujer, aun siendo la heroína, no vence, no logra, ha sido colocada por el autor varón en un mismo tipo de situaciones y escenarios, ella es el personaje femenino, y nos resulta tan natural, ya que su naturaleza, según relatan los varones, es “eterna, inmutable, no puede, no debe cambiar”
(Rivero 30). A la mujer se le han delimitado espacios e impuesto situaciones a
través de la circulación de discursos en la sociedad. Vez tras vez, ella ha sido señalada, marcada, construida y reconstruida, en ocasiones con nobles intenciones, pero otras con saña; esto buscando favorecer el orden social instaurado por el grupo de poder. En la actualidad, como plantea Rivero Weber, a la mujer se le exige que mantenga su naturaleza inmutable, ya que a pesar, de los cambios y reconstrucciones que el autor masculino haya
realizado a la imagen femenina, la naturaleza de ésta ha permanecido, únicamente se le han añadido otros requerimientos propios de la modernidad.
A continuación, haremos un breve repaso de los requerimientos sociales que le son hechos a la mujer, papeles o roles de género, centrando nuestra atención en aquellos de mayor peso para esta investigación, una vez realizado este recuento procederemos con la crítica literaria feminista, para observar el reflejo de los patrones, roles y estándares que el hombre a impuesto a la mujer, dentro del texto literario.
Para la tradición occidental, la mujer ha sido desde su propia creación, motivo de conflictos para el hombre. Muestra de ello, son Pandora, Lilit y Eva. En la mitología griega, Pandora es la primera mujer, la cuál según relata Hesíodo, fue creada con fines de venganza por Hefesto; Zeus le pidió a éste crear una hermosa criatura que se asemejara a las diosas, e hizo a los dioses del Olimpo dotar de alguna virtud a esta creación. Como es sabido, Pandora es enviada a los hombres y abre una caja llena de calamidades y desgracias, que aquejan a los hombres desde entonces, una vez vaciado el recipiente, lo que quedó hasta el fondo fue la esperanza, que sostiene al hombre de tales infortunios.
De manera similar, según cuenta el relato Bíblico, el hombre fue creado a imagen de Dios, mientras que la mujer fue tomada de una costilla de él. Sin embargo, algunas mitologías de la región mesopotámica, señalan la existencia de otra primera mujer, Lilit, la cual fue creada al mismo tiempo que el primer
hombre17; es a esta primera pareja, a la cual Dios les manda gobernar la tierra y todo aquello que se mueva sobre ella. No ocurre así con Eva, puesto que es hasta después que el primer hombre puso nombre a todos los animales que éste se da cuenta de su soledad. Como es sabido, éste cae en un profundo sueño; al despertar, mira a esta mujer y exclama: “esta será llamada varona porque del varón fue tomada” (Gen. 2:23). Estas dos primeras mujeres, señalan ya el rumbo que tendría la figura femenina dentro del orden social, ella será definida por el hombre y la relación que exista entre ellos, será incluida dentro de la sociedad si se somete al varón. De lo contrario, ésta es expulsada y considerada prácticamente un demonio. Sometidas o no, estas dos mujeres afectan la vida del hombre, una al no someterse, y la otra al seducir con sus encantos lentamente al primer hombre, consiguiendo con ello hacerle desobedecer, pecar y por tanto ser expulsado del paraíso18. Lilit, Pandora y Eva, señalan las tres grandes clasificaciones que se dan a la mujer, la que quiere equidad, la que tiene mayor conocimiento, y la que se somete pero utiliza la seducción para controlar, en otras palabras la devoradora, la bruja y la esposa.
Historias, mitos y leyendas sobre la inclinación natural de hacer el mal de la mujer han sido relatadas desde la antigüedad. Es un saber práctico del hombre que debe cuidarse de la pérfida figura femenina. Genoveva Flores Quintero,
17
Según el texto bíblico, Dios crea al hombre a su imagen, “hombre y mujer los creó” (Gen.
1:26). De este pasaje se desprende la creencia de una primera mujer, puesto que es hasta Génesis 2:18 que Dios observa que el hombre está solo y necesita crear una “ayuda idónea”, a
pesar de que ya se había evidenciadado la existencia de una figura femenina.
18 Al ser expulsados del paraíso, Dios castiga a Adán y Eva. A la mujer le castiga con el dolor al
momento del parto y el ser sometida por su marido, mientras que al hombre le castiga con arduo trabajo para poder comer, mientras que le señala que aunque trabaje, muchas veces su trabajo no dará resultados.
incluso señala, como el cuerpo femenino ha sido estigmatizado como una clara evocación del mal, dada la hermosura del mismo, la mujer seduce con el cuerpo. Para Flores Quintero, la sociedad ha puesta una gran cantidad de discursos en circulación que desacreditan a la figura femenina, a la vez que se establece una jerarquía en la que el hombre, como género, se encuentra en la cúspide de la misma (138-139). Por esta razón, como veremos a lo largo de este apartado, el mal y el caos son asociados a las mujeres sabias o aquellas que no se dejan gobernar por el hombre y las instituciones que éste tiene, mientras que el bien se ve relacionado con las mujeres cariñosas, hogareñas y maternales, pero aun ésta puede traicionar al hombre. Para Flores Quintero, a los integrantes de una sociedad se les enseña un sistema de valores, por medio del cual ellos pueden acceder al grupo, e incluso esta primera plataforma afecta la forma en que ellos pueden sentir, amar y odiar, estos valores están arraigados dentro de la sociedad y dirigen las acciones de la misma.
Los grupos y comunidades se encuentran dentro de un sistema patriarcal, el cual “tiene la capacidad de crear discursos sobre el mal y enraizarlos en los estereotipos femeninos con el objeto de solidificar la estructura jerárquica de los varones sobre la mujer” (159); así, este grupo de poder señala cuáles son los parámetros de normalidad para la mujer y el hombre, así como los roles que estos deben ocupar. Según Antonio Marquet,
“el sujeto es educado en el respeto a roles genéricos” (165)19, como observa Flores Quintero, es por medio de esta educación que los integrantes del grupo llegan a pensar, sentir y actuar. Al niño se le enseña desde su infancia que es fuerte, mientras que a la niña, que ella es frágil y débil; esta fortaleza y debilidad se convierten en un código de conductas propias para cada género, y pueden ser aplicadas en cada área de la vida. Estas concisas enseñanzas infantiles, no son más que estereotipos que permean la conciencia infantil para el resto de la vida.
El grado de maldad-bondad femenino se mide justamente con el respeto a los roles genéricos que practique la mujer. A ella, se le ha educado en la práctica de ciertos comportamientos, de no cumplirlos, será señalada y marginada. Suárez Villegas señala que, a pesar de que estemos en el siglo XXI y los grupos hayan evolucionado, en México “aún está en nuestra sociedad la diferencia de género, diferencias sociales y laborales de la mujer” (2). Los roles tradicionales que se le enseñan a la mujer, son el de la madre, la esposa y la virgen, mientras que los papeles que se le enseña a evitar son los de la devoradora y la bruja. Este teórico propone que si está condición se ha mantenido, es porque los medios de comunicación se han encargado de perpetuar estas conductas y roles.
19 En la actualidad, las reglas y normas sociales han comenzado a cambiar, la sociedad
no observa de manera rigurosa los roles genéricos o enseñanzas tradicionales, pero estos subyacen como una plataforma en la cual se desarrollan las nuevas generaciones. Enseñanzas sencillas como el ejemplo de la fragilidad de la mujer y la fuerza masculina, siguen siendo discursos, tal vez, enunciados con sarcasmo, pero que igualmente son recibidos por los nuevos integrantes de la sociedad. Incluso, en zonas de nuestro país, siguen siendo observados con recelo.
Según Suárez Villegas, los medios masivos de comunicación actualmente utilizan “los mismos estereotipos que utilizaban los políticos de siglo XIX y principios del siglo XX para no incluir a la mujer dentro de sus
actuaciones (3).” Parece alarmante, siglo XIX, pero citando algunos ejemplos,
podríamos mencionar, que los anuncios de comida, ropa, productos de limpieza y abarrotes, en su mayoría, presentan a una mujer blanca, bien vestida, usando los productos y haciendo las labores domésticas. Este teórico señala, entonces, que existe una cultura periodística, “los medios difunden una
cultura que los miembros de su sociedad han de aprehender para no caer en un vacío existencial que los separaría del grupo” (3). Los canales masivos de comunicación se han convertido en un importante punto de referencia, ellos crean y hacen uso de códigos de conducta que los individuos observan y repiten, de lo contrario, el proceder de ellos será culturalmente incorrecto.
En las siguientes páginas, observaremos como a cada una de estas etiquetas de género se les atribuyen acciones muy específicas. La mujer como cualquier integrante de una sociedad, es un individuo que se ve sujeto a las normas sociales de su grupo, pero, debido a su naturaleza femenina, ella debe cumplir con las exceptivas que el grupo ha creado para el lugar que ocupa ella. Con fines de abordar nuestro objeto de estudio y la figura femenina que fue utilizada por el cine mexicano de la época de Oro, utilizaremos la teoría de Rosario Castellanos. Según esta poeta mexicana, la mujer vive su existencia cumpliendo con esas reglas sociales de género que le han sido impuestas, para su beneficio y el del funcionamiento del grupo: