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Fractional Poisson fields

4 Geometric construction

4.3 Fractional Poisson fields

A pesar de que la herencia genética de los niños varía enormemente, no lo hace de forma aleatoria. Al igual que el índice de variabilidad de la naturaleza, entendida como un todo, la variación de los rasgos humanos es también enorme, pero no infinita. El pelo humano tiene, por ejemplo, una banda de colores que va desde el blanco albino, pasando por los diferentes rubios, rojos y marrones, hasta el negro más oscuro. No incluye, sin embargo, el verde o el morado. Miles de diferentes especies de aves habitan nuestro planeta, pero ninguna tiene pelo. Las variaciones se producen dentro de determinados patrones. Ello no sólo es cierto para los rasgos físicos, como el color de la piel o la configuración de los ojos, sino también para las características psicosociales y conductuales que forman la personalidad.

En qué medida los temperamentos de los niños son innatos o no es algo que ha promovido múltiples investigaciones a lo largo de los años. Los padres recalcan a menudo que, desde el primer momento, cada uno de sus hijos tenía una personalidad muy diferenciada de los demás. Algunos parecen llegar con una disposición alegre, mientras que otros se muestran melancólicos; algunos están tensos, otros relajados; algunos responden a los estímulos, otros se retraen. Muchos investigadores sostienen que el temperamento básico de una persona, o su manera de afrontar el mundo, permanece absolutamente consecuente a lo largo de toda su vida. El estudio que realizaron los pioneros Stella Chess y Alexander Thomas y sus discípulos sobre el temperamento, basado, en gran medida, en informes de los padres sobre extroversión o introversión, irritabilidad o tranquilidad, temeridad o precaución, capacidad de atención o dispersión en los jóvenes, ha ayudado a que las familias y los ex- pertos en desarrollo infantil pudieran darse cuenta de que no existe un método asistencial, disciplinario o educativo único, que se ajuste a las necesidades de todos o, al menos, la mayoría de niños.

las tendencias hacia la inhibición, timidez y pre-caución, por un lado, y la sociabilidad y la conducta expansiva, por otro, tienen su origen en los genes.' Los patrones interactivos que un niño muestra en su primera infancia son, pues, innatos, según esta teoría. Tanto si un niño busca corno si evita la compañía, se hace notar o se retrae, todo ello son rasgos hereditarios que perdurarán toda la vida, como el color de los ojos o el grupo sanguíneo. Los padres o los terapeutas pueden, en el mejor de los casos, suavizar esta tendencia. Pero, aunque ayuden, digamos, a un animalito acobardado a coger confianza en sí mismo, actuando sobre el entorno familiar y escolar para que no lo atosiguen en exceso, la timidez esencial del niño perdurará al margen de esta intervención. De una u otra forma, esta teoría representa una poderosa corriente de opinión que considera el temperamento como una característica relativamente inamovible y que define toda la estructura de la personalidad del individuo.

Sin embargo, el trabajo que mis colegas y yo hemos estado realizan-do con niños sanos y con niños con dificultades, como puede ser el autismo, apoya firmemente la idea de que las inclinaciones iniciales de una persona hacia la extroversión o hacia la timidez no proceden de una única característica genética dominante, sino de un complejo juego interre1acional en el que intervienen múltiples factores. Los bebés recién nacidos no muestran rasgos caracteriales innatos corno la introversión o la extroversión. Basándonos en las observaciones realizadas por profesionales de diversas disciplinas relacionadas con los problemas del desarrollo infantil —fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales, logopedas, psicólogos del desarrollo y pediatras— hemos encontrado que tanto los bebés que evolucionan normalmente como aquellos que presentan problemas muestran una gran variedad de rasgos fisiológicos, como la sensibilidad al sonido o al tacto o la capacidad de planificar o de organizar sus movimientos." ¿Le resulta fácil a un niño alcanzar la boca con su mano cuando desea succionar? Ya de mayor, ¿es capaz de copiar figuras corno el triángulo o el rombo? ¿Se aleja bruscamente a poco que le rocemos, se tapa los oídos cuando el aspirador se pone en marcha, o cierra los ojos cuando mamá enciende la luz? Estos patrones reactivos pueden va - riar de un sentido a otro; algunos niños reaccionan exageradamente al tacto, pero infrarreaccionan al sonido. Otros reclaman sensaciones más fuertes.

Los niños también se diferencian en su manera de comprender su mundo. Uno parece tener un oído tan duro que confunde sonidos, pero una vista de lince para imaginarse cómo se relacionan las cosas, espacial-mente, entre ellas. Otro podría ser justamente lo contrario, un oyente agudo y perceptivo que tiende a sentirse aturdido por las relaciones espaciales. Algunos niños tienen un tono muscular bajo, de tal manera que mantener sus cabezas erguidas o mirar en una u otra dirección requiere en ellos un gran esfuerzo, mientras que otros pueden golpear a su padre en la nariz cuando lo único que intentan es acariciarlo suavemente.

Estos patrones fisiológicos parecen estar influidos por factores hereditarios y del entorno prenatal, como cuando la madre toma medicamentos durante el embarazo. A pesar de que puedan influir en el temperamento, en la personalidad o en una predisposición a padecer una enfermedad, constituyen influencias intermediarias que pueden expresarse de diferentes maneras. Memos observado que algunos niños con una predisposición genética a la depresión son más reactivos al tacto y al sonido, por ejemplo, si bien estos patrones de reactividad también los muestran a menudo niños sin ninguna tendencia de este tipo. Los niños con riesgo de padecer autismo parecen, a menudo, ensimismados e hipo reactivos a las sensaciones, si bien se pueden observar los mismos rasgos en muchos niños sanos.

Resulta fácil confundir las características físicas subyacentes con el temperamento o la personalidad. Muchos equipos de profesionales e investigadores han estado trabajando para comprender estos fundamentos de la conducta. La investigación de la personalidad, basada en el trabajo de Chess y Thomas, ha dado por supuesto que los niños pequeños muestran tendencias generales hacia la conducta precavida o impulsiva, por ejemplo, y que los padres deberían adaptar sus pautas educativas a estos patrones. Según esta teoría, estos patrones persistirán en mayor o menor grado, pero se puede evitar que se constituyan en problemas.

Aquellos profesionales que trabajan con niños con trastornos del desarrollo, entre ellos terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas y logopedas, han centrado su atención en el desarrollo de determinadas capacidades físicas: por ejemplo, fortalecer el tono muscular o estimular la capacidad de planificar conductas motrices, procesar sonidos y palabras o reaccionar a diferentes sensaciones. Estas capacidades, a pesar de solaparse con las

tendencias temperamentales de un niño, van más allá de lo que comúnmente entendemos como temperamento. Los campos de la asistencia neonatal, la neuropsicología y la neurología, también tienen en cuenta estas capacidades físicas y su misión de registrar, comprender, almacenar, recordar y usar sensaciones para resolver problemas.

Todas estas disciplinas aspiran a comprender los orígenes del modo en que pensamos, sentimos y aprendemos y, a su vez, de cómo se forman los patrones de conducta y de personalidad. En nuestro trabajo con niños pequeños y mayores y con sus familias, he intentado seguir esta tradición interdisciplinaria al estudiar las diferentes formas de registro y procesamiento de la información visual y auditiva y la planificación de la conducta en las primeras etapas de la vida." Los niños normales —no sólo aquellos con dificultades o retrasos— se diferencian, considerable-mente, en su reactividad sensitiva v en su modo de planificar las conductas. Además, aquellos niños pequeños que, al nacer, tienen una capacidad fisiológica óptima para procesar sus sensaciones, después de pasar un mes en un entorno caótico apenas se pueden distinguir de aquellos niños que habían nacido con problemas motores, o que eran hipo o hiper reactivos a los sonidos y a las imágenes. Una de nuestras observaciones más interesantes es que, a menudo, los niños con determinados rasgos físicos no necesariamente padecen limitaciones por ese motivo. La manera en que las personas que se hacen cargo del niño responden a las dificultades físicas del mismo parece tener una importancia mayor de lo que se pensaba hasta el momento. Los niños hipersensitivos, por ejemplo, pueden volverse extrovertidos y seguros de sí mismos con una adecuada estimulación por parte de los padres. Los niños que muestran un mal proce- samiento auditivo y un retraso del lenguaje pueden llegar a tener una buena capacidad verbal. Los padres pueden aspirar a una mejora simple-mente encontrando un punto de «enganche» en sus hijos. Pueden usar unos métodos asistenciales específicos para ayudarles a cambiar la forma en que trabajan sus sistemas nerviosos y, por lo tanto, sus respectivas personalidades. Dado que existen unas tendencias generales de la personalidad determinadas, en parte, por las características fisiológicas, éstas pueden adoptar cualquier estado, desde la patología hasta la salud, en función del modo en que los padres interactúen con el niño.

A través de un incesante juego interaccional, la manera en que un niño procesa las sensaciones y organiza las respuestas motrices ayuda a modelar las reacciones del padre, lo que, a su vez, da inicio a un nuevo circuito de procesamiento-respuesta por parte del niño. Un niño vital y bien coordinado puede intentar coger un juguete de la mano de su padre, iniciando un juego de lucha, mientras que los padres de un bebé hipotónico o fláccido tienden a abandonar cuando apenas ron una pelota o un osito de peluche que se le ofrece. Un niño que se anima cuando oye la voz de su madre probablemente incite a ésta a cantar y a arrullarle, a diferencia del niño que presta escasa atención a los sonidos y, en cambio, sí a los colores y a las formas. Cada niño estimula, así, a las personas que le rodean a responder de determinada manera. Dado que los padres, a través de múltiples pequeñas acciones, se constituyen en mediadores principales entre la mente de un bebé en pleno desarrollo y el entorno que le envuelve, es la propia conducta del bebé la que ayuda a configurar el mundo que pretende conocer.

Al mismo tiempo, las respuestas parentales a determinados tipos de conducta también pueden variar. Algunos padres tienden a anticiparse a sus hijos, mientras que otros esperan a que sus hijos actúen. Algunos no paran de hablar, mientras que otros utilizan sus expresiones faciales para transmitir significados. Algunos son alegres, otros más serios; algunos conquistan a sus hijos vigorosamente, mientras que otros se muestran más pasivos y se desaniman fácilmente. Estas pautas parentales ejercen, por supuesto, su propia influencia sobre los bebés. Un padre muy persistente e implicado puede conseguir que su hija hiporreactiva intercambie muestras de afecto y las reclame. Una madre sumamente enérgica pero capaz, también, de transmitir tranquilidad, puede ayudar a su hijo hiperreactivo y temerario a volverse más organizado, disciplinado y razonable. Por el contrario, una madre que se siente insegura sobre si es querida o no, puede tener dificultades con un hijo hipotónico e hiporreactivo al sonido. Si da por sentado que no la quiere y que ella no es una buena madre, lo dejará solo en su cuna sin darse cuenta de que un niño de sus características necesita una cierta seducción para iniciar sus relaciones, antes de poder mostrar afecto. Un niño como éste corre el riesgo de quedarse progresivamente ensimismado en su mundo. Otro padre puede sobreproteger a un niño sensible y prudente, aunque bas-

tante reactivo, contribuyendo a que se vuelva pasivo, «pegajoso» y temeroso.

Mientras un niño hipersensitivo puede preferir conductas prudentes, y uno hiporreactivo e hipotónico quizá tienda a encerrarse en sí mismo, la clave está en que las pautas que establezcan los padres pueden modificar considerablemente estas tendencias. Los bebés ensimismados pueden ser encantadores y extrovertidos a la edad de dos años, y los bebés precavidos unos líderes desenvueltos en cuanto comienzan a caminar. Existen diferentes pasos a lo largo de este camino: las influencias genéticas e intrauterinas se expresan a través de los patrones fisiológicos del niño, la reactividad, el procesamiento y la organización. A través de las interacciones entre estos rasgos fisiológicos y las conductas de los padres sur- gen las características de la personalidad. En estas primeras interacciones también se observa una posible tendencia correctora hacia la salud o una evolución hacia la enfermedad mental.

La metáfora de la cerradura y la llave nos ayuda a comprender la relación que se establece entre lo biológico y lo educacional. Los puntos fuertes o débiles de la personalidad del bebé son como una cerradura que únicamente se abrirá si encaja la llave correspondiente. Un cierto número de llaves funcionará, pero un número incluso superior no lo hará. Para ayudar a un niño pequeño a progresar a lo largo de las diferentes etapas evolutivas, el educador debe encontrar llaves —es decir, patrones de interacción y de respuesta— que ayuden al niño a emplear sus recursos biológicos para asimilar las tareas de la etapa a la que ha llegado. Cada niño complica, por supuesto, la ya difícil tarea de se r padres, cambiando la cerradura cada vez que alcanza una nueva etapa evolutiva. En función de que sus padres puedan encontrar, una y otra vez, las llaves que darán rienda suelta a su potencial y según el momento en que eso ocurra, ello influirá decisivamente en el desarrollo de la personalidad del niño.

Mi trabajo de investigación ha identificado, junto con el de otros, un determinado número de características de la personalidad, condiciones y métodos que pueden conseguir o no descubrir los talentos y los puntos fuertes de cada uno de los niños.° Este trabajo demuestra que los rasgos fisiológicos, por sí mismos, no necesariamente limitan o determinan el potencial de un niño. Además, cuanto más comprometida esté la capacidad de un niño, limitada por el carácter genérico y discapacitador de la alteración, tanto más decisiva y poderosa resultará la influencia de la educación que reciba. Un niño bien dotado fisiológicamente para asimilar cierta tarea propia de su etapa evolutiva probablemente lo consiga a pesar de una educación mediocre, mientras que otro niño con dudosas aptitudes no las acabará de asimilar a no ser que su entorno le aporte justamente la ayuda que necesita. Como indicarnos en el capítulo 1, cuando la educación se ajusta a las diferencias individuales, muchos niños nacidos con deficiencias real-mente serias pueden alcanzar y alcanzan un desarrollo mental sano. Como hemos señalado con anterioridad, en una reciente revisión de más de dos-cientos niños diagnosticados como autistas con los que nuestro grupo ha trabajado durante los últimos años, la mayoría han evidenciado una mejoría en su funcionamiento mental y emocional cuando sus padres y un equipo terapéutico fueron capaces de encontrar las «llaves» apropiadas. Entre un 58% y un 78% mostraron unas mejoras considerables. Eran tan pocos los niños que crecieron en ambientes verdaderamente óptimos que no tenemos una idea exacta de cuáles son realmente los parámetros evolutivos.

En nuestra práctica clínica y en la investigación llevada a cabo a lo largo de los últimos cinco años, hemos detectado unos estilos educativos que pueden apoyar o contrarrestar determinados patrones fisiológicos. Hemos intentado ir más allá de conceptos genéricos como educación o flexibilidad para describir de forma detallada los diferentes elementos que requiere cada tipología fisiológica. Los métodos que se deben poner en práctica ante problemas tales como ]a conducta antisocial, la depresión, la ansiedad, los trastornos del pensamiento y el trastorno por déficit de atención ilustran esta nueva especificidad. La misma combinación de rasgos biológicos puede encarnar unas cualidades tan valiosas corno son el interés por los demás, el valor, el sentido del liderazgo, la curiosidad, la creatividad, la determinación, la autodisciplina, la confianza en uno mismo, la perseverancia y la originalidad; por otro lado, puede servir de base para el desarrollo de la autocompasión, la imprudencia, la crueldad, la hostilidad, la rigidez, el desapego, la irracionalidad y la timidez. Si estos rasgos acaban descubriendo talentoso problemas dependerá, dicho brevemente, de cómo se eduque la naturaleza del niño.

Tanto en The challenging child como en lnfancy and early childhood, hablé de cinco patrones de reactividad, procesamiento y organización y de las diferentes formas por las que

pueden exacerbarse o convertirse en recursos poderosos a través de los diferentes tipos de interacciones que se establecen entre el educador y el niño." Aquí me gustaría ofrecer únicamente unos pocos ejemplos de cómo estos patrones y la educación que conllevan afectan al desarrollo de la mente.

La sociedad siente una creciente preocupación por los niños, adolescentes y adultos antisociales y violentos, que tratan a los demás como objetos más que como a seres humanos. La pobreza, el maltrato y- la privación emocional son, en gran medida, los responsables de este patrón de conducta preocupante y peligroso. El artículo «Forty Four Juvenile Thieves», un clásico de John Bowlby, describía la vida de unos niños abandonados en su infancia y que se volvieron altamente antisociales» La relación, intuitivamente obvia, entre una falta de afecto hacia un niño y su consecuente incapacidad de sentir ese afecto hacia los demás con-venció a muchos, en la época en la que fue publicado el artículo, en 1944, de que las influencias ambientales eran importantes, tanto en la génesis como en la prevención de la delincuencia.

El tema es, por supuesto, mucho más complejo. Entre los niños privados de una educación afectiva en los primeros años de su vida, incluyendo a aquellos atendidos en instituciones, se han observado dos tendencias. Un grupo de niños se volvió retraído, deprimido y apático. Algunos dejaron de crecer, no aumentaron de peso, e incluso cayeron gravemente enfermos y no sobrevivieron. Los niños pertenecientes al otro grupo fueron en busca de sensaciones, se volvieron agresivos, promiscuos e indiferentes a los demás, relacionándose con ellos únicamente para satisfacer sus específicas necesidades personales." Otros investiga-dores encontraron sutiles disfunciones en el funcionamiento del sistema nervioso central, en una medida superior a lo que cabía esperar en niños y adultos antisociales que mostraban problemas de percepción, de pro-cesamiento de la información y de funcionamiento motor, secundarias a aquellas."

Ni el modelo carencial de la conducta antisocial, que hace referencia a las causas sociales como la pobreza, la desestructuración familiar, los traumatismos psicológicos, la decadencia moral y la falta de autoridad, ni el modelo fisiológico, que resalta las diferencias congénitas en el funcionamiento del sistema nervioso, explican, en su más amplio sentido, este fenómeno tan preocupante. Más bien es la interacción de los déficit neurológicos con los factores ambientales que producen estrés, que, a su vez, coinciden con unas relaciones iniciales entre padres e hijos de determinadas características, lo que aumenta la probabilidad de la conducta antisocial. Así, por ejemplo, algunos niños reclaman sensaciones por ser hiporreactivos al tacto y al sonido e insensibles al dolor. Si, además, disponen de una coordinación física y de un equilibrio relativamente bueno, a la vez que de una tendencia hacia el movimiento y la acción, buscarán estímulos a través de las conductas de riesgo y de aventura. Si estas emociones tornan formas positivas, corno explorar el Ártico o nuevas técnicas quirúrgicas, o negativas, como hacerse miembro de una pandilla o tomar parte en un

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