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Management for Small Businesses

4.2 Framework for the Evaluation of ISRM Methodologies

Como acabamos de apreciar, el ejercicio de la palabra pública cumple la tarea clave de oponerse al modelo tradicional para ciudadanizar, al asumirse la comunicación como un bien esencial e irrenunciable, que también se puede ver como un campo de tensiones, en el cual resulta fundamental el papel del prosumidor. Como lo señalamos, esta palabra fue sugerida primero por Marchall Maclujan y Barrington Nevit , al advertir que los seres humanos, gracias a los avances tecnológicos, podríamos cumplir las tareas de productores y consumidores de contenidos en forma simultánea. Según lo indica el investigador Octavio Islas ( 2010) , fue Alvin Toffler quien acuñó la palabra como tal, en su libro ―La tercera ola‖, publicado en 1981. Por supuesto, de ahí en adelante los usos y prácticas han permitido la evolución del concepto, asociado a los desarrollos de la web 2.0, que han propiciado y están propiciando nuevos ambientes mediáticos, dentro de los cuales se proyectan escenarios como la blogosfera (los blogs, como comunidad o red social), ―propicios para el activismo de las redes de prosumidores, las cuales han denunciado, por ejemplo, las prácticas inescrupulosas de algunas marcas, cuyo comportamiento no precisamente corresponde con lo dispuesto en sus códigos de ética‖. ( Islas, p. 53)

Y es que uno de los avances más importantes que introdujo la web 2.0 es la facilidad para posicionar contenidos propios y para buscar todo tipo de información, según las particulares necesidades del prosumidor, lo que, según el ex director general de Google, Erich Schimidt, ―(...) revierte en una emancipación sin igual del ser humano...Es la atribución de poder al individuo para que haga lo que considere mejor con la información que desee‖ (Friedman, 2005, p. 169)

Así lo entendemos y hemos buscado aplicarlo en esta tesis: El prosumidor es un realizador, un gestor y productor de contenidos, en pleno ejercicio de su derecho a

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quiere vivir. Y para lograrlo, sabe que debe prepararse, pues no es suficiente con publicar contenidos porque la batalla de fondo consiste en escuchar a los demás y en ganarse una escucha. Como lo plantea la Comunicación/Educación, de esa manera, el educando participa, tanto del proceso de resignificación de la escuela como del sentido mismo de la educación y, por consiguiente, se educa para la emisión y para la recepción, es decir, para la comunicación. (Valderrama, 2000, p. 9).

En ese marco se puede entender la vigencia que han recobrado conceptos como el de ―guerrilla semiológica‖ y el de público como amenaza para la todopoderosa televisión, postulados por Umberto Eco y otros autores en las décadas de los 60 y los 70.

Desde entonces el semiólogo y escritor italiano, al lado de Paolo Fabbri, Pier Paolo Giglioli y otros, hicieron notar que

(...) lo que decían los mensajes intencionadamente no era necesariamente lo que el público leía en ellos. (...)la publicidad de un Jaguar despertaba el deseo de un espectador acomodado y sentimientos de frustración en un desheredado. En definitiva, el mensaje apunta a producir determinados efectos pero puede chocar con situaciones locales, con otras disposiciones psicológicas, deseos, miedos y producir efectos bumerán. (2004, p.1).

Fue, por ejemplo, lo que pasó en Colombia con el referendo propuesto por el primer gobierno de Álvaro Uribe y negado de manera rotunda en las urnas en el 2003. En esa oportunidad el propio presidente se jugó a fondo su propia imagen y prestigio personales, mediante una intensa campaña en los medios comerciales, con énfasis en la televisión. Su mensaje fue directo y contundente: ―No apoyar el referendo sería respaldar la corrupción y la politiquería‖. Sin embargo, los electores voltearon esa argumentación para decir: ―Apoyar el referendo sería darle luz verde a nuestro propio empobrecimiento; y eso no nos conviene‖. La respuesta fue igual de contundente: de las 14 preguntas de referendo, solo pasó aquélla que autorizaba la muerte política de los corruptos. Por supuesto, este resultado no se dio por generación espontánea, pues fue reforzado por una intensa campaña de información voz a voz, paralela a los medios comerciales.

Es una demostración más de las grandes posibilidades y del enorme espacio que se abre para ejercer una comunicación que obre efectos transformadores en la sociedad, con el propósito de evitar ―ser instrumento de los instrumentos‖. De esa manera se podrá cambiar la realidad creada por una pomposa y artificial ―postmodernidad‖, para que, en palabras de Eduardo Galeano, ―la gente no sea manejada por el automóvil; ni comprada por el

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supermercado; ni mirada por el televisor ni programada por el ordenador‖. (2011, archivo de video).

Para ello, las principales respuestas las tiene el propio individuo que quiere oficiar como ciudadano. Él es el llamado —como lo anota Castoriadis— a romper el nudo gordiano de la política que ha mantenido a la economía de mercado como un valor absoluto y dominante:

Es la gran mayoría de los seres humanos la que debe convencerse de que su vida tiene que cambiar radicalmente de orientación y sacar las consecuencias. Mientras que los seres humanos continúen poniendo por encima de todo la adquisición de un nuevo televisor en color para el próximo año, no habrá nada qué hacer. (1997, p. 5).

La idea, entonces, es aplicar una perspectiva individualista bien entendida que va de la mano del ejercicio de una comunicación llena de sentido. Estamos hablando, claro está, de la dimensión comunitaria del individualismo que, aunque parece un contrasentido, nos está invitando a entender que nuestros sueños y expectativas como individuos solo los podemos concretar con los otros. Ahí empiezan a cobrar gran importancia acciones como saber escuchar; trabajar en equipo; aprender a vivir el ―ahora‖ proyectado al futuro y saber ejercer un liderazgo no excluyente, que bien podríamos llamar coliderazgo. Es en el terreno simbólico en el que compartimos el mundo de la vida materializado en ―la fiesta del lenguaje‖, como la llamara Daniel Prieto Castillo (2000). Sí, ahí se está jugando, en buena medida, nuestro presente y nuestro futuro como ciudadanos en formación o en ejercicio.

Es, por lo demás, una apuesta encaminada a conseguir que el individuo se haga consciente de su propia realidad y tome cartas en el asunto para transformarla. Como lo dijera Gibson citado por Prieto, ―en una experiencia de primera mano uno se hace consciente de algo, en tanto que en una de segunda mano uno es hecho consciente‖. (Ib, p. 32)

Y como quiera que es imposible para un ser humano tener siempre experiencias de primera mano, conviene advertir que cuando es otro el que participa o se informa por nosotros para luego dar cuenta de lo que pasó, se está frente a lo que el propio Gibson llama “percepción de sustitutos”. Nótese, entonces, cómo en esa dimensión —que es la que gobierna la mayoría de nuestras actitudes y comportamientos— el riesgo de informarse de manera parcial o de participar de manera restringida es muy alto.

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muy grande para validar, entender y ejercer la comunicación plena, capaz de darle una respuesta efectiva a los retos que plantean las prácticas de la ciudadanía. Por fortuna, los seres humanos ya cuentan con el activo cultural que les permite apropiarse de su propio contexto.

Es cierto que las dinámicas del mercado inmersas en la globalización económica han impuesto barreras para el ejercicio de valores democráticos, pero también lo es que tenemos el reto de advertir y superar lo que el sociólogo brasileño Renato Ortiz, citado por Luis Ignacio Sierra, llama ―trampa de carácter ideológico, según la cual todo transcurre inexorablemente dependiendo de las leyes impuestas por el mercado y por la tecnología‖. Sí, dice Ortiz, ―la globalización conlleva peligro pero también posibilidades‖. (2002, pp. 168- 170)