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8. Staffing structure and strategy

8.1. Framework

El origen de todas las luchas sociales es la división nosotros/ellos. La in- clusión lleva a la integración; la exclusión, al conflicto. El mecanismo, a nivel microsocial, es el que sigue: si a un individuo se le permite parti- cipar en las actividades de un grupo determinado, no se opondrá al grupo en cuestión. En cambio, tenderá a rechazar o incluso a luchar contra todo grupo que lo excluya. En otras palabras: la participación —especialmente la cooperación— une, en tanto que la marginación divide. En particu- lar, la participación de todo tipo —en la economía, la cultura o la orga- nización política— induce la adquisición o reforzamiento de la ideología predominante, especialmente la creencia en la legitimidad del orden social. Estas creencias compartidas desalentarán la rebelión. Solo cuando la dis- crepancia entre los ideales (o mitos) y la realidad se torna evidente, la gente comienza a dudar de la opinión estándar, a protestar contra «ellos» y, en última instancia, a desear un cambio de régimen. La participación es el cemento de la sociedad, en tanto que la marginación genera lucha social o apatía.

Por consiguiente, es importante aclarar el concepto de participación y su contrario, el de marginación. Consideremos dos grupos sociales ar- bitrarios, A y B, pertenecientes a una sociedad dada. El grado de parti- cipación de los A en las actividades de los B, o p (A, B), se puede igua- lar a la numerosidad de la intersección de los conjuntos A y B dividida por la población de B. De igual modo, el grado de participación de los

B en las actividades de los A se puede igualar a la numerosidad de la

misma intersección dividida por la población de A. En símbolos es- tándar,

donde∩ simboliza la intersección lógica y |A ∩ B| el grado de super- posición entre los conjuntos A y B. La generalización de estas fórmulas para un número arbitrario de grupos sociales se deja al lector.

De manera correspondiente, la marginación de los A con respecto a los B es el complemento de p (A, B) respecto de la unidad, en tanto que la marginación de los B con respecto a los A es el complemento de p (B,

A) respecto de la unidad. En símbolos obvios,

m (A, B) = 1 - p (A, B), m (B, A) = 1 - p (B, A).

Claramente, los valores de las dos p y de las dos m se encuentran entre 0 y 1. Cero y 1 corresponden a la participación (o marginación) nula y total respectivamente. La medida estándar de desigualdad en los ingre- sos, a saber el índice de Gini, puede utilizarse también como indicador de marginación. Otro indicador de marginación es el índice de desem- pleo. Del mismo modo, la participación de los votantes es un indicador de la participación política y el número de años de escolaridad lo es de la participación cultural.

A continuación, propongo que el grado de participación global en una sociedad de dos niveles es igual al promedio de los dos grados de parti- cipación:

π = (½) [p (A, B) + p (B, A)]. Los casos extremos son

Inclusión total A = B, p (A, B) = p (B, A) = 1,π = 1. Exclusión total A∩ B = ∅, p (A, B) = p (B, A) = 0, π = 0.

El primer caso es ejemplificado por las pequeñas tribus amazónicas e inuits, en las cuales las únicas divisiones significativas son las biológi- cas (sexo y edad). El segundo caso es el del sistema de castas. Las so- ciedades modernas se encuentran entre estos dos extremos. La gene- ralización de las fórmulas anteriores a un número arbitrario de grupos sociales es directa. Abordemos ahora otro factor de cohesión: la mo- vilidad.

La movilidad social es, desde luego, la capacidad de desplazarse entre diferentes grupos sociales. Puede ser o bien horizontal (al cambiar de pro- fesión) o bien vertical (al ascender o descender en una sociedad estratifi- cada). Sostengo que la movilidad social de ambos tipos contribuye a la co- hesión social, porque el individuo con oportunidades, en lugar de ofenderse a causa de la exclusión social, puede tener la esperanza de o bien cambiar su profesión o bien ascender la escalera social. Un ejemplo de la antigüe- dad es el de la sociedad china de la era confuciana, en la que la ideología rei- nante hacía posible que todo hombre talentoso alcanzara los peldaños más elevados de la bien pagada y muy respetada burocracia. La movilidad des- crita contrasta con la rigidez del sistema de castas indio. Dos mil años des- pués, el Imperio otomano ofrecía oportunidades parecidas. Y hasta tiem- pos recientes, Estados Unidos también seducía a millones de personas de todo el mundo con las promesas de subir peldaños en virtud del puro mé- rito propio y de ir de los harapos a la riqueza mediante el arduo trabajo.

El rango se tolera mejor cuando está estrechamente asociado al mérito. Actualmente, la debilidad del movimiento sindicalista en Estados Unidos, comparado con el de Europa Occidental, puede deberse no solo a la renuencia de los empleadores estadounidenses a contratar trabajadores afi- liados a sindicatos, sino también a la persistencia del llamado «sueño ame- ricano», aun ante el agudo incremento de la desigualdad en los ingre- sos desde la década de 1980. Sin embargo, esta es una pregunta empírica que debe ser investigada con ayuda de un indicador de movilidad fiable. Por consiguiente, intentemos construir ese indicador social, el de movilidad

de una sociedad, en lugar del de un individuo en la sociedad. (El primero,

a diferencia del segundo, es una característica global.) Enfocaremos nues- tra atención en la movilidad vertical, porque al ser la más difícil de conseguir también es la más pertinente desde el punto de vista político. Sin embargo, hay algo que debemos mencionar: la movilidad social no tiene nada que ver con la «flexibilidad» del mercado laboral —o sea, la libertad ilimitada de despedir a los empleados— que los neoliberales y sus auxiliares académi- cos reclaman actualmente con el fin de «modernizar» la economía.

Un posible indicador de movilidad vertical es la frecuencia con la cual las personas suben y bajan por la escala social durante un período dado, tal como el tiempo entre censos. En el más simple de los casos, el de dos estratos A y B, llamaremos a las frecuencias correspondientes

movilidad ascendente B→ A: µ+

movilidad descendente A→ B: µ-

Por último, examinemos el caso general: el de la sociedad con N miem- bros, divididos en un momento dado en diversos grupos de una clase dada: económica, política, cultural o cualquier otra. Considérese, ahora, el número Mijde personas que en un período dado, tal como el intervalo entre censos, se mueve del grupo i al grupo j. Recogemos estos núme- ros en la matriz M = (1/N) [Mij]. El elemento diagonal Mii/N es la frac- ción de personas que permanecen en el grupo i. En cambio, el elemento

Mijrepresenta la intensidad del tránsito social entre las celdas i y j. Dado que solo los elementos que están fuera de la diagonal de M re- presentan la movilidad social, el número

µ = (1/N) [∑i≠jMij-R M],

donde R M (léase «el rastro de M») es la suma de los elementos diago- nales Miide M, medidas de la movilidad en una sociedad dada durante el período en cuestión.

He aquí los dos casos extremos:

(a) Sociedad estancada Mij =δijMii, donde δij= 1 si i = j y 0, de otro modo,µ = 0.

(b) Sociedad máximamente móvil Mii= 0, µ = (1/N) ∑i≠jMij.

Hasta aquí no hemos distinguido formalmente entre estratos sociales al- tos y bajos y, en consecuencia, tampoco hemos distinguido entre movi- lidad ascendente y descendente. Es posible introducir esta distinción en la matriz de movilidad social M. Llamemos M+y M-a las movilidades ascendente y descendente, respectivamente. Parece razonable establecer

µ+= (1/N)∑ i≠jM+ij, µ-= (1/N)

i≠jM-ij. Llamaremos movilidad social neta

Figura 2.4. Una red formada por cuatro unidades unidas por al menos seis vínculos. Dado

que hay varias clases de relaciones sociales, desde la amistad hasta la cooperación, se debe representar una sociedad por medio de una familia de grafos, tantos como clases de re- laciones haya.

o

o

o o

al exceso de movilidad ascendente relativo a la movilidad descendente. Este indicador de cambio social se utilizará en la siguiente sección.

Finalmente, ¿cómo se relaciona la movilidad con la desigualdad? Mi conjetura es que la movilidad vertical se hace posible al emerger la es- tratificación, a menos que esté prohibida, como en el sistema de castas hindú. Conjeturo, también, que la movilidad se eleva considerable- mente hasta que la distancia entre los peldaños hace prácticamente im- posible al individuo seguir subiendo la escalera; a partir de entonces todo es cuesta abajo. En pocas palabras, sostengo que la curva movilidad- desigualdad tiene forma de U invertida. Las estadísticas socioeconómi- cas de las últimas tres décadas para Estados Unidos confirman la sección descendente de la curva (Albrecht y Albrecht, 2007); poner a prueba la parte ascendente de la curva hipotetizada requiere la observación de una sociedad en rápida transformación de la igualdad a la estratificación. Si la movilidad política vertical es semejante, es algo que todavía está por investigarse.

6. Cohesión

Todas las sociedades son más o menos heterogéneas, pero algunas son más cohesivas (están menos divididas) que otras. Introduzcamos una me- dida simple del grado de cohesión de una red social. Se puede represen- tar una red de cualquier clase mediante un grafo, un objeto matemático compuesto por un conjunto de nodos unidos por líneas. En el caso de las redes o sistemas sociales, los nodos representan personas u organi- zaciones y las líneas los vínculos que los mantienen unidos.

Si llamamos N al número de nodos y E al número de líneas, definimos la cohesión de la red como

κ = 2 E / N (N-1).

Este es un número que se encuentra entre 0 y 1. En el grafo de la Figura 4, N = 4 y el número máximo de líneas posibles es E = (1/2) N (N-1) = 6. He aquí cuatro de los siete valores de cohesión posibles:

E = 0,κ = 0; E = 2, κ = 1/3; E = 4, κ = 2/3; E = 6, κ = 1.

A continuación, introducimos una medida del poder social de un indi- viduo o una organización, como en los casos de la capacidad de una per- sona para enrolar nuevos miembros en una organización y de la capa- cidad de la organización para cambiar la estructura de otro sistema social. Definimos ese poder P como la capacidad de crear o destruir los vínculos sociales de una organización, más específicamente como la ra- zón entre la suma del número C de vínculos sociales creados y el número

D de vínculos sociales destruidos, por el número total de vínculos po-

sibles en la red:

P = (C + D ) / # de vínculos posibles, donde C + D≤ E y # de vínculos posibles = (1/2) N (N-1).

Evidentemente, hay tantas clases de poder social como facetas de la vida social: político, económico y cultural. Por consiguiente, el poder polí- tico es la capacidad de modificar las orientaciones o fidelidades políti- cas, o de cambiar las actitudes y acciones de la gente con respecto a los bienes y servicios públicos. Más sobre esto en el Capítulo 6.

Pocas veces —tal vez nunca— se ha puesto en tela de juicio la desea- bilidad de la cohesión (o unidad) social, porque resulta obvio que be- neficia a todo el mundo: paz interior, bajo índice de criminalidad (y, por ende, seguridad), confianza mutua en las operaciones cotidianas de todo tipo y los correspondientes bajos costos de operación y seguridad. Sin embargo, la cohesión social máxima es indeseable, porque supone la pér- dida de la libertad individual. Presumiblemente, el valor de cohesión so- cial óptimo se encuentra entre el mínimo y el máximo.

Intereses comunes Movilidad

Actitudes prosociales Participación Cohesión Valores compartidos → →

→ →

En todo caso, y en contraposición con el individualismo radical, la mayoría de los investigadores políticos admiten la necesidad de cierto grado de cohesión social y se preguntan cómo regularla. Este es solo un caso especial de un problema político más general: cómo fortalecer los vínculos que mantienen unidos a los componentes de un sistema social; vale decir, cómo aumentar la unión desde el interior, o sea sin coerción. En otras palabras, si damos por supuesto que la cohesión es una varia- ble dependiente, ¿cuáles son las variables independientes, vale decir los factores sobre los que se podría intervenir a fin de regular la cohesión? Se han propuesto diferentes respuestas a esta pregunta. Mientras que al- gunos autores afirman que el cemento de la sociedad está constituido por un núcleo de intereses compartidos, otros apuestan por los valores, la lengua, la religión, la historia, la credulidad, la corrupción o una «iden- tidad» compartidos, sea lo que fuere lo que esto último quiera decir (véa- se, por ejemplo, Elster, 1989; Weinstock, 1999). Resulta difícil evaluar el mérito de estas opiniones, porque los conceptos correspondientes son inexactos. En particular, la noción de identidad nacional me parece bas- tante vaga y, por consiguiente, difícil de hacer operativa.

Sostengo, en cambio, que la cohesión depende tanto de la participa- ción social como de la movilidad social. Ello es así porque quienes par- ticipan en las actividades y quienes participan de los recursos de un grupo —sea individualmente, sea en empresas colectivas— están interesados en mantener esa relación de pertenencia, especialmente si tienen perspec- tivas de mejorar su suerte a través del trabajo dentro del grupo. Segura- mente, los intereses comunes y los valores compartidos contribuyen a la cohesión, pero solo si llevan a la participación, la cual a su vez supone confianza, empatía, buena voluntad, tolerancia, tacto, idoneidad y hasta un mínimo de hipocresía. De tal modo, el mecanismo que genera la co- hesión social se presenta, de manera esquemática, como sigue:

Adviértase que mientras la primera columna lista propiedades de per- sonas, las características de la segunda y tercera columnas son globales o sistémicas. Aquí, como en todas partes, las propiedades colectivas (o globales) emergen a partir de las acciones y actitudes individuales, las cuales a su vez son influidas por las primeras (véase, por ejemplo, Co- leman, 1990; Bunge, 2003a).

Sin embargo, la participación promueve la cohesión solo hasta cierto punto; superado ese punto, la participación erosiona la cohesión. La ra- zón de ello es que cuando demasiadas personas compiten por los mis- mos recursos y cuando todo el mundo se entromete en los asuntos de los demás, la pertenencia al grupo deja de ser ventajosa. Así pues, se puede suponer que la curva de la variable integración frente a la varia- ble participación es una U invertida. Más precisamente, sugiero de modo tentativo que la forma de la dependencia de la integraciónι res- pecto de la participaciónπ es

ι = 4 π (1 — π).

Esta función asume el valor 0 tanto para la participación nula como para la participación total y alcanza su máximo, o sea 1, para una participa- ción intermedia (π = ½).

En cuanto a la movilidad social, sugiero que en tanto que la movili- dad ascendente contribuye a la cohesión, la movilidad descendente la de- bilita. En términos generales, la mayoría de la gente se siente satisfecha, o al menos no se siente inclinada a rebelarse contra el statu quo, si cada año ven más nuevos ricos que nuevos pobres... o se les hace creer que esa es la situación. Más precisamente, una movilidad neta positiva (µ >> 0) aumenta la cohesión, en tanto que una movilidad neta negativa (µ << 0) la debilita. Y, por supuesto,µ = 0 no supone ninguna diferencia en nin- gún sentido.

Por último, propongo que la cohesión social resulta tanto de la inte- gración como de la movilidad, en partes iguales:

κ = (½) (ι + µ).

Por consiguiente, una elevada movilidad neta puede compensar una baja integración debida a la participación y viceversa. Pero una movili-

dad neta negativa puede compensar los beneficios de la participación hasta el punto en queκ = 0. Esto tendrá por resultado un colapso social, a menos que se empleen astuta e implacablemente algunas herramientas de control social.

Hecho ya el elogio de la cohesión, permítame el lector advertir con- tra la tendencia holística de considerarla el summum bonum. En efecto, la cohesión social máxima, tal como la preconizan los totalitarios y los comunitaristas —tanto laicos como religiosos— es sofocante, porque en una comunidad cuyos vínculos son muy estrechos cada individuo es vi- gilado, sermoneado y castigado por todos sus vecinos. Esta es una de las razones por las que la gente joven que anhela la independencia tiende a abandonar los pueblos pequeños y las comunidades religiosas estrictas. Un proverbio español lo expresa de manera sucinta: «Pueblo chico, in- fierno grande». Propongámonos como objetivo, entonces, una cohesión social intermedia, no la máxima. Lo mismo vale para todo lo demás: nada en exceso. No maximizar nunca nada, porque todas las propiedades de una cosa están interrelacionadas, de modo tal que la maximización de una de ellas probablemente minimice otras.

La cohesión social puede regularse a través de la legislación. En efecto, un Estado puede o bien forzar la asimilación cultural (el para- digma de la fusión cultural o melting pot) o bien alentar el multicultu- ralismo (el modelo del mosaico). Sostengo que ni la asimilación forzosa ni el multiculturalismo sin restricciones son democráticos. La primera porque es coercitiva y el segundo porque tolera cualquier tradición no democrática que un grupo étnico pueda desear importar, tal como la quema de viudas, el crimen de honor, la clitoridectomía, el matrimonio concertado, el adoctrinamiento religioso obligatorio y las prácticas sec- tarias violentas. Además de amenazar los derechos humanos y la de- mocracia, el multiculturalismo sin restricciones supone la división de la sociedad en guetos. Sugiero el rechazo tanto de la asimilación forzosa como del multiculturalismo sin limitaciones y la práctica, en cambio, del

multiculturalismo selectivo. Este consiste en el ajuste mutuo y la tole-

rancia de todas aquellas prácticas que no violan los derechos humanos. Más sobre ello en el Capítulo 3, Sección 4.

En todo caso, un orden social merece ser conservado únicamente si es tanto justo como sostenible. De otro modo, sus miembros estarán me-

jor o bien luchando a favor de reformas estructurales o bien emigrando. Sin embargo, el asunto de la sostenibilidad requiere una sección aparte.