Estos comportamientos sí fueron respetados siempre por la Iglesia, que sobre todo
prohibió siempre la communio in sacris, la oración en compañía de cristianos de otras confesiones, frecuentar sus iglesias y oficios sagrados, el trato oficial con sus clérigos y, naturalmente, la concurrencia a los sacramentos con los excomulgados. ¿No confesaba el propio Pablo, hablando de “sus” comunidades, que “se muerden y devoran los unos a los otros”? Según el Nuevo Testamento, incluso entre los “verdaderos creyentes” predominaban las envidias y las disputas, reinaba “el malestar por toda clase de acciones reprensibles”, “riñas y pleitos”: “Matáis y ardéis de envidia”.257
Con qué frecuencia se esgrimía ya la espada que el mismo Jesús contribuyó a templar cuando invitaba a los hijos a levantarse contra los padres, y a éstos contra los hijos, “y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa”. Cuántas escenas, discordias y odios, sobre todo entre las capas más bajas e ignorantes, cuántas tragedias hasta el día de hoy. Y cuántos fanáticos, devotos cerriles, envenenando familias, invitando a denunciar a padres, esposos, esposas, fomentando la inhumanidad, invitando al abandono de todos los vínculos sociales, al aislamiento, al enclaustramiento en los monasterios: Crisóstomo condenó a todo el que pretendiera disuadir a sus hijos de hacerlo. E incluso los esclavos cristianos procuraban convencer a los jóvenes para que abjurasen de sus creencias, desobedeciendo, si fuese necesario, a sus padres y
255 Iren. haer. 1,26,1. Hippolyt. ref. 7,33; 10,21. Wengst24ss.
256 Euseb. h.e. 4,14,7. Schwartz, Johannes und Kerinthos V 175 s. Parecidamente en G. Bardy,
Cérinthe, s/Wengst 25 s.
maestros.258
Sin embargo, lo que más importaba a los líderes de la Iglesia era la ingratitud, la desobediencia, la falta de contemplaciones; o como dice Clemente de Alejandría: “El que tenga un padre, o un hermano, o un hijo impío [...] no conviva ni ande de acuerdo con él, sino que se disolverá el vínculo carnal a causa de la discordia espiritual [...]. Que Cristo sea en ti el vencedor”. O como Ambrosio, doctor de la Iglesia: “Los padres se oponen, pero es menester desoírlos [...]. Tú, doncella, debes superar la obediencia infantil. El que vence a la familia ha vencido al mundo”. Según Crisóstomo, doctor de la Iglesia, es lícito desconocer a los padres si ellos quieren oponerse a que llevemos una vida ascética. Cirilo de Alejandría, doctor de la Iglesia, prohíbe el respeto a los padres, “cuando es inoportuno y peligroso”, es decir, “cuando por él peligra la fe”. También es preciso que “la ley del amor a los hijos y a los hermanos se incline y retroceda, [...] a fin de cuentas, para el creyente la muerte es preferible a la vida”.
Jerónimo, doctor de la Iglesia, se dirigía a Heliodoro (el futuro obispo de Altinum, cerca de Aquilea), que regresaba de Oriente movido por el cariño a su familia y, sobre todo, a su sobrino Nepote, convenciéndoles de la necesidad de romper con los suyos:
“Por más encariñadoque estés con tu sobrino, y aunque tu propia madre con el cabello
revuelto y las vestiduras desgarradas te mostrase los pechos con los que te crió, y aunque tu padre cruzándose en el umbral de la puerta te implorase, tú pasarás por encima de tu progenitor sin derramar ni una lágrima, y correrás a enrolarte bajo las banderas de Cristo”. (Y confiesa Jerónimo que, cuando él mismo abandonó a sus padres y hermanos, el sacrificio más grande había sido el de tener que renunciar a los placeres de la mesa bien puesta y de la vida agradable.) Otro doctor de la Iglesia, el papa Gregorio I, dice que “el que tiene ansia de los bienes eternos no hace caso [...] del padre, ni de la madre, ni de los hijos que tuviere”. San Columbano, el apóstol de los alamanos, pasó por encima de su madre que se había arrojado al suelo llorando y exclamó que no volvería a verla jamás mientras viviera. Y siglos después, inspirándose evidentemente en Jerónimo (que, por su parte, tampoco hizo ascos nunca a ese género de préstamos literarios), Bernardo, doctor de la Iglesia, escribía: “Y aunque tu padre se hubiese tendido de través en el quicio de la puerta y tu madre descubriéndose el seno te enseñase los pechos con los que te crió [...], tú pisotearás a tu padre y pisotearás a tu madre [...] y correrás, sin que se te escape ni una lágrima, a enrolarte bajo las banderas de Cristo”.259
258 Mat. 10,36. Friedlander 934.
259 Mat. 10,34 ss. Clem. Al. Quis. div. salv. 22s; Ambr. virg. Kyr. Alex. ep. 17 (Migne 77,105 s). 3
epístola a Nestorio 1,9; 3,11. Hieron. ep. 14,2 ad Heliod. Greg. 1 homilía sobre la festividad de un santo mártir (Heilmann III 429). Keller, Lexikon 317 s. Lecky II 105 s. J.A. y A. Theiner 1113. Grützmacher 1147s. Harnack, Mission I 329ss. (2 ed. 19060. Hauck, Kirchengeschichte I 241s. Von Campenhausen, Lateinische Kirchenváter 84.
Sin derramar ni una lágrima, e incluso con odio y burla, contemplan a los que dan testimonio con su sangre de una fe distinta. De conformidad con el axioma agustiniano:
martyrem nonfacitpoena sed causa (los mártires no los hace el suplicio, sino la causa [que
propugnan]), la Iglesia mayoritaria prohibió rotundamente el culto a los mártires que no fuesen católicos, puesto que eran “falsos mártires” y “Dios no los mira”, según el Sínodo de Laodicea (Frigia), del siglo IV. Según Cipriano, Crisóstomo y Agustín, derramaron su sangre en vano (lo que, a fin de cuentas, es excesivamente cierto) y no por ello dejaban de ser unos criminales. El fanatismo de Agustín queda reflejado en su dicho de que no dejaría de ser reo del infierno quien se hiciese quemar vivo por Cristo, si no pertenecía a la Iglesia católica. Apenas un siglo después, Fulgencio, obispo de Ruspe, enseñaba lo mismo (en un tratado que durante la Edad Media fue atribuido a la pluma de Agustín y, por consiguiente, muy leído, y en el que se leía que “ningún herético ni cismático [...] puede salvarse, por más limosnas que haya repartido, y ni siquiera derramando su sangre en nombre de Cristo”).260
Los católicos que hubiesen rezado en capillas de mártires “heréticos” se arriesgaban a ser excomulgados y debían hacer penitencia, consistente por lo general en abrumar a los héroes de las demás creencias amontonando sobre ellos las peores calumnias posibles. En esto, Cipriano, Tertuliano, Hipólito, Apolonio y otros hicieron méritos increíbles. Apolonio, por ejemplo, decía de Alejandro, montañista, que había sido “bandolero” y que, por tanto, “no se le condenaba por sus creencias”, sino por sus “actividades delictivas” iniciadas, cómo no, desde que abandonó la verdadera fe. Es posible que no todas fuesen calumnias. En cualquier caso, para cada bando los suyos eran los santos y buenos, los que padecían persecución por defender la verdad, mientras que los contrarios eran los incrédulos, envidiosos, malvados, obcecados, falsos, locos y traidores..., y así durante siglos se extendió el griterío contra los herejes; no la polémica objetiva, sino la demagógica y denigrante. “En estos círculos vilipendiar al contrario se consideraba más importante que una refutación en regla” (Walter Bauer).261
Así podemos comprobarlo en la literatura paleocristiana, sin necesidad de recurrir al Nuevo Testamento.