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que es real debe tener ciertas propiedades suprasensibles; pero, tener estas propiedades equivale a ser bueno —éste es el verdadero sentido de la palabra—; en consecuencia, se desprende que lo que tiene estas propiedades es bueno y, a partir de una consideración de lo que ha de ser real, podemos una vez más inferir qué es lo que tiene estas propiedades. Es obvio que, si tal razonamiento fuera correcto, cualquier respuesta que se diera a la pregunta ‘¿qué es bueno en sí?’ se habría obtenido en virtud de una mera discusión metafísica y nada más. Al igual que, cuando Mili supo nía que ‘ser bueno’ significaba ‘ser deseado’, la pregunta ‘¿qué es bueno?’ sólo podía y debía ser respondida mediante la inves tigación empírica de la cuestión acerca de lo que era deseado, así aquí, si ser bueno significa tener alguna propiedad suprasen sible, la cuestión ética sólo puede y debe responderse mediante una inquisición metafísica en torno a la cuestión acerca de qué tenga esa propiedad. Así pues, lo que resta hacer, para destruir la plausibilidad de la ética metafísica, es exponer los principales errores que parecen haber conducido a los metafísicos a suponer que ser bueno significa poseer cierta propiedad suprasensible.
73. ¿Cuáles, pues, son las principales razones que han tomado plausible el sostener que ser bueno debe significar poseer cierta propiedad suprasensible, o estar relacionado con cierta realidad suprasensible?
Ante todo, podemos destacar una que parece haber tenido cier ta influencia sobre el origen de la concepción de que lo bueno debe definirse por cierta propiedad, aunque no se sugiera ningu na propiedad particular como la requerida. Esta razón reside en el supuesto de que la proposición ‘esto es bueno’ o ‘esto sería bueno si existiera’ debe, en cierto modo, ser del mismo tipo que las otras proposiciones. El hecho es que hay un tipo de propo sición tan familiar para cualquiera y que, no obstante, encuentra tan fuerte asidero en la imaginación, que los filósofos siempre han supuesto que todos los otros tipos deben ser reducibles a éste. Este tipo es el de los objetos de experiencia, el de todas esas verdades que ocupan nuestra mente durante una inmensa parte de nuestra vida pasajera; verdades como, por ejemplo, que alguien está en el cuarto, que estoy escribiendo, comiendo o ha blando. Todas estas verdades, a pesar de lo mucho que puedan diferir, tienen en común el que tanto el sujeto gramatical como el predicado gramatical están en el lugar de algo que existe. La verdad inmensamente común de este tipo es, pues, la que afir ma una relación entre dos cosas existentes. De inmediato se sien
118 LA ÉTICA METAFÍSICA [c a p. te que las verdades éticas no caen bajo este tipo, y la falacia naturalista se origina en el intento de hacer que, de algún modo indirecto, caigan bajo él. Es inmediatamente obvio que, cuando vemos que una cosa es buena, su bondad no es una propiedad que podamos tocar con las manos o separarla mediante los más delicados instrumentos científicos y transferirla a algo distinto. No es, de hecho, como la mayoría de los predicados que adscri bimos a las cosas, parte de la cosa a que la adscribimos. Pero, los filósofos suponen que la razón por la que no podemos tomar la bondad y transferirla, no consiste en que sea un género de objeto distinto a cualquiera que podamos transferir, sino sólo en que existe necesariamente junto con algo con lo que existe. Explican el tipo de verdades éticas suponiéndolas idénticas al tipo de leyes científicas. Y, sólo cuando han hecho esto, los filó sofos propiamente naturalistas —los empiristas— y aquellos que he llamado ‘metafísicos’ se unen. Estas dos clases de filósofos difieren, sin duda, por lo que toca a la naturaleza de las leyes científicas. Los primeros tienden a suponer que, cuando dicen ‘es to siempre acompaña a aquello’, dan a entender únicamente ‘esto ha acompañado, acompaña y acompañará a aquello en es tos casos particulares’; reducen las leyes científicas de un modo bien simple y directo al tipo familiar de proposiciones que he señalado. Pero tal cosa no satisface a los metafísicos. Éstos ven que cuando decimos ‘esto acompañaría a aquello, si existiera’, no damos a entender únicamente que esto y aquello han existido y existirán juntos en muchas ocasiones. Pero está más allá de sus fuerzas creer que lo que damos a entender es meramente lo que decimos. Piensan que debemos dar a entender, de un modo u otro, que algo existe; puesto que es lo que generalmente damos a entender cuando decimos algo. Son tan incapaces como los empiristas de imaginar que podemos dar a entender siempre que 2 + 2 = 4. Los empiristas dicen que esto significa que muchos pares de pares de cosas han sido en cada caso cuatro cosas, y,
por ende, que 2 y 2 no serían 4, a menos de que hayan precisa mente existido esas cosas. Los metafísicos consideran esto erra do; pero no tienen mejor cuenta que dar de su significado que decir —con Leibniz— que la mente de Dios se encuentra en cier to estado, o —con Kant— que nuestra mente está en cierto es tado, o —con Bradley— que algo está en cierto estado. Tenemos aquí, pues, la raíz de la falacia naturalista. Los metafísicos tienen el mérito de ver que cuando decimos ‘esto sería bueno si exis tiera’, no damos meramente a entender ‘esto ha existido y fue deseado’, a pesar de cuantas veces haya ocurrido eso. Ellos ad
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miten que ciertas cosas buenas no han existido en este mundo e incluso que algunas pueden no haber sido deseadas. Pero, no pueden ver realmente qué podamos dar a entender, excepto que
algo existe. El mismo error que los lleva a suponer que debe existir una realidad suprasensible, los lleva a cometer la falacia
naturalista por lo que toca al significado de ‘bueno’. ‘Poda ver dad —según piensan— debe significar, de algún modo, que algo existe, y, puesto que, a diferencia de los empiristas, reconocen ciertas verdades que no tienen como significado que algo exis ta aquí y ahora, piensan que éstas deben significar que algo existe, pero no aquí y ahora. Basados en el mismo principio —dado que ‘bueno’ es un predicado que ni existe ni puede existir—, han sido llevados a suponer que, o bien ‘ser bueno’ significa estar relacionado con alguna otra cosa en particular que puede exis tir y existe ‘en realidad’, o que meramente significa ‘pertenecer al mundo real’ — que la bondad es trascendida o absorbida en la realidad.
74. Con referencia a la clase particular de proposiciones éti cas, puede verse fácilmente que semejante reducción de todas las proposiciones al tipo de las que o afirman que algo existe o que algo que existe tiene cierto atributo (lo que significa que ambos existen en cierta relación uno con otro) es errónea. Pues, sea lo que fuere que hayamos podido probar que existe y cuales quiera que sean los dos existentes cuya necesaria conexión hu biéramos podido probar, es una cuestión distinta y diferente si lo que existe así es bueno, si uno o ambos existentes lo son y si es bueno que existan juntos. Afirmar una cosa no es clara y ob viamente lo mismo que afirmar la otra. Entendemos lo que que remos decir al preguntar ¿es esto, que existe o existe necesaria mente, bueno después de todo?, y percibimos que estamos plan teando una cuestión que no ha sido respondida. Frente a la per cepción directa de que dos preguntas son distintas, no puede tener el menor valor una prueba de que deben ser idénticas. Que la proposición ‘esto es bueno’ es distinta de toda otra proposi ción, se demostró en el capítulo i. Puedo, ahora, ejemplificar este hecho, indicando cómo se distingue de dos proposiciones particulares con las que ha sido comúnmente identificado. Que tal o cual debe hacerse, es lo que usualmente se denomina ley moral. Esta frase sugiere naturalmente que dicha proposición es análoga, en cierta manera, o a una ley natural o a una ley en el sentido legal o a ambas. Las tres, de hecho, son realmente aná logas en un respecto, y en un respecto únicamente: en cuanto
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incluyen una proposición universal. Una ley moral afirma ‘esto es bueno en todos los casos’, una natural ‘esto ocurre en todos
los casos’; y una legal ‘se ordena que esto ha de hacerse, o no, en todos los casos’. Pero, puesto que es muy natural suponer
que la analogía se extiende más y que la aseveración ‘esto es bueno en todos los casos’ equivale a la aseveración ‘esto ocurre en todos los casos’ o a ‘se ordena que esto ha de hacerse en to dos los casos’, puede ser útil señalar brevemente que no son equi valentes.
75. La falacia de suponer que la ley moral es análoga a la ley natural, en cuanto afirman que cierta acción siempre se efectúa necesariamente, está contenida en una de las más famosas doc trinas de Kant. Kant identifica lo que tiene que ser con la ley de acuerdo con la cual una voluntad libre o pura debe actuar, con la única clase de acción que le es posible. Con esta identi ficación no pretende meramente afirmar que la voluntad libre está también constreñida por la necesidad de hacer lo que debe, si no pretende afirmar que lo que tiene que hacer no significa sino su propia ley, la ley de acuerdo con la que debe actuar. Di fiere de la voluntad humana precisamente en que lo que nos
otros tenemos que hacer es lo que ella hace necesariamente. Es
‘autónoma’, y con esto se da a entender (entre otras cosas) que no hay un patrón aparte con el que pudiera juzgarse; que en este caso, la pregunta ¿es buena la ley de acuerdo con la que esta voluntad actúa? no tiene sentido. De aquí se sigue que lo que es necesariamente querido por esta voluntad es bueno, no porque esta voluntad sea buena ni por otra razón, sino sólo porque es lo que es necesariamente querido por la voluntad pura.
La afirmación kantiana de la ‘autonomía de la razón práctica’ tiene, pues, un efecto contrario al que su autor hubiera deseado: transforma su ética en algo, por último y sin esperanzas, ‘hete- rónomo’. Su ley moral es ‘independiente’ de la metafísica única mente en el sentido de que podemos, según él, conocerla inde pendientemente. Sostiene que sólo podemos inferir que hay li bertad, del hecho de que la ley moral es verdadera, y, en la me dida en que se atiene estrictamente a esta concepción, evita el error, en que caen muchos metafísicos, de dejar que sus opinio nes acerca de lo que es real influyan sobre sus juicios sobre lo que es bueno. Pero falla por no ver que, en su concepción, la ley moral depende de la libertad en un sentido mucho más im portante que en el que la libertad depende de la ley moral. Ad mite que la libertad es la ratio essendi de la ley moral, mientras