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3.2 Design Objectives

3.2.1 Functional Objectives

Este es el segundo eje que debemos tener presente para el análisis de este caso en su primera crisis, así como en la producción de la enfermedad. Para ello vamos a tomar una frase del padre del paciente cuando se dirige a él. A partir de este enunciado haremos las deducciones convenientes.

Se trata del enunciado del padre en referencia a cuando el paciente estaba de novio con una señorita, y había comenzado a entrar en su casa. Dice en la oportunidad de un almuerzo: “...Me han comentado, el que se ande portando mal...”.

Para la valoración de este enunciado vamos a ingresar en un tema en el que entra Freud cuando habla del padre. Sabemos que Freud escribió 3 libros acerca del padre, con el fin de conceptualizar —en diferentes momentos— la función de éste: el primero,

El mito del Edipo(1908)(29), en donde hace hincapié en la prohibición y en la

prescripción como funciones del padre. El segundo libro, Tótem y tabú (1912-13) (30), es aquel en el que además de la función prohibitiva del padre, ya comienza a enunciar la parte de satisfacción; es lo que llamamos el goce del padre. Establece una relación directa entre el padre, el complejo de castración y la castración, que es la del lenguaje, ya que el padre —como hemos dicho— es un significante que viene a ocupar un lugar en el Otro, y puede llenar a su manera —sin llenarlo completamente— este lugar de significante del N de P, como ya hemos dicho anteriormente. Esta vacilación del padre

42 es suplantada, en un neurótico, por un síntoma, que es lo que lo trae a la consulta. En tanto un sujeto psicótico —como ese padre nunca existió en el lugar del Otro, nunca pudo ser muerto por sus descendientes, en el sentido simbólico del término— no tiene ninguna suplencia de este tipo neurótica. Es a esto a lo que hemos denominado forclusión del N de P. Y aún un paso más para el psicótico, quien ofrece su propio cuerpo para restañar esta falla estructural, apareciendo sus síntomas en el cuerpo o en sus prolongaciones, por ejemplo los órganos de los sentidos.

El último libro acerca de la función del padre es el titulado Moisés y la religión

monoteísta ( 1939) (31), en el que pone en valor la función del goce del padre —de

aquellas formas de satisfacción del padre— y de los efectos de estos modos en su descendencia.

Trataremos, a la luz de estos textos, de entender lo que le ocurre a un paciente psicótico a partir del trabajo sobre la frase “Todo padre es Dios”, de Freud, para lo que nos adentraremos en lo que es la lógica del todo, y lo que Lacan ha llamado el no-todo.

Como hemos afirmado anteriormente, es lo que se ha dado en llamar la metáfora paterna, operación por medio de la cual el significante del Nombre del Padre venía a sustituir al Deseo de la Madre, para dar un nuevo significado al sujeto. Como esto es una operación de sustitución, Lacan le ha llamado la metáfora paterna, y la misma se lleva a cabo en el lugar del Otro, es decir, en el registro simbólico.

Esta operación de sustitución arroja como efecto, en el nivel imaginario, la representación del sujeto mediante el falo.

Como también hemos afirmado, puede haber accidentes a nivel de la operación de la metáfora paterna, quedando establecida de esta forma una disyunción entre esta metáfora, en lo simbólico, y su efecto en lo imaginario, la representación fálica del sujeto, de lo que deducimos que el resultado de estos accidentes es la perdición del sujeto como tal.

Si a esto sumamos ahora el concepto de lo que llamamos el goce, en representación aproximativa de lo que Freud había llamado libido, este goce no es atravesado por el significante, lo que se realiza a partir de la operación metafórica del N de P. El goce no ha podido ser depositado en el cuerpo en pequeños trozos o pedacitos, y ha quedado intacto al modo de un goce universal —si es que pudiese existir—, pero a este goce universal se le adjunta como consecuencia la pérdida del sujeto.

43 El sistema formal de proposiciones codificadas, en la lógica de Aristóteles, supone la definición de cuatro tipos de proposiciones, agrupadas de dos en dos: las proposiciones universales (universal afirmativa y universal negativa), y las proposiciones particulares (la particular afirmativa y la particular negativa).

Apliquemos esta disparidad lógica de la estructura de las proposiciones a un ejemplo, a condición de entender en esta frase algún crédito al lugar del analista, lugar que es designado como el del sujeto de quien se supone que sabe, dando por sobreentendido que únicamente una ignorancia estructural —con relación a lo que le dice un paciente— es la potencialidad operatoria en el análisis.

Consideremos la proposición universal afirmativa: Todo psicoanalista es ignorante. A partir de esta afirmación, vamos a desarrollar las otras proposiciones:

Universal negativa: ningún psicoanalista es ignorante. Particular afirmativa: existen psicoanalistas ignorantes.

Particular negativa: existen psicoanalistas que no son ignorantes.

En la teoría lógica clásica, estos cuatro tipos de proposiciones se reparten en posiciones contrarias, subcontrarias y recíprocas, que secundariamente determinan posiciones subalternas y contradictorias, de acuerdo con la fórmula cuadrata de Apuleyo.

Por ejemplo, la Universal afirmativa con la Universal negativa tienen una relación contraria; en tanto la Particular afirmativa con la Particular negativa guardan una relación subcontraria.

En tanto entre una Universal afirmativa y una Particular negativa la relación es contradictoria, de igual modo que ocurre entre la Universal negativa con la Particular afirmativa.

El comentario de Apuleyo (32), consagrado a la presentación de la lógica aristotélica, justifica el par de oposiciones “universales/particulares” y “afirmativas/negativas”, en la medida en que ellas se distinguen en la calidad y la cantidad.

La calidad remite a lo que concierne al sujeto (aquí, el psicoanalista), y la cantidad lo que se refiere al atributo (ahí, la ignorancia).

Lacan se jacta de cuestionar la legitimidad de esa distribución formal, y para eso se basa en algunas ideas lógicas de Charles S. Peirce (1932) (33), que están contenidas en el esquema que a continuación trataremos de explicar.

44 Tomamos una circunferencia dividida en cuatro cuadrantes. En el cuadrante superior izquierdo vamos a colocar la proposición universal afirmativa; en el cuadrante superior derecho ubicaremos la universal negativa. En el cuadrante inferior izquierdo colocaremos la particular afirmativa y en el inferior derecho la particular negativa.

De modo que en los cuadrantes superiores nos quedan ubicadas las universales, y en los inferiores las particulares. Asimismo, en los cuadrantes izquierdos nos quedan ubicadas las proposiciones afirmativas, en tanto en los cuadrantes derechos quedan ubicadas las proposiciones negativas.

Ahora vamos a aplicar una proposición a los cuadrantes que han quedado dibujados. Para esto vamos a utilizar rayas que son verticales, y otras rayas que no sean verticales. Pero en el trazo vamos a distinguir dos cosas: por un lado, la naturaleza del trazo (fino, grueso, etc.) y, por otro, el atributo que tiene (que sea vertical, que sea oblicuo, etc.), es decir el atributo o función del trazo.

Ahora vamos a llenar de trazos verticales los cuadrantes superior e inferior izquierdos, y luego llenaremos con trazos que no sean verticales sino oblicuos los cuadrantes inferiores, es decir, que lo que cambia en estos últimos es el atributo del trazo: son oblicuos.

La afirmativa universal será: Todo trazo es vertical. Es lo que se ubica en el cuadrante superior izquierdo.

La negativa universal: Ningún trazo es vertical. Es decir que no hay trazo, ya que si todo trazo es vertical, lo opuesto en el ningún trazo significa que no hay trazo alguno.

La particular afirmativa: Algún trazo es vertical. Es decir, hay trazo. La particular negativa: No hay algún trazo que sea vertical.

La lógica clásica que enunció Aristóteles planteaba ciertas cuestiones formales que no pueden ser salteadas. Decía entonces: no puede haber contrariedad o contradicción entre la universal afirmativa y la universal negativa. Es decir que, dicho en el esquema que venimos explicando, si hay trazos verticales no es lo mismo que no los haya. Tampoco puede haber contrariedad entre las universales y las particulares.

Luego también planteaba una diferencia entre lo que es la calidad del trazo —o naturaleza del trazo, como le hemos llamado— y la cantidad, o sea el atributo; nosotros le atribuimos a la naturaleza del trazo todo aquello que es del sujeto, y si es del sujeto —ya lo sabemos— está representado por el significante. Por lo tanto, si queda del lado

45 del significante, queda inmerso en la ley del todo o nada, quedando planteado del lado del universal.

En cambio, del lado del atributo, lo hacemos ingresar por el lado de la cantidad (más, menos, etc.) Ahora para la enunciación de la universal afirmativa nosotros podemos decir: si hay trazo, todo trazo es vertical. Dicho de otro modo, todo elemento X está bajo esta función, es decir, bajo el atributo de que el trazo sea vertical. Es lo que decimos para el cuadrante superior izquierdo.

Del lado de los cuadrantes del lado derecho, es decir, los que comparten la universal negativa y la particular negativa, si es que hay trazo, no es vertical: “ningún trazo es vertical”, por lo que estamos negando el atributo. Del lado del cuadrante superior derecho, la universal negativa niega que haya trazo vertical: no hay trazo, está por lo tanto vacío.

Esta característica, lejos de negar la afirmación universal de que todo trazo es vertical, en realidad viene a certificarla, a confirmarla, ya que nos dice que si es que existe trazo, ese trazo debe ser vertical. Para decirlo mejor, de acuerdo al atributo, la verticalidad del trazo certifica en los cuadrantes universales que hay trazo.

No sólo no son contrarias la universal afirmativa con la universal negativa, sino que la una confirma la otra: la universal negativa confirma la universal afirmativa.

Pero que no haya trazos verticales era compartido por el cuadrante inferior derecho, aquel de la preposición particular negativa, la que dice “no hay algún trazo que sea vertical”; es decir que si hay trazo, este trazo no es vertical. Recordamos que este cuadrante había sido llenado con trazos solamente oblicuos, es decir, hay trazos que nos son verticales.

Para que se sostenga la afirmativa universal de que todo trazo es vertical, necesitamos que exista la demostración de que hay algunos trazos que no son verticales, lo que ocurre en el lugar de la particular negativa. Dicho en términos de la lógica: existe un elemento X que no ha pasado por el trazo vertical, que no está bajo la función de que el trazo sea vertical; es una excepción a la regla de que todos los trazos sean verticales.

A modo de conclusión, podemos decir que la proposición universal afirmativa está soportada, sostenida, por la proposición particular negativa; es decir, la excepción soporta la regla universal. Dicho del modo lógico, hay un elemento X que no está sometido a la función universal de que todos los trazos sean verticales. Retomemos la frase: “todo padre es Dios”. Se trata de una universal afirmativa. Diríamos que la

46 universal negativa se enunciaría “ningún padre es Dios”. La particular afirmativa la enunciamos “algún padre es Dios”, y la particular negativa queda enunciada como “hay algún padre que no sea Dios”.

Si seguimos el razonamiento de la lógica que venimos planteando, podemos decir que la proposición “hay algún padre que no sea Dios”, particular negativa, es la que da soporte al enunciado universal afirmativo de que “todo padre es Dios”.

Recordemos que la universal negativa decía “ningún padre es Dios”. ¿Qué nos queda de este razonamiento?

La regla general de que “todo padre es Dios” queda certificada porque hay algunos que están en excepción a la regla, es decir que cumplen la función de la forma que la cumplen: no en forma de Dios Quizás podemos decir que aún en la ausencia de padre, como es el caso de la universal negativa, aún en este caso puede cumplirse la función paterna. Quiere decir que es posible que la función paterna ni siquiera esté hecha de la necesidad de que esté el padre real, sino que queda determinada por una presencia simbólica de un padre que cumple la función de la forma que la cumple —de la forma fallida—, esto quiere decir, de la forma con fallas que un padre puede cumplir con esta función.

Todo este razonamiento lógico para decir que el padre —que Lacan llamó el Nombre del Padre— es una función absolutamente simbólica, y que su existencia y su funcionamiento depende del razonamiento que hemos seguido. Que aún en la ausencia de padre puede haber función, pero que siempre hay una distancia entre cómo cumple la función el padre de la realidad respecto del padre ideal, que es el que se aprovecha de todas las mujeres según el libro Tótem y tabú (30), al que hay que matar simbólicamente para que cumpla la función.

Volvemos ahora a la frase del padre del sujeto, cuando al momento del almuerzo dice: “Me han comentado, el que se ande portando mal...”. Se trata de un enunciado que no tiene un destinatario.

El sujeto se lo aplica a la frase diciendo que este padre sí sabe las cosas, sí ve lo que él hace, o conoce sus pensamientos, ya que un enunciado con destinatario podría haber sido “¿Estás de novio, hijo?”, dirigiéndose al sujeto, si es que ese padre quería saber algo, realmente, de lo que le ocurría a su hijo.

47 nos preguntemos: ¿Para este sujeto “J”, al escuchar este enunciado, qué distancia hay entre quien pronuncia esta frase, su padre y Dios?

Podríamos contestar que ninguna, porque el enunciado lo ubica en el lugar de Dios. Al sujeto se le viene algo desde fuera; él lo toma, se lo aplica como destinatario, sin un razonamiento simbólico que pueda decir “¿me hablará a mí, le miento, no le miento, respondo o me hago el sonso?”

La frase enunciada por el padre, en forma impersonal, no pasa por el razonamiento simbólico, porque ese hombre —en esta frase— no cumple la función de padre en manera alguna, sino que cumple la función de Dios. Es como si dijera “yo sé todo, veo todo, hasta lo pensamientos”.

El sujeto tiene que partir de esa frase que escucha realmente y construir algo a partir de eso; es decir, elaborar algo a partir de lo que dijo este padre.

Es de aquí que deducimos cuál puede ser la maniobra de un psicoanalista con un paciente psicótico, tomando la orientación, la reparación de la realidad. Como dice Freud en su texto: “La pérdida de la realidad en la neurosis y la psicosis, que para el psicótico queda un hueco con lo que le viene desde fuera, y debe llenarlo, es para lo que utiliza el delirio”.

La carga de libido, como hemos dicho, el sujeto la pone en la cuenta del yo, o del narcisismo. Es entonces cuando el sujeto escucha esta frase, en la que no hay diferencia entre el padre y Dios. Si seguimos el razonamiento de la lógica del Edipo y la castración —de la cual resulta el trabajo metafórico que hace el N del P—, es para el hijo de tipo prescriptivo, marcando el camino de un deseo, y para la madre es de prohibición, prohibiéndole que reintegre a ella su producto. El niño deberá emerger de ese infierno mediante la identificación a ese deseo del padre que lo causa. Entonces, ¿a qué puede identificarse este sujeto? A Dios, porque si no hay padre, le queda identificarse con Dios. El sujeto lo dice de este modo: “Soy Dios”, respondiendo a la pregunta sobre la existencia.

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