Estoy cada vez más convencido que los cristianos tienen muchas formas de considerar su religión, y cada vez estoy menos seguro de que mis concepciones sean las justas y de que todas las demás sean falsas.
Charles Lutwigde Dodgson
Cuando Carroll obtuvo el puesto de lecturer de matemáticas, uno de los requisitos que debía aceptar, era ordenarse diácono de la iglesia de Inglaterra. Por aquél entonces, Oxford era uno de los centros del poder de la iglesia, que se mantuvo fiel a la tradición, tras la reforma del Parlamento en 1832. Hasta 1870 no pudo matricularse nadie en Oxford, que no fuera miembro de la iglesia y no jurase respetar los treinta y nueve artículos de fe revisados en 1571.
Si nos remontamos al ámbito familiar el bisabuelo de Carroll, Christopher Dodgson, fue sacerdote de la iglesia anglicana en Yorkshire y llegó a ser obispo. El padre de Carroll también recibió este sacramento y no es extraño que, para su hijo, fuera un camino normal a seguir, dada la admiración y el respeto que sentía hacia su progenitor.
De todas las influencias en la fe que recibió Dodgson, fue de vital importancia la de los teólogos de corte liberal, Samuel Taylor Coleridge y Frederick Denison Maurice, que buscaron una nueva interpretación dentro de los límites del cristianismo. Se basaban, entre otras premisas, en la creencia de que Dios se revelaba a los seres humanos, a través de ellos mismos, y que habían sido creados para conocerlo y sentirlo. Cada individuo debía encontrar su propia verdad y descubrir en su interior el destello de inspiración divina.
El reverendo Dodgson siempre se mostró a favor del progreso y de cualquier avance técnico. Sus creencias religiosas y la manera de llevarlas a la práctica, nos demuestran que era un religioso atípico, ya que por mostrar un ejemplo, no concebía la idea del castigo eterno del infierno. Además, la vida puritana implicaba la renuncia al teatro y éste fue un pasatiempo que jamás dejaría de frecuentar. “No estaba dispuesto a vivir la vida de rigor casi puritano que entonces se consideraba indispensable en un clérigo, y se daba cuenta de que las dificultades de elocución que padecía perjudicarían gravemente el ejercicio de sus funciones eclesiásticas”127, escribió su sobrino Coollingwood.
También hace referencia a que: “Este trámite [ordenarse] no sólo era necesario si quería conservar su puesto [en Christ Church], sino que, además, él mismo sentía que la ordenación le daría una autoridad mayor ante sus estudiantes e incrementaría, en consecuencia, sus posibilidades de hacer el bien. Concluye Coollingwood que: “discutió esta cuestión con el reverendo Pusey y el reverendo Liddon. Este último [el amigo con el que hizo su viaje a Rusia] declaró que, en su opinión, un diácono podía abstenerse legítimamente de todo ministerio parroquial, si se consideraba
inepto para él”128. El 22 de diciembre de 1861 fue ordenado diácono; sin embargo, Carroll no quiso optar al sacerdocio, por las razones que escribió en su diario el 21 de octubre de 1862 y que a continuación se reproducen:
“Visité al deán (Liddell) para preguntarle si estaba obligado de alguna manera a hacerme ordenar sacerdote (pues me considero un profesor laico). Él piensa que al recibir el diaconato me convertí en clérigo y que me corresponden las mismas obligaciones que a un profesor clérigo, a saber, ser ordenado sacerdote en los cuatro años siguientes a mi M. A., y que, en vista de que eso me resulta evidentemente imposible, he perdido sin duda mis derechos al puesto que ocupo, por lo que, en todo caso, debo ser ordenado sacerdote lo antes posible. Hice notar mi desacuerdo con esta opinión, y él habló de llevar el asunto al Consejo Directivo del colegio. [... El deán ha decidido no consultar al Consejo y declara que no hará nada sobre el asunto, de modo que me considero libre de ser ordenado como sacerdote”129.
Esta decisión no debió resultarle fácil según los testimonios aportados por Morton N. Cohen: “diariamente se enfrentaba a su frustración, que era humillante e inflexible. Creía no haber triunfado a los ojos de su padre; y nunca se casó para continuar la estirpe, como su padre esperaba. Sabía también que su padre nunca podría aprobar su abandono de los dogmas y la disciplina de la Iglesia Alta. Su fracaso como hijo se combinó con su incapacidad para adaptarse a un patrón social acreditado. Sus deseos y su patente preferencia por la compañía y el cariño de las niñas destruyó cualquier posibilidad que pudiera haber tenido de ocupar un sitio en pie de
128 Idem: pag, 321. 129 Idem: pag, 322.
igualdad con hombres y mujeres. En lugar de eso, se convirtió en una excepción, un excéntrico, sometido a cuchicheos y bromas”130.
“La fe de Carroll era demasiado exigente para permitirle las medias tintas y las mentiras, aunque fueran de omisión. Y de esto resultó una situación híbrida que le permitió, de alguna manera, hacerse de una situación ideal: entreabrió la puerta del sacerdocio y pudo, por lo tanto, hablar como eclesiástico, pero no fue más allá del umbral, para poder salvaguardar su libertad de acción”131.
Algunos biógrafos califican a Dodgson como el estirado miembro de la Universidad de Oxford, pedante, conservador, clérigo de la Iglesia Anglicana y deslucido profesor de matemáticas; otros, optan por el Carroll ágil, alegre, despreocupado, afable, divertido, inventor de relatos, juegos, chistes, acertijos y sorpresas. Sin duda, hay un Carroll simbólico que hace las delicias de los rastreadores psicoanalíticos; un Carroll matemático y lúdico; y un Carroll transformador del orden. Otros, han intentado indagar en la vida interior y los misterios que envuelven la personalidad de este erudito que, como escribe Hugh Haughton, “en prácticamente ninguna de las obras que se conservan de Carroll-Dodgson puede encontrarse la huella de la experiencia normal subjetiva, en primera persona. Ni siquiera en sus cartas y diarios, donde podíamos esperar hallarla”132.
130 COHEN, Morton N.: op. cit., pag, 634. 131 GATTÈGNO, Jean: op. cit., pag, 323.
132 HAUGHTON, Hugh: “El Culto del Caballero Blanco a las Niñas Pequeñas”. Londres: Times (suplemento
Asimismo, no podemos obviar a los que se han lucrado sobre su atracción por las niñas. Nosotros no queremos entrar en estas especulaciones, justificadas muy claramente por Jaime de Ojeda, en el prólogo escrito a propósito de “Alicia en el País de las Maravillas”:
“Mucho se ha especulado sobre la fascinación de Carroll por la infancia, y en especial por las niñas. Ciertamente había en ello de poco usual; pero mejor habría sido que estos “estudiosos” se hubiesen tentado las ropas antes de cometer la temeridad de introducirse en la vida privada de las personas, pues no existe fundamento alguno que justifique las ridículas interpretaciones psicoanalíticas que se han hecho del pobre reverendo sin más datos que una composición literaria y un espíritu amable y desgraciado. Menos aún se justifican las conclusiones exageradas de aquellos que no se contentan más que con blancos y negros en su apócrifa descripción de caracteres. Su amor por Alice Liddell, la niña que más amó entre todas las que conoció, fue completamente normal y sencillo; y lo mismo hay que decir de todas las demás relaciones infantiles. Prueba de ello es que éstas nunca llamaron la atención de los padres de aquellas, sino al contrario. El mundo del alma es complejo e imprevisible, y la vida nos obliga a atravesar circunstancias no menos complejas e ingobernables. Cada uno procura encontrar su propio camino, en esa dicotomía laberíntica del propio ser y de la vida. Quien no ama no lo encuentra, hundiéndose en la ciénaga de su propio egoísmo y del desequilibrio anímico que éste motiva. Son los que no logran encontrar este equilibrio amante, los únicos que merecen ser clasificados en el campo de la “anormalidad” -y seguro que en él entrarán no pocos de los que se han dedicado a hacer juicios temerarios sobre Carroll-, y no aquellos que lo han obtenido, aunque sea en una dirección poco usual. Todo indica en la vida de Carroll un alma original, poco ordinaria; pero no
desprovista de madurez y de equilibrio. Respétese lo primero: apréciese lo segundo”133.
Al fin y al cabo, el reverendo Dodgson fue un infatigable buscador aceptando como loable la dicotomia Dodgson-Carroll. Su compleja personalidad debido en parte a que era un hombre adelantado a su tiempo, le hacia luchar contra los prejuicios de una sociedad puritana y seguramente fuera una de las causas por las que sufrió muchas horas de insomnio. No obstante, aprendió a aceptar sus sentimientos y a dominar sus debilidades. Alguien, como aseveró Oscar Wilde sobre la figura del creador, “si era incapaz de contestar a sus propios problemas, sabía al menos plantearlos y... qué más puede pedírsele a un artista?”134.
Asimismo, como muy acertadamente escribe Cohen: “al final, uno no solamente quiere decir “¡Muy bien”!, sino también felicitarle por transformar tan satisfactoriamente una vida que fácilmente podía haber estado a punto de tambalearse y hacerle caer en el abismo, en una vida provechosa, digna y creativa. Pues fue él, y sólo él, quien transformó ese precario joven de talento poco común y carácter escrupuloso en un hombre que hizo muchas contribuciones valiosas y eminentes a su época y a la posteridad, en resumen, que se convirtió a sí mismo en un escritor del que vale la pena ocuparse"135.
133 OJEDA, Jaime de: Alicia en el País de las Maravillas. Madrid: Alianza Editorial, 1982, pag, 23-24. 134 NOGUERO, Joaquim: “Carroll, Nuestro Contemporáneo”. Barcelona: Revista Quimera, nº 175,pag, 38. 135 COHEN, Morton, N.: op. cit., pag, 636.
Para entender su alter ego creador de dos clásicos de la literatura universal, “Alicia en el País de las Maravillas” y “A través del Espejo”, es preciso que nos remontemos a la historia y destaquemos la aparición en su vida de la familia Liddell. Henry George Liddell se incorporó a Oxford no sólo para hacerse cargo de la dirección del college, sino también como deán de la catedral del Christ Church. Era conocido como coautor de un diccionario griego, “Greek-English lexicon” (“Liddell and Scott”), y como un reformador.
Llegó acompañado por su esposa, Lorina Hannah y sus cuatro hijos: Harry, Edith, Lorina y Alice. “El deán inspiraba un temor respetuoso a la mayor parte de la gente. Detestaba la timidez, pese a que él mismo era tímido. La consecuencia de esto era una cierta altivez, que se podía soslayar fácilmente si se le hablaba de la manera más directamente. […] Tenía magníficas relaciones con los miembros de su familia. No le temían por nada del mundo, aunque podía llegar a reprenderlos si cometían inexactitudes o pronunciaban palabras que él juzgaba necias. Era una familia de una belleza física completamente excepcional. El deán era uno de los más hermosos especímenes de belleza masculina que se pueden encontrar en una vida entera”136.
Carroll tenía por costumbre adoptar el símbolo romano para los días que consideraba afortunados. Al poco tiempo de entablar conversación con Henry, hijo mayor de los Liddell, que contaba con ocho años de edad, se encontró con las tres niñas y escribió en su diario:
136 GATTÈGNO, Jean: op. cit., pag, 185. (Testimonio de R.L. Green, contemporáneo suyo).
“Fui en la tarde, con Southey, hasta el pabellón del deán para intentar fotografiar la catedral; las dos tentativas resultaron fracasadas. Las tres pequeñas permanecieron casi todo el tiempo en el jardín y nos hicimos excelentes amigos: tratamos de agruparlas en el primer plano de la fotografía, pero eran demasiado impacientes para mantener la pose. Señalo este día con una “piedra blanca”137. De esta manera, comenzó su relación con las hijas del deán y especialmente con Alice, la más pequeña de las hermanas que tenía cuatro años de edad y la que años más tarde, le impulsaría a escribir “Alice´s Adventures in Wonderland” (“Alicia en el País de las Maravillas”).