Fungal development and callose deposition in compatible and incompatible interactions in melon genotypes infected with
5.2 Material and methods
5.3.4 Fungal development at different temperatures
batir la legitimidad científica del Diseño inte- ligente. En primer lugar, la afirmación de que la ciencia no puede tener acceso a aquello que no se puede ver, medir o pesar, simplemente no se sostiene. ¿Alguien ha observado las su- percuerdas que explicarían todas las partículas y fuerzas fundamentales de la naturaleza? ¿Algún astrofísico ha visto la materia oscura del universo, los quarks o la expansión del Big Bang durante los tres primeros minutos del mundo? La ciencia acepta la existencia de mu- chas cosas que, en realidad, nadie ha obser- vado directamente y probablemente no observará jamás. Sin embargo, a pocos se les ocurre pensar que tales investigaciones no sean propiamente científicas. En cuanto al falsacio- nismo, o el llamado criterio de falsabilidad pro- puesto a principios del siglo XX por el filósofo austríaco, Karl Popper, aunque a primera vista puede parecer un buen método para averiguar si una determinada teoría se puede considerar científica o no, también presenta sus dificulta- des a la hora de decidir con exactitud qué es y qué no es ciencia. Según Popper, una proposi- ción es falsable cuando puede ser refutada por una observación. Pero si dicha proposición es cierta, lógicamente, nunca se producirá tal ob- servación que la refute. Esto significa que las teorías verdaderamente científicas han de estar formuladas de tal manera que permitan su comprobación con la realidad. Es decir, que no sean formulaciones que dependan de cre- encias subjetivas o de proposiciones metafísicas sino de la percepción de los sentidos. El pro- blema con el falsacionismo es que resulta im- posible de alcanzar en numerosos casos. Es de sobras sabido que la tarea científica se halla re- pleta de enunciados que se descubrieron falsos y, a pesar de ello, las teorías a las que podían refutar siguieron vigentes. Esto significa que, en realidad, es sumamente difícil alcanzar fal- saciones concluyentes de ciertas teorías. Ade- más, también hay que tener en cuenta que, algunas observaciones que pueden servir de base a la falsación pueden resultar a su vez fal- sas a la luz de posteriores descubrimientos científicos. Todo esto quiere decir que –como resulta fácil comprobar a lo largo de toda la historia de la ciencia– las teorías no se pueden falsar de manera definitiva. En ocasiones, la opinión pública tiende a creer que la verda- dera ciencia es el acuerdo alcanzado por el es- tamento formado por los científicos de prestigio. Además de la tautología, o el pensa- miento circular, que supone tal manera de
pensar (que la ciencia aluda a los científicos y éstos a aquella), esta opinión confirma de al- guna manera el hecho difícil de soslayar de que es, en realidad, el estamento científico predo- minante quien decide qué teoría debe estar vi- gente en un determinado momento. Lo que implica que frente a los investigadores ortodo- xos que dominan el ambiente académico y cul- tural, los heterodoxos minoritarios siempre se hallarán indefensos. No obstante, muchos de los progresos alcanzados por la ciencia se lo- gran gracias a los planteamientos “heréticos” de estos últimos. De hecho, la historia de la ciencia es pródiga en ejemplos de flagrantes injusticias cometidas por los científicos domi- nantes contra aquellos que sostenían teorías contrarias. Por supuesto, la realidad de seme- jante discriminación en el seno de la ciencia hace también difícil de aceptar que el criterio popperiano de falsabilidad pueda aplicarse siempre y cuestione la legitimidad científica del Diseño inteligente. De la misma manera, decir que el DI no es ciencia porque no hace predic- ciones es asimismo faltar a la verdad. Por ejem- plo, ¿acaso no era una predicción de la filosofía del diseño –que se ha podido corroborar pos- teriormente– que el mal llamado “ADN ba- sura” debía ser, en realidad, funcional? Según el darwinismo, cabría esperar que el ADN hu- mano y de otros organismos estuviera repleto de pseudogenes o genes inútiles que habrían tenido alguna utilidad en el pasado, pero la ha- brían perdido acumulándose en el genoma paulatinamente a lo largo de millones de años. No obstante, el DI siempre postuló que desco- nocer la función de determinados segmentos de ADN no demuestra que no la posean. Si tantas funciones y órganos de los seres vivos evidencian diseño, complejidad y elevada in- formación, resulta difícil creer que algo tan aparentemente planificado como las directri- ces contenidas en la molécula del ácido desoxi- rribonucleico no sirvan para nada. Pues bien, esta predicción, como es sabido, se confirma cada vez que se descubren las funciones de di- chos genes y se publican los resultados en las revistas científicas especializadas. Hoy se con- firma que el ADN basura no era tan desecha- ble como se decía. Muchos interrogantes planteados por disciplinas como la bioquímica, citología, genética o incluso paleontología, para los cuales el paradigma darwinista carece de soluciones satisfactorias, hallan explicación en la teoría del diseño.
Hay disciplinas científicas que no miran hacia el futuro sino hacia el pasado; que no suelen hacer predicciones acerca de lo que de- bería depararnos el porvenir sino de aquello que cabría esperar en la reconstrucción de los tiempos pretéritos. Ciencias como la arqueolo- gía, geología histórica, paleontología o paleo- antropología, que procuran reconstruir lo que realmente ocurrió. Tales especialidades predi- cen qué objetos (utensilios, herramientas, armas, fósiles, cráneos, etc.) se deberían encon- trar en los diferentes estratos rocosos. Sin em- bargo, en numerosas ocasiones, las predicciones de tales disciplinas son del todo imposibles de confirmar en la realidad ya que, como los darwinistas saben bien y están dis- puestos a admitir, la ausencia de evidencia puede que no sea siempre evidencia de ausen- cia. Entonces también cabría plantearse, ¿qué pasa cuando una disciplina hace predicciones que no se corroboran en el mundo natural? ¿Debe seguir considerándose científica? ¿Cuántas evidencias contrarias son necesarias
para plantear un cambio de paradigma? Tam- poco es cierto que toda teoría científica tenga que proporcionar siempre un mecanismo ex- plicativo. Por ejemplo, cuando Newton pro- puso su famosa teoría de la gravitación universal no aportó ningún mecanismo que ex- plicara detalladamente en qué consistía la fuerza de la gravedad y por qué se atraían los planetas o el resto de las masas del universo. Fue muy consciente de que el concepto de “fuerza” que empleó no constituía una expli- cación científica definitiva que pudiera verifi- carse sino solamente un postulado para reflejar las observaciones del mundo natural. A pesar
de ello, ¿quién se atrevería a negar que la gra- vitación universal es una teoría científica? Así mismo, la objeción de que el DI no tiene ca- pacidad para resolver problemas tampoco puede sustentarse. Muchos interrogantes plan- teados por disciplinas como la bioquímica, ci- tología, genética o incluso paleontología, para los cuales el paradigma darwinista carece de soluciones satisfactorias, hallan explicación en la teoría del diseño. El origen del ADN y el có- digo genético, los intrincados mecanismos de la transcripción y traducción de la informa- ción, el funcionamiento de los minúsculos or- gánulos citoplasmáticos, la complejidad de los genes selectores homeóticos intactos desde el Cámbrico o las diversas explosiones biológicas que muestra el registro fósil, difícilmente pue- den ser explicados apelando a las mutaciones al azar y la selección natural. Sin embargo, la teoría del diseño inteligente resuelve todos estos problemas. Lo que queda abierto al de- bate es si sus soluciones son o no satisfactorias. Esto se podrá discutir, pero lo que está claro es
que tal debate será siempre de carácter estric- tamente científico y no religioso como algunos pretenden. Algunos divulgadores de la ciencia, reconocidos por su vehemente ateísmo, como el doctor Richard Dawkins, se refieren con fre- cuencia a la idea de que apelar a un diseñador sobrenatural no es explicar nada, mientras no se demuestre primero el origen de tal ser. Lo que pasa es que si este mismo razonamiento se empleara siempre, la ciencia no habría avan- zado como lo ha hecho. Por ejemplo, cuando a mediados del siglo XIX se intentó explicar por qué se calientan los cuerpos, el físico aus- tríaco, Ludwig Edward Boltzmann, se refirió