CHAPTER 6: CONCLUSION AND FUTURE WORK
6.2 Future Work
Uno de los primeros fenómenos relacionados con la cuestión social que inquietó a los intelectuales desde mediados del siglo XIX fueron las epidemias. Estos episodios marcaron a la sociedad de la época. En la década de 1850, ocurrió el primer aviso de importancia relacionado con las consecuencias de las enfermedades para la población, la epidemia de fiebre amarilla de 1858. El origen de la peste fue asociado con los miasmas, agentes causantes de las enfermedades y su contagio. La epidemia de cólera de fines de 1867 y principios de 1868 representó un punto importante de reflexión sobre el tema. Los problemas identificados en este caso fueron la falta de un servicio de recolección de basuras apropiado y la ausencia de una adecuada fuente de provisión de agua potable, así como la situación de la vivienda entre los sectores populares y los inmigrantes, los llamados “corralones”. Así, la cuestión de los focos de infección ganó cada vez mayor atención (GONZÁLEZ LEANDRI, 2004: 225-227). La epidemia de fiebre amarilla de 1871 aceleró los debates entre los higienistas y en el seno de la sociedad en general. Por su carácter extremo (murieron 13.725 personas de un total de 190.000 en la ciudad de Buenos Aires, más del 7% de la población), la epidemia paralizó la actividad productiva y comercial durante varios meses (GONZÁLEZ LEANDRI, 2004: 229). Ante la falta de conocimientos precisos sobre las causas de la enfermedad, los principales factores destacados por el saber médico fueron la falta de
separación entre aguas servidas y fuentes de agua potable, los desechos de mataderos y saladeros, los enterramientos en los cementerios y, antecedente temprano de las décadas siguientes, los barrios de inmigrantes (donde familias enteras vivían en cuartos reducidos y oscuros), viviendas que eran vistas como “focos” de infección (SALESSI, 1995: 49 y 76).46
Como señala Mirta Lobato (1996: 14), “la cuestión social fue el medio que facilitó la intervención de diferentes profesiones en la búsqueda de soluciones, así como promovió el debate de ideas entre quienes buscaban promoverlas”. En un contexto de creciente prestigio a nivel mundial del higienismo –que se consolidaría entre 1875 y 1885, tras los descubrimientos en bacteriología y vacunación por parte de Lister y Pasteur–, las amenazas de las epidemias alentaron la reflexión de médicos como Guillermo Rawson, Eduardo Wilde, Pedro Mallo y Emilio Coni (LOBATO, 1996: 12). De este modo, los estragos causados por estas enfermedades en la población trajeron, entre otras consecuencias, el descubrimiento de la enfermedad como problema social dentro de “una suerte de ideología urbana articulada en torno a los temas del progreso, la multitud, el orden, la higiene y el bienestar” (ARMUS, 2000: 510). De la mano de los médicos higienistas de entre siglos, la enfermedad empezó a ser interpretada desde una perspectiva social, es decir, haciendo referencia a la situación en el contexto urbano, por ejemplo, las características de las viviendas y del ámbito laboral, los hábitos cotidianos, la situación de los inmigrantes y las multitudes en las ciudades. Con cada epidemia se iniciaba un ciclo de pánico y denuncias, junto a la conmoción y las numerosas muertes, que dejaba en evidencia la ausencia de los medios para hacer frente al azote de la enfermedad en la población (ARMUS, 2005: 192-193). En paralelo, la higiene pública pasó a formar parte de la formación regular de los médicos en la Facultad de Medicina a cargo de Guillermo Rawson. Rawson, Eduardo Wilde y Emilio Coni fueron de los primeros en plantear la necesidad de pensar la higiene y la salud desde una perspectiva colectiva, que tuviera en cuenta la salud física y moral de la población, proponiendo una mayor intervención del estado en estos asuntos y un límite a las acciones individuales que afectaban a la sociedad en su conjunto (ZIMMERMANN, 1995: 102).
46 A diferencia de años posteriores, las causas de la enfermedad y los problemas sanitarios eran
identificados en las características del ámbito local y no entre los inmigrantes en sí (SALESSI, 1995: 78). En las décadas finales del siglo XIX, la población extranjera sería el centro de las explicaciones del aumento del delito y los efectos no deseados, como la locura y los suicidios.
En este sentido, las preocupaciones de los médicos abarcaban un espectro muy amplio. Por ejemplo, uno de los temas que más inquietó a los higienistas fue la circulación separada y ordenada de las corrientes de agua pura y las de los desperdicios y posibles contaminantes, asunto vital para garantizar el saneamiento de las ciudades. Tras la epidemia de fiebre amarilla, las distintas instancias gubernamentales estuvieron de acuerdo en la necesidad de construir una red de circulación de agua potable y desagües de aguas servidas (SALESSI, 1995: 15-16). El objetivo era evitar que los líquidos de mataderos y saladeros, así como el contenido de los pozos ciegos, pudieran contaminar las napas de agua. De esta manera, las obras públicas debían garantizar la circulación de flujos en las ciudades, organismos de los gobiernos liberales. Del mismo modo, otro tema que despertó creciente preocupación tras la epidemia de fiebre amarilla fue el tratamiento de los cadáveres en los cementerios. La situación extrema vivida en este contexto, además de fortalecer la legitimidad de las ideas higienistas, reforzó la imagen de los cuerpos como vehículos de contagio de enfermedades peligrosas y, en consecuencia, dio más argumentos en contra de la presencia de los cementerios dentro del radio urbano (asociados con la promiscuidad entre vivos y muertos). La acumulación masiva de cadáveres en el cementerio sur llevó a la apertura de uno nuevo en la llamada Chacarita de los colegiales, antiguo espacio de recreación de jóvenes de la elite como Miguel Cané (SALESSI, 1995: 40 y 53). Junto con estas cuestiones puntuales, los médicos tenían un interés en los problemas relacionados con la vivienda, instituciones hospitalarias y un sistema de atención médica gratuita para los más necesitados (ZIMMERMANN, 1995: 102).
Por otra parte, la preocupación de los profesionales de la salud también se orientó a las “plagas sociales”, como el alcoholismo, la tuberculosis y las enfermedades venéreas (LOBATO, 1996: 14). En el pensamiento higienista, el análisis de la realidad estaba articulado en la antinomia salubre / insalubre. Producto de la experiencia vivida con las epidemias, se consolidó, en el imaginario, la idea de la enfermedad, en un sentido amplio (tanto física como moral, individual o colectiva), como el nuevo enemigo a vencer (SALESSI, 1995: 14). En la mirada higienista, el vicio y la inmoralidad eran una peste, tanto o más peligrosa que las enfermedades infectocontagiosas, que atentaban contra la población (VEZZETTI, 1985: 42).
Así, las problemáticas sociales eran entendidas en términos de patologías frente a las cuales había que intervenir e interponer medidas de prevención (por ejemplo, la creación de instituciones especializadas) (RUIBAL, 1996: 193-194). Para pensar la
nación, el desarrollo de una economía capitalista y el proceso de urbanización, la matriz de pensamiento de la época combinaba una perspectiva biológica en paralelo con una social, que se mezclaban para comprender las problemáticas tras la llegada masiva de inmigrantes, la aparición de la prédica anarquista y los problemas tras el acelerado crecimiento de las ciudades, consecuencias imprevistas en el proyecto modernizador.
En este sentido, a fines del siglo XIX, el pensamiento médico-higienista apuntaba, muchas de sus propuestas, a la masa anónima desposeída y a los trabajadores urbanos, a fin de lograr la medicalización de la conducta ciudadana, con la intención de fabricar un hombre argentino, una nueva raza (VEZZETTI, 1985: 12-13 y 43). Así, con el avance de la segunda mitad del siglo XIX, las ideas y los problemas de la higiene social se entrelazaron con los del estudio de las patologías mentales y el delito en el mundo urbano.
Como veremos más adelante, una de las formas de representar el crecimiento de la tasa de suicidios era la de una epidemia contagiosa, una suicidio-manía producida por las transformaciones de la vida moderna y civilizada. Desde la perspectiva de los miembros de la elite intelectual, los suicidios tenían un significado ambivalente: por un lado, eran hechos lamentables y no deseados; por el otro, eran sinónimo de que se estaba en camino de alcanzar un alto grado de progreso. Las exigencias de la lucha por la vida eran una de las características de las sociedades adelantadas en la escala evolutiva. En estas, según los profesionales de la salud, las presiones cotidianas agotaban los cerebros y las fuerzas físicas de los habitantes y los que no podían soportarlas se quitaban la vida. A esto se sumaba el desequilibrio presente en la sociedad-organismo rioplatense entre el avance del desarrollo material y el deficiente progreso moral de la población, que generaba un creciente número de suicidios y enfermedades mentales.