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5. CONCLUSIONS AND FUTURE WORK

5.2 Future Directions

Clop, clop, clop. El caballo seguía un paso constante y cauteloso mientras salía de la zona boscosa y entraba en la ciudad. La mujer cabalgaba por la calle principal, llena de tiendas y comercios, saludando a caras conocidas. Lucía una chaqueta y una falda de montar de lana, y llevaba las largas trenzas pegadas a la cabeza. Con su cuerpo excepcionalmente pequeño, parecía una muñeca montada en un pura sangre. La gente de la ciudad le mostraba su respeto al pasar. La mujer era una mensajera experta que llevaba noticias de una ciudad a otra, a menudo atravesando territorios despoblados y peligrosos del sudoeste de Estados Unidos en el siglo xix.

Le encantaba manejar el semental y correr con él. Se trataba de una amazona pequeña desde cualquier punto de vista, y su queridísimo caballo era mucho más alto. La mujer lo montaba con gran destreza y velocidad por la tierra seca y polvorienta. La gente no la juzgaba por asumir un papel poco convencional, pues su labor era muy valorada y su habilidad muy respetada. De la misma manera, el norte de ella era el trabajo, el cariño a su caballo y la gestión de los peligros que afrontaba.

En uno de sus recorridos, iba a toda marcha por un trecho polvoriento del sudoeste, subía un altozano redondeado y cruzaba entre colinas chatas y agujas de cactus. Esto le exigía cabalgar despacio, anticipándose a cada paso de los cascos. Su paso lento la convertía en una diana fácil para los guerreros apaches, de quienes se sabía que atacaban.

Había hecho este trayecto muchas veces, pero en la última ocasión cinco indios ocultos tras los cactus se abalanzaron sobre ella. Acto seguido, la obligaron a mirar cómo mataban a su caballo con furia y sin sentido. La mujer fue violada una y otra vez por el jefe del grupo, un gigante en comparación con su cuerpo de niña. La cara pintada y el penacho de plumas le daban náuseas. Se sentía asqueada y traumatizada por la absurda muerte del valioso caballo pero no aterrorizada, frustrando así las intenciones del hombre.

La banda de guerreros indios la abandonó a su muerte entre los cactus, pero ella fue capaz de regresar al rancho de su familia. Una vez hubo llegado y recobrado la salud, guardó el vestido de lana, se cortó el pelo, y se sentó en el sillón que daba a las colinas por las que solía cabalgar. Pasó el resto de sus días llorando la muerte de su caballo y de su vida como mensajera. En el telón de fondo de su existencia había una mano firme que la amaba y la admiraba en secreto. Él se pasó toda la vida velando por ella, aun cuando la mujer no prestaba atención a su presencia ni a su amor. Nunca superó la pérdida de su juventud. Esa mujer era yo, naturalmente. Traje conmigo a esta vida el amor a los caballos y cierta destreza para montar, y practico una compasión y un respeto constantes por los animales. Traje resistencia para hacer frente a los apuros de esta vida y puedo avanzar con esperanza, algo de lo que fui incapaz cuando era mensajera a caballo. Y lo que es más importante: mientras observaba a la mensajera triste sentada en su sillón, aprendí que tras la tragedia debemos seguir adelante. En el otro lado de las dificultades siempre hay regalos, como el afectuoso mozo de cuadra.

El tiempo no se mide en minutos, horas o años, sino en lecciones aprendidas. Alice ha asimilado esta sabiduría. Ha aprendido a superar el poder de la pena para inmovilizar, para congelar el tiempo, y ahora es capaz de progresar. Siempre hay regalos —siempre hay amor— en el otro lado.

Con su tendencia a la violencia y al crimen, los seres humanos provocan en el mundo mucho sufrimiento. Los seres espirituales, conscientes de sus dimensiones superiores, sus vidas múltiples y su karma cósmico, arreglan el mundo nutriendo y protegiendo toda clase de vida. A medida que evolucionamos pasando de la condición de seres humanos a la de seres espirituales, nos consolamos y curamos mutuamente el dolor en vez de causarlo. Alice se liberó fácilmente de la tristeza experimentada en su vida anterior como mensajera. Michelle, autora de la historia siguiente, fue capaz de realizar una hazaña parecida. Da igual si la pérdida es nueva o vieja; si somos conscientes de la fortaleza de nuestros lazos y nuestra alma, es posible que su carga se aligere y desaparezca en cuestión de instantes.

. LIBERARSE DE LA PENA .

Cuando vi delante el mar de caras expectantes, el corazón comenzó a aporrearme el pecho. No había reparado en cuánta gente había hasta llegar al estrado, donde ahora estaba sentada en una silla junto al doctor Brian Weiss. Me aguanté las ganas de mirar hacia mi esposo, pues podía notar que me observaba frunciendo el ceño. Al comprender el alcance de mi compromiso, noté la cara caliente y roja. Estaba a punto de ser hipnotizada delante de cientos de personas que iban a verlo todo.

¿Y si no recuerdo ninguna vida pasada?, pensé. ¿Y si hago el ridículo? Mientras pensaba esas cosas, los rostros de los antiguos yoes que había visto durante las regresiones de grupo de los dos últimos días empezaron a aparecer en mi imaginación en un vistoso desfile. Me sentí algo más tranquila y acto seguido recorrí con la mirada las caras de los asistentes. Parecían cordiales y agradables; algunos incluso sonrieron afectuosamente cuando mis ojos rozaron los suyos.

El doctor Weiss, que había estado dirigiendo unas palabras al público mientras yo me aclimataba al escenario, se volvió y me habló directamente a mí. Me concentré en sus instrucciones; el balsámico tono de su voz me calmó al instante. Va a salir todo bien, me dije para sosegarme. Él sonrió y asintió, como si hubiera oído mis pensamientos y estuviera respondiendo. Me relajé un poco en la silla, preparada para aceptar lo que hubiera de pasar. Oí al doctor Weiss, cuya voz parecía muy lejana, diciéndome que yo vería una puerta frente a mí. Luego me explicó que en el otro lado de esa puerta me encontraría con un recuerdo de infancia. Le oí hacer la cuenta atrás desde tres, y en mi mente la puerta comenzó abrirse, como él había dicho. Entré mentalmente por ella, ansiosa por descubrir qué habría en el otro lado. Al meterme en la brillante luz de detrás de la puerta, sentí que necesitaba parpadear pese a tener los ojos firmemente cerrados. Bajé la vista al suelo y vi linóleo con un estampado blanco y amarillo.

Había encimeras, armarios y un fregadero sobre el cual se veía una ventana cubierta con unas bonitas cortinas amarillas. La luz que entraba por esa ventana tenía un tono soleado, de media mañana. Al lado del fregadero había una gran nevera de color verde oliva, de la que emanaba una especie de zumbido. El doctor Weiss empezó a preguntarme sobre lo que estaba yo experimentando, y cuando hablé para contestar, me sorprendió advertir que mi voz era mucho más suave y baja que de costumbre.

«Estoy en mi cocina», dije, aunque la estancia me resultaba totalmente desconocida. No era ninguna cocina que recordara, y de pronto caí en la cuenta de que pertenecía a la casa de la que nos habíamos mudado cuando yo tenía tres años.

Tras reparar en eso, me miré el cuerpo y vi que era una niña pequeña sentada en una sillita. Me vi las piernas regordetas y noté el pegajoso asiento de vinilo en la piel. Sin duda esto correspondía a una época muy anterior a mi recuerdo más antiguo, que era de cuando contaba unos cuatro años. Jamás había recordado nada de esos años vividos en la casa donde nací.

«¿Qué está haciendo?», preguntó el doctor Weiss.

«Estoy comiendo compota de manzana en la sillita.» Mi respuesta automática me sorprendió. Casi podía saborear la insípida comida infantil en la boca.

Entones la vi. Estaba sentada en una silla de madera delante de mí, sosteniendo una cucharita en la mano. Su amplia sonrisa hacía que sus altos pómulos parecieran dos manzanas sonrosadas, y sus bellos ojos verdes se arrugaban en las comisuras. Mamá, pensé, y empezaron a correr las lágrimas por mis mejillas.

«Mi madre está conmigo», susurré. En cuanto brotaron las palabras de mis labios, noté una incontenible sensación de amor. ¿Era de veras mi madre? No creo que pudiera recordarla, pero allí estaba, sentada frente a mí. Tenía el corazón tan rebosante de emoción que me sentí a punto de estallar mientras permanecía allí sentada mirándola. La mujer que me diera la vida y me dejara sin ningún recuerdo suyo había muerto hacía mucho tiempo. No obstante, se hallaba delante de mí, haciéndome zalamerías y sonriendo. Era casi como si yo estuviera realmente en aquella cocina y hubiera viajado hacia atrás en el tiempo. Ella era real, y yo estaba ahí.

Me quedé sentada con los ojos cerrados, saboreando la sensación de que ella me cuidara. Estaba conmigo la que no había vivido para ver la mujer en que me había convertido yo, la que había dejado dentro de mí un agujero enorme. La había echado de menos cada día a pesar de no poder siquiera imaginarme el aspecto de su cara. Mientras estaba contemplándola, mi dicha era indescriptible.

Al mirarle el rostro sonriente, notaba lo mucho que me quería, cuánto le había gustado ser madre y lo mucho que disfrutaba estando conmigo. Le oía hablar con una voz suave y relajante, y el sonido de mi nombre al salir de sus labios era el más hermoso que yo hubiera oído jamás. Seguí derramando lágrimas, pues no había nada más salvo ese instante de pura felicidad. Sin embargo, era plenamente consciente de que se trataba solo de un recuerdo. ¡Oh, cuánto la echaba de menos!

A continuación volví a oír la voz del doctor Weiss: ya era hora de dejar atrás la escena. Sentí mucha pena, pero estaba dispuesta a hacer lo que él dijese. Sus delicadas palabras me alentaban y prometían que recordaría esas imágenes. El recuerdo había aflorado tras haber estado enterrado en

el subconsciente a gran profundidad y durante mucho tiempo. No me quedaba ninguna duda de que la imagen del rostro de mi madre jamás volvería a desvanecerse.

Me ordenó que volviera a cruzar la puerta que yo había creado en mi mente, y, al hacerlo, la escena de la cocina amarilla desapareció al instante. Me sentía extrañamente efervescente, como si estuviera cargada de energía eléctrica: aunque mi cuerpo era un objeto fláccido y casi inútil en la silla, jamás me había sentido tan absolutamente viva y alerta. De repente, apareció frente a mí una segunda puerta que se abrió. Tan pronto la hube cruzado, me llegó un fuerte olor, reconocible al punto como el de la brisa marina salada. Estoy cerca del mar, pensé, aunque era consciente del hecho de que, físicamente, me encontraba en una sala de reuniones. Tras recibir la instrucción de bajar la vista, vi unos pies desnudos y sucios. Mi ropa consistía en un saco de arpillera reconvertido en unos improvisados pantalones, atados a la cintura con una cuerda. Notaba el basto material en las piernas. Me miré las manos, y no me lo podía creer. Provistas de gruesos dedos, estaban mugrientas y llenas de callosidades. Pertenecían a un hombre que las utilizaba para realizar un trabajo duro. ¿De quién son estas manos?, pensé. La respuesta llegó con todas las garantías desde lo más profundo y se extendió por todo mi ser. Esas manos eran mías. Miré alrededor y enseguida vi los barcos. Me encontraba en un muelle de madera que rodeaba una especie de puerto marítimo y estaba descargando pesados barriles de los barcos, recién llegados del Nuevo Mundo. Apareció en mi cabeza el año 1689, surgido de la nada, al igual que el nombre de la ciudad portuaria: Barcelona. Aquellos barriles con los que yo forcejeaba contenían ron importado de América. El trabajo era físicamente duro, pero no me importaba demasiado ni sentía la necesidad de quejarme. No era una persona demasiado inteligente y quizá no sabía hacer otra cosa que esa labor extenuante.

Cuando el doctor Weiss me sacó de esa escena, me vi en una pequeña estructura de madera parecida a una cabaña: mi casa, de una sola habitación. Sin duda éramos muy pobres. En un extremo había una chimenea de piedra, sobre cuyo fuego se veía una gran olla negra de metal en la que se cocía algo de olor acre. En el suelo, junto a un rincón, había varios colchones de paja, y encima unas cuantas mantas de aspecto áspero. Enseguida noté varias presencias. Me volví y vi tres niños pequeños de pie, todos cubiertos de harapos. La conexión que sentí con ellos era tan palpable que casi me asfixiaba. No les veía los ojos, y las caras eran borrosas y estaban desenfocadas. No obstante, su familiaridad era innegable, y no me cupo ninguna duda de que eran hijos míos. Amaba con todo mi corazón a aquellas tres pequeñas almas a las que no había visto nunca.

Volví a mirar hacia la chimenea y vi a una mujer de aire agradable con un vestido largo. En la cabeza llevaba una gorra blanca, y estaba ocupada removiendo algo en la olla del fuego. Era mi esposa. Mientras la miraba, se me hizo en la garganta un nudo de añoranza y amor. Ella se volvió, y me sobresalté por momentos al ver que, a diferencia de los niños, los detalles de su rostro eran muy nítidos. Miré fijamente aquellos ojos de mujer, y el reconocimiento me envolvió al punto.

Era mi madre.

Casi sin dar crédito, la miré en mi imaginación. Tenía los mismos ojos e incluso las mismas mejillas sonrosadas que en esta vida. Pero, más que su aspecto, podía captar su energía. Esa amada esposa mía era la misma mujer que me había parido en esta vida. Lo sabía en lo más hondo de mi

ser. Mientras la contemplaba, notaba lo mucho que nos queríamos el uno al otro. Empecé a ver escenas de nuestra vida juntos, pasando sucesivamente al tiempo que pintaban un bello cuadro de una relación basada en la adoración mutua. Ella me recibía cada noche con una cálida sonrisa y un abrazo tras mi largo día de trabajo duro. Aunque éramos pobres, y aquello era una interminable lucha por sobrevivir, vivíamos muy felices. Ella aceptaba nuestra vida sencilla con todas sus dificultades. Esto es el amor verdadero, pensé. Tuve un breve pensamiento, comprendí de súbito que, en comparación, mi matrimonio actual era bastante mediocre. Esto es lo que quiero, me dije mientras me deleitaba en el amor perfecto, equilibrado y espiritual que tenía con esa mujer.

Encontrar amor verdadero es lo más importante que podemos hacer en la vida. Y cuando lo encontramos, hemos de darlo a cambio. La idea flotaba en mi cabeza, en una corriente que evocaba una canción. ¿Acabo de pensar esto?, me pregunté, pues había sido un mensaje mucho más atinado de lo que yo me creía capaz de elaborar. Tras avanzar unos años en el tiempo, me vi en la misma casa. Estaba de pie en aquel sucio suelo mientras se me clavaba una tristeza asfixiante como un cuchillo romo. Mi esposa yacía en uno de los colchones de paja del rincón, cubierta por una basta manta. Estaba muy enferma. Tenía la piel de un tono grisáceo, y su tos me sobresaltó hasta convertirse en una espiral descendente de pena y angustia. Hice todo lo posible para ayudarla, pero nuestra extrema pobreza excluía una verdadera atención médica. Ella iba a morir. Al captar eso, mi creciente espiral de pesar se ensombreció cuando reparé en lo furioso que estaba. Me veía arrastrado a un sufrimiento abrumador distinto de cualquier otra cosa que hubiera conocido. Mi rabia se mezcló con una tristeza inimaginable que luego fluyó fuera de mí, dejando atrás una desolación entumecida.

Estaba yo sentado en una silla, con la mirada perdida, encogido dentro de mis sombrías emociones. Mis tres hijos estaban ahí, acurrucados en el rincón. Alcanzaba a notar su miedo mientras se agarraban unos a otros y miraban a su madre moribunda. Sin hacer nada por consolar de ningún modo a mis hijos aún pequeños ni atenderlos en lo que, sin duda, era una experiencia dolorosa y aterradora, permanecí en mi asiento.

Al verme ahí sentado sin hacer caso de mis niños, empecé a sentirme disgustado por el modo en que abordaba el problema. ¿Por qué no los abrazo?, me preguntaba recordando lo mucho que los amaba. Esto no está bien; ellos me necesitan. Miré sus rostros y me sentí avergonzado. Volví a mirar el rincón donde se hallaba mi esposa, y vi que había muerto. Sus ojos miraban sin vida desde su cuerpo gris. No me moví de la silla para acercarme a ella ni consolar a los niños, que ahora estaban llorando. En lugar de ello, me limité a quedarme sentado mirando al vacío, como si el que estuviera sin vida fuera mi cuerpo, no el de mi amada esposa. En mi mente comenzaron a flotar imágenes que reflejaban los años inmediatamente posteriores a su muerte. Me volví amargado y retraído, estaba siempre abatido y solo. Perdí mi alegría y mi amor por la vida, y jamás recuperé esa parte de mí mismo. Mi trabajo, que antes me había dado igual, era ahora una pesadez. Me pasaba las noches sentado en la silla, con la mirada extraviada. Sentía una increíble soledad pese al hecho de tener todavía tres hijos que necesitaban más que nunca a alguien que se ocupara de ellos. Qué egoísta soy, pensé, mientras me invadía una sensación de remordimiento. Los amaba. ¿Por qué los desatendía?

Avancé hasta el último día de esa vida e inmediatamente noté una presión aplastante en el pecho. La sensación era tan intensa que tuve que recordarme dónde estaba, que era imposible que algo estuviera realmente aplastándome. Parecía tan real que hube de luchar contra el pánico que comenzaba a apoderarse de mí. Costaba respirar, y el pecho me subía y bajaba con gran esfuerzo. El aire olía de nuevo a mar; estaba otra vez en los muelles donde trabajaba. No estaba muy claro qué sucedía. De repente, me sentí más ligero. Aspiré, y el oxígeno me llenó los pulmones con mucha más facilidad. Había desaparecido la sensación de pesadez en el pecho, y entonces vi lo que pasaba, pues a mi alrededor ya no estaba oscuro. Yo estaba flotando por encima del cuerpo de ese hombre que había sido yo. Él yacía sin vida en el suelo, con algunos de aquellos barriles sobre el tronco. Le habían caído encima fortuitamente desde el barco; su pecho había quedado aplastado. Me sentí liviano como el aire mientras rondaba por encima de esa atroz escena de mi muerte. Me aturdía el contraste entre la pesadez sentida antes en ese cuerpo y la ingravidez total experimentada ahora. Era como si yo estuviera hecho de nada, aunque sabía que todavía era prácticamente lo que

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