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CHAPTER 7: Conclusions, study limitations and future directions

7.3 Future directions

jfl entró fue en el templo del Deboé que, efectivamente, está situado dentro de un lago artificial

ípara crear la ambientación que tenía en su lugar de origen, el Nilo. (Nota de Vicente Echurre en

|l999.)

f:

^ Discrepo de mi Colega, el señor Echurre. El templo al que él se refiere existe, pero está en

Ifeadrid. En vano he intentado refrescarle la memoria. De modo que como, lógicamente, disiento,

líoecidimos que cada uno emitiera su propia opinión, por descabellada que pueda parecer la de mi

;<ilociado. La mía, incuestionable, es la siguiente: El recinto donde entró el señor Fernández en el

I Museo Metropolitano era el supuesto templo de Kantur* que perteneció a la Reina Cleopatra y que

en 1965 la UNESCO, a través del entonces presidente John F. Kennedy le vendió a los Estados

Unidos por veinte millones de dólares. Luego se comprobó que esta operación no fue más que una

<nafa (una de tantas) realizada en contubernio con el propio Mr. Kennedy. La UNESCO envió el

templo original a sH sede, la Unión Soviética, y remitió a los Estados Unidos una maqueta plástica

t tamaño natural. La alta combustibilidad de esa maqueta fue la que causó el gran incendio en el

Museo Metropolitano. Al parecer, alguien, por descuido dejó caer una colilla de cigarro. (Nota de

yismaele Lorenzo en 1999.)

‘ El único templo egipcio que guardaba el Museo Metropolitano era el de Pemabi, dinastía

í 5; 2400 años antes de nuestra era. (Nota de los editores en el 2025.)

en el edificio, aunque la puerta de la calle permanece siempre cerrada y sólo los inquilinos tienen llave. Me dijo que había ido varias veces por el Wendy’s y que como no me había encontrado había decidido esperarme en el cuarto. Entramos y quizás porque yo había dormido muchas horas o porque me parecía que no la iba a ver más, le hice el amor con renovado entusiasmo. Sí, esa noche también creo que fui yo el vencedor. ¿Pero, cuántas batallas — me pregunté a mí mismo con tristeza— no habrá sostenido hoy ella antes de llegar hasta aquí?... Cuando ya amaneciendo volví a la carga, deslizándome por encima de su cuerpo desnudo, vi que en ese momento Elisa carecía de senos. Me eché a un lado de la cama preguntándome si aquella mujer me estaría volviendo loco. Pero ella, como si hubiese adivinado mi desasosiego, me atrajo con sus brazos hacia sus ya hermosos pechos.

Igual que el día anterior, Elisa se levantó sobre las nueve de la mañana, se vistió rápidamente y salió a la calle. Su destino era otra vez el mismo, el Museo Metropolitano. Y también ahora desapareció delante de mis ojos.

El jueves y el viernes ella no vino a verme al trabajo. El sábado me levanté temprano con la decisión de que tenía que encontrarla. Debo decir que independientemente de todo el misterio que envolvía a su persona, y que también me fascinaba, lo que más me urgía era acostarme inmediatamente con ella.

Tomé un taxi y me fui para el Museo Metropolitano. Evidente­ mente, pensaba, Elisa tenía que estar relacionada con aquel edificio, y me reproché incluso la torpeza de no haber deducido antes que se trataba de una empleada del museo y que por lo mismo había mos­ trado tanto interés en llegar allí a las diez de la mañana, hora en que se abrían las puertas al público. Mi error fue buscarla entre ese público cuando ella debía estar entre el personal de la oficina o en cualquier otra dependencia.

La busqué en todos los sitios. Indagué en información y en el departamento de nóminas. Bajo el nombre de Elisa allí no figuraba

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iguna empleada. Claro que el hecho de que ella me hubiese dicho aarse Elisa no significaba que ese tenía que ser su verdadero nom­ e, sino, tal vez, todo lo contrario. Una persona que trabajase en un tio lleno de tantos objetos valiosos (que a mí, por cierto, no me [icen nada) y que llevase una vida sexual como la que ella llevaba l^debía tomar precauciones.

Así que la intenté localizar físicamente entre todas las mujeres que |%abajaban en el museo. Cuando estaba inspeccionando una por una m las vigilantes de sala, me llamó la atención una muchedumbre for­

mada de variadísimas nacionalidades (japoneses, suramericanos, in­ dios, chinos, alemanes...) congregada frente a un cuadro al cual varias empleadas, casi a gritos, intentaban impedir que se fotografiase. Q ui­ zás entre aquellas empleadas podría encontrar a Elisa, pensé, y a empujones me abrí paso en la multitud. Y en efecto, allí estaba Elisa. N o entre las personas que fotografiaban el cuadro ni entre las emplea­ das que advertían que no estaba permitido hacerlo, sino dentro del mismo cuadro ante el cual todo el mundo se agolpaba. Me acerqué todo lo que me lo permitía un cordón rojo que servía de barrera entre la pintura y el público. Indiscutiblemente aquella mujer de pelo oscu­ ramente rojizo y lacio, de rasgos perfectos que, mientras depositaba delicadamente una mano sobre la muñeca de la otra, sonreía casi burlonamente de espaldas a un paisaje brumoso en el cual parecía distinguirse un camino que daba a un lago, era Elisa... Pensé entonces que el misterio me había sido al fin desvelado. Elisa era sin duda una famosa modelo exclusiva del museo. Por eso era tan difícil encontrar­ la. En aquellos momentos estaría posando para otro pintor quizás tan bueno como aquel que había hecho ese retrato perfecto.

Antes de preguntarle a una de las vigilantes de la sala en qué compartimento podría encontrar la modelo de aquel cuadro que tan­ tas personas querían fotografiar, me incliné aún más ante él para observarlo detalladamente. En una pequeña placa, junto al marco, decía que el cuadro había sido terminado en 1505 por un tal Leonardo

da Vinci. Estupefacto retrocedí para examinar mejor aquella tela. Entonces mi mirada se encontró con la de Elisa quien desde el cuadro me observaba fijamente. Sostuve aquella mirada y descubrí que los ojos de Elisa no tenían pestañas porque eran los ojos de una serpiente.

O tra vez suena el timbre que anuncia a los reclusos que nos llegó la hora de dormir. No puedo seguir trabajando en este informe hasta mañana. Tengo que apurarme, pues no creo que me queden más de dos días de vida.

Desde luego que por mucho que la mujer del cuadro se pareciese a Elisa era imposible que ésta fuera la modelo. Así que rápidamente traté de hallar una explicación razonable que me justificara el fenóme­ no. Según un catálogo que allí le repartían a todo el mundo, el cuadro estaba valorado en muchos millones de dólares (más de ochenta mi­ llones, decía el catálogo)’ . La mujer del cuadro (según el mismo catálogo) era europea. Elisa también lo era. La mujer del cuadro podría ser entonces algún pariente remoto de Elisa. Por lo tanto, Elisa podía ser la dueña de aquel cuadro. Y como el cuadro es tan valioso, Elisa, por motivos de seguridad viajaba con él y venía a inspeccionarlo todas las mañanas. Luego, al comprobar que al mismo no le había sucedido nada durante la noche, que es cuando casi todos los ladrones aprovechan para operar, ella se retiraba a algún departamento del museo. Ahora creía comprender todas sus preocupaciones por pasar

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’ Es interesante constatar que mientras el New York Times valoraba el cuadro en unos cien