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Future perspectives 1 Fibre classification

the faeces of alginate-fed pigs

Chapter 7 General discussion

7.4. Future perspectives 1 Fibre classification

En nuestras reflexiones sobre acción, poder y elección, examinamos algunos asuntos que conforman nuestras vidas cotidianas y las decisiones que enfrentamos rutinariamente en nuestra interacción con otros. Muchas de estas interacciones están moldeadas por las ideas de don e intercambio, y dan forma y contenido a nuestras vidas En este capítulo continuaremos nuestra recorrida por los desafíos, elecciones y restricciones que enfrentamos diariamente examinando los factores que rodean e inspiran esas transacciones.

L

O PERSONAL Y LO IMPERSONAL: EL DON Y EL INTERCAMBIO

Para algunos la deuda es un visitante ocasional para el que es posible buscar remedio sin alterar demasiado los aspectos materiales y simbólicos que constituyen las rutinas y excepciones que conforman el estilo de vida. Para otros, la deuda es un rasgo rutinario de la vida que exige una atención diaria para cumplir con las obligaciones con los hijos, la familia y los amigos. No es un visitante, sino un huésped permanente que requiere atención y actividad constantes para contrarrestar sus peores efectos. Pensemos en el escenario que describimos a continuación.

Los avisos de deuda inundan los lugares donde vivimos (no usamos aquí el término «hogar» porque significa alguna forma de permanencia y seguridad). Los sorteamos y priorizamos lo mejor que podemos. Finalmente, algunos pueden ser urgentes porque los acreedores amenazan con quedarse con un mueble o alguna otra posesión valiosa para recuperar algo de la deuda. ¿Qué se puede hacer? Podemos ir a casa de un pariente cercano y pedirle un préstamo, si es que tiene recursos para ayudarnos. Podemos explicar la situación y prometer pagar en cuanto mejoren las cosas. Es posible que proteste un poco y nos hable de las virtudes de la previsión, la prudencia y la planificación y de no vivir" por encima de nuestras posibilidades, pero, si puede, probablemente abra el bolsillo.

Tenemos otra opción. Podemos ir a ver al gerente de un banco o una agencia de préstamos. Sin embargo, ¿se interesarían ellos por lo que estamos sufriendo como resultado de nuestra situación? ¿Les importaría? Las únicas preguntas que nos harían estarían referidas a qué podemos ofrecer para asegurar que el préstamo se pagará. Harían preguntas acerca de nuestros ingresos y nuestros gastos, para asegurar se de

que vamos a poder pagar las cuotas y los intereses. Nos hará falta documentación de apoyo y, si los satisfacemos y piensan que no somos un riesgo excesivo y que es probable que devolvamos el dinero del préstamo —más los intereses que les aseguran buenos beneficios—, entonces puede ser que nos presten la plata.

Dependiendo de a quién nos dirigimos o dónde vamos para resolver nuestro problema financiero, podemos esperar dos tipos muy diferentes de trato. Diferentes series de preguntas relacionadas con diferentes concepciones sobre nuestro derecho a recibir ayuda. Nuestro pariente cercano puede no preguntar acerca de asuntos relacionados con la solvencia, ya que el préstamo no es una elección entre un buen y un mal negocio. Lo que importa es que estamos pasando por una necesidad y, por lo tanto, pedimos ayuda. El lugar que ocupa en la organización un gerente de banco, en cambio, no le permite interesarse por esos asuntos: simplemente querrá saber si el préstamo puede ser una transacción comercial sensata y ventajosa. De ningún modo hay una obligación, moral ni de otro tipo, de prestarnos la plata.

Vemos que las interacciones humanas se ven influidas por dos principios: intercambio equivalente y don. En el primer caso, el interés propio es la regla suprema Aunque la persona que necesita el préstamo sea reconocida como una persona autónoma con sus derechos y necesidades legítimas, estas necesidades y estos derechos son secundarios respecto de la satisfacción de los intereses del potencial prestador o de la organización que representa. Por sobre todo, el prestador se guía por preocupaciones técnicas vinculadas con los riesgos implicados en efectuar el préstamo, cuánto se devolverá y qué beneficios materiales se derivan de la transacción. Estos serán los asuntos que se tratarán en la entrevista previa para evaluar la viabilidad y establecer un orden de preferencia entre elecciones alternativas. Las partes de estas interacciones regatearán acerca del significado de lo equivalente y desplegarán todos los recursos que tengan a mano para obtener el acuerdo más beneficioso y, de ese modo, inclinar la transacción a su favor.

Como reconoció el antropólogo francés Marcel Mauss en los años 1920, la idea del don es otro asunto. En este caso una obligación motiva el intercambio de dones en términos de las necesidades y deseos de los otros. Estos dones tienen un valor simbólico para el grupo al que pertenecen las partes en interacción y tienen lugar dentro de sistemas de creencias en los que se aprecia la reciprocidad. De esa manera, en el acto de dar, también estamos dando algo de nosotros mismos, y esto se coloca por encima de los cálculos instrumentales que conforman la impersonalidad de la relación de intercambio equivalente. Las recompensas, aunque finalmente lleguen, no son un factor en el cálculo de la conveniencia de la acción. Los bienes se regalan y los servicios se proporcionan simplemente porque la otra persona los necesita y, por ser persona, tiene derecho a que se respeten sus necesidades. La idea de «don» es común a una amplia gama de actos que difieren en su pureza. Un don «puro» es, se diría, un concepto liminar, una especie de punto de referencia contra el que se miden todos los casos concretos. Esos casos concretos se apartan del

ideal en diversos grados. En la forma más pura, el don será totalmente desinteresado y ofrecido sin tomar en cuenta la calidad de quien lo recibe. Desinteresado significa que no tendrá ninguna remuneración a cambio, de ningún tipo. Juzgado desde los estándares ordinarios de propiedad e intercambio, el don puro es pérdida pura. Después de todo, sólo es ganancia en términos morales y esta es una base para la acción que su lógica no puede reconocer.

El valor moral del don no se mide por el precio de mercado de bienes y servicios, sino precisamente por la pérdida subjetiva que supone para el donante. La indiferencia sobre la cualidad del que recibe significa que la única calificación que se tiene en cuenta cuando se ofrece el don es que el que lo recibe pertenezca a la categoría de persona necesitada. Por esta razón, la generosidad hacia los miembros de la propia familia o los amigos cercanos, de lo que ya hemos hablado, no cumple en realidad con los requisitos del puro don: coloca aparte a los receptores del don como personas especiales que merecen un tratamiento especial. Si son especiales, entonces los receptores tienen el derecho de esperar esa generosidad de aquellos a quienes están ligados por una red de relaciones especiales. En su forma pura, el don se ofrece a cualquiera que lo necesite, simplemente porque lo necesita. El don puro es, pues, el reconocimiento de la humanidad del otro. Además, los dones puros son anónimos y no se encuentran asignados a ninguna división particular del mapa cognitivo del donante.

Como se dijo, los dones le ofrecen al donante esa esquiva y sin embargo profundamente gratificante recompensa de satisfacción moral en la que el acto de dar es también un acto de dar algo de sí mismo: es decir, la experiencia de desprendimiento, de autosacrificio por el bien de otro ser humano En agudo contraste con el contexto de intercambio o búsqueda de ganancia, la satisfacción moral crece proporcionalmente con el esfuerzo del autosacrificio y la pérdida resultante. El filósofo, crítico social y analista de política social Richard Titniuss reflexionó, por ejemplo, acerca del contexto británico de donación de sangre al Servicio Nacional de Salud a cambio de nada, sólo por motivos altruistas. Señaló que la donación de la sangre tenía atributos que la distinguían de otras formas de donación y que era «un acto voluntario, altruista». Reemplazar ese altruismo con un sistema que legitima tal donación como bien de consumo, sostiene, socavaría su base fundamental, que se relaciona con los valores que se les otorga a los extraños y no con lo que la gente espera obtener de la sociedad.

Las investigaciones realizadas sobre la conducta humana en condiciones extremas —guerra y ocupación extranjera— mostraron que los casos más heroicos de donación, en términos de sacrificio de la propia vida para salvar a otro cuya vida está amenazada, pertenecían por lo general a personas cuyos motivos estaban muy cerca del ideal del don puro. Sencillamente consideraban que ayudar a otros seres humanos era, pura y simplemente, su obligación moral y que no necesitaba más justificación, ya que es natural, evidente y elemental. Uno de los hallazgos más notables de esta

investigación es que los más generosos entre esos voluntarios encontraban difícil entender el heroísmo único de sus propias acciones. Tendían a disminuir el coraje que exigía esa conducta y la virtud moral que demostraba.

Los dos tipos de tratamiento, examinados al comienzo del capitulo, ofrecen un ejemplo de las manifestaciones cotidianas de la elección don / intercambio. Como una primera aproximación, podemos llamar a la relación con el pariente personal, y a la relación con el gerente del banco, impersonal. Lo que sucede en el marco de una relación personal depende casi enteramente de la cualidad de los miembros de la interacción, y no de su desempeño. En una relación impersonal, no es este el caso. Es sólo el desempeño lo que cuenta, no la cualidad. No importa lo que la gente es, sólo qué es lo que probablemente hará. La parte que está en posición de hacer el préstamo se interesará en los antecedentes del que pretende recibirlo como una base para juzgar la probabilidad del futuro comportamiento, todo bajo los términos y condiciones de un acuerdo formal.

Un sociólogo estadounidense muy influyente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Talcott Parsons, consideraba la oposición entre cualidad y desempeño como una de las cuatro principales oposiciones entre los patrones concebibles de las relaciones humanas, a los que llamaba «variables patrón» (pattern variables). Un segundo par de opciones opuestas entre las que elegir es la de «universalismo» y «particularismo». En una situación de donación, las personas no se ven como una categoría, sino como un individuo particular necesitado. Con el gerente del banco, en cambio, un cliente es simplemente un miembro de la amplia categoría de solicitantes de préstamo, pasados, presentes y futuros. Habiendo tratado con tantos «como los demás», el gerente de banco catalogará a la persona sobre la base de criterios generales que se aplicaron en casos semejantes. El resultado del caso, pues, depende de la aplicación de reglas generales a casos particulares.

La tercera variable patrón también plantea dos casos en oposición. La relación con el miembro de la familia es «difusa», en tanto la relación con el gerente del banco es «específica». La generosidad del pariente no fue simplemente un capricho; no se trató de una actitud improvisada específicamente por la angustia que se transmitió durante la conversación. Su predisposición hacia la persona necesitada se derrama sobre todo lo concerniente a la vida de esa persona. Hay una voluntad de ayudar en este caso particular porque en general se está bien predispuesto hacia la persona e interesado en todos los aspectos de su vida. La conducta del gerente del banco no se amolda a la aplicación específica, y sus reacciones a la solicitud, así como su decisión final, se basarán en los hechos del caso, y no tomarán en cuenta otros aspectos de la vida de la persona. De acuerdo con la lógica de la situación, aquellas cosas importantes para el solicitante son, desde el punto de vista del gerente del banco como persona a cargo de otorgar o no préstamos en esa organización, irrelevantes a la solicitud, y por lo tanto no se tendrán en cuenta.

subyace en los otros tres. Es la oposición «afectividad» y «neutralidad afectiva». Algunas interacciones están imbuidas de emociones —compasión, simpatía o amor —, en tanto otras están desprovistas de emociones, son no emocionales. Las relaciones impersonales no despiertan en los actores otro sentimiento que una apasionada urgencia por completar una transacción exitosa. Los actores mismos no son objeto de emociones en términos de producir agrado o desagrado. Si resultan negociadores muy duros, o si tratan de engañar, mentir o escabullir el compromiso, algo de la impaciencia que suscita el progreso injustificadamente lento de la transacción terminará por deteriorar nuestra actitud para con él, o bien por el contrario podemos verlo como alguien con quien «dio gusto hacer negocios». En general, sin embargo, se puede decir que las emociones no se consideran una parte indispensable de las interacciones impersonales, y que en cambio son los factores que hacen plausible la interacción personal.

En el caso del préstamo del pariente cercano, es probable que las partes sientan empatía una con la otra y compartan el sentimiento de pertenecer, en el cual cada persona se pone en el lugar de la otra para comprender su posición. La psicoanalista estadounidense Carole Gilligan identificaba lo que llamó una tendencia por parte de las mujeres a adoptar una «ética de cuidado» (no dejaba a los hombres fuera de esa predisposición), según la cual hay un interés por los demás, y el interés por uno mismo es considerado «egoísta». Se trata de una ética de una responsabilidad en la que las partes no se consideran autónomas en términos de estar gobernadas por reglas abstractas, sino «conectadas» con los otros en relaciones vinculares. No es este el caso con el gerente del banco, por cierto. Una persona que viene en busca de un préstamo puede evitar enojar al prestador o incluso puede halagarlo, pero cualquier otro interés en él se consideraría como una interferencia en el juicio, ya que lo distraería del cálculo de riesgo en términos de ganancias y pérdidas.

Tal vez la distinción más crucial entre contextos de interacción personales e impersonales radique en los factores con los que cuentan los actores para llevar su acción a buen puerto. Todos dependemos de las acciones de mucha gente de la que probablemente sabemos muy poco. Con tan poco conocimiento del tipo de personas con la que estamos tratando, una transacción sería imposible, a no ser por la oportunidad de entablar una relación impersonal. En condiciones de conocimiento personal limitado, recurrir a las regias parece ser el único modo de hacer posible la comunicación. Imaginemos la inmensa e inmanejable cantidad de conocimiento que nos haría falta si todas nuestras transacciones con los demás se basaran exclusivamente en un estudio cuidadoso de sus cualidades personales. La alternativa, mucho más realista, es aferrarse a unas pocas reglas generales que guían el intercambio. Esta es una de las justificaciones para la existencia del mecanismo de mercado que gobierna una parte tan importante de nuestras vidas. Sin embargo, en esto se halla implicada la confianza de que la otra parte de la interacción respetará las mismas reglas.

Muchas cosas en la vida están organizadas de manera de permitir a las partes interactuar sin información personal, o con muy poca información personal de cada uno. Para muchos de nosotros seria casi imposible, por ejemplo, evaluar anticipadamente la capacidad y la dedicación del médico al que podemos recurrir en caso de enfermedad. Ese profesionalismo que buscamos no se refiere sólo al conocimiento y la idoneidad, tal como la certifican los organismos correspondientes luego de largos periodos de entrenamiento y muchos exámenes: es también un asunto de confianza. A menudo no tenemos más elección que someter nos al cuidado de esa persona, y esperamos recibir, a cambio, el cuidado que nuestra situación demanda. En este caso, y en casos semejantes, otras personas, desconocidas para nosotros, se hicieron cargo de avalar la idoneidad de las personas con las que tratamos y de otorgarles las credenciales. Al hacerlo, y sosteniendo los estándares en términos de ética profesional, hacen posible que nosotros aceptemos los servicios de esas personas con confianza Anthony Giddens, junto con los sociólogos alemanes Ulrich Beck y Niklas Luhmann, se ocupó de examinar las relaciones entre confianza y riesgo. Anthony Giddens define riesgo como una «creencia en la fiabilidad de una persona o un sistema», en cuanto a determinados acontecimientos o resultados, «cuando dicha confianza expresa una fe en la probidad o en el amor del otro, o en la corrección de principios abstractos (conocimiento técnico)».

La necesidad de relaciones personales se vuelve tan aguda y punzante precisamente porque tantas de nuestras transacciones se realizan en un contexto impersonal. La confianza es una relación social que, si se halla demasiado sujeta a la impersonalidad y la mercantilización del mercado —que se considera a menudo como el epitome de la impersonalidad— terminará socavada. No es sorprendente, por lo tanto, que, cada uno a su manera, el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, el analista social estadounidense Francis Fukuyama y el financista y filántropo húngaro George Soros hayan señalado todos que el éxito de tal mecanismo depende de una base cultural de comunidad y compromiso. Si se lo deja funcionar sin controles, por lo tanto, el mercado tendería a minar la base sobre la que se apoya su existencia.

Hemos observado a menudo que, cuanto más dependemos de gente de la que no tenemos sino un conocimiento vago y superficial, y cuanto más casuales y fugaces son nuestros encuentros, tanto mayor es nuestra tendencia a expandir el reino de las relaciones personales, introduciendo por la fuerza expectativas que corresponden sólo a transacciones personales en transacciones que funcionan mejor de manera impersonal. El resentimiento por la indiferencia de un mundo impersonal es sentido probablemente con más fuerza por los que se mueven, por así decir, entre dos mundos. Gente joven, por ejemplo, que está por abandonar el mundo relativamente solidario de la familia y los compañeros y se enfrenta al ingreso al mundo emocionalmente frío del empleo y la práctica ocupacional.

descorazonador donde las personas parecen servir sólo como medios para fines que tienen escasa relación con las propias necesidades y la propia felicidad. Algunos fugitivos tratan de establecer pequeños enclaves como comunas cerradas y autocontenidas, dentro de las cuales sólo se permiten las relaciones personales. Esos intentos, no obstante, pueden conducir al desencanto y la amargura. Resulta que el incesante esfuerzo que exige sostener una alta intensidad de sentimientos por un periodo largo de tiempo, y absorber las frustraciones que surgen de los constantes choques entre los afectos y las consideraciones de eficacia, puede generar aun más desdicha que la provocada por la indiferencia.

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N BUSCA DE NOSOTROS MISMOS:

AMOR, INTIMIDAD, CUIDADO Y MERCANCÍAS

Aunque el contexto personal no pueda dar cabida a todo el trajín de la vida, sigue siendo un ingrediente indispensable. Cuanto más ancha y menos penetrable sea la red de dependencias impersonales en la que estamos enredados, tanto más intenso será nuestro deseo de alcanzar relaciones «profundas y saludables». Si tenemos un trabajo,