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Se ha dicho que el concepto de raza asume diferentes significados, no sólo respecto del hombre y de una especie animal, sino también respecto de varios tipos humanos. Así pues nosotros debemos poner una prime­

ra, fundamental distinción, la que existe entre “razas de naturaleza” y razas en el sentido mas alto, humano y espiritual. Y desde el punto

de vista metodológico es necesario convencerse de que es absurdo considerar al racismo como una disciplina en sí, en vez de que en estrecha depen­ dencia de una teoría del ser humano. Del modo como es concebido el ser humano depende también el carácter de la doctrina de la raza. Si es un modo materialista se transmitirá este materialismo también al mismo concep­ to de raza; si es espiritualista, también la doctrina de la raza será espiritualista, porque, aun cuando considere lo que en el ser humano es material y con­ dicionado por la leyes de la materia, ella no olvidará nunca el lugar jerárquico y la dependencia funcional que esta parte posee dentro del conjunto del ser humano. El hecho de que la presunta “objetividad” de las búsquedas conducidas “científicamente”, con exclusión manifiesta de los problemas “metafísicos”, lejos de no tener, como ellas pretenden, presupuestos, están, muchas veces sin darse cuenta, inficcionadas por los de la concepción materialista y profana del mundo y del hombre propia del positivismo y del darwinismo del pasado siglo, genera en algunas exposiciones racis­ tas ciertas unilateralidades y deformaciones de las cuales el adversario busca naturalmente extraer todo el provecho posible.

De parte nuestra, puesto que nosotros queremos esclarecer la doctrina de la raza desde el punto de vista tradicional, como premisa asumiremos naturalmente la concepción tradicional del ser humano, según la cual el hombre, en cuanto tal, no se reduce a determinismos puramente biológicos, instintivos, hereditarios, naturalistas: si todo ello tiene un papel, que es dejado a un lado por un espiritualismo sospechoso, y exagerado por un miope positivismo, sin embargo, es un hecho que el hombre se distingue del animal en cuanto participa de un elemento sobrenatural, suprabiológico, tan sólo

en función del cual él puede ser libre en sí mismo. Entre el uno y el otro, como elemento, en una cierta manera intermedio, se encuentra el alma.

La distinción en el ser humano de tres principios diferentes, de cuerpo, alma y espíritu, es fundamental para la concepción tradicional. En manera

más o menos completa la misma se reencuentra en las enseñanzas de todas las antiguas tradiciones, y ella se ha continuado en el mismo Medioevo; la concepción aristotélica y escolástica de las “tres almas”, vegetativa, sensitiva e intelectual, la trinidad helénica de soma,psyché y m u s, la romana de mens, anima y corpus, la indo-aria de sthüla-, ling- y kârana-çarira, y así sucesivam ente, son otras tantas expresiones equivalentes. Y es importante subrayar que esta concepción no debe ser considerada como una interpretación particular “filosófica” entre tantas, sino como un sa­ ber objetivo e impersonal relativo a la naturaleza misma de las cosas.

Para una cierta precisión de los tres conceptos puede mencionarse que el “espíritu”, en la concepción tradicional, ha significado siempre algo suprarracional y supraindividual; el mismo no tiene nada que ver con el común intelecto y aun menos con el pálido mundo de los “pensadores” y de los “literatos”; es más bien el elemento sobre el que se apoya toda ascesis viril y toda elevación heroica, todo esfuerzo por realizar en la vida lo que es “más que vida”. En la antigüedad clásica, el “espíritu”, como nous o animus, fue opuesto al “alma”, así como el principio masculino lo estaba respecto del femenino, el elemento solar del lunar. El alma pertenece ya más al mundo del devenir que al del ser, ella está vinculada a la fuerza vital así como a cada facultad perceptiva y a cada pasionalidad. Con sus ramificaciones inconscientes ella establece la vinculación entre espíritu y cuerpo. La expresión indo-aria utilizada para un determinado aspecto de la misma -linga-çartra- al tener su correspondencia en la del “cuerpo sutil” de algunas escuelas occidentales, designa en verdad al conjunto de las fuerzas formativas, más que corpóreas y menos que espirituales, en acto en el organismo físico en donde se forman los elementos adquiridos de nuevas herencias. En manera analógica, la tríada humana espíritu-alma- cuerpo corresponde a la cósmica sol-luna-tierra.

Partiendo de tal concepción, se debe reconocer que la desigualdad del género humano no es sólo física, biológica o antropológica, sino también psíquica y espiritual. Los hombres son diferentes no sólo en el cuerpo, sino también en el alma y en el espíritu. En conformidad con ello, la doctri­ na de la raza debe articularse en tres grados. El problema racial debe ser puesto para cada uno de los tres elementos. La consideración racista del

hombre como cuerpo, como ente puramente natural y biológico, es la tarea propia de la doctrina de la raza de primer grado. Le sigue la considera­ ción del hombre en tanto él es alma, es decir el estudio de la raza del alma. Como coronación, se tendrá una doctrina de la raza del tercer grado, es decir el estudio racial del hombre en cuanto él es, no sólo cuerpo o alma, sino, además, espíritu. Tan sólo entonces la doctrina de la raza estará completa y será muy fácil superar las diferentes confusiones y rechazar los ataques que, aprovechando las mencionadas unilateralidades materialistas en las cuales a veces el mismo cae, se mueven contra el racismo de parte de un espiritualismo sospechoso y liberalizante.

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