Como ya se dijo anteriormente, el ser humano es radical y comple- tamente hijo: ser hombre es ser hijo, porque «el hombre se define como hijo»150. El hijo es aquel que nace, ya que es originado, no es origen; y ade-
más en el caso del hombre nace débil, prematuro, suele decir Polo en algu- nas ocasiones: «El hombre es un ser que nace, y que su condición al nacer es la de un ser muy frágil»151.
El hijo nace de unos progenitores, por lo que propiamente, tendría- mos que decir que más que ser hijos, somos «hijos de». El nacer nos vincu- la al origen. Los seres humanos tenemos conciencia de esa relación con el origen y esta conciencia de filiación es exclusiva del ser humano, en el conjunto del mundo natural: «En esto nos distinguimos de los animales y vegetales. También ellos proceden de un ser, o de una semilla, pero ningu-
148. NAVAL, C. y ALTAREJOS, F., Filosofía de la Educación, pp. 48-49. 149. Ibid., p. 49.
150. Ayudar a crecer, p.42. 151. Ibidem.
no de ellos tiene conciencia de esa relación de origen, que se vincula con algo anterior, con aquello de lo cual procede su realidad. La conciencia de filiación es exclusiva del ser humano»152. Los animales al no poseer inteli-
gencia, no tienen espíritu y por tanto carecen de la conciencia de sí mis- mos: «darse cuenta de su filiación es una característica del ser humano»153,
no es una característica de los seres irracionales.
La consideración del ser humano como hijo, como nacido, nos lleva a la pregunta, ¿quién ha hecho posible nuestro nacimiento?, es decir, ¿quién es nuestro origen? La respuesta más evidente es que somos engredados por nuestros padres. Ahora bien, el alma por ser espiritual no la hemos podido recibir de nuestros progenitores sino de Dios: «la persona humana no proce- de de sus padres, sino que es creada directamente por Dios (esta tesis se suele referir al alma, pero con más razón es válida para la persona)»154. Hay
una intervención divina que es creadora; somos, por lo tanto, de un modo completo hijos: lo que somos depende de nuestro origen. «Así tenemos que
desde el inicio de su existencia el ser humano ya está vinculado a Dios. Es
hijo de una manera plena, y por serlo no basta con los padres humanos, hace falta una intervención divina, que de entrada es creadora»155.
Por nacer débil el ser humano necesita ayuda para crecer, para de- sarrollarse, para mejorar, en definitiva: para perfeccionarse. Esta ayuda es la que proporciona la docencia y a esta labor es a lo que propiamente lla- mamos educación. «Quizá la mejor definición de la educación sea la que dio uno de los grandes pedagogos españoles, Tomás Alvira: Educar es ayu- dar a crecer (...), alude directamente a un implícito sumamente importante, a saber, que el ser humano es capaz de crecer»156.
El ser humano es hijo y no pierde nunca esta condición, no existe la condición de ex-hijo. «El ser humano es hijo y lo es de tal manera que, como observa Polaino, no tiene sentido decir que llega un momento en que el hombre deja de ser hijo»157. Así como todo hombre no es padre, siempre
todo hombre es hijo. Se puede dejar de ser padre, pero no se puede aniquilar en la persona su carácter filial: «De aquí que, como decíamos, los primeros padres humanos, Adán y Eva, sean creados directamente por Dios, ya que esta cuestión no puede resolverse acudiendo a un proceso al infinito»158.
Tuvo que existir una primera pareja, a partir de la cual siguiesen las demás, si no hubo primera tampoco segunda, ni tercera... El proceso no puede prolongarse hasta el infinito porque el infinito nunca llega. Pero en
152. Ibidem. 153. Ibidem. 154. Antropología, I, p. 90. 155. Ayudar a crecer, p. 42. 156. Ibid., p. 41. 157. Ibid., p. 44. 158. Ibidem.
este caso si ha llegado, ya que hay seres humanos, luego el proceso tiene término, es finito. «La condición de padre no siempre se hereda, pero la de hijo, sí; pues los propios padres que generan son a su vez hijos de otros pa- dres. Y no es un proceso abierto al infinito»159. La primera pareja no se ha
podido engendrar a sí misma, por lo que Dios ha sido la causa de ésta.
2. LA CRISIS: RENUNCIA A LA FILIACIÓN
«Sin embargo, se puede decir que en nuestros días el hombre no
quiere ser hijo. La conciencia de filiación se ha debilitado, e incluso el
hombre se ha rebelado contra su condición de hijo, porque quiere debérse- lo todo a sí mismo»160. Nos encontramos en un tiempo en el que la socie-
dad proclama una declaración de independencia de la persona. Se piensa que «ser hijo de» o «proceder de» limita a la persona, ya que impide llegar a ser adulto y madurar como individuo, situándole en una niñez permanen- te, que impide que se desarrolle como ser humano. Esta ruptura con «el pa- sado» ha sumido al hombre en una profunda crisis de identidad, crisis de la que participa la educación en casi todas sus dimensiones. La pérdida de la noción de filiación desemboca en una pérdida de identidad de la persona, al no aceptarse como quien realmente se es, esto es: hijo.
Esto en el ámbito educativo, se traslada a la consideración de la auto- ridad de los padres y profesores. La autoridad es un buen termómetro para saber cómo está la relación padre-hijo, profesor-alumno; el respeto a la auto- ridad paterna o docente se ha visto debilitada a lo largo de los últimos años. Las causas son diversas, pero entre ellas y de manera importante se encuen- tra la identificación entre madurez e independencia. Independendizarse, se piensa, es un objetivo positivo. No sujetarse a la autoridad del padre o del profesor está en la misma línea de pensamiento. Por eso, se trata de una cri- sis de identidad. Si ser independiente consiste en no ser hijo, entonces cuan- do se alcanza realmente la independencia ya no se sabe quién soy.
Pero esta crisis de identidad se muestra también en la falta de cono- cimiento de la tarea que debe ocupar al docente. Nos encontramos con que los padres y profesores no saben cómo actuar con sus hijos o alumnos, puesto que la obediencia que antes les profesaban se ha perdido.
Si hipotéticamente pasáramos una encuesta a los profesores europe- os sobre que significa educar, nos encontraríamos con una gran diversidad de opiniones, algunas de ellas hasta contradictorias. Esta perdida del sentido del quehacer educativo, hemos de enmarcarla en la pérdida del conocimien- to básico sobre qué es el ser humano, o mejor, sobre quién es la persona.
159. ALTAREJOS, F., «Estudio introductorio. Leonardo Polo: pensar la educación», Ayudar a crecer, p. 23.