4. Conclusion and Future work
4.2. Future Work
Desde el principio se puede observar la voluntad de Fray Bernardino de comprender y de estudiar a fondo las tradiciones de las poblaciones conquistadas, para que el conocimiento del folclore mexicano pueda ser un punto de partida favorable para imponer el cristianismo. Es interesante ver cómo el autor en el prólogo afirma que “el médico no puede acertadamente aplicar las medecinas al enfermo sin que primero conozca de qué humos o de qué causa procede la enfermedad” (Sahagún, 2001: 49), subrayando la importancia fundamental que para él tenía el conocimiento y la comprensión de las tradiciones de los colonizados para introducir con mayor eficacia el verbo cristiano. Parece oportuno centrarse, además, en cómo fray Bernardino define la religión y la sociedad azteca, comparándola a una “enfermedad” (Sahagún, 2001: 49) que tiene que ser curada lo más antes posible por la supuestamente positiva Palabra de un Dios occidental. De hecho, él considera a los misioneros como “médicos [...] de las ánimas” (Sahagún, 2001: 49) y que por esto es necesario que ellos tengan “esperitia de las medicinas y de las enfermedades espirituales” (Sahagún, 2001: 49) de manera que sea más fácil “adereçar contra ellos [los colonos] su doctrina, y [...] entender lo que dixeren” (Sahagún, 2001: 49). Es emblemático fijarse en la convicción de superioridad que el misionero, así como todos los colonizadores, tenía frente a las poblaciones conquistadas. El escritor Luis Barjau se centra en el hecho de que considerar a la religión
31 azteca una enfermedad fue una manera de “negar la religiosidad de un pueblo” (Barjau, s.f.: 17) y afirma que este proceso tuvo dos consecuencias: la destrucción de las estructuras psicológicas de la fe por un lado, y el sometimiento de los aztecas a los españoles, “portadores de una religiosidad superior” (Barjau, s.f.: 18), por otro. El autor mexicano considera estos dos elementos “la piedra angular de la colonización espiritual de México” (Barjau, s.f: 18), dado que fue gracias a la imposición del catolicismo que los occidentales pudieron aniquilar las costrumbres y las tradiciones indígenas, implantando un nuevo sistema social basado en la asumida superioridad de los conquistadores.
Además, fray Bernardino se fija en los pecados cometidos por los aztecas - juzgados más graves que los pecados de los católicos, que consistían esencialmente en “borrachera, hurto y carnalidad” (Sahagún, 2001: 49) y que son “los pecados de la idolatría y ritos idolátricos” (Sahagún, 2001: 49) que seguían existiendo en 1558, año en el que Sahagún empezó a escribir la Historia general de las cosas de la Nueva España (Sahagún, 2001: 13), casi setenta años después de la conquista de América. Es interesante ver cómo Juan Carlos Temprano, curador de la edición de referencia, afirma en la introducción que Sahagún, a diferencia de los misioneros que lo habían precedido, después de su llegada a México en 1529, empezó a tener algunas dudas sobre el “optimismo expresado por sus hermanos de orden [...] en cuanto a la conversión de los habitantes de la Nueva España” (Sahagún, 2001: 8). De hecho, como subraya Temprano, en su Arte adivinatoria fray Bernardino afirma que sus compañeros misioneros estaban convencidos de que “no había necesidad ninguna de predicar contra la idolatría, porque la tenían dehada ellos muy de veras” (Sahagún, 2001: 9), porque se había dado cuenta de que el cristianismo era en realidad una apariencia a la que “se inclinaron con facilidad [...] pero no para que dejasen los [dioses] suyos antiguos” (Sahagún, 2001: 9).
32 Es Sahagún mismo que en el prólogo a su obra subraya que los indígenas “en nuestra presencia hazen muchas cosas idolátricas sin que lo entendamos” (Sahagún, 2001: 49) y que los demás misioneros calificaban esos ritos como “boverías o niñerías por ignorar la raíz de donde salen: que es mera idolatría” (Sahagún, 2001: 49). De todo esto se puede ver la idea general que los misioneros cristianos tenían frente a la cultura y las tradiciones indígenas: un conjunto de costumbres idolátricas engendradas por el demonio, una enfermedad galopante que solo el cristianismo podía curar. Sahagún insiste en la religión y en los ritos de los aztecas, explicando que nunca había visto “en el mundo idólatras tan reverenciadores de sus dioses [...] como estos de esta Nueva España” (Sahagún, 2001: 49). Lo que Sahagún explicita es la convicción por la que los dioses aztecas eran en realidad productos del demonio, y que, como afirma Barjau, “según el fraile, [...] Jéhova [...] había reservado [el Nuevo Mundo] para España” (Barjau, s.f: 19-20).
Igualmente, en el Prólogo, Sahagún subraya que sobre la gente mexicana cayó una maldición divina similar a la “que Jeremías de parte de Dios fulminó contra Judea y Jerusalem, diciendo [...]: [...] yo traeré contra vosotros una gente muy de lexos [...]. Esta gente os destruirá a vosotros y a vuestras mugeres y hijos y todo cuanto posseéis” (Sahagún, 2001: 51). Es emblemático ver el interés del autor por crear un lazo entre la llegada de los españoles a Sudamérica y el castigo de Dios contra los idólatras infieles indígenas. Fray Bernardino no logra explicarse porque “haya Nuestro Señor Dios tantos siglos ocultada una silva de tantas gentes idólatras, cuyos frutos ubérrimos solo el demonio los ha cogido” (Sahagún, 2001: 52), involucrado en la convicción por la cual los que veneran a otras divinidades tienen que ser castigados por parte del único Dios verdadero, el de los cristianos.
De todas formas, fray Bernardino admite que, no obstante todos los considerasen bárbaros, tenían un sistema de control de la criminalidad (llamado “policía” por el autor) que echaba “el pie delante a muchas otras naciones que tienen gran presunción de políticos”
33 (Sahagún, 2001: 51-52). A pesar de todo, parece oportuno admitir que Sahagún intentó ser un historiador objetivo, y quiso serlo en el mejor de los modos (de hecho, describe el poder de ciudades como Tulla que existieron ya quinientos años antes de la llegada de Cristo). Merece la pena focalizarse en la objetividad del autor, que subraya muchas veces la gran organización social y las competencias intelectuales y sociales que los aztecas habían demostrado. En efecto él afirma: “fueron perfectos philósophos y astrólogos y muy diestros en todas las artes mecánicas de la fortaleza” (Sahagún, 2001: 53). Lo que se quiere subrayar es que, no obstante el esfuerzo por condenar y censurar las costumbres indígenas al considerarlas acciones del Demonio, Sahagún logró ser, en algunas cuestiones menos vinculadas con la religión, un cronista imparcial.