CHAPTER 8 CONCLUSION AND FUTURE WORK 116
8.2 Future work 117
A Raquel la había contactado nuestro equipo de producción, que siempre hace un recorrido previo para ver si encontramos lo que
2 Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual.
llamamos historias ejemplares: alguien que nos cuente su empuje y su actitud emprendedora, pero que, a la vez, tenga algo nuevo de los negocios para mostrarnos. En su caso, los dos temas encajaban perfectamente.
Raquel había trabajado desde muy niña para salir adelante con su madre. Ambas vivían solas con su abuela en un cuarto donde su mamá se las ingeniaba para lavar ropa a vecinos y a todos los clientes que pudiese conseguir. Mientras tanto, Raquel ingresó a trabajar a un instituto como recepcionista, pero lo único que le trajeron su aplomo, su buen carácter y su iniciativa fue un despi- do. Demasiado buena para la mediocridad que la rodeaba. Dema- siado peligrosa.
Las cosas se complicaron porque tuvieron que dejar el cuartito donde vivían y, desesperadas, aceptaron vivir de guardianas de un grifo, entre miedos, ladridos de perros en la noche y merodeadores que las acechaban. Todo esto hizo que Raquel se decidiera todavía más por la independencia.
Un día, una amiga le comentó que en Wilson había oportuni- dad para ser «jaladora», es decir, voceadora de productos entre los pasillos de las galerías. El arte allí consistía en casi enamorar a los clientes para llevarlos a comprar a un determinado stand.
—Papito, ¿qué está buscando? Amorcito, guapo, ¿algo que le interese? Tenemos tintas, cartuchos recargables, pregunte nomás... —te van diciendo mientras te miran con sus grandes ojos morenos. Eso hacía Raquel.
Pero un día todo cambió.
—Así fui avanzando —me contó emocionada, al tiempo que sus ojos, estoy seguro, se posaban en algunos recuerdos tristes del pasa- do. Luego retornó con más energía—: Pero ahora tengo mi propia marca de tintas —dijo con tono de triunfo y reto. Yo la miraba con ojos incrédulos.
—¿Me estás diciendo que tienes tu propia marca de tintas? ¿Cómo así?
Raquel entró en su puesto y sacó una caja blanca y brillante, con un diseño en el que se veía algo así como el perfil de la ciudad de Nueva York. La sostuvo con orgullo, casi como quien carga un regalo o una mascota, y me la alcanzó. Allí estaba una caja que decía: «Luxor, cartuchos recargables para impresoras».
Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?
seguir, los ejemplos a imitar. Así, Máximo San Román tiene su funda- ción dedicada a mejorar la vida de niños pobres en regiones altoandi- nas de nuestro país; Ángel Añaños y sus hermanos destinan millones en las labores de su fundación a favor de un cambio de mentalidad en los peruanos; Alberto Benavides dirige y apoya la Asociación Los Andes de Cajamarca; Jeannette Enmanuel, de Santa Natura, apoya a comunidades campesinas aisladas; y Víctor Raúl Cánepa, inventor y fundador de Cantol, dicta gratis charlas de motivación por todo el Perú. ¿Por qué? Porque los emprendedores no son sujetos y esclavos de la ganancia, como algunos quieren hacer ver, sino personas inquie- tas, con energía: son gente que quiere transformar el mundo. Por eso, la acción de Manuelno hacía sino retratar el empuje de muchos de nuestros empresarios que emprenden acciones anónimas destinadas a mejorar su entorno. Doscientos pirañitas convertidos en técnicos de reparación de computadoras dan fe de ello.
Cuando nos despedimos de Manuel, emprendimos una explora- ción desordenada por las galerías y negocios de Wilson. Vimos que muchos negocios conservaban el espíritu original del conglomera- do, es decir, proporcionar copias de programas o de juegos para computadoras. Sin embargo, muchos también habían sabido en- contrar sus propios nichos y luego habían sido copiados por otros.
Así, por ejemplo, encontramos a los que vendían tóner para copia- doras, que luego ofrecieron cartuchos para impresoras, cartuchos re- cargables y finalmente crearon sus propias marcas de estos repuestos. Ese era el caso de Raquel Palomino, a quien encontramos frente a su puesto con dos celulares colgados del cinto, a la manera de pistolas, y voceando su producto a cuanto posible cliente pasara por delante.
Creando marcas a pesar del Indecopi
2A Raquel la había contactado nuestro equipo de producción, que siempre hace un recorrido previo para ver si encontramos lo que
2 Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual.
llamamos historias ejemplares: alguien que nos cuente su empuje y su actitud emprendedora, pero que, a la vez, tenga algo nuevo de los negocios para mostrarnos. En su caso, los dos temas encajaban perfectamente.
Raquel había trabajado desde muy niña para salir adelante con su madre. Ambas vivían solas con su abuela en un cuarto donde su mamá se las ingeniaba para lavar ropa a vecinos y a todos los clientes que pudiese conseguir. Mientras tanto, Raquel ingresó a trabajar a un instituto como recepcionista, pero lo único que le trajeron su aplomo, su buen carácter y su iniciativa fue un despi- do. Demasiado buena para la mediocridad que la rodeaba. Dema- siado peligrosa.
Las cosas se complicaron porque tuvieron que dejar el cuartito donde vivían y, desesperadas, aceptaron vivir de guardianas de un grifo, entre miedos, ladridos de perros en la noche y merodeadores que las acechaban. Todo esto hizo que Raquel se decidiera todavía más por la independencia.
Un día, una amiga le comentó que en Wilson había oportuni- dad para ser «jaladora», es decir, voceadora de productos entre los pasillos de las galerías. El arte allí consistía en casi enamorar a los clientes para llevarlos a comprar a un determinado stand.
—Papito, ¿qué está buscando? Amorcito, guapo, ¿algo que le interese? Tenemos tintas, cartuchos recargables, pregunte nomás... —te van diciendo mientras te miran con sus grandes ojos morenos. Eso hacía Raquel.
Pero un día todo cambió.
—Así fui avanzando —me contó emocionada, al tiempo que sus ojos, estoy seguro, se posaban en algunos recuerdos tristes del pasa- do. Luego retornó con más energía—: Pero ahora tengo mi propia marca de tintas —dijo con tono de triunfo y reto. Yo la miraba con ojos incrédulos.
—¿Me estás diciendo que tienes tu propia marca de tintas? ¿Cómo así?
Raquel entró en su puesto y sacó una caja blanca y brillante, con un diseño en el que se veía algo así como el perfil de la ciudad de Nueva York. La sostuvo con orgullo, casi como quien carga un regalo o una mascota, y me la alcanzó. Allí estaba una caja que decía: «Luxor, cartuchos recargables para impresoras».
Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?
—No entiendo. ¿Cómo has podido fabricar esto? —le dije, dan- do vueltas a la caja y viendo el diseño del empaque, que no tenía nada que envidiar a las marcas conocidas.
—China —fue su sólida respuesta—. Las he mandado hacer en China. Allí fabrican todo —me dijo, casi riendo ante mi absoluto asombro. Debí haberlo adivinado, pero una vez más un emprende- dor peruano me sorprendía con su ingenio, con su creatividad para salir adelante. Allí estaba yo, respirando el espíritu emprendedor del que siempre me hablaba Simón. Allí me acompañaba el equipo de grabación, una vez más impresionado y casi suspirando en un mo- mento detenido en el tiempo. Éramos capaces de todo.
—¿Y como así fuiste a China? —le pregunté ingenuamente, una vez más. Ahora sí, ella soltaba una carcajada.
—No, Nano, ni siquiera he ido a China. Desde aquí por in- ternet coordiné todo. Me dijeron que podían fabricar casi todo lo que pidiera y entonces me animé. Hoy ya no tengo que piratear, no tengo que vender marcas que son iguales pero que me dejan poco margen de ganancia. Hoy puedo colocar mi propia marca —subra- yó triunfante.
Luego vendría mi última ingenuidad. Pregunté:
—¿Indecopi no te persigue? —y ni siquiera había terminado la úl- tima palabra cuando, elevando la voz, como para que escucharan las personas aglomeradas a nuestro lado al ver las cámaras, dijo:
—Indecopi se ha demorado más de un año para darme una mar- ca y eso me paralizó el negocio por meses. Son unos ineficientes burócratas —remató con tono de indignación.
Hacer esperar a un emprendedor más de un año para ganarse la vida de forma legítima es tan o más pernicioso para la sociedad que practicar la piratería.
Raquel nos contó al detalle todos los papeleos y esperas que de- bió enfrentar para registrar la marca de cartuchos recargables Luxor. ¿Qué pasaría entonces si miles o millones de peruanos deciden re- gistrar sus marcas, si de pronto les hacemos caso y nos decidimos a formalizarnos al día siguiente? Quizá transcurrirá una década hasta que usted reciba la autorización para salir al mercado con su propia identidad.
Más tarde, Raquel nos contó que estaba en proceso de mandar a hacer otros productos a China. Se había animado a comercializar
productos colaterales, pero sentía temor a la respuesta del Estado. Su Estado, que le advertía no piratear, le impedía con igual severi- dad competir.
Después de animarme a vocear su producto entre los pasillos de la galería y de observar el ingenioso diseño de sus stands —que les permitía entrar y salir rápidamente de ellos para llamar a los clientes, gracias a unas rueditas que le habían puesto a sus mostra- dores—, emprendimos el retorno a la oficina, y con él regresaron también nuestros pensamientos sobre la licencia de funcionamiento de local y las trabas que seguía poniéndonos el municipio.
«Un complot, quizá hay un complot», me dije al intentar avan- zar por la avenida Wilson, cerrada por las obras de la estación del Metropolitano. Vi un cartel enorme anunciando la obra, en el que se decía que tendría cafeterías, tiendas y quioscos. Pensé que eso sería propiedad municipal y, evidentemente, en ellas se instalarían cadenas que ya estarían negociando su presencia con los funciona- rios municipales. Estas cadenas tendrían licencias de funcionamien- to rápidas y todos creeríamos que eso es la modernidad.
Pero lo que no seríamos capaces de ver son las quiebras de cien- tos de negocios que fueron privados de sus clientes cuando les ce- rraron las calles. De pronto, sin ningún aviso, llegaron e hicieron las obras del tren eléctrico, las de la vía expresa de Grau, las del Metropolitano a lo largo de toda Lima sin que se les exonerara los arbitrios, sin que se les recomendara tomarse unos días de descanso a miles de emprendedores que vivían de estos negocios estrangula- dos en aras del progreso.
Los inversionistas querían impedir que el centro comercial se volviera un caos, querían mantener la inversión de los compradores con unas reglas de convivencia y seguridad adoptadas en consenso, dar servicios adicionales, ofrecer orden en la exhibición de los pro- ductos, y pensaran en CyberPlaza como una galería diferente, con toda la energía comerciante de la zona, pero con la modernidad de los grandes centros comerciales. Y lo consiguieron.
Mientras nos alejábamos, recordé el entusiasmo de las asam- bleas en las que se adoptaron los reglamentos, el diseño de las bolsas con que identificarían su galería y, lo más increíble, la presencia de comerciantes de otras galerías que habían decidido comprar puestos en ese nuevo formato. Sin duda, este caso era
Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?
—No entiendo. ¿Cómo has podido fabricar esto? —le dije, dan- do vueltas a la caja y viendo el diseño del empaque, que no tenía nada que envidiar a las marcas conocidas.
—China —fue su sólida respuesta—. Las he mandado hacer en China. Allí fabrican todo —me dijo, casi riendo ante mi absoluto asombro. Debí haberlo adivinado, pero una vez más un emprende- dor peruano me sorprendía con su ingenio, con su creatividad para salir adelante. Allí estaba yo, respirando el espíritu emprendedor del que siempre me hablaba Simón. Allí me acompañaba el equipo de grabación, una vez más impresionado y casi suspirando en un mo- mento detenido en el tiempo. Éramos capaces de todo.
—¿Y como así fuiste a China? —le pregunté ingenuamente, una vez más. Ahora sí, ella soltaba una carcajada.
—No, Nano, ni siquiera he ido a China. Desde aquí por in- ternet coordiné todo. Me dijeron que podían fabricar casi todo lo que pidiera y entonces me animé. Hoy ya no tengo que piratear, no tengo que vender marcas que son iguales pero que me dejan poco margen de ganancia. Hoy puedo colocar mi propia marca —subra- yó triunfante.
Luego vendría mi última ingenuidad. Pregunté:
—¿Indecopi no te persigue? —y ni siquiera había terminado la úl- tima palabra cuando, elevando la voz, como para que escucharan las personas aglomeradas a nuestro lado al ver las cámaras, dijo:
—Indecopi se ha demorado más de un año para darme una mar- ca y eso me paralizó el negocio por meses. Son unos ineficientes burócratas —remató con tono de indignación.
Hacer esperar a un emprendedor más de un año para ganarse la vida de forma legítima es tan o más pernicioso para la sociedad que practicar la piratería.
Raquel nos contó al detalle todos los papeleos y esperas que de- bió enfrentar para registrar la marca de cartuchos recargables Luxor. ¿Qué pasaría entonces si miles o millones de peruanos deciden re- gistrar sus marcas, si de pronto les hacemos caso y nos decidimos a formalizarnos al día siguiente? Quizá transcurrirá una década hasta que usted reciba la autorización para salir al mercado con su propia identidad.
Más tarde, Raquel nos contó que estaba en proceso de mandar a hacer otros productos a China. Se había animado a comercializar
productos colaterales, pero sentía temor a la respuesta del Estado. Su Estado, que le advertía no piratear, le impedía con igual severi- dad competir.
Después de animarme a vocear su producto entre los pasillos de la galería y de observar el ingenioso diseño de sus stands —que les permitía entrar y salir rápidamente de ellos para llamar a los clientes, gracias a unas rueditas que le habían puesto a sus mostra- dores—, emprendimos el retorno a la oficina, y con él regresaron también nuestros pensamientos sobre la licencia de funcionamiento de local y las trabas que seguía poniéndonos el municipio.
«Un complot, quizá hay un complot», me dije al intentar avan- zar por la avenida Wilson, cerrada por las obras de la estación del Metropolitano. Vi un cartel enorme anunciando la obra, en el que se decía que tendría cafeterías, tiendas y quioscos. Pensé que eso sería propiedad municipal y, evidentemente, en ellas se instalarían cadenas que ya estarían negociando su presencia con los funciona- rios municipales. Estas cadenas tendrían licencias de funcionamien- to rápidas y todos creeríamos que eso es la modernidad.
Pero lo que no seríamos capaces de ver son las quiebras de cien- tos de negocios que fueron privados de sus clientes cuando les ce- rraron las calles. De pronto, sin ningún aviso, llegaron e hicieron las obras del tren eléctrico, las de la vía expresa de Grau, las del Metropolitano a lo largo de toda Lima sin que se les exonerara los arbitrios, sin que se les recomendara tomarse unos días de descanso a miles de emprendedores que vivían de estos negocios estrangula- dos en aras del progreso.
Los inversionistas querían impedir que el centro comercial se volviera un caos, querían mantener la inversión de los compradores con unas reglas de convivencia y seguridad adoptadas en consenso, dar servicios adicionales, ofrecer orden en la exhibición de los pro- ductos, y pensaran en CyberPlaza como una galería diferente, con toda la energía comerciante de la zona, pero con la modernidad de los grandes centros comerciales. Y lo consiguieron.
Mientras nos alejábamos, recordé el entusiasmo de las asam- bleas en las que se adoptaron los reglamentos, el diseño de las bolsas con que identificarían su galería y, lo más increíble, la presencia de comerciantes de otras galerías que habían decidido comprar puestos en ese nuevo formato. Sin duda, este caso era
Nano Guerra-García ¿Dónde está la riqueza?
completamente diferente al de la gran cervecera tratando de matar al cervecero artesanal: aquí las empresas grandes habían decidido aprovechar la enorme fuerza de los emprendedores y habían sa- cado adelante un proyecto que debería ser un ejemplo para hacer galerías comerciales en el Perú.
Mientras seguíamos atorados en el tráfico generado por la cons- trucción del Metropolitano, podía apreciar que todo allí apuntaba a negocios correlacionados y pensaba que eso es lo que uno debe ver cuando está en una zona como esa. Hay que saber mirar y pensar en negocios que puedas imitar en otro territorio, o en formas de servir a los clientes que puedes adaptar. En la esquina, por ejemplo, había un quiosco de periódicos, que había derivado en vender folletos so- bre el manejo de Excel o Word, y revistas especializadas en sistemas informáticos.
—¡¡¡Cuidado, Nanooo!!! —fue el grito asustado de Gloria lo que me trajo aterrorizado a la realidad. En una fracción de segundo, vi por el rabillo del ojo una sombra que se acercaba y metía su mano por la ventana entreabierta del carro. «Un ladrón», pensé, y, de ma- nera instintiva, me pegué hacia el interior del vehículo, a la vez que cogía el brazo del sujeto, que quedó así atrapado y ya casi con medio cuerpo en el vehículo.
—¡Acelera! ¡Acelera! —eran las órdenes de Gloria a Héctor, pero yo le decía lo contrario—. ¡No, para, para! —grité yo, temiendo ahora por la vida de esa persona, que se agitaba mientras una nube de pequeños volantes invadía el carro, como si estuviésemos en una clausura en la que se arroja cotillón.
De ese modo, noté que el muchacho que había capturado tenía en sus manos un paquete con más volantes, y que, con la cabeza casi encima de las piernas de Gloria, decía con desesperación y súplica:
—¡Señor Nano! ¡Señor Nano! —para este momento, Héctor y Francisco (que iba adelante) habían bajado del carro y ahora jalaban al chico por los pies fuera del carro—. ¡Yo solo quería entregarle un volante de los emprendedores al señor Nano! —decía el muchacho a Héctor, agarrándose los pantalones, que ya se le caían por la fuerza con que era jalado.
—¿Volantes? —pregunté.
Miré los papeles desperdigados por el carro y por la calle, y recogí uno de ellos para leerlo.
—Sí, es sobre el Movimiento Emprendedor y usted promueve eso —dijo el muchacho ya incorporado y arreglándose la ropa.
—Yo no promuevo un movimiento, dirijo un programa que se llama Somos Empresa, y también saco una revista y un programa de radio. También dirijo una asociación que...
—Y están en el Movimiento Revolucionario Emprendedor —dijo de manera enfática y en voz alta, mirando molesto a Héc- tor, que lo tenía del brazo. Ya la gente se había agolpado a nues- tro alrededor.
—Estás equivocado —le dije—. Yo no sé nada de ningún movi- miento. Tengo mi empresa y me dedico a promover que la gente sea autónoma, que trabaje para sí misma y no para otro, pero no tengo