Chapter 8 Conclusions and future work
8.2 Future work
El taller con los jóvenes del Liceo 26 se desarrolló entre junio y noviembre de 2004. Tras una primera convocatoria más amplia, en el marco de una jornada de integración or- ganizada por el gremio estudiantil, se conforma un grupo de 15 estudiantes interesados en continuar un trabajo de investigación más a fondo, 10 de los cuales seguirán hasta el final.
El itinerario que recorrimos con ellos puede sintetizarse así:
• Un primer momento, breve pero intenso, de mapeo inicial de las culturas de
los jóvenes, según su propio punto de vista.
• Un segundo momento de conformación de equipos y comienzos de la inves-
tigación, a través de entrevistas, observaciones, recolección y análisis de diversos mate- riales. Se trabajó inicialmente en torno a tres “culturas”: planchas, punks y hipillos.
• Un tercer momento, de “salida a campo” más intensa, en el que la propia in-
vestigación se desarrolló con la producción de un video sobre una de las culturas juve- niles, la de los “planchas”.
• Este video fue presentado en una jornada masiva a otros estudiantes y a do-
centes, como disparador para una discusión sobre las relaciones educativas y los mun- dos juveniles. Tras esta jornada tuvimos una última instancia de evaluación con el gru- po de jóvenes.
De entre el abundante material producido retomo aquí algunos elementos que me parecen más significativos, en tanto dan cuenta del conocimiento construido sobre los mundos juveniles y también de la metodología de trabajo para investigar con ellos.
Cartografiando culturas con y desde los jóvenes
Para el primer acercamiento y para construir con los jóvenes un mapeo inicial de culturas que ellos consideran relevantes y presentes en su entorno utilizamos tres herra- mientas metodológicas: las etiquetas, el multiclip y los identikit. Están inspirados de modo libre en distintos referentes, en otras experiencias y en las nuestras propias. Pero las tres fueron construidas especialmente para esta instancia.
Las etiquetas (o también: “Señas personales”). Es un juego en que a cada partici-
pante se le pega un papel en la espalda y los demás van escribiendo allí una serie de “señas personales”, de acuerdo a lo que imaginan de él a partir de su aspecto (ver Anexo 2). Esas “señas personales” son: la música que más le gusta, su programa de televi- sión preferido, su principal actividad en el tiempo libre y lo que será o hará dentro de diez años. Se propone que, en lo posible, cada uno busque para escribir estas señas a personas a las que no conozca o conozca poco. Luego cada uno se saca el papel de la espalda y lee lo que le escribieron los demás. A la vuelta de la hoja escribe sus propias preferencias (musi- cales, televisivas, del tiempo libre) y sus expectativas para dentro de diez años. Finalmente se abre un espacio para comentarios: las diferencias y coincidencias entre lo que otros ven en uno y sus propias preferencias o expectativas, el sentido de esas etiquetas que los demás nos ponen, etc. Se puede además hacer posteriormente un análisis de todas las etiquetas,
como un modo de acercarse a los mundos presentes en el grupo con el que se está trabajan- do.
El juego busca también provocar una reflexión sobre qué cosas son las que nos sir- ven de guía para “etiquetar” a los demás e imaginar sus gustos, sus prácticas y sus posibles trayectorias. “Por la ropa, los accesorios”, “por la manera de hablar”, dijeron por ejem- plo.... Signos visibles de un mundo, de una cultura.
El juego puede también estimular una reflexión sobre el sentido mismo de estas eti- quetas y de las prácticas de “etiquetamiento” a partir de unos pocos rasgos superficiales.
“Nos dejamos llevar por la apariencia. A mí me ven como hippillo por el gorro, capaz, pero yo no me siento así... Y de repente yo hice lo mismo con otros. Nos ponemos etiquetas que, de repente, no tienen nada que ver”. Pero, se reconoce, no se trata sólo de una práctica
provocada por el juego: todos etiquetamos cotidianamente a los demás, sobre todo en los primeros contactos. Y, agrego yo, todos intentamos, más o menos conscientemente, generar en los otros una imagen que habilite ciertos etiquetamientos más que otros (cfr. Goffman 1981).
Por otro, lado varios notaron que a muchos les había resultado difíciles de “etique- tarlos”: resultaban demasiado “neutros”, sin elementos estéticos fácilmente identificables y, por tanto, sin preferencias nítidas imaginables. Esta idea de lo “neutro” o “indefinido”, sa- bríamos después, era importante en el mapa de las culturas juveniles.
Una segunda herramienta es el “multiclip” ya mencionado páginas atrás, con fragmentos de una docena de videoclips de grupos musicales. Sirve como “disparador” para
empezar a construir un primer mapa de culturas juveniles en el entorno específico.34 Tras un primer momento de reconocer los grupos y canciones, les proponíamos agrupar los gé- neros, según su propia definición. Después, analizar si los jóvenes del centro educativo po- drían identificarse con esos géneros, si faltan o sobran “identificadores musicales”.
En el caso de los jóvenes del 26 apareció inmediatamente la ubicación de los dos grandes macrogéneros ya mencionados: cumbia y rock, confirmando inicialmente nuestro propio mapa previo. Durante el propio video era llamativo ver la reacción de los jóvenes frente a cada canción: lo que se identificaban con las “cumbias” y ritmos “latinos” se moví- an y cantaban al son de su música, los más rockeros se tapaban la cara o se reían sarcásti- cos. Y luego al revés. En el caso del “26” los más numerosos y expresivos fueron los rocke- ros, mientras que los cumbieros, tal vez sabiéndose minoría, se expresaban con más timi- dez. El multiclip permitía entonces un mapeo rápido del grupo participante también.
Luego se afina más la clasificación y van armando una lista de “maneras de ser jo- ven”, que en parte coincide y en parte no con los géneros musicales. La lista inicial de los estudiantes del 26, su primer mapa, fue el siguiente:
• Planchas, cumbieros
• Skaters, hip hoperos
• Tamborileros, murgueros • Rockeros • Punks • Rastas • Hipillos 34
Otra opción, que había usado anteriormente, es menos impactante pero tal vez más fácil de produ- cir para quien cuente con pocos recursos: recopilar sólo fragmentos de música. Hay que tener en cuenta que una herramienta como esta debe ser construida especialmente para cada momento y lugar.
Como se ve se mezclan aquí categorías basadas en el consumo musical, otras com- binadas y algunas que aluden a otros aspectos. El termino rasta, por ejemplo, proviene de la religión rastafari practicada por el cantante jamaiquino Bob Marley, referente principal de un género musical, el reggae. Pero también se les llama rastas a las trenzas de pelo que muchos usan imitándolo. La categoría “hipillo” refiere a hippie, pero parece denotar algo similar al prefijo “neo” (neo hippie) o a un cierto tono despectivo desde otros grupos. Y aquí no es tan claro cuáles son exactamente los géneros musicales preferidos, más allá de una cierta identificación rockera, pero que aquí puede incluir también otros géneros como la murga y las fusiones afrouruguayas. Rastas y hipillos, por otra parte, “se llevan bien” y suelen confluir en prácticas y consumos, según señalaron los estudiantes
Cada una de estas categorías dio lugar a discusiones. Entre ellas se destacó una que resultó clave: la categoría “plancha” y su asociación con la cumbia. Por un lado porque, como veríamos después, no cualquier “cumbia” identificaba a lo plancha: la “cumbia ville-
ra”35 sería el identificador más preciso. Y nuestro multiclip no incluía ninguna cumbia vi-
llera. Porque no había clips de este subgénero específico y porque, aunque los hubiera, des- conocíamos su existencia y su importancia.
Pero además apareció con fuerza otra categoría que resultó igualmente clave: con- cheto, o cheto. En principio podríamos definirlo como alguien de clase alta o que intenta parecerlo por su aspecto, sus consumos, los espacios que transita. La oposición plancha- cheto terminaría cruzando todos los mapas construidos con los jóvenes, una y otra vez. Una oposición que los adultos, incluidos nosotros, desconocíamos hasta ese momento.
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Pero una oposición que, como veríamos, podía diluirse tras los consumos culturales cruzados, como mostraron las primeras discusiones.
- Ojo, cumbieros hay de dos tipos: conchetos y planchas. El cumbiero-concheto es un tipo de clase media que elige escuchar cumbia y andar con el pelo raro.
- Antes la cumbia era terraja36 y el concheto escuchaba marcha.
- El concheto va cambiando; escucha lo que se vende, lo que sea.
Cuando les propusimos autoubicarse en su propio mapa, en alguna de las categorías que ellos mismos habían construido, surgieron resistencias: Muchos alegaban que no son nada y, al mismo tiempo, son un poco de todo: se definen como “normales”, “comunes” o, si se los presiona con alguna de las categorías anteriores, como “indefinidos”. Esta catego- ría, que debimos incluir entonces en el mapa, resultaría también mucho más importante de lo que sospechamos inicialmente. Al menos por ser la mayoritaria para estos jóvenes, y para muchos otros, como sabríamos después.
Los identikits. Esta herramienta consiste en dibujar un personaje típico de una de
las categorías definidas previamente. Se le puede agregar también lugares a los que va, mú- sica que escucha, etc. Los dibujos son colectivos y, en lo posible, cada uno es realizado por un subgrupo que no se siente identificado con esa categoría. Se realizan en un formato grande (hojas de rotafolio) para poder luego compartirlos con los demás.
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Un término que, en tanto adjetivo, podría traducirse como “de mal gusto”. Y como sustantivo tal vez como “pobre-de-mal-gusto”. Algo parecido al plancha, pero con otras connotaciones, como plantearé más adelante.
En el Anexo 2 pueden verse varios de estos dibujos. Aquí quiero sólo rescatar algu- nas discusiones centrales que se dieron a partir de ellos en el liceo 26. En particular cómo se posicionaron tres asuntos clave:
• El eje planchas-chetos
• Otras categorías fuera de ese eje
• La categoría de los “normales”, “comunes” o indefinidos.
Conchetos (o chetos) El dibujo muestra a una pareja. Él menciona un lugar caro pa-
ra ir a bailar, ella habla de ropa cara y lamenta la pérdida de su teléfono móvil. Usan expre- siones características, aunque no exclusivas, de los chetos (pintó, bajón), “Nosotros nos
inspiramos en la gente de Punta Carretas, Pocitos...37 El tipo juega al rugby, tiene celu- lar38, auto. El pelo con raya al costado y ‘cachilas’” (despuntado atrás), comentan los au-
tores del dibujo.
Como se ve aquí ya no se habla de “clase media” sino de algo más “arriba”. Pero si esto es así, si los barrios de inspiración no son el propio, ¿cómo se ubicaba entonces el “cheto” en el contexto educativo y local? Según los estudiantes “en (este) liceo no hay che-
tos; se quieren hacer pasar por chetos, pero de verdad no hay.” Este “querer hacerse pasar
por”, disfrazarse de “lo que no se es” sería entonces una práctica identificatoria habitual de muchos jóvenes, según ellos mismos. Los chetos de clase media a los que se aludía al co-
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Barrios montevideanos de sectores medios y altos
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Apenas dos años después seguramente el celular no hubiera aparecido como un signo de distin- ción, al abaratarse su costo y venderse masivamente en todos los sectores sociales.
mienzo, serían sólo “disfrazados”, en un esfuerzo por imitar y mostrar patrones de consumo y “gustos” que algunos consideran prestigiosos.
Planchas. Aquí teníamos dos “identikits”. Uno tenía la vestimenta emblemática de
los planchas (la campera Alpha Polar39, el gorrito), pero aparecía como demasiado “proli-
jo”. El segundo, mucho más “desprolijo”, estaba además rodeado de nombres de los grupos
de cumbia villera: SuperMerka2, Pibes chorros, La base; Yerba Brava, Damas Gratis.40
Más allá de la intención de cada grupo al dibujarlos los comentarios de los demás ubican nuevamente el tema de la pertenencia al grupo versus la adopción de sus códigos sin pertenecer a él, el ser versus el parecer o disfrazarse. Del primero dirán “En realidad es un
tipo que se hace el plancha, pero tiene un mundo diferente.” El segundo en cambio es un “plancha-plancha” (auténtico, verdadero). Reconocen que de los primeros hay entre sus
compañeros y de los segundos no. Estos últimos están “afuera”, no asisten como alumnos... pero “algunos se juntan en la puerta del liceo...” y “¿quién se anima a hablar con ellos?”
Esta pregunta (¿quién se anima a hablar con ellos?) sería la expresión de un miedo cierto y también, quizás, el desafío que impulsaría luego a algunos de los jóvenes del grupo a trabajar en el proceso de investigación: animarse a hablar con ellos, vencer el miedo.
En esta descripción chetos y planchas aparecen como dos mundos separados, no re- lacionados, salvo en dos sentidos:
- Los planchas adoptan como propios, especialmente en la vestimenta, ciertos ele- mentos que impresionan como costosos y, en ese sentido, habría cierto intento de “imitar al
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cheto”. Pero la elección es tardía (cuando ya pasó de moda entre los chetos) o bastarda (marcas prestigiosas “truchas”, fraudulentas) y, con frecuencia, ostentosa en exceso. Es entonces una reconstrucción propia a partir de elementos de un gusto ajeno, que acaba siendo una estética propia, fácilmente identificable y distinguible.
- Unos podrían intentar disfrazarse de los otros, aunque este disfraz puede y suele notarse como tal, como no auténtico. En otros lugares escucharíamos luego expresiones que apuntan a desnudar esta “impostura”: “ese es un cheto come-guiso”, o un “cheto pisa-
barro”. Y también “es un plancha come-sushi.”
Las razones para que los más pobres y los sectores medios imiten de algún modo a los más ricos puede imaginarse fácilmente y no es algo nuevo. Pero lo inverso no es tan fácil de entender. Y, como veríamos, parecía ser un fenómeno creciente. Intentar compren- derlo nos ayudaría a entender algunas cosas clave que estaban sucediendo entre los jóvenes y en la sociedad uruguaya en general.
Pero fuera de este eje, chetos - planchas, que ahora empezaba a aparecer como tan importante, seguían existiendo aquellas otras categorías que habíamos imaginado en nues- tro mapa previo. Así como en el caso de chetos y planchas la marca de clase social es clara, en estos otros casos aparece más bien una cierta forma de lo político. Los estudiantes del 26, dibujaron dos identikits: el de los punks y el de los hipillos. Nótese que se trata de dos denominaciones “globales”, que pueden encontrarse en muchas partes del mundo, aunque con variantes locales (como el propio término hipillo, en nuestro caso).
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Los nombres de los grupos son significativos: chorro (ladrón), merka, base, yerba (drogas), etc. Damas Gratis recuerda el ambiente preferido de la fiesta plancha: el baile del viernes o sábado, donde las mujeres no pagan, al menos hasta cierta hora.
Punks. Además de la vestimenta, predominantemente negra, el corte de pelo y la
abundancia de pearcings (véase el dibujo en los anexos), aparecen frases como “No al fas- cismo”, “Muerte a la burguesía”, “No al gobierno”, “Libertad sin cadenas”, “No somos nada”, “El hoy para el hoy”. Aunque nadie se identificaba con este grupo, todos reconocían la estética, presente en varios estudiantes del liceo: en cada clase suele haber alguno, lla- mativo por su aspecto y a veces por su discurso o actitud.
- Quiere ser diferente a la sociedad, a lo conservador.
- Están los anarco-punks... Hay punks en contra del mundo y otros que son como más abier- tos.
Como se ve, habría matices políticos importantes, según la percepción de sus com-
pañeros. Y, aparentemente, también hay diferencias de estéticas y prácticas cotidianas:
- Aparte están los dark, que se visten todo de negro, salen sólo de noche.
- No sabía eso... Yo los tenía como iguales a los punk.
Hippillos. Llamativamente fue el único identikit en que sólo aparecía una mujer. El
único grupo, además de los chetos y chetas, en que las mujeres tendrían un papel importan- te, en que el referente principal no es necesariamente masculino. La hipilla dibujada (ver Anexo 2) está rodeada de palabras como paz, amor, igualdad; lleva el símbolo hippie de la paz colgando del cuello, “usa ropa suelta, de muchos colores, artesanías, no anda con
marcas”. Más adelante dirían que, sin embargo, la estética hippie es adoptada por muchos
“Le gusta juntarse con amigas”, es otro rasgo que le atribuyen a la hipilla del iden-
tikit.. ¿Habría aquí, otra vez, una defensa del lugar femenino, diferente al de otros grupos, como el de los planchas, donde todo se organiza en torno a la masculinidad? ¿O tal vez la alusión a un cierto tipo de sociabilidad menos agresiva y sexuada? No lo sabemos, ni po- dríamos profundizar en esto luego. Quedarían como hipótesis para otras investigaciones.
Todos comparten que en “el 26” hay hippillos: “están en el gremio, se los identifica
con eso”. A diferencia de los punks, entonces, su actuación política sería más “clásica”:
eligieron un camino institucional, una forma organizativa de vieja tradición, más allá de que la usen de un modo propio. “Pero hay hipillos que no están en el gremio y no todos los
del gremio son hipillos”, aclaran.
¿Qué más hay en el gremio estudiantil, entonces? Principalmente el otro gran grupo
que emergía en este mapa: los normales, los comunes, los “indefinidos”.
Indefinidos. Este fue el término que usaron inicialmente los estudiantes del 26, en
un contexto discursivo, provocado por nuestra intervención, donde parecía obligatorio “de- finirse” en torno a algunas categorías. Categorías que, como adelantaba en el capítulo 1, hablan más de lo excepcional juvenil que de lo mayoritario dominante (cfr. Reguillo 2000b:31). Tal vez las propias ciencias sociales en su esfuerzo por nombrar y clasificar han contribuido a resaltar las etiquetas de las tribus, grupos o culturas más llamativas como descriptivas y comprehensivas de “lo juvenil”, mientras la mayor parte de los jóvenes se resisten a aceptar estas etiquetas, no aceptan “definirse” en torno a ellas.
Pero más que el término indefinido, el habitual entre los propios jóvenes es “nor- mal” o “común”. Incluso esto es algo que buscan muchos de los “excepcionales”: en el ya
mencionado estudio sobre las tribus urbanas en Montevideo (Filardo 2002), los integrantes de una banda que fusiona hip hop y música electrónica afirman que, aunque muchos los
vean como raros o diferentes, “somos unos guachos41 re-comunes”.
En el identikit del “indefinido” realizado por los estudiantes del 26 (ver Anexo 2) por un lado hay una “mezcla de estilos” en lo estético: “es plancha porque le faltan los
dientes, punk porque tiene cresta”, dijeron los autores. Junto al dibujo hay un “NO a la
discriminación” y un fragmento de una canción del grupo de rock argentino La renga: “Soy el que nunca aprendió desde que nació cómo debe vivir el humano”. El diálogo a par- tir de este identikit sirve para pensar no sólo sobre los “normales” sino sobre los procesos de identificación juvenil en general:
- (El indefinido) tiene un poco de todo, se pone lo que le gusta y chau. Es muy abierto.
- No se encasilla en nada, no está en ninguna tribu.
- Para mí es el definido, porque es el que sabe lo que quiere y lo que es y no precisa ponerse
nada, no le importa lo que le digan.
- Pero eso lo hacen todos. Todos saben lo que les gusta y no le importa lo que digan: al ras-