La tradición medieval española había reconocido la importancia de la educación de las mujeres, especialmente hijas de nobles o de familias acomodadas, como se recoge en las
Partidas de Alfonso X, para cumplir adecuadamente sus deberes devocionales, conyugales y materiales. La obra de Vives Institutio foeminae christianae, 1524, representa el más influyente manual de la mujer de todo el humanismo, que defiende y ubica a la mujer en un contexto cristiano, que garantizará su estatus.762 Pero a lo largo de
los siglos XVI y XVII se hará más hincapié en los deberes que en los saberes, y se producirá un “enclaustramiento creciente” para las mujeres, que podrán expresarse con más libertad dentro de los conventos que fuera de ellos. Allí podrían dedicarse a la lectura, la escritura, la música o la mística; el nivel de las monjas era muy alto e impensable la existencia de una monja de velo negro analfabeta. Monjas cultas y respetadas, a veces consejeras de reyes, dan testimonio del cultivo del saber en los conventos: sor Juana Inés de la Cruz, en México, pero sin ir tan lejos, sor Ana de Jesús, sor María de Jesús de Ágreda, y doña Ana Francisca Abarca de Bolea. Pero ese aparente silencio de las mujeres se va rompiendo por las investigaciones historiográficas a través de los documentos notariales, los interrogatorios inquisitoriales, las probanzas de limpieza de sangre, las cuentas, las testamentarías, y especialmente de los inventarios de bienes que relacionaban bibliotecas, algunas magníficas, de aristócratas como la condesa de Oñate en 1685, la de Mora en 1699, o la espléndida de doña Antonia Benavides, en 1672, en su dote para casar con el duque de Osuna.763
Veamos dos modelos femeninos en el pensamiento ilustrado, cada uno referido a un polo del espectro social femenino: las mujeres excelentes, y las marginadas.
El siglo XVIII volverá a poner de moda los catálogos de mujeres ilustres que, desde el siglo XV, constituye un género ampliamente cultivado en toda Europa. De origen humanístico y cortesano, ligados a la defensa de la "excelencia" femenina, en una sociedad articulada sobre el principio del privilegio y de una ética aristocrática, transmitían imágenes femeninas ambivalentes, inquietantes y poderosas. En el siglo XVIII, en el que aparece la prensa femenina, la revitalización de estos catálogos ilustra las transformaciones en los modelos de feminidad al tiempo que sobre las apropiaciones de las imágenes culturales en un tiempo de cambios.764
Junto a este modelo, su contrario, las vagabundas, objeto también de atención de los ilustrados en el desarrollo de una política represiva que tiene sus antecedentes en el siglo XVI. Carreño Rivero765 nos recuerda el proyecto de recogimiento de pobres del
762 CORONEL RAMOS, Marco Antonio. “Una aproximación a la Institución de la Mujer Cristiana de J. L. Vives”, en VERGARA CIORDIA, Javier; SÁNCHEZ BAREA, Fermín; COMELLA GUTIÉRREZ, Beatriz (coords.). Ideales de formación en la historia de la educación. Madrid: Dykinson, 2011, pp. 107- 156..
763 IGLESIAS, Carmen. “La nueva sociabilidad: mujeres nobles y salones literarios y políticos”, en IGLESIAS, Carmen (ed.). Nobleza y Sociedad en la España moderna. I. Oviedo: Ediciones Nobel, 1996, pp. 179-130, conf. pp. 185-189
764 BOLUFER PERUGA, Mónica. “Galerías de "mujeres ilustres" o el sinuoso camino de la excepción a la norma cotidiana (ss. XV-XVIII)”. Hispania: Revista española de historia, vol. 60, nº 204 (2000) 181- 224.
765 CARREÑO RIVERO, Miryam. "Pobres vagabundas" en el Proyecto de recogimiento de pobres y reforma social de Cristóbal Pérez de Herrera. Revista complutense de educación, v. 8, n 1 (1997) 19-42 (Ejemplar dedicado a: Educación social).
doctor Cristóbal Pérez de Herrera, que pretendía solucionar el grave problema de la pobreza en la España de finales del siglo XVI. Clasificó a los pobres en «verdaderos» y «falsos», y creó albergues para los pobres verdaderos donde se les brindaba asistencia y se les obligaba al trabajo. Igualmente, para las mujeres vagabundas planificó su recogida en centros que denominó del trabajo y labor, sometiéndolas a encierro, al castigo, al aprendizaje de oficios y a realizar trabajos productivos, lo que convierte estas instituciones en un antecedente de la cárcel moderna.
Carmen Iglesias ha tratado el tema de los nuevos espacios públicos que se abren para la mujer noble en los salones literarios y políticos del siglo XVIII, para lo que contarán con el apoyo decidido del Rey y de alguna parte de los gobernantes. Ofrece una nómina notable de damas ilustradas, de las que algunas fueron admitidas en las Academias de San Fernando o sostuvieron actos literarios públicos como el de doña María Isidra Quintina de Guzmán y La Cerda, que fue admitida a los 17 años en la Universidad Complutense, en la Academia Española, en las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País Bascongada y Matritense, o la Duquesa de Arcos, miembro de la Sociedad Imperial de las Artes de San Petersburgo y directora honoraria de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Pero serán los salones madrileños, punta de lanza de los avances intelectuales, políticos y sociales de la época, mantenidos por doña Rosa María de las Nieves de Castro y Centurión, condesa de Lemos y marquesa de Sarriá, que fundó la “Academia del Buen Gusto”,766 abierta en 1769, donde se reunía la “flor y
nata de la aristocracia”, ejemplo de “señora avisada”, por su inteligencia en el gobierno de sus estados; doña María Lorenza de los Ríos, marquesa de Fuente Híjar, que sustentaba un salón de literatos y artistas, creadora con su marido de las “cocinas económicas”, en 1803, a través de la Sociedad Matritense, y autora de un informe sobre la educación moral de la mujer; la condesa-duquesa de Benavente, María Josefa Alfonsa Pimentel y Téllez Girón, que es, dice Iglesias, la gran figura femenina del siglo, por sus dotes físicas e intelectuales, en cuyo palacio El Capricho, trasladado a Cádiz cuando la invasión francesa, se reunía todo el mundo notable de su época; la condesa de Montijo, María Francisca de Sales Portocarrero y Zúgiña, educada en las Salesas Reales,767 cuyo
salón tenía una vertiente más religiosa, pero que reunía a lo más granado de los ilustrados. Y naturalmente el de la duquesa de Alba, famoso por su amenidad, generosidad y mecenazgo. Todas ellas, más algunas otras entre las que destaca doña Josefa Amar y Borbón, crearán, dentro de la Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid, la Junta de Damas, nacida en 1787, gracias al impulso directo de Carlos III, y al apoyo de Jovellanos y Campomanes, como rama femenina de la Sociedad, y no sin oposición de parte de sus miembros, como Cabarrús. Sus actividades más importantes, además de elaborar informes, consultas y dictámenes varios, se concentrarán en la asistencia social a las niñas y mujeres en la escuela, el hospicio y la cárcel. Se hicieron cargo de las Escuelas Patrióticas, fundadas por la Sociedad en 1776, duplicando las cuatro iniciales, manteniendo a unas 300 alumnas, que aprendían y producían piezas de
766 TORTOSA LANDE, M. D. La Academia del Buen Gusto de Madrid (1749-1751). Universidad de
Granada, 1988
767 A través de la Carta geográfica, cronológica e histórica de la villa de Teba, (Biblioteca Nacional, Manuscritos, 20263), sabemos que doña María Francisca de Salas pasó sus primeros años de formación escolar, en el Real Monasterio de la Visitación de Madrid, donde su madre, la Marquesa de Valderrábanos se había retirado, profesando en él. Adquirió una esmerada educación, y siguió estudiando, siendo respetada como científica, escritora y traductora eminente y magnífica oradora. GÓMEZ GARCÍA, María del Carmen; REDER GADOW, Marion. “La imagen de la mujer según los ilustrados malagueños”, en CONGRESO de Historia de Andalucía (3º, Córdoba, 2001. Las mujeres en la Historia de Andalucía. II. Córdoba: Publicaciones Obra Social y Cultural Caja Sur, 2002, pp. 401-415, conf. 404- 405.
hilado y bordado de gran calidad, y que tenían trabajo al salir de las escuelas, en el Montepío de Hilazas, creado por varias de las damas de la Junta. Desaparecieron las escuelas en la gran conmoción de 1808. Se ocupó también la Junta de Damas de la Inclusa de Madrid, por orden de Carlos IV, en 1799, mejorando el calamitoso estado de los huérfanos, de los que redujeron la mortalidad de más del 90% al 46%. E igualmente se ocuparon de las presas de las cárceles madrileñas, la Cárcel de Corte, la Cárcel de Villa, y la más célebre, y no por bien, de La Galera, a través de la Asociación de Señoras de las Cárceles, creada en 1787. De “presas” pasaron a denominarse “pobres”, y aprendieron a leer, escribir y calcular, además de un oficio y recibir un salario por su trabajo. Afirma Iglesias que a través del trabajo de Demerson768, y otros estudios que
cita, se ha rescatado la historia de los salones y de las actividades femeninas de un marco de historia frívolo y mundano para insertarlos en el centro de “dinámicas sociales y culturales de la época”. Como fuentes, disponemos de sus abundantes epistolarios, obrantes en sus archivos, y en los de las respectivas Sociedades en que desarrollaron sus actividades.