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Desde que Carlos V rechazó el plan de aniquilar a Francisco I, Enrique, presionado por el Consejo, a desgana, permitió a Wolsey reanudar las negociaciones con Francia en el verano de 1525. En junio comienzan las conversaciones, que se materializan en el solemne tratado firmado en The More, pero todavía la duplicidad de Enrique se manifiesta cuando, escribiendo al Emperador, califica a Francisco I de «nuestro súbdito y rebelde que debería sernos entregado»18.

La situación del rey francés, tras la batalla de Pavía y su cautiverio en Madrid, no era fácil. El 17 de marzo de 1526 quedó libre, pero dejando a sus hijos de rehenes en España y después de haber firmado con Carlos V un tratado que nunca pensó cumplir. Wolsey aprovecha este momento de humillación y sed de venganza para consolidar la Liga de Cognac, una coalición anti-Habsburgo que presentaba a Carlos V como una amenaza para Europa. Clemente VII, Francia, Venecia, Milán y Florencia firman el tratado; Inglaterra permanece entre bastidores.

De resultas, se endurece la situación de Dª Catalina. Íñigo de Mendoza, el nuevo embajador del Imperio, intentará hablar con la Reina sin conseguirlo; sólo podrá hacerlo en presencia de Wolsey. La causa principal de su desgracia, dirá a Carlos V, era que se identificaba enteramente con los intereses del Emperador19.

El Cardenal trataba de convertir a Enrique VIII en árbitro supremo de Europa pretendiendo que Carlos V devolviera a Francisco I sus hijos, que Borgoña siguiera siendo francesa, que Milán se entregara a los ingleses o se convirtiera en estado independiente: es decir, que Carlos V perdiera el posible fruto de su victoria en Pavía, quedando en precario su posición europea. Wolsey, con su megalomanía habitual, acaricia un tratado de paz universal que se concluiría en Londres bajo la presidencia del Rey y la suya propia. Intenta convencer a Enrique de que el Emperador «se avendría a condiciones razonables, de tal modo que Vtra. Alteza, Dios mediante, tendrá en sus manos la conclusión de una paz universal de la Cristiandad, con mérito vuestro, grandes alabanzas y perpetua fama»20.

Así puede Wolsey reanudar las negociaciones con Francia, buscando lo que siempre había procurado: la alianza matrimonial, abandonada en 1522. El 31 de mayo de 1526 el Cardenal le confiesa a Gaspar Contarini, embajador de Venecia en Londres, que iba a tratar del casamiento de María con el duque de Orleans, segundo hijo de Francisco I y tres años menor que ella. John Clerk, obispo de Bath y Wells, iría a Francia con este cometido. Pero en septiembre interviene Enrique y propone algo insólito: renunciar a sus pretendidos derechos a la Corona de Francia y a la plaza de Boulogne si Francisco, ahora viudo, le concede una pensión y se casa con su hija María21.

Proposición increíble: entregar a su hija a un monarca podrido de enfermedades venéreas, que podía ser su padre y con dos hijos para la sucesión de la Corona. Para colmo, si Enrique muriera podría reclamar Inglaterra en nombre de su esposa. El rey de Francia, entre asombrado y escéptico, escucha la noticia. Por el tratado de Madrid tenía

que casarse con Leonor de Austria, reina viuda de Portugal, y confesaba que estaba dispuesto a casarse con la mula del Emperador para recobrar su libertad. Pero admite aquel juego diplomático mientras se decide el forcejeo entre la Liga y el poderío español y envía a sus delegados franceses a Londres para que visiten a la Princesa y concierten los términos de aquel tratado.

El invierno de 1526 se presentaba sumamente difícil para Carlos V tras la victoria de Mohacs por los turcos en Hungría, pero la Liga de Cognac se deterioraba sin remedio. A falta de éxitos inmediatos, Clemente VII y los venecianos deseaban la paz, porque en las proposiciones de Wolsey «no se daban más que palabras»22 y solo continuaban por el decidido empeño de Francis​co I. La reina Catalina, más dolida que nunca por el inútil y cruel sacrificio de su hija, sigue manteniendo silencio ante el nuevo giro de la política internacional. En este ambiente cargado de incertidumbre y recelos llegan a Dover cuatro enviados franceses, encabezados por el obispo de Tarbes y el vizconde de Turenne, seis días después del undécimo cumpleaños de la Princesa.

Durante dos meses se sucederán las negociaciones; oficialmente pedían que María fuera llevada de inmediato a Francia, pero también estaban autorizados para consentir en todo y llegar a un acuerdo. Los ingleses piden una pensión de 50.000 coronas; rehúsan los franceses y hacen una contraoferta de 15.000 coronas. Wolsey, despectivamente, comenta que ese es el valor de un par de guantes y Enrique añade que pierde más jugando a las cartas una noche. Se llega a un impasse; como María tardaría en ir a Francia, ¿por qué no casarla con el duque de Orleans y de paso al duque de Richmond con la hija del monarca francés?

Clerk, desde París, dice haber encontrado a Francisco I muy inclinado a la proposición de casarse con María, «pensaba en ella como no lo había hecho con ninguna mujer»23. Además, decide abandonar la petición de Boulogne y escribe a María llamándola «alta y poderosa princesa». Pero no podía ser un pretendiente entusiasmado. Wolsey, por complacer a Enrique, apoya este matrimonio, mientras se deshace en elogios hacia la Princesa: «Y yo, siendo su padrino, y amándola enteramente, después de Vtra. Alteza, y sobre todas las demás criaturas, le he asegurado [a Francisco] que estaba deseoso de entregarla a su persona, como en el mejor y más digno puesto en la Cristiandad».

Así se llega a la firma de un tratado de paz perpetua, alianza militar y contrato matrimonial, redactado y corregido varias veces. Cuando se firmó el acuerdo, el énfasis principal recayó en el duque de Orleans. Wolsey quería asegurarse de que viniera a vivir a Inglaterra, una vez rescatado de España, «y hacerse popular aquí» para asegurar a los ingleses que aquel príncipe Valois sería su rey. Esta era la opinión que había mantenido Wolsey desde el comienzo de las negociaciones.

Los enviados franceses vieron a la Princesa el día de San Jorge en Greenwich, donde el obispo de Tarbes pronunció un discurso; ella les saludó dándoles la bienvenida en francés y en latín; escribió una composición para ellos haciendo gala de una hermosa caligrafía y les brindó un concierto tocando sus virginales. Después, en los aposentos de la Reina, María bailó con el vizconde de Turenne. Pareció sincero el entusiasmo de estos

enviados franceses: ella sobresale por su hermosura e inteligencia, pero a sus once años era todavía una niña y se hacía impensable casarla antes de tres años24.

El tratado se firma el 5 de mayo y al día siguiente María asiste a una fiesta solemnísima que se celebraba en su honor. Greenwich se engalana con arcos de triunfo, y Hans Holbein contribuye con la representación pictórica de las hazañas de Enrique VIII. En el gran banquete y la máscara que se siguió, la princesa María se sentó con los embajadores franceses, rodeada de grandes damas de la corte. Spinelli, el enviado veneciano, gozó extraordinariamente en aquella fiesta; todo, dijo, se realizó «sin el menor ruido o confusión y tal como se había planificado desde el principio, con orden, regularidad y silencio». Dice creer ver contemplar un coro angélico ante la hermosura de las mujeres y la riqueza de sus atavíos25.

Comienza una representación en la que cantan los niños de la capilla del Rey y recitan un diálogo entre Mercurio, Cupido y Platón, solicitando a Enrique para que decida quién tiene más valor: el amor o la riqueza. Irrumpen seis caballeros de blanca armadura y se lanzan con tanto furor contra una barrera que se rompen sus espadas. Acabada la contienda, un anciano de barba plateada declara resuelto el conflicto: los príncipes necesitan amor y riquezas, lo primero para ganarse la obediencia y servicio de sus súbditos, lo segundo para recompensar a los más allegados.

Por el otro lado de la sala entran ocho caballeros ricamente ataviados, con antorchas, y así iluminan un escenario donde se divisaba una montaña circundada de torres doradas «engastadas con corales y ricas piedras de rubí». En la roca se sentaban ocho damiselas con vestidos de hilo de oro y el cabello recogido en redecillas cuajadas de pedrería; sus largas mangas barrían el suelo. Allí, en el centro, se encontraba la princesa María y cuando se levantó al son de las trompetas «su belleza produjo tal efecto en todos los circunstantes, que las maravillas que habían presenciado anteriormente se olvidaron y solo podían dedicarse «a la contemplación de un ángel tan hermoso». Sus joyas centelleaban tanto que cuando ella, al frente de sus damas, inició una danza, «deslumbraba la vista y parecía que estaba adornada con todas las gemas de la octava esfera». Al final de la representación, el Rey y Turenne, junto a otros caballeros disfrazados, prosiguieron el baile; en esta ocasión, María con su padre, ante la manifiesta satisfacción de los circunstantes:

I saw a King and a Princess Dancing before my face, Most like a god and a goddess I pray Christ save their graces26.

La Princesa lucía entonces su espléndida cabellera de rizos de oro cayéndole sobre sus espaldas, libres de aquella redecilla porque, al aproximarse a su padre, éste «arrancó su adorno para exhibir su cabello dorado, tan hermoso que no se ha visto otro igual en cabeza humana cayendo sobre sus hombros».

Doña Catalina, complacida ante el espectáculo, no pudo, al mismo tiempo, dejar de asociar, con notable inquietud, otro cabello suelto sobre la espalda, pero oscuro, que lucía Ana Bolena.

María abandonará la corte el 30 de abril y cuatro meses más tarde, el 18 de agosto de 1527, se produce el contrato matrimonial de la Princesa con el duque de Orleans, firmado y sellado por Francisco I27.

Bellamente iluminado sobre pergamino con fondo de oro, se enmarca con una orla de flores de lis, rosas Tudor y cupidos. En la parte inferior aparece Francisco I representado como el dios Himeneo, llevando de la mano a los novios. Flanqueados por las armas de Inglaterra y Francia, la princesa María se destaca como una figura juvenil que viste una túnica blanca adornada de flores y se toca con una cofia azul y oro; a la derecha de su padre, el duque de Orleans está representado como un niño con jubón y calzas a la última moda28.

Poco imaginaba la princesa María que aquel niño, al correr de los años, se convertiría en el enemigo más implacable de su reinado y que aquel festejo sería el último en el que en mucho tiempo se le tributarían honores reales.