Este era el cargo de máxima autoridad en la clausura y el de mayor rango en el orden y precedencia al que podía aspirar cualquier monja de velo negro. Sin embargo, Santa Teresa, que era enemiga de hacer distinciones en el convento, dispuso que todas tuvieran el mismo trato. Así la Madre Priora debía ser humilde porque: ―La tabla de barrer se comience desde la madre priora, para que en todo dé buen ejemplo […] no se haga más con la priora y antiguas que con las demás. Nunca jamás la priora ni ninguna de las hermanas pueda llamarse ―don‖333
.
La priora era conocida también como Nuestra Madre o Su Reverencia y era la encargada de nombrar a las religiosas en sus diferentes oficios. Se elegía por votación conventual, así como por decisión del ordinario, quien presidía la elección acompañado de autoridades eclesiásticas que actuaban de fiscales.
A propósito, se reproduce un fragmento de una elección particularmente reñida ya que tuvo que realizarse tres veces. En la primera oportunidad hubo un empate, en la segunda, una religiosa votó en blanco, lo que invalidaba la elección y en la tercera, finalmente, por un voto ganó Teresa de San Miguel (Tejeda), que disputaba el priorato a su hermana Ana María de San José334:
En la ciudad de Córdoba en veintinueve días del mes de marzo de mil seiscientos noventa y tres años estando en la iglesia del monasterio de monjas de la Señora Santa Teresa de Jesús de esta dicha ciudad a la reja del coro bajo el maestro don Bartolomé Dávalos, arcediano de la Santa Iglesia Catedral de Tucumán, su provisor y vicario general en sede vacante para presidir en la elección de priora de él y demás oficios, asistiendo por escrutadores el maestro don Gabriel Gregorio Bazán de Pedraza, vicario, juez eclesiástico de esta dicha ciudad y el doctor Francisco de Vilches Montoya y Tejeda, vicario de dicho monasterio y el licenciado don Bartolomé Bernal y Gutiérrez, visitador de testamentos, legados y obras pías. Mandó su merced tocar a capitulo como se acostumbra335.
En el momento de la fundación del convento de San José de Córdoba, el obispo Torres dispuso que la priora tuviese treinta años y cinco de hábito, según lo exigía el concilio de Trento336. Entre sus múltiples ocupaciones se hallaban la de cuidar de la promoción de la lectura, de señalar los lugares y momentos de
333
SANTA TERESA, Constituciones, cit., capítulos VII: 1, y IX: 13. 334
En esta oportunidad Ana María de San José Tejeda, hermana mayor de Teresa, hija de Gabriel de Tejeda fue nombrada maestra de novicias. Había ejercido como supriora en el trienio 1676-1679 y priora entre 1686-1689. En el trienio 1679-1681 gobernó su prima Teresa de San José Tejeda. Por su parte Teresa de San Miguel se desempeñó como supriora en el trienio anterior a su elección prioral. 335
AAC, Monjas Teresas, Legajo 8, Tomo 1, 1693. El documento completo ha sido transcripto en el anexo 2, p. 413
336
recogimiento y recreación, de dar todo tipo de licencias, por ejemplo, para que las religiosas pudieran entrar en la celda de otra, tener las llaves (de la portería, del arca, de la iglesia, etc.), recibir a las hermanas y escuchar sus necesidades. La priora debía conocer cada uno de los movimientos de su comunidad: quiénes recibían visitas y qué se conversaba en el locutorio, revisar el contenido de las cartas y evitar las murmuraciones.Presidía, además, el capítulo de culpas e impartía la disciplina ―con celo de caridad y amor de justicia y sin disimulación, corrija las culpas legítimamente‖337
. Si se diera el caso de que no hubiera ninguna religiosa preparada para ejercer el oficio de maestra de novicias, la priora debía tomar ese trabajo y señalar ayudantes.
El período prioral duraba tres años y no había reelección inmediata sino después de pasado un trienio. Este sistema permitió que algunas monjas ostentaran el cargo, aunque de manera interrumpida por seis, nueve y hasta doce años alternando con otra religiosa, como si sólo se cediesen el poder. Tal fue el caso de la Madre Jerónima de la Encarnación, en el siglo Vilches y Santuchos, que profesó en 1696. En 1723 fue elegida priora y en el trienio posterior, clavaria, para volver a gobernar el monasterio por tres años más, entre 1729 y 1732. En este mismo año volvió a ser electa clavaria y en las elecciones siguientes, obtuvo el priorato una vez más; sin embargo, no pudo completar su mandato porque falleció en enero de 1737. Aunque este no fue un caso aislado, no obstante, se produjo cierta rotación en los cargos.
La ceremonia de elección de prioras constituyó siempre un acontecimiento en la casa. El día comenzaba con misa y la comunidad era convocada a campana tañida, previa fijación del día, hora y lugar, que podía ser preferentemente el coro bajo o el locutorio. Asistían también el obispo o alguien a quien él delegara, y dos escrutadores, de seguro el capellán y otro que podía ser, por ejemplo, el rector del colegio real, y el escribano. Solamente las religiosas profesas solemnes eran las que votaban y lo hacían depositando su voto secreto en la urna. Hecho el escrutinio y entregada la lista con los resultados, el ordinario confirmaba los nombramientos y la ceremonia terminaba después de que las monjas pasaran una a una por delante de la priora, expresando con algún gesto simbólico una actitud de sumisión. Se buscaba que los votos fueran personales, libres y secretos. Por el mismo procedimiento la comunidad elegía a la supriora y a las clavarias:
337
[…] y habiéndose juntado al toque de dicha campana las Madres vocales que dijeron ser catorce y dicho señor Provisor mando que procediesen a la votación secretamente como lo ejecutaron luego al punto poniendo cada una en un cofrecito una cédula doblada y por mi el infrascripto notario fue traído a la mesa donde su Merced estaba con los escrutadores […] reconocidas las cédulas que se hallaron en el dicho cofrecito se reconoció que la Madre Juana Inés del Sacramento salió con tres votos electa en Priora y la Madre María Josefa de Jesús con once votos, y en supriora la Madre Juana de Jesús con un voto, y la Madre María Magdalena de Jesús con otro, y la Madre María de la Cruz con doce votos y vista esta elección por dicho Señor Provisor dijo que en cuanto puede y es de su Jurisdicción confirmaba y confirmó la elección hecha en la Madre María Josefa de Jesús con once votos, y en la Madre María de la Cruz con doce votos la primera en priora y la segunda en supriora338.
El grado de autonomía que alcanzaban las comunidades religiosas era un hecho excepcional en la sociedad colonial hispanoamericana, ya que se trataba de un grupo de mujeres que decidía, organizaba y administraba su espacio. Sin embargo, aclara Alicia Fraschina, si bien los conventos de monjas construían sus vidas y su
hábitat en términos propios y organizaban una forma eficaz de autogobierno, no se
vieron libres de la tutela masculina, ya que era el obispo o el provisor quienes tenían la última palabra, la autorización final, la ratificación de un hecho o un nombramiento339.
El libro de elecciones priorales del convento de San José es la fuente fundamental para conocer el nombre de las preladas, la fecha en que fueron elegidas, el período de gobierno, así como los nombres de las demás candidatas y el número de votos que obtuvo cada una. Al inicio del libro, la priora explica que las monjas nunca habían llevado en orden el libro de elecciones, y que lo habían comenzado en el año 1725:
Yo la Madre Ana María del Carmen, Priora del Monasterio de Carmelitas descalzas, de Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús de esta ciudad de Córdoba; advertida de la gran falta que padece este convento en no tener las elecciones, de las Preladas que le han gobernado desde su fundación, considerando ha sido el descuido defecto de nuestra advertencia, y procurando enmendarle en la manera que se pueda, para que no se priven las venideras de esta noticia, he hallado conveniente de los Libros de entradas de religiosas, y accintos [sic] de censos, congregar alguna noticias, que aunque no se han podido adquirir individuales, son empero ciertas y fieles, y las que se siguen.340
Cuando el obispo don José Arias Gutiérrez de Zevallos realizó su visita canónica en 1733, pidió al monasterio que le presentaran los libros de profesiones y recepciones, Sin embargo, ―solo se nos han presentado este [dice el obispo] que es de
338
Archivo del monasterio de San José (en adelante AMSJ), Libro de las elecciones de Prioras y
demás oficios de este convento de Carmelitas descalzas de la Señora Santa Teresa de Jesús, de Córdoba, año de 1726 corre desde folio 1., folio 9 v y 10 r.
339
ALICIA FRASCHINA, Mujeres consagradas,, cit., p. 158. 340
Elecciones de Prioras, y demás oficios, que solo contiene tres por haberse empezado el año de mil setecientos veinte y cinco‖341
.
Sobre las elecciones realizadas durante el siglo XVII el libro es muy escueto, menciona escasamente el nombre de la priora y de la maestra de novicias, y deja ciertas lagunas en la información. Por ejemplo, entre los años 1652 y 1662 no hubo entrada de religiosas por lo que no se asentó el nombre de las preladas que gobernaron durante ese decenio. Luego se nombra a la priora elegida en 1662 y no se menciona a ninguna otra hasta 1676. Coincidentemente, entre 1663 y 1673 tampoco hubo profesiones.
La primera prelada del monasterio fue la madre Catalina de Sena, que no era otra que Leonor de Tejeda: ―[…] entró gobernando como Priora la Madre Catalina de Sena religiosa profesa del orden del Patriarca Santo Domingo del monasterio de Santa Catalina de Sena, Recibió catorce Monjas y entre ellas a la fundadora la Madre Teresa de Jesús; entró para Maestra de Novicias la Madre Mariana de la Cruz, gobernó hasta el año de 1636‖342
. Leonor de Tejeda emprendió junto a dos de sus compañeras, Catalina de Santo Domingo y Mariana de la Cruz, la tarea de gobernar y organizar el nuevo monasterio. Fue su priora y juntamente con Mariana de la Cruz se desempeñó varias veces como maestra de novicias343. Esta última, sor Mariana, ocupó el priorato en 1641.
Pedro Guibovich Pérez, en su artículo sobre elecciones priorales en la ciudad de Lima, relata la tensa calma que acompañó la elección un domingo de julio de 1671: Corrían extraños rumores de un lugar a otro y la preocupación era visible en los rostros de los pobladores. El motivo de tanto desasosiego no era la inminencia de un ataque pirata, ni la noticia de un levantamiento indígena, ni tampoco la celebración de un auto de fe; la razón era otra: la elección de abadesa en el Monasterio de la Encarnación. En su interior, como solía suceder en tales ocasiones, la lucha política tenía divididas a las monjas 344.
341 Ibídem, f. 50 r. 342 Ibídem, f. 2 r. 343
Finalizada su tarea organizativa y su priorato, Leonor de Tejeda volvió al convento original, el de dominicas, en 1637. La última noticia que se tuvo de ella data del 31 de enero de 1640, cuando se anotó su inasistencia a capítulo debido a una enfermedad que la tenía postrada. Debió haber fallecido en aquellos momentos, aunque se desconocen el día y las circunstancias exactas ―por estar truncos los manuscritos antiguos‖, en palabras del padre Cayetano Bruno. Leonor de Tejeda tendría por entonces unos sesenta años y veintisiete de vida consagrada.
344
JOSEPHE DE MUGABURU & FRANCISCO DE MUGABURU, hijo, Diario de Lima (1640-
1694): Crónica de la época colonial, Lima, 1935, citado por PEDRO GUIBOVICH PÉREZ, ―Velos y
votos: elecciones en los monasterios de monjas de Lima colonial‖, en: Elecciones, 2, 201, 2003, pp.201-212. La cita se completa con las medidas tomadas para aplacar la violencia que desataban los sufragios, en los que no faltaban cuchilladas: ―Para tratar de apaciguarlas, aquel domingo a las diez de la noche, el virrey ordenó a una compañía de caballería patrullar la extensa cerca del convento. Pero, como las monjas manifestaban poca voluntad de bajar la guardia, al día siguiente, una compañía de caballería y cien infantes armados rodearon el recinto. En sus proximidades se leyó un bando que prohibía cualquier tipo de alteración, bajo pena de destierro a Chile y azotes. Ese mismo día fue elegida
Lo sucedido en La Encarnación no era un hecho extraño a la sociedad indiana. Cada vez que había que elegir abadesas o priores en los ricos y poblados monasterios de monjas y frailes, la autoridad civil o eclesiástica tenía que intervenir para mantener el orden. Si bien las elecciones podían ser acontecimientos muy entretenidos de narrar, revestían una importancia central para la comprensión del tejido social colonial. La violencia, latente o manifiesta, de algunas elecciones era la expresión de las tensiones sociales y de los intereses políticos en juego tanto dentro como fuera de los muros de los monasterios 345.
Aunque la situación descripta sucedía en los conventos ―grandes‖ de Arequipa, Lima o Cuzco —donde la vida diaria distaba mucho de ser austera— las elecciones en los demás monasterios de monjas involucraron a los miembros de la sociedad colonial de diversas maneras. Las elecciones eran acontecimientos que convocaban el interés de amplios sectores de la población, lo que era comprensible pues no faltaba quien tuviera a la tía, la hermana, la prima o la amiga detrás de los densos, aunque permeables, muros monacales.
En la elección del gobierno del monasterio pesaban, además de consideraciones estrictamente religiosas otras vinculadas a lo social y a lo económico. Es que ser nombrada priora otorgaba no solo prestigio social sino también la posibilidad de influenciar en las decisiones capitulares al momento de administrar el patrimonio y otorgar censos346.
En la ciudad de Córdoba a veintiún días del mes de diciembre de mil seiscientos cincuenta y dos años, estando tras la red del locutorio del monasterio de la Señora Santa Teresa de Jesús de la dicha ciudad, ante mí el escribano y testigos la priora y monjas de él juntas y llamadas por son de campana como lo tienen de costumbre para tratar las cosas que tocan a su aumento y comunidad, especialmente la madre María de San José, priora […] que declararon son la mayor parte que al presente hay en él y por sí y en nombre de las ausentes por quienes prestaron voz y caución […] [acordaron] se le daría dos mil pesos de a ocho reales a censo y los tomaría e impondría sobre su persona y bienes y en dos moradas de casas y una de esas casas poblada y edificada‖347
.
la nueva abadesa sin ningún contratiempo. Una vez concluido el acto electoral, la calma volvió al monasterio y a la ciudad‖.
345
Ibídem, p. 201. 346
Hay que recordar que los monasterios funcionaban como unidades crediticias y otorgaban préstamos en moneda corriente a las personas que lo solicitaran. Este tema, del que mucho se ha escrito, se tratará de manera extensa en otro apartado. Véanse, entre otras obras, KATHRYN BURNS, op. cit.; AUGUSTO ESPINOZA, ―De Guerras y de Dagas: crédito y parentesco en una familia limeña del siglo XVII‖, en Histórica, XXXVII, 1, 2013, pp. 7-56.
347