Gerard Genette (2000) propone que todo texto se relaciona directa o indirectamente con otros textos. Este enunciado sencillo en la forma, pero de mucha profundidad en el significado, presenta una red de relaciones, prolijas o apenas visibles entre ellas. En suma, “de un modo general, a esas relaciones entre textos se les denomina intertextualidad” (Camarero, 2008, p. 23). Desde esta perspectiva, la literatura se constituye en una gran biblioteca universal, donde cada obra se asocia con otras inexorablemente. Por lo tanto, se organiza un intercambio vivencial, ya en la forma, ya en el contenido. Además, en esta relación intertextual es el lector quien precisa cómo se presenta en un determinado texto esta tradición de la convivencia con otros textos.
Si bien es cierto, desde los inicios de los relatos orales, estos se multiplicaban por asociación o repetición con un texto base. También, en el nivel de los primeros relatos escritos se ha seguido profundizando en las mutuas interrelaciones entre ellas. Y cuando aparece el libro, en el periodo renacentista, esta práctica dialógica se transforma en una virtud, puesto que el escritor moderno debía escribir siguiendo los modelos de los maestros clásicos. Según Montes y Rebollo (2006)
La imitación es tan vieja como la literatura: recordemos la imagen de Aristófanes de la abeja que vuela libando el polen de flor en flor para fabricar su propia miel, y que aparece también en Lucrecio, Horacio o Séneca. A lo largo de la historia, empero, este sistema ha recibido distintos nombres - imitatio, contaminatio, influencia, recepción, huella, injerto, interferencia- y ha gozado de dispar predicamento. (p. 160).
En esta larga data de las interrelaciones entre los diversos textos literarios en el marco del devenir de la cultura humana, la intertextualidad nos permite conocer el desarrollo específico de cada periodo de la literatura universal. Asimismo, nos informa sobre el funcionamiento de los modelos culturales que se desarrollaban en un contexto histórico preciso. Sin embargo, se sabe que la teorización de la categoría
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intertextualidad aparece, por primera vez, en la obra crítica de Mijaíl Bajtín: “(que empieza a publicar en 1919) y concretamente, en la noción de dialogismo, analizada en obras como Teoría y estética de la novela y Estética de la creación verbal” (Camarero, 2008, p. 27). Por lo tanto, la noción de “dialogismo” propuesto por el teórico ruso se explica como una semiosis de enunciados donde un enunciado se relaciona con un sinfín de otros enunciados.
Como se ha observado, el teórico ruso no utilizó el término intertextualidad. La persona que se encargó de proponer esta categoría fue la francesa Julia Kristeva. “En la época del postestructuralismo, […] es quien traslada la noción bajtiana de dialogismo a Francia en su artículo, <<la palabra, el diálogo, la novela>>, publicado luego en su conocido libro Semiótica” (Camarero, 2008, p. 29). En efecto, este término intertextualidad se propone por primera vez en 1967, en el citado artículo. Desde entonces, esta acuñación ha alcanzado en la nomenclatura teórica un gran éxito. Puesto que pocas veces se observa cómo una determinada categoría o concepto alcance un empleo casi universal, masiva y de aplicación productiva, desde su aparición hasta la actualidad, en la interpretación de una diversidad de obras literarias.
En este proceso de la difusión, discusión y aplicación de esta categoría en el desarrollo de la teoría literaria, en estos últimos cincuenta años, sobresale la participación de Gerard Genette. Este teórico francés considera que “la intertextualidad es una red de relaciones entre textos que define la literatura en su especificidad (literariedad) en el marco de la poética o ciencia literaria” (Camarero, 2008, p. 32). Por lo tanto, queda clara la idea de que esta categoría se constituye en una de las características fundamentales en el estudio de la obra literaria. El autor de Figuras (I, II y III) ha publicado un monumental tratado sobre la intertextualidad, denominado Palimpsestos (1982). En este estudio, en primer lugar, define el concepto de transtextualidad como la categoría hipertextual que envuelve todas las formas existentes de interrelación entre la diversidad de textos (Genette, 1982, pp. 9-10). En segundo lugar, considera que dentro de este marco de la transtextualidad se halla cinco tipos de extensiones, niveles o relaciones transtextuales. Esta división se presenta para el interés de nuestro trabajo analítico de la obra poética de Giovanna
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Pollarolo como una propuesta que aborda con mayor precisión las características específicas de esta poética, en su nivel de la intertextualidad. Entonces, en esta perspectiva de conocer esta división propuesta por el autor francés, detallamos su propuesta.
Hoy […] me parece percibir cinco tipos de relaciones transtextuales que voy a enumerar en un orden aproximadamente creciente de abstracción, de implicitación y de globalidad. El primer tipo, […] defino la intertextualidad como una relación de copresencia entre dos o más textos, es decir, iedéticamente y frecuentemente, como la presencia efectiva de un texto en otro. [En este primer grupo se halla la cita, el plagio y la alusión]. El segundo tipo [la paratextualidad] está constituido por la relación [...] [que] el texto propiamente dicho mantiene con [...] su paratexto: título, subtitulo, intertítulos, prefacios, epílogos, advertencias, prólogos, etc.; notas al margen, a pie de página, finales; epígrafes, ilustraciones [...] autógrafas o alógrafas [...l. El tercer tipo de transcendencia textual, que llamo metatextualidad, es la relación -generalmente denominada comentario- que une un texto a otro texto que habla de él sin citarlo (convocarlo), e incluso, en el límite, sin nombrarlo. […]. La metatextualidad es por excelencia la relación crítica. El quinto tipo, el más abstracto y el más implícito, es la
architextualidad […]. Se trata de una relación completamente muda que, como
máximo, articula una mención paratextual (títulos, como en Poesías, Ensayos [...]), o, más generalmente, subtítulos: la indicación Novela, Relato, Poemas, etc., que acompaña al título en la cubierta del libro) de pura pertenencia taxonómica. [...]. He retrasado deliberadamente la mención del cuarto tipo [...l. Se trata de lo que yo rebautizo de ahora en adelante hipertextualidad. Entiendo por ello toda relación que une un texto B (que llamaré hipertexto) a un texto anterior A (al que llamaré hipotexto) en el que se injerta de una manera que no es la del comentario. (Genette, 1982, pp. 10-14).
A partir de esta división organizada por Genette, se puede nombrar al grupo de relaciones intertextuales más usuales o evidentes como la cita, la alusión, el plagio y la referencia. En estos casos, se requiere señalar la presencia de un texto anterior en un texto reciente donde se demuestra una clara presencia de un texto madre en un texto nuevo. Y es, en esta correlación diversa, donde el empleo de la cita sobresale como el
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hecho de intertextualidad más evidente y nítido. En cambio, en el caso de las otras interrelaciones, se necesita del trabajo zahorí del lector, quien con su lectura activa logrará precisar el juego de las intertextualidades en sus diversas variedades y propuestas. Para el caso de nuestro análisis de los poemas de Pollarolo, nos será de mucha utilidad los dos primeros niveles, esto es, en los textos de nuestra autora se evidencia con mayor nitidez la cita, el plagio y la alusión. Por lo tanto, en esta parte nos basaremos en la categoría de la intertextualidad. Asimismo, emplearemos la categoría de la paratextualidad, puesto que aparte del título del poemario; varios títulos de los diferentes poemas presentan este tipo de intertextualidad.
En suma, los tipos de transtextualidad propuestos por el teórico francés, los emplearemos en función de la pertinencia de los respectivos análisis. No se acudirá a estas categorías de manera mecánica; sino, en función de su utilidad y productividad analítica.