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Chapter 7 Conclusions and Future work

7.3 Future works

(5) Ahora tenemos que considerar una palabra muy especial, «unigénito», monogenés, aplicada a nuestro Señor Jesucristo. Se refiere a él como aquel cuya gloria es «como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1.14). En la versión co- mún de Juan 1.18 se le llama «monogenés Hijo», pero en el texto crítico de este pasaje se le llama «monogenés Dios».

El versículo más famoso de todos, Juan 3.16, tiene las palabras tan bien conocidas «su hijo unigénito» (monogenés), y la frase se repite en el versículo 18 del mismo capítulo en el mismo contex- to. Juan usa esta expresión otra vez: «En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito [monogenés] al mundo, para que vivamos por él» (1 Jn 4.9). Parece que los padres de la iglesia del siglo IV, en el ardor de la controversia arriana, entendieron esta palabra como de alguna manera conectada con la raíz del verbo gennao, que significa producir o engendrar, así nuestra palabra «unigénito» viene del uso del siglo IV. Cuando los padres ortodoxos de la iglesia fue- ron desafiados por los arrianos, quienes decían que Cristo era un ser creado e indicaban la palabra monogenés como evidencia, los padres ortodoxos no tenían las facilidades para probar que la palabra no tiene nada que hacer con engendrar, pero sabían que,

a la luz de otras escrituras, Cristo no fue creado; «Nunca hubo un tiempo en que él no era». Por esto aceptaron la palabra «en- gendrado», pero agregaron las palabras «no creado».

La idea de que el Hijo fue engendrado por el Padre en la eterni- dad pasada, no como un acontecimiento sino como una relación inexplicable, ha sido aceptada y enseñada en la teología cristiana desde el siglo IV. Carlos Hodge, el más grande de los teólogos sistemáticos, en su discusión de la doctrina histórica de «la gene- ración eterna del Hijo» la da por sentada. Dice: «El Hijo es en- gendrado del Padre; se declara que es el unigénito Hijo de Dios. La relación entonces de la Segunda Persona a la Primera es de filiación. Pero qué significa el término, ni la Biblia ni los credos antiguos lo explican». 3

Cuidadosos estudios lexicográficos prueban sin lugar a dudas que la palabra monogenés no se deriva de la raíz gennao, engen- drar, sino de genos, género o clase. La palabra, entonces, signifi- ca «en una clase aparte o única», «el único de su género». La Biblia francesa dice correctamente «son fils unique».

Ya hemos examinado arriba todos los casos en que se aplican a Cristo las palabras «engendrado» o «nacido», o las palabras re- lacionadas con estas, y podemos decir con confianza que la Bi- blia no dice nada acerca de «engendrar» como una relación eter- na entre el Padre y el Hijo.

La sugerencia de que eliminemos completamente la doctrina de la eterna generación del Hijo es algo revolucionaria. Es posible que fuéramos mal entendidos. Habrá quienes no estén de acuerdo con que aclaremos así la absoluta igualdad esencial del Hijo con el Padre. Sin embargo, los únicos individuos que entenderían el significado son aquellos que deben entender la razón. Personal- mente puedo aceptar los credos antiguos sin equívocos, porque cuando se dice «engendrado pero no creado» se reduce la palabra «engendrado» a un cero absoluto. Sin embargo, sí creo que la doctrina de la «generación eterna» debe ser eliminada.

Pero, si abandonamos la generación eterna, ¿qué diremos de la filiación eterna? Eso es ya otra cosa. No hay dudas —y hemos presentado arriba suficiente evidencia para el significado de la frase «Hijo de Dios»— que «Padre, Hijo, y Espíritu Santo» son palabras aplicadas por los escritores de las Escrituras para indi- 3 Systematic Theology, vol. I, p. 468.

car las relaciones eternas dentro de la deidad trina. Todo lo que es necesario para que retengamos toda la riqueza del sentido de filiación sin retener la doctrina antibíblica de la generación eter- na es que entendamos y asimilemos lo que se ha dicho arriba de la doctrina bíblica de la filiación. No se presenta al Hijo ni como engendrado, ni como un subordinado, ni como un inferior en nin- gún sentido. Pero cuando Jesús se llamó a sí mismo el Hijo de Dios, y sostuvo que Dios era su propio Padre, esto era «hacién- dose igual a Dios» (Jn 5.18) en el idioma que habló.

Cualquiera que haya tenido el magnífico privilegio de asociarse con su padre en la obra del Señor en sus años maduros, tiene una base de entendimiento de la paternidad y filiación sin la idea de subordinación. Esos años en los cuales mi padre era pastor en Minneapolis y yo lo era en Milwaukee, y tuvimos compañerismo en los grandes asuntos de nuestra iglesia, en campañas, en el estu- dio bíblico, en experiencias pastorales, y en muchas otras mane- ras, son una herencia de incalculable valor. No debe ser difícil entender las palabras «Padre e Hijo» como si comunicaran una relación personal en la eterna Trinidad, sin involucrar en ningún sentido la idea de engendrar, ni de una subordinación esencial.

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