En su famoso ensayo Lingüística y poética (1960), el lingüista Roman Jakobson postuló la existencia de un modelo de comunicación formado por seis elementos a los cuales les corresponde una determinada función. Los factores que conforman todo acto de comunicación son el destinador (o emisor), el mensaje, el destinatario (o receptor), el contexto, el contacto y el código. Brevemente considerados, el destinador es quien emite el mensaje; el mensaje aquello que se comunica; y el destinatario o receptor, el
que decodifica el mensaje. No obstante, en todo acto también tenemos un contexto de referencia (un referente); un código común, en todo o en parte, al destinador y destinatario (pues de otro modo la comunicación sería imposible); y, finalmente, un contacto, esto es, un canal físico y una conexión psicológica entre el emisor y el receptor que les permiten establecer y mantener la comunicación (1985: 352).
Cada uno de estos factores, continúa Jakobson, determina una función diferente del lenguaje, lo cual no implica que los mensajes verbales padezcan la influencia de una sola de estas funciones. Por el contrario, en todo acto de comunicación, además del predominio particular de una función, puede haber otras que también tengan un rol destacado. Según qué factor del modelo previamente descrito se resalte, tenemos una función diferente. Si, por ejemplo, el acento cae en el destinador, la función hace hincapié en la actitud del hablante ante aquello que está comunicando, por lo que la función se denomina emotiva22.
Si, en cambio, la orientación es hacia el destinatario, la función que predomina es la conativa23. Ahora bien, si la función predominante es aquella que se orienta hacia el contexto, esto es, hacia el referente, estamos en presencia de la función referencial, la cual, según Jakobson, es el hilo conductor de varios tipos de mensajes (1985: 353-355).
Asimismo, hay mensajes que se concentran en el contacto, esto es, en establecer, prolongar o interrumpir la comunicación para comprobar si el canal funciona. A dicha función se la denomina fática24. A su vez, en el caso de que el mensaje se oriente hacia el código, se realiza la función metalingüística según la cual el destinador y/o el destinatario tratan de confirmar el uso del mismo código25 (1985: 356-357).
Hemos ya definido cinco de las seis funciones que se pueden dar en todo acto de comunicación. Hemos dejado para el final la orientación hacia el mensaje, que determina la función poética del lenguaje. Jakobson aclara rápidamente que no debemos reducir la función poética al ámbito de la poesía ni confinar la poesía a la función poética. De hecho, “la función poética no es la única función del arte verbal, sino sólo su función dominante, determinante, mientras que en todas las demás actividades verbales actúa como constitutivo subsidiario, accesorio” (1985: 358). Esta amplitud de la función poética hace que no sólo afecte a las obras literarias sino también a otros
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Las interjecciones cumplirían este tipo de función.
23 La cual se manifiesta, claramente, en el vocativo y en el imperativo. 24
Ejemplos como “Hola, hola ¿me escuchás?” son los más comunes aunque Jakobson también menciona “Bueno” o “Ya estamos”.
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tipos de textos, como es el caso del eslogan político I like Ike, citado por Jakobson. Según el lingüista del Círculo de Praga, la poesía épica, además de responder a la función poética, implica la función referencial del lenguaje al estar centrada en la tercera persona. La lírica, por su lado, está vinculada con la función emotiva por el predominio de la primera persona, mientras que la poesía de segunda persona está atravesada por la función conativa.
Ahora bien, debemos preguntarnos, siguiendo a Jakobson, “¿cuál es el criterio lingüístico empírico de la función poética?”; en otras palabras, ¿cuál es el rasgo fundamental que la caracteriza? Para contestar a dichos interrogantes, Jakobson argumenta que los dos modos básicos de conformación empleados en la conducta verbal son la selección y la combinación y aclara, con su ya conocida definición, que “la función poética proyecta el principio de la equivalencia del eje de selección al eje de combinación”26, por lo que “la equivalencia pasa a ser un recurso constitutivo de la secuencia” (1985: 360). De este modo, las repeticiones, la sinonimia y la antonimia, el paralelismo y otros recursos basados en estructuras recurrentes pasan a un primer plano. Karlheinz Stierle (1997) sostiene que al producirse una identificación de la poeticidad de los textos con las estructuras recurrentes, la definición de lo poético propuesta por Jakobson se torna reduccionista y “se pierde así lo específico de la poesía, que no está inscrito en el principio de recurrencia, sino que surge del antagonismo entre el principio de recurrencia y el de innovación” (1997: 205). Si bien no analizaremos ahora las principales ideas de este artículo, bástenos esta pequeña objeción a la tesis de Jakobson27, que en la actualidad continúa siendo una de las bases para el estudio de la literatura en general y de la poesía en particular.
Tras analizar y ejemplificar algunos de los rasgos recurrentes propios de lo poético en textos de lenguas como el ruso o el inglés, Jakobson sostiene que la ambigüedad es una característica propia de todo mensaje centrado en sí mismo, ambigüedad que abarca también al destinador y al destinatario. Y agrega que
la primacía de la función poética sobre la función referencial no elimina la referencia, pero la hace ambigua. Al mensaje con doble sentido corresponden un destinador dividido, un destinatario dividido, además de una referencia dividida, como claramente aparece en los preámbulos de los cuentos de varios pueblos, así por ejemplo en el exordio habitual de los narradores mallorquines: “Això era i no era”. (1985: 382-383)
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Con cursiva en el original.
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Vemos, pues, cómo la referencia no es desechada por Jakobson sino problematizada. La referencia se torna ambigua y, como ya dijimos, dicha ambigüedad se traduce en términos de un doble sentido en el mensaje y de un destinador y de un destinatario divididos lo cual, como veremos a continuación, llevó a Paul Ricoeur a reconsiderar el problema del referente a partir del estudio de la metáfora y del excedente de sentido que esta trae aparejado.
Si bien con el correr de los años, como sostiene Puppo (2006a), “se ha comprobado cuán limitada puede resultar la definición jakobsoniana, que reduce la función poética exclusivamente al ámbito de lo textual” (2006a: 33), la tesis de Jakobson, según la cual el mensaje se orienta hacia sí mismo generando un desdoblamiento en el emisor y en el receptor de dicho mensaje y una ambigüedad en el referente, es fundamental para entender los cambios que en la segunda parte del siglo XX afectarán a la teoría literaria y su concepción del referente. A continuación debemos mencionar el aporte de Paul Ricoeur al problema que aquí nos compete.