En este apartado se trata el tema de las comunidades de práctica en tanto que constituyen una teoría social del aprendizaje desarrollada por Wenger (2001), en cuyo pensamiento me voy a basar. Básicamente, una comunidad de práctica puede definirse como un sistema autoorganizado en el que “un grupo de personas ligadas por una práctica común, recurrente y estable en el tiempo, y por lo que aprenden en esta práctica común” (Vásquez, 2011, p. 53). Este grupo de personas constituye una estructura que facilita el hecho de compartir y de hacer circular el conocimiento.
Para elaborar su teoría Wenger parte de cuatro premisas. En primer lugar, el hecho de que seamos seres sociales es fundamental para el aprendizaje. En segundo lugar, Wenger entiende como Delors (1996) que conocer es adquirir una serie de competencias en cuanto a ser, hacer, aprender y convivir. También Díaz Barriga (2003), considera que el aprender y el hacer son acciones inseparables para esta corriente teórica. Estas competencias se adquieren, en tercer lugar, mediante nuestro compromiso activo en el mundo. Finalmente, el aprendizaje es el resultado de la producción de significados partiendo de nuestro compromiso, de nuestra participación, y de la manera como experimentamos el mundo. En base a estos principios, el
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centro de interés de esta teoría se centra en entender que el aprendizaje se basa en la participación social de dos modos complementarios: por un lado, siendo parte activa en las prácticas de las comunidades sociales y, por el otro, construyendo identidades en relación con las mismas. Finalmente, los componentes en los que se basará esta teoría social del aprendizaje serán el significado, la práctica, la comunidad y la identidad.
Todas las personas pertenecemos a una multiplicidad de comunidades de práctica simultáneamente en diferentes ámbitos sociales. Las experimentamos en nuestra vida cotidiana y tienen un carácter marcadamente informal. Esto último es importante porque el reconocimiento como miembro de una comunidad de práctica va a depender más de la participación activa en la misma que de un estatus oficial (Vásquez, 2011). Podemos ser parte de una comunidad de práctica junto con nuestros compañeros de trabajo, en nuestras actividades de tiempo libre o en cualquier otro escenario. No se depende de una afiliación organizacional, jerárquica, institucionalizada, etc.
Definiendo la comunidad de práctica: participación, cosificación y negociación de significados
No todas las comunidades de práctica son generadoras de conocimiento o de aprendizaje. Para que esto ocurra deben darse un conjunto de circunstancias. Sin embargo, antes de exponer cuáles son éstas, es necesario ver cómo se define la comunidad de práctica.
En primer lugar, la práctica como producción social de significado implica un proceso de negociación en el que interactúan participación y cosificación (Perlo, 2006). Cuando los seres humanos producimos significados lo que estamos haciendo, básicamente, es tomar las referencias culturales de las que disponemos para ampliarlas, mejorarlas, adaptarlas a nuestra realidad, modificarlas e incluso para desecharlas o ignorarlas. Es decir, lo que hacemos es volver a negociar los significados que hemos adquirido por vía cultural anteriormente.
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Esta negociación se lleva a cabo participando. Es decir, hay que tomar parte y relacionarse con otras personas en base a un reconocimiento mutuo para negociar significados, aunque este reconocimiento parta de una situación de desigualdad.
La cosificación es el proceso mediante el cual se producen objetos culturales -materiales o no- que nos proyectan en el mundo y que dan aspecto sólido a la práctica (Wenger, 2001; Perlo, 2006).
Participación y cosificación interactúan desde dos planos simultáneos de distinción y complementariedad. Tratan de mantener cierto equilibrio para poder continuar con el proceso de producción de significados. Para entender la dualidad entre participación y cosificación, implícita en el significado, Wenger (2001, p. 88) utiliza la Constitución de los estados modernos como ejemplo:
La cosificación de una Constitución no es más que una forma; no equivale a una ciudadanía. Sin embargo, está vacía sin la participación de los ciudadanos implicados. A la inversa, la producción de esta cosificación es fundamental para la negociación necesaria para que actúen como ciudadanos y para que aúnen las múltiples perspectivas, intereses e interpretaciones que comporta la participación.
Elementos para generar aprendizaje en las comunidades de práctica
Cuando la solidificación de la práctica tiene lugar en una comunidad determinada, aparece la comunidad de práctica. Esta mayor cohesión se manifiesta a través de tres dimensiones de relación entre las personas que la componen, y que a su vez son generadoras de aprendizaje: un compromiso mutuo, una empresa conjunta y un repertorio compartido de maneras de hacer las cosas (Sanz, 2005; Meirinhos y Osorio, 2009).
El compromiso mutuo supone un nivel de relación de gran intensidad, aunque no necesariamente genera homogeneidad a nivel identitario. Es decir, la existencia de este nivel de relación no va a producir necesariamente
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que las personas que forman parte de la comunidad vayan a parecerse más entre ellas desde el plano de la identidad cultural. Por contra, se establecen relaciones “que pueden llegar a ser más profundas que otras similitudes más abstractas expresadas en función de rasgos personales o categorías sociales” (Wenger, 2001, p. 104). El compromiso, en cambio, sí implica la existencia de confianza entre los miembros de la comunidad, lo cual contribuye a aumentar su capital social (Vásquez, 2011). A través del compromiso mutuo los participantes aprenden cómo se participa, qué elementos permiten y obstaculizan la participación, cómo se desenvuelven las relaciones mutuas, al tiempo que se definen identidades y se establecen roles.
En segundo lugar, la empresa conjunta es el conjunto de los objetivos compartidos por los miembros de la comunidad de práctica, los cuales son generadores de cohesión. Esta empresa es el resultado de un proceso colectivo de negociación –es una empresa conjunta–, se define por los participantes en el mismo momento en que se emprende –es una empresa autóctona– y, como decimos, no se define simplemente por el producto, por la consecución del objetivo, sino que a lo largo del proceso va creando relaciones de responsabilidad entre los participantes, lo cual es una parte imprescindible de la práctica. Al hablar de empresa conjunta Wenger (2001) matiza que esto no significa que todos los miembros de la comunidad de práctica piensen de igual modo o estén de acuerdo en las acciones a emprender, sino que el sentido se negocia entre todas las personas que forman parte. Como empresa autóctona, las comunidades de práctica construyen su propia realidad cotidiana aunque no están aisladas ya que se desarrollan en contextos más amplios. Al comprender cuál es su objetivo, las comunidades de práctica alinean su compromiso con el mismo y sus miembros se sienten corresponsables tanto individual como colectivamente.
En cuanto al repertorio compartido de las comunidades de práctica, éste incluye “palabras, instrumentos, maneras de hacer, relatos, gestos, símbolos, géneros, acciones o conceptos que la comunidad ha producido o ha adoptado [...] combina aspectos cosificadores y de participación” (Wenger,
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2001, p. 110). Se trata por tanto del conjunto de recursos de los que dispone una comunidad para dar significado. El repertorio es además ensayado, dinámico e interactivo, lo cual conduce a dotar de mayor estabilidad a la práctica (Cordero y Dumrauf, 2012).
En resumen, las comunidades de práctica se definen a través del mantenimiento de un compromiso mutuo para alcanzar un objetivo de modo conjunto en cuyo proceso se va a generar algún tipo de aprendizaje significativo. Es por ello que Wenger (2001, p. 115) define las comunidades de práctica como “historias compartidas de aprendizaje”. No es necesario que estas tres características de las comunidades de práctica tengan lugar con la misma intensidad para generar significado, ni los resultados tienen por qué ser necesariamente positivos. Pueden generar experiencias de significado que transformen la realidad pero, al mismo tiempo, también pueden convertirse en espacios endogámicos abocados a la reproducción cultural.
Niveles históricos y sociales de las comunidades de práctica
Dentro de una comunidad de práctica, la cosificación y la participación adoptan formas de memoria y son fuentes de continuidad y discontinuidad. En tanto que formas de memoria, la cosificación y la participación son fuentes de recuerdo y de olvido. En el primer caso porque producen formas persistentes que cambian de acuerdo con sus propias leyes a través de un proceso de renegociación del significado del pasado. En el segundo caso contribuyen a crear identidades y a reconocernos en el pasado. Las comunidades de práctica, en este sentido, en tanto que productoras de información cultural, deben apoyarse necesariamente en el pasado para seguir funcionando. Al hablar de continuidad y discontinuidad se abordan las trayectorias de las personas que pasan a formar parte de una comunidad de práctica como principiantes hasta que finalmente, la abandonan por las circunstancias que sean. De este modo, las comunidades de práctica se dotan de un gran dinamismo ya que un mismo participante no ocupará la
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misma posición durante mucho tiempo:
Cuando unos principiantes se incorporan a una comunidad de práctica, las discontinuidades generacionales resultantes se extienden por múltiples niveles; las relaciones cambian en cascada. Los principiantes relativos se convierten en veteranos relativos. [...] Los participantes forjan nuevas identidades a partir de sus nuevas perspectivas. Estos cambios pueden ser alentadores o perturbadores, pueden revelar progresos que habían pasado desapercibidos: de repente vemos todo lo que hemos aprendido porque nos encontramos en la posición de ayudar a alguien. [...] A medida que estas generaciones sucesivas interaccionan entre sí, parte de la historia de la práctica permanece encarnada en las relaciones generacionales que estructuran la comunidad. El pasado, el presente y el futuro conviven juntos (Wenger, 2001, p. 120).
De este modo, a través de su devenir histórico, la participación y la cosificación de la comunidad puede usarse para intentar conformar su futuro que, como veíamos antes, puede estar abocado a la reproducción cultural o bien a , redirigir la práctica; dicho de otro modo: a transformar la realidad.
Además del nivel histórico de continuidad y discontinuidad, existe también un nivel social. Esto implica que una comunidad de práctica no es una entidad aislada, aunque establezca sus propios límites, sino que se encuentra permanentemente en relación con otras comunidades a través de objetos limitáneos, que inciden en la cosificación, y del efecto de la correduría, que se refiere a la participación de otras personas.
Los objetos limitáneos sirven para coordinar las perspectivas de varios grupos para un fin, y conectar prácticas entre comunidades diferentes (Sanjuán y Carranza, 2009). Por ejemplo, cuando dentro de una organización una persona lee un informe se establece una conexión entre las comunidades de práctica que han emitido el informe y aquellas que lo reciben.
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La correduría, en cambio, no afecta a los objetos sino a las personas que, perteneciendo a diversas comunidades de práctica al mismo tiempo – multiafiliación–, o situándose en sus límites, transfieren unos elementos de unas prácticas a otras (Monseny y Úcar, 2012). Mediante la correduría, las comunidades de práctica se relacionan con el exterior. Hay que destacar que aunque todas las personas ejercen en mayor o menor medida esta función, hay determinados agentes especializados en esta importación - exportación de elementos, y prefieren quedarse en los límites de la práctica a situarse en el centro de las mismas.
Dados los límites que establece la práctica, las personas participantes establecen relaciones y llevan a cabo formas de participación que dificultan la incorporación de nuevos agentes a la práctica, cuestión esta que nos lleva a la legitimación de la participación periférica ya comentada anteriormente.
Indicadores de verificación
Dicho todo esto Wenger (2001) establece catorce indicadores (cuadro 1) para verificar que se ha formado una comunidad de práctica, dado que la amplitud del término puede conducir a equívocos; a considerar que, por ejemplo, una comunidad imaginada como una nación puede ser una comunidad de práctica.
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CUADRO 1
Indicadores de la formación de una comunidad de práctica según Wenger (2001)
1. Establecimiento de relaciones mutuas, perdurables en el tiempo, sean de naturaleza conflictiva o armoniosa.
2. Realización de actividades conjuntas a través de mecanismos compartidos de participación.
3. Fluidez en la transmisión de información y de innovaciones.
4. Ausencia de preámbulos en las conversaciones y en las interacciones.
5. Establecimiento de un problema que es necesario discutir.
6. Unidad de criterio entre los participantes acerca de quién es miembro de la comunidad y quién no lo es.
7. Saber sobre lo que saben los demás, conocer sus habilidades y sobre sus capacidades para contribuir a los objetivos de la comunidad. 8. Definición mutua de identidades.
9. Capacidad para evaluar la adecuación entre acciones y productos. 10. Existencia de un conjunto de artefactos específicos.
11. Existencia de tradiciones locales, historias compartidas, bromas internas y otros mecanismos de complicidad.
12. Uso de una jerga específica y de atajos de comunicación, además de fácil producción de innovaciones en este sentido.
13. Existencia de un conjunto de estilos reconocidos como muestras de afiliación.
14. Discurso compartido que refleja la representación que del mundo hace la comunidad.
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