(arciprestazgo de Casavieja)
LA ADRADA
Es el primer pueblo perteneciente al arciprestazgo de Casavieja. Por orden alfabético, ya se entiende. Y su censo era de 1.900 habitantes.
Situaciones violentas contra la práctica religiosa, desde bastante antes del 18 de julio de 1936. Derribo de las cruces de piedra. En las paredes y puerta de la casa rectoral, con frecuencia, iban apareciendo letreros insultantes con la religión católica, contra el sacerdote. Cada día en tono más subido e injurioso.
En las elecciones del 16 de febrero triunfan las derechas. Pero, como en tantas ocasiones, tal triunfo serviría de muy poco. Crecen más y más los ataques contra todo lo que significan algo
religioso. Insultos y vejámenes contra el párroco y personas de reconocida piedad.
Se trataba de impedir la asistencia a los actos de culto. Se fueron preparando algunas listas negras. En ellas figuraban las personas más cualificadas por su religiosidad.
Así aparece indicado en dos informes, conservados en el archivo diocesano. Corresponden a los años 1937 y 1938. Los firma don Salustiano Nicomedes Vara, párroco de La Adrada en esos años.
Es realmente magnífica la iglesia parroquial. De estilo herreriano. Tiene, también La Adrada una ermita, dedicada a Nuestra Señora de la Yedra. Las dos fueros saqueadas por los milicianos rojos.
La iglesia parroquial, tan pronto como se incautaron de ella los comunistas, queda destinada a casa del pueblo y cárcel. Como consecuencia desaparece el culto católico durante todo el período de dominio rojo. Es decir, desde el día 20 de julio hasta el 6 de octubre del año 1936.
En lo que se refiere a las imágenes destrozadas o quemadas, comunicaba el sacerdote con fecha 14 de marzo de 1937 al obispado:
Han sufrido deterioros: a) el retablo mayor de la iglesia parroquia], desde luego, de bastante valor artístico, más que por su estilo churrigueresco, por el dorado extraordinario que le cubre. Los deterioros no son considerables. b) El retablo del Santísimo Cristo, de devoción particular del pueblo. Además de haber sido destrozada por completo la mesa de este altar, el retablo ha quedado muy deteriorado. c) Los tres retablos de la ermita han
tirados por el suelo. No son artísticos, ni de valor extraordinario, sino corrientes.
Cuantas personas interrogué en mi visita a La Adrada me confirmaron todos estos detalles. Pude recoger otros muchos pormenores. Tan sólo indicaré algunos.
Las imágenes titulares de cada altar eran las siguientes: el Salvador, San Blas, la Virgen del Rosario y San Antonio. En la ermita la Virgen de la Yedra, Santa Ana y San Francisco de Asís.
Entre las de la iglesia parroquial y de la ermita ascienden a más de veinte imágenes destrozadas.
Muchas de ellas, antes de ser destruidas, fueron groseramente profanadas. Arrastradas por las calles del pueblo, unas, apedreadas otras. Algunas, debidamente acondicionadas, sirvieron para pesebres, para echar de comer a los cerdos. La más sacrílegamente profanada fue la de Nuestra Señora de la Yedra. Precisamente por tratarse de la patrona.
Pero, el afán destructor y antirreligioso de las hordas marxistas no quedó satisfecho con haber desfogado sus iras contra las imágenes. También hay que lamentar la desaparición de muchos objetos de culto.
Un cáliz de plata, sobredorada, de gran mérito artístico, de estilo gótico. Además, otros dos, aunque no de mucho valor. Un porta-paz de plata, sobredorado, muy valioso artísticamente considerado.
Una custodia, también de plata, estilo renacimiento. Un incensario, con su naveta de plata. Un juego de vinajeras con su bandeja, también de plata. Seis candelabros. Crucifijo y sacras. Las
tres crismeras de plata maneses. La cruz parroquial. Otros crucifijos más pequeños, etcétera.
Algunos de estos objetos, trasladados en un principio al comité rojo de Cebreros, pudieron ser recuperados.
Del órgano de la iglesia parroquial destruyeron la trompetería y gran parte de los tubos. La misma suerte corrió el armonio de la ermita.
La casa rectoral convertida en sede del comité rojo. No causaron en ella grandes destrozos.
En aquel año 1936 era párroco de La Adrada don Juan Arrabal. Habiendo sido detenido en su propio domicilio, permanece en manos de los milicianos rojos hasta el día 6 de agosto. En esa fecha, y por orden de la Dirección General de Seguridad, es trasladado a Madrid. Tiene que ingresar en la cárcel. La orden fue firmada el día 4 de agosto de 1936. Y dirigida al señor alcalde. Parece ser que un hermano del sacerdote gestionó eficazmente el traslado.
ALMENDRAL DE LA CAÑADA
Aunque de la diócesis de Ávila en aquel año de 1936, pertenece a la provincia de Toledo. No llegaba al millar de habitantes. Tan sólo 810.
Don José Sainz, párroco de Almendral en aquel año, comunicaba al prelado, con fecha dos de marzo de 1936, la insistencia del Ayuntamiento en incautarse del cementerio católico.
en aumento, en cuanto al número y a la intensidad. Y esto, a pesar de que el triunfo había sido para las derechas, con un considerable margen de votos. Como en tantos otros pueblos la izquierda revolucionaria actuaba más eficazmente. De nada sirvió el resultado de las urnas.
Pasado el 18 de julio llevan a cabo frecuentes registros domiciliarios y vejaciones mil contra los personas de alguna significación religiosa en Almendral.
A primeros de agosto de ese año 1936 pasa a poder de los rojos la iglesia parroquial. No sufriría graves desperfectos en su fábrica. Sacan de ella las imágenes. Al menos diez de ellas fueron quemadas en plena plaza del pueblo y en un ambiente de irreverente algarabía.
Especial mención merece la imagen de la beata Ana de San Bartolomé, infatigable y fidelísima compañera de Santa Teresa de Jesús. Y esto, a pesar de haber nacido en Almendral.
Es cierto —así me lo aseguraron varias personas— que al principio nadie se atrevía a echarla al fuego. Sentían hacia tal imagen especial veneración. Por fin, un miliciano rojo de Talavera de la Reina arroja la venerada imagen de la beata Ana de San Bartolomé a la hoguera encendida en la plaza.
La imagen de San Antonio, atada por el cuello, es arrastrada por las calles. Terminada la burlesca profanación, uno de los rojos toma la decisión de llevársela a su propia casa.
—¿Qué vas a hacer con esa imagen?
—Voy a preparar una pila para que coman los cerdos — contestó.
En la ermita se encontraba la imagen de San Sebastián. Sienten hacia ella los milicianos especial delicadeza. No quisieron «matarlo». Y daban la razón: «Porque es comunista». Tenía el brazo levantado. Cuando, días más tarde, se vieron obligados los rojos a emprender la huida del pueblo, tan sólo «lo hirieron».
Además de las imágenes iría a parar a la hoguera de la plaza pública un hermoso y gran cuadro, en el que estaba representada la muerte de Santa Teresa en Alba de Tormes. Sostenía su cuerpo moribundo su fiel secretaria y enfermera, la beata Ana de San Bartolomé.
Don José Sainz Rodríguez
Nacimiento: Bemúy de Zapardiel, el 28 de abril de 1901. Ordenación sacerdotal: Ávila, el 29 de mayo de 1926.
Murió mártir: La Iglesuela, carretera de Talavera a Casavieja, el 21 de agosto de 1936.
Tenía: 35 años de edad.
Los padres de don José fueron Eulogio y Elvira. En el seminario abulense realizó sus estudios eclesiásticos. Y en Ávila recibió la tonsura y las cuatro órdenes menores durante el año 1924. Al año siguiente se le confiere el subdiaconado. Ya en 1926
recibe el diaconado y el presbiterado. Esta última orden el día 29 de mayo.
Pocos meses después de su ordenación sacerdotal es enviado don José Sainz, como cura ecónomo, a Manjabálago, donde permanece durante unos tres años. Era el 3 de julio de 1926. Después, el día 28 de junio de 1929, pasa, también como ecónomo, a Pradosegar. Por unos días, tan sólo, ya que recibe otro nombramiento el día 17 de julio de ese mismo año 1929. Algo más de dos años después es nombrado regente de Zapardiel de la Ribera. Era el día 17 de diciembre de 1932. Pocos meses después, el día 27 de abril de 1933, es nombrado párroco de Almendral de la Cañada. Y en esta parroquia permanecerá hasta el día 21 de agosto de 1936, fecha en la que recibe la palma del martirio.
Tan pronto como los rojos se adueñan por completo de la situación, intentan obligarle a prescindir de la sotana. Así —dicen— podrán evitarse compromisos, si, de improviso, llegan milicianos forasteros. Quizá fuera muy noble su intención. Don José siempre les contesta lo mismo: «Con sotana o sin ella, si ustedes quieren, me matarán».
No obstante, pasados unos días, accede a ponerse de paisano. Durante medio mes permanece escondido en un huerto.
En algunos momentos se atreve a salir por el campo. Le acompaña el joven seminarista Demetrio Díaz. Los dos anduvieron errantes por los montes. Al atardecer regresaban al pueblo.
Cada día que iba pasando, las preguntas que los milicianos hacen interesándose por el paradero del cura van siendo más y más insistentes, más y más amenazadoras. En una ocasión ponen un límite para descubrir al párroco. Deberá entregarse en el plazo de 24 horas.
De labios de una de sus hermanas conoce don José el ultimátum. No considera factible la huida. Complicaría más las cosas. No podría distanciarse mucho del pueblo. De hecho se hallaba cercado. Opta por esconderse más. Pero, tampoco sería eficaz esta solución. Pocos días después sería descubierto por los milicianos comunistas.
Cogido preso, pretenden engañarle. Le aseguran que no le pasará nada. Que no debe preocuparse.
—Sé que me van a matar. Solamente les pido a ustedes una cosa: que lo hagan aquí mismo.
Le ordenan subir a una camioneta. Sus dos hermanas insisten en acompañarle. Pero, resultan vanos sus intentos.
—Emprendió la marcha —me declararon algunos testigos— haciendo la señal de la cruz.
Sube a la camioneta. Va con las manos juntas. Bien ostensible lleva un crucifijo.
En la jurisdicción de La Iglesuela, en la dehesa llamada Arroyo Milano, le asesinan. Era el día 21 de agosto de 1936.
Al día siguiente le cubren con un poco de tierra. No fue un enterramiento profundo. Muy cerca de allí se encontraba ya el cadáver de otro sacerdote abulense, don Valentín Moreno, párroco de El Real de San Vicente. También le habían matado los rojos. A él me referiré en páginas siguientes.
Los restos mortales de don José Sainz permanecen en el lugar del suplicio hasta el día 3 de diciembre de ese mismo año 1936. En tal fecha fueron trasladados al cementerio. Ya se
encontraba como párroco de Almendral de la Cañada don Sergio Rodríguez.
El mismo día del traslado envía un informe al obispado. Aunque un poco extensa la carta de don Sergio, resulta interesante. Ella, mejor que otras declaraciones, recoge los mejores datos referentes al sacerdote asesinado. Coincide en todo con las varias declaraciones por mí escuchadas en Almendral a los mejores testigos.
Ilmo. y Rvdmo. Sr.:
En el día de la fecha ha recibido cristiana sepultura, en el cementerio parroquial de Almendral de la Cañada, el que desde mayo de 1933 hasta el 21 de agosto del año fue celosísimo párroco de dicha iglesia, al que Dios premió su celo, concediéndole la gracia del martirio.
Su carácter animoso, su natural, nada tímido ni cobarde, y sobre todo su conformidad con la voluntad de Dios y su amor a la parroquia, no le permitieron abandonar su pequeño redil ante la tempestad del odio, que contra la Iglesia de Dios se desataba.
Y cuando vio que su vida corría peligro inminente y que no le quedaba más remedio que dejar a sus queridos feligreses, todo su carácter animoso y todas las energías de su natural nada tímido ni cobarde se concentraron en prepararse a morir, como cumple a un santo.
Supo que el odio a la Iglesia y a sus ministros le habían condenado a morir. Se le dieron 48 horas de plazo para que abandonase el pueblo y, pasadas éstas, se le dieron otras 24.
Pero como él sabía que estos plazos eran pura farsa y descarada mentira, pues, mientras le decían que huyendo se salvaría, le espiaban a fin de que no pudiera huir, él sólo se preocupó de prepararse para la muerte, siendo de notar que el día
antes de ocurrir ésta al abrir el libro del Kempis, en el que él bus- caba en aquellos días los puntos de su meditación, se le ofreció como puntos de ella la consideración de la muerte.
Por eso, ésta no le sorprendió. Y así, cuando en la tarde del día 21 de agosto es apresado por sus asesinos, venidos de otros pueblos, y cuando sus hermanas, al verlo conducido, le preguntan si sabe dónde le llevan, no titubea en afirmar que sí lo sabe; que sabe le llevan a morir.
Pero nada de indecisión y de temor, nada de patéticas palabras de despedida a sus queridas hermanas. Y hace la señal de la cruz sobre sí; y sube animosamente al coche, en que había de ser llevado al lugar del suplicio. Y sale del pueblo camino del calvario, sin que se le oyeran otras palabras que las que su caridad le dictaba, para ver de apartar del crimen a sus verdugos.
Inútil fue la mansedumbre y caridad con que habló a sus adversarios para evitar que consumaran el sacrilegio. Y así, en la carretera de Talavera a Casavieja y en la jurisdicción ya de La lglesuela, se le manda descender del coche, y sin que se le oyese ni una palabra de indignación o de odio, se dispuso a entregar su alma al buen Jesús, cuya imagen conservó siempre sobre su pecho.
Inmediatamente fue objeto de una descarga de armas de fuego; y recibió dos heridas: una en el costado izquierdo, producida con bala dum-dum, según opinión de peritos; y otra en la región maxilar izquierda.
Las dos mortales de necesidad. Serían las siete de la tarde del día 21 de agosto. A la mañana siguiente fue sepultado en las proximidades del lugar de la muerte.
Días antes había pasado por la vejación de ser cacheado por si llevaba consigo arma alguna; y a esta vejación sólo respondió
—Yo no tengo otras armas que éstas. Y enseñó el crucifijo, que sobre su pecho llevaba.
También días antes había sido amenazado de muerte y encañonado por los marxistas, quienes llegaron a meterle en la boca el cañón de la escopeta y le hicieron subir a un coche, en el que hicieron ademán de llevárselo, si bien luego dejaron sin efecto sus amenazas.
Y tanto este día como el día de la ejecución, nadie pudo oírle palabra alguna que no demostrase la santa resignación con que recibía la muerte y la protestación de su inocencia; pero en forma tal de mansedumbre y bondad, que bien a las claras daba a entender que más que su vida le interesaba el bien de las almas de sus verdugos, a los que no quisiera ver cargados con la responsabilidad enorme del crimen que iban a cometer.
El día de la fecha, en que desde el lugar provisional de su enterramiento fueron trasladados sus restos al cementerio parroquial de Almendral, el pueblo entero quiso pagar la deuda de gratitud que tenía contraída con las bondades de su difunto párroco.
Y los funcionarios públicos, los niños y niñas del pueblo, las hermandades y asociaciones de la parroquia, la Falange local y los feligreses en masa, acompañaron al cementerio los restos de su párroco y asistieron al funeral, que a continuación hubo por el eterno descanso de su alma.
Como testimonio de amor y gratitud del pueblo a su mártir párroco, sobre la losa de su sepulcro (que el pueblo costea) figurará una sencilla dedicatoria
«Así honró el pueblo de Almendral de la Cañada a su querido párroco don José Sainz Rodríguez».
Así quiso Dios que fuese honrado el sacerdote ejemplar, que desde el cielo no dejará nunca de mirar por los que fueron sus queridos feligreses.
Lo que pongo en conocimiento de S.S. Ilma., cuya vida guarde Dios muchos años.
Almendral de la Cañada, 3 de diciembre de 1936. El sacerdote encargado de la parroquia.
Sergio Rodríguez [Rubricado] Ilmo. y Rvdmo. Sr. obispo de Ávila.
Ha sido larga la carta. Creo que merecía la pena conocerla en su integridad. Muy poco hay que añadir. De palabra me fueron confirmados todos los detalles. Incluso los más concretos.
Los restos mortales del sacerdote don José Sainz Rodríguez permanecieron en el cementerio de Almendral hasta el día 21 de noviembre del año 1953. En esta fecha fueron trasladados solemnemente a la iglesia parroquial y colocados en medio del presbiterio.
Quisiera hacer constar el rasgo, verdaderamente admirable, que tuvieron las dos hermanas del sacerdote asesinado.
Me lo han referido varios testigos. Al triunfar el Ejército Nacional, se logró coger prisionero a uno de los principales causantes de la muerte violenta de don José Sainz. Metido en la cárcel, recibió la visita de las dos hermanas del sacerdote.
Tal visita la hacían, no para echar en cara del causante la muerte del párroco, sino para perdonarlo públicamente, darle ánimos y atenderlo bajo todos los aspectos.
amor cristiano, no se atrevía a recibir los alimentos que las dos hermanas del sacerdote le llevaban generosamente a la cárcel. «No soy digno», repetía sin cesar.
Las dos hermanas solicitaron de las autoridades militares la más amplia clemencia para el causante de la muerte violenta de su hermano, el párroco de Almendral. Las dos terminaron ingresando en el convento de Escalona del Alberche, provincia de Toledo.
El párroco de Almendral de la Cañada, don José Triviño Fernández, me ha escrito en abril del 2002 lo siguiente: «Encomiendo la misión a la beata Ana y a don José. Con su ejemplo y celo sacerdotal espero que su proceso nos estimule a mayor deseo de santidad en los umbrales del tercer milenio».
Importante la declaración escrita con fecha 27 de febrero del año 2002, hecha por don Antonio Sainz-Pardo Moreno, prelado de honor de Su Santidad. Dice que él y sus padres conocieron y trataron mucho a don José Sainz Rodríguez, cuando estuvo de párroco en Zapardiel de la Ribera. «Siempre oí hablar muy bien de don José y de sus hermanas. Su trato con la gente del pueblo fue exquisito: catequesis parroquial, convivencia humana, ceremonias cuidadas, celo religioso, música sencilla en el templo, etc. Siempre oí hablar bien. Bueno, edificante, celoso, trabajador».
Otro declarante, durante el año 2002, don Julián Fernández Sánchez, de 83 años de edad, ha escrito, refiriéndose a don José Sainz Rodríguez, que «la gente le apreciaba». Cayó muy bien «en su parroquia de Almendral de la Cañada». «Vivía con dos hermanas: Celia y Úrsula».
Al ser martirizado don José, pasado un tiempo, ingresaron en un convento de Escalona. «Ellas eran buenísimas. Cuando mataron a don José, al apresar al autor del crimen; y estando
detenido en el Ayuntamiento, habilitado como cárcel, le llevaban de comer».
A la casa del párroco «venían pobres pidiendo limosna. Y siempre salían con aceite, con cosas de comer. En su misma casa sus hermanas metían a pobres para atenderlos. Él vivía austeramente. [...] Él y sus hermanas rezaban, incluso, por los que le mataron después».
Afirma también el declarante que cree que a don José le mataron «por ser sacerdote. Venían de fuera preguntando por el