Relacionado con éste, Lehi introdujo otro principio que sirve como telón de fondo al drama eterno de la Caída y la Expiación, y que es el de la oposición, el de los principios en contienda, un concepto estrechamente relacionado con la elección y el albedrío. Si tiene que haber elección y el albedrío precisa tener sentido alguno, deben presentarse alternativas. Tal y como dijo Lehi: "Es preciso que haya una oposición en todas las cosas".
Su razonamiento y vocabulario son claros y directos. La rectitud carece de sentido sin la posibilidad de que exista la maldad. La santidad no tendría deleite alguno si no fuéramos conscientes del dolor y la miseria. El bien carecería de sentido moral si no existiera nada que se pudiera considerar malo. Incluso la vida— cuya naturaleza y posibilidades eternas son el tema central del plan de salvación y del discurso que Lehi pronunció al respecto—no tendría sentido si no supiéramos nada del carácter y las limitaciones de la muerte.
En resumen, sin oposición ni alternativas "no habría habido ningún objeto en [la] creación [de la vida humana]". Todas las experiencias de la mortalidad y la eternidad habrían sido
idénticas, inertes e indistinguibles, "un solo cuerpo". Al final de esta cadena se encuentra la comprensión más terrible de todas: no podría haber felicidad porque no existiría el pesar, y no podría haber rectitud porque no existiría el pecado. Pero afortunadamente, hay felicidad, rectitud, vida eterna y Dios, aun cuando Lehi destaca que esas bendiciones sólo se reciben a riesgo de enfrentar la miseria, la iniquidad, la muerte y el diablo.
LA CAIDA.
Los terribles riesgos del pesar y la muerte fueron hechos que Adán y Eva estaban dispuestos a enfrentar "para que los hombres existiesen". Pero ellos, al igual que nosotros, fueron capaces y estuvieron dispuestos a aventurarse a ello sólo con el conocimiento de que estarían a salvo, que habría seguridad al final de la jornada para aquellos que lo desearan y vivieran para ese propósito. Estuvieron dispuestos a transgredir a sabiendas y conscientemente (la única manera por la que podían "caer" en las consecuencias de la mortalidad, de la misma forma que Elohim no podía expulsar a personas inocentes del jardín y seguir siendo un Dios justo), sólo porque tenían un conocimiento pleno del plan de salvación, el cual les concedería una salida a su lucha con la muerte y el infierno. Más adelante Adán diría: "Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi trasgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios".
En esa misma ocasión, Eva dijo de forma aún más conmovedora: "De no haber sido por nuestra trasgresión nunca... hubiéramos conocido... el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes".
Así que Adán y Eva estuvieron dispuestos a tomar la decisión, escogiendo de este modo el camino que conduce al crecimiento y a la divinidad inherentes al fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal por encima del potencialmente carente de sentido árbol de la vida (al menos en ese punto de desarrollo en el que se hallaban). Con el señuelo de Lucifer, "aquella antigua serpiente que engañó a nuestros primeros padres, que fue la causa de su caída", tal y como dijo Abinadí, decidieron conscientemente salir del Jardín de Edén, un mundo paradisíaco, terrestre y magnífico, para entrar en uno caído, telestial, lleno de espinos y abrojos nada paradisíacos, de pesar y pecado, de enfermedad y muerte.
Al hacerlo, Adán y Eva respondieron para siempre a la lastimera pregunta que se escucha con frecuencia: "Si hay un Dios, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo?". La respuesta es que ahora vivimos en un mundo caído, lleno de elementos opuestos, un mundo en el que Dios es la influencia espiritual más poderosa, aunque no la única. Como parte de la doctrina de la oposición, Satanás también obra en el mundo, y sabíamos antes de venir que traería pesar y angustia consigo. No obstante, nosotros (por medio de Adán y Eva) tomamos de forma consciente la decisión de vivir y perseverar en esta esfera mortal de oposición en todas las cosas, pues sólo a través de una experiencia tal sería posible el progreso divino. Adán y Eva—y nosotros—, de forma consciente y amorosa, absolvieron a Dios de la responsabilidad por los "espinos y cardos" de un mundo caído, escogido personalmente por nosotros y no impuesto de forma caprichosa por Él. Queríamos tener la oportunidad de llegar a ser como nuestros padres celestiales, enfrentar al sufrimiento y vencerlo, soportar el pesar y todavía vivir con gozo, confrontar el bien y el mal y ser lo bastante fuertes
como para escoger el bien. En este mundo telestial y mortal, lleno de voces, señuelos y experiencias competitivas, necesitamos toda una vida para refinar y fortalecer estas virtudes.
Conocedor de esta doctrina, Lehi señaló que si Adán y Eva hubieran permanecido en el Jardín de Edén, habrían hecho que todas las cosas "[hubieran] permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas", una situación en la que ellos habrían permanecido "en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado".
Pero Adán y Eva tomaron esta decisión por un motivo todavía más generoso que los del conocimiento divino y el progreso personal. Lo hicieron por una razón preponderante y vital para todo el plan de salvación y todas las conversaciones mantenidas en todos los concilios del cielo. Lo hicieron "para que los hombres existiesen". Si Adán y Eva no hubieran salido del jardín, indicó Lehi, "nunca [habrían] tenido posteridad".
Por supuesto que habría otros beneficios derivados de la Caída, los cuales son esenciales y eternos, pero no habrían sido más que frivolos privilegios si sólo los hubieran recibido Adán y Eva. No, hasta las significativas bendiciones de un cuerpo físico y el refinamiento de las experiencias que nos ayudan a madurar y nos conducen a la divinidad serían penosas promesas si no se ofrecieran también a todos los hijos espirituales de Dios. El privilegio de la mortalidad que se concedió a todos es el don principal recibido por la caída de Adán y Eva.
Así, y sólo con este conocimiento, puede un estudioso del Evangelio de Jesucristo apreciar la plena importancia de la frase anteriormente citada: "Adán cayó para que los hombres existiesen". Cuando esta doctrina se entiende por completo y se enseña con detenimiento, tal y como sucede en el Evangelio restaurado, es tan importante como cualquier otra de las que se enseñan en el Libro de Mormón. Sin ella el mundo desconocería la verdadera naturaleza de la caída de Adán y Eva, de su decisión dadora de vida, e ignoraría el indescriptible amor que demostraron hacia todos los hijos e hijas de Dios.
En resumen, Lehi dijo: "Y después que Adán y Eva hubieron comido del fruto prohibido, fueron echados del jardín de Edén, para cultivar la tierra.
"Y tuvieron hijos, sí, la familia de toda la tierra".
EL HOMBRE NATURAL.
Ocurrieron muchas cosas en el proceso de la Caída, incluyendo los cambios que se sucedieron en los cuerpos físicos de Adán y Eva. Por un lado, cayeron en la "naturaleza", palabra que se convierte casi en una especie de sinónimo del proceso adámico. El rey Benjamín diría de los niños pequeños: "Así como en Adán, o -por naturaleza, ellos caen, así también la sangre de Cristo expía sus pecados".
Parte del mundo natural al que accedieron Adán y Eva incluía el que sus cuerpos tuvieran sangre—un elemento corruptible—en lo que hasta ese punto habían sido cuerpos incorruptos de carne y hueso, y carentes de sangre. Pero todavía más importante que estos cambios físicos fueron las tentaciones y amenazas al espíritu. La separación de Dios, tanto espiritual como física, fue consecuencia de la Caída. La humanidad fue cortada del compañerismo inmediato y personal con Dios del que habían disfrutado Adán y Eva en el Jardín de Edén. A consecuencia de ello se distanciaron del Santo Espíritu y se convirtieron en menos sensibles a muchas de las cosas de rectitud. El rey Benjamín hizo de este tema una de las tareas principales del hombre y la mujer durante su estado caído o natural.
"El hombre natural es enemigo de Dios", enseñó, "y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Santo Espíritu, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto le Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre".
Un lenguaje más extremo que el de "hombre natural" o incluso el de "enemigo de Dios", es la afirmación de que, como resultado de la Caída y el consiguiente aumento de la influencia de Satanás en el mundo caído, "toda la humanidad [llegó a ser] carnal, sensual y diabólica, discerniendo el mal del bien, y sujetándose al diablo.
"De modo que toda la humanidad estaba perdida; y he aquí, se habría perdido eternamente si Dios no hubiese rescatado a su pueblo de su estado caído y perdido.
"Pero recordad que quien persiste en su propia naturaleza carnal, y sigue las sendas del pecado y la rebelión contra Dios, permanece en su estado caído, y el diablo tiene todo poder sobre él. Por tanto, queda
como si no se hubiera hecho ninguna redención, siendo enemigo de Dios; y también el diablo es enemigo de Dios".
El hermano de Jared hizo referencia a ese distanciamiento mortal entre el hombre y Dios cuando suplicó al Señor: "Oh Señor, no te enojes con tu siervo a causa de su debilidad delante de ti; porque sabemos que tú eres santo y habitas en los cielos, y que somos indignos delante de ti; por causa de la caída nuestra naturaleza se ha tornado mala continuamente".
Debido a que esta doctrina es tan básica para el plan de salvación, y también a que es tan susceptible de ser mal interpretada, debemos destacar que éstas referencias a esta maldad "natural" no se refieren a que los hombres y mujeres sean "intrínsecamente" malos. Hay una gran diferencia. Como hijos e hijas espirituales de Dios, todos los hombres y mujeres mortales son divinos en origen y en su destino potencial. Tal y como enseña Doctrina y Convenios 93:38-39, el espíritu de cada hombre, mujer y niño "[era] inocente en el principio"; si bien es cierto que como consecuencia de la Caída ahora se halla en un mundo "natural" (caído) donde el diablo "despoja a los hijos de los hombres de la luz", y donde ciertos elementos de la naturaleza— incluyendo la naturaleza temporal humana— requieren disciplina, compostura y refinamiento. Es como si todos los seres humanos recibieran, como parte de su próximo paso en el sendero que conduce a la divinidad, materias primas de carácter físico y espiritual—o recursos "naturales", si así lo prefiere.
Estos recursos no se reciben para dejarlos a sus anchas sino para enjaezarlos y dirigirlos, de modo que se puedan encauzar su poder y potencial (como en ocasiones se hace con un río o una cascada "natural") y, por consiguiente, sean mucho más productivos y beneficiosos.
El hombre natural, con todo su potencial nuevo y maravilloso, pero a la vez desbocado y falto de regeneración, debe ser hecho "sumiso" al Santo Espíritu, un espíritu que todavía nos atrae y nos impulsa hacía arriba. El hermano de Jared reconoció la bondad inherente del alma cuando dijo que nuestras transgresiones mortales y nuestra naturaleza temporal pueden ser vencidas cuando invocamos a Dios y recibimos de Él "según nuestros deseos".
Nuestros más profundos deseos, nuestros anhelos premortales, todavía son divinos en sus orígenes, y se hallan profundamente enraizados en nuestra alma. Todavía reverberan los ecos de nuestra anterior inocencia, y la luz que aleja el mal todavía brilla. Nuestro corazón puede—y así lo hace en su pureza—desear aquello que es espiritual y santo más que lo que es "carnal, sensual y diabólico". De no ser así, nos hallaríamos en una condición desesperanzadora, y la idea de una elección verdadera estaría para siempre en peligro.
Alabamos a Dios nuestro Padre por el hecho de que nuestra verdadera herencia proceda de Él y que al ceñirnos y someternos a Su influencia eterna podamos vencer la enemistad que nos separa de Él, y así poder tornar los dones de la naturaleza para nuestra bendición más que para nuestra maldición.