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CEO gender and board gender diversity

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5.16 CEO gender and board gender diversity

«Como lo fue para Jesús, la verdadera lucha, el combate radical del Padre Pío tuvo que sostenerlo no contra enemigos terrenales, sino contra el espíritu del mal (cf Ef 6,12). Las más grandes “tempestades” que lo amenazaban eran los asaltos del Diablo, de los cuales él se defendió con la “armadura de Dios”, con “el escudo de la fe” y “la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”»

(Ef 6,16-18).[44]

«Acuden aquí innumerables personas [...] no tengo ni un minuto libre; todo el tiempo empleado en liberar a los hermanos laicos de los lazos de Satanás. Bendito sea Dios» (Padre Pío).

El Príncipe de este mundo

A finales de 1902, en los días que precedieron a su ingreso en el noviciado de Morcone, el 6 de enero de 1903, el Padre Pío tuvo una visión reveladora, que escribió más tarde (en tercera persona) por orden de sus superiores. El momento en el cual sucedió era especialmente importante, porque en esos días el aspirante a capuchino estaba meditando sobre su vocación y preparándose para su inmediata marcha al convento:

«Cierto día, mientras estaba meditando en el problema de su vocación y sobre cómo podría resolverse para dar el adiós definitivo al mundo y dedicarse todo a Dios, su alma fue arrebatada y llegó a ver con los ojos de la inteligencia objetos diferentes de los que se ven con los ojos del cuerpo. Vio a su lado un hombre de presencia majestuosa, de extraordinaria belleza, esplendente como el sol. Lo tomó de la mano y le dijo: “Ven conmigo, porque tienes que combatir como un guerrero valiente”. Lo condujo después a un campo extensísimo donde había una gran multitud de hombres. Eran dos ejércitos colocados frente a frente.

De una parte había hombres de rostros bellísimos, vestidos con vestiduras blancas; y de otra, hombres de aspecto horrible, vestidos todos de negro y que aparecían como sombras oscuras. Entre unos y otros había un gran espacio. Y he aquí que el guía lo coloca en medio de ellos. Entonces ve cómo se aproxima un hombre de extraordinaria estatura, tan alto que parecía tocar con su frente las mismas nubes, de rostro feísimo. El personaje luminoso le advierte que debe combatir con ese terrible monstruo, pero él sintió un pavor indecible. Entonces oyó que le dijo: “Es inútil toda resistencia. Tienes que luchar con él. Avanza valerosamente, yo estaré junto a ti. Yo te ayudaré. ¡No permitiré que te derrote! Como premio de la victoria te regalaré una espléndida corona”.

Fue aceptado el combate. El choque fue espantoso, terrible; pero, al fin, con la ayuda del guía luminoso, lo derrotó y lo puso en vergonzosa huida. El monstruo, rabioso, se refugió detrás de la multitud de hombres de horrible aspecto. La otra muchedumbre de hombres de hermoso aspecto explotó en aplausos y gritos de júbilo. Y le pusieron una espléndida corona sobre la cabeza, pero fue mandada quitar por el personaje luminoso

mientras le decía: “Tengo reservada para ti otra mucho más hermosa, si consigues luchar siempre bien contra este perverso personaje contra el que has combatido hoy. Ten presente que ha de volver una y otra vez al asalto. Combate valerosamente y no dudes nunca de mi ayuda”».[45]

La visión del guerrero, metiéndole en medio de la batalla, marcó un hito indeleble para toda su vida: «Pero Tú, que me mantenías oculto a los ojos de todos, tenías confiada a tu hijo una “misión grandísima” que sólo a Ti y a mí se nos ha dado conocer».[46]

El significado de esta visión lo entendió mejor cinco días antes de su partida para el noviciado. En una visión, su alma se vio envuelta en una luz interior muy intensa. Penetrado de esta luz purísima, comprendió de forma notoria que la entrada al convento para dedicarse al servicio del celestial Rey implicaba exponerse a la lucha contra aquel hombre, monstruo del infierno, con el que había trabado una dura batalla en la visión anterior. El sentido de su vocación y su misión estaba claro: la vida del futuro capuchino sería como una lucha continua y encarnizada contra el demonio.

«Toda la vida del Padre Pío fue una lucha “cuerpo a cuerpo” con Satanás. A veces, una lucha cruel, de la que salía con los huesos prácticamente rotos. Mucha gente, al escuchar estos conflictos, sonríe incrédula. Pero hay que recordar que el Padre Pío ahora es santo y que la Iglesia lo pone como ejemplo extraordinario para todos los cristianos. Por lo tanto, también los aspectos “incómodos” de su existencia tienen que ser tomados con justa consideración. Sacarlos de su historia, significa falsear la verdad de su vida y de su mensaje».[47]

Sabido es que una de las principales devociones del Padre Pío era san Miguel arcángel, al cual rezaba diariamente. Cuando fundó sus Grupos de Oración, los puso bajo su especial protección como entidad titular. No es difícil suponer que el amor del Padre Pío por ese arcángel tenía como objetivo claro buscar su protección contra las fuerzas malignas del Demonio.

Sobre este respecto, señalaremos un hecho aparentemente curioso sobre el que no se ha reparado lo suficiente. A poco más de 20 minutos de san Giovanni Rotondo se encuentra el santuario de san Miguel, en una gruta del monte Gargano, lugar repleto de leyendas donde tuvieron lugar varias apariciones del arcángel.

Lo que resulta sobrecogedor, sin embargo, no es esa cercanía –que motivaba que muchos peregrinos que se dirigían a ver al Padre Pío se desviaran para visitar el santuario–, sino las extrañísimas circunstancias en las que se produjo la instalación definitiva del Padre Pío en san Giovanni Rotondo, convento del que nunca volvería a salir desde su llegada.

Durante su noviciado y sus primeros años de vida consagrada estuvo rodando por varios conventos de la región (Morcone, Montefusco, Sant’Elia a Pianisi, Venafro...), pero en ninguno lograba acomodamiento definitivo, en parte por necesidades derivadas de sus estudios teológicos, pero sobre todo por sus misteriosos y continuos problemas de salud, que le obligaban a cambiar de residencia para buscarle un destino donde aquellos se mitigasen.

Giovanni, y desde entonces experimentó una clara mejoría que llevó a sus superiores a tomar la decisión de no moverle más. ¿Es simplemente una anécdota que al lado de ese monasterio se ubicase el gran santuario del protector contra Satanás, el Príncipe de las milicias celestiales, donde están documentadas hasta cuatro apariciones de san Miguel, hecho completamente insólito?

La primera ocurrió el 8 de mayo del 490 d.C. En el monte Gargano el rico propietario de aquellas tierras perdió su mejor toro. Al cabo de un rato lo encontraron en una cueva y le lanzaron allí una flecha envenenada, la cual regresó e hirió al que la lanzó. El obispo san Lorenzo Maiorano ordenó 3 días de ayuno y oración para comprender el significado de aquel misterio. El 8 de Mayo el arcángel san Miguel se apareció al obispo y le confirmó que Dios le había constituido protector y defensor de ese lugar. El lugar era el palacio real terrenal del gran Príncipe de los arcángeles. Santa Brígida llegó a visitar la cueva y profetizó el ateísmo secularizante de nuestros días.

La segunda ocurrió el 19 de septiembre del 492 d.C. Ante el temor de una invasión por el rey Odoacro, el obispo san Lorenzo subió al Monte Sagrado para suplicar la protección de san Miguel. En septiembre, ante la petición de los godos de que se rindieran, el obispo ordena otros tres días de ayuno y oración, solicitando tres días de tregua a Odoacro. El 19 de septiembre, al alba, san Miguel ordena al obispo que ataque a los godos en la 4ª hora del día. A esa hora una terrible tormenta sembró el caos en el campo godo, que emprendieron la huída entre rayos, truenos, relámpagos, barro y una impenetrable oscuridad. El que no pudo escapar fue derrotado por los sipontinos. Tras la victoria, hubo una peregrinación a la cueva en acción de gracias.

La tercera ocurrió un 29 de septiembre del año 493. Sucedió durante una subida al Monte para celebrar el tercer aniversario de la primera aparición. San Lorenzo pidió consejo al Papa Gelasio I, quien ordenó a los 7 obispos de las cercanías que se reunieran allí y con 3 días de ayuno y oraciones comunitarias preguntaran al Arcángel qué debían hacer respecto a la consagración de la gruta. La respuesta en su aparición a san Lorenzo fue que no era preciso pues ya estaba consagrada a él con su presencia. Los obispos entraron en la caverna y hallaron sobre un bloque de piedra la huella de san Miguel, un altar cubierto con palio dorado y una cruz de cristal. San Lorenzo ofició allí la primera misa.

En el año 1655 se desató la peste en Nápoles y la muerte negra llegó al monte Gargano. El obispo Giovanni Alfonso Puccinelli convocó una peregrinación a la sagrada Gruta para solicitar su protección. Tras largas horas de oraciones y súplicas, al alba del 22 de septiembre el Arcángel se apareció al obispo y le aseguró que si esculpían en las piedras de la gruta la señal de la cruz con su nombre, no sufrirían daño alguno. Liberado de la peste, el pueblo erigió un obelisco en la antigua plaza de la ciudad que aún persiste.

Armageddon

Maximiliano Kolbe, el sacerdote polaco que dio su vida por un preso en un campo de concentración, y que fue elevado a los altares por Juan Pablo II, se encontraba estudiando en 1912 en Roma, ciudad que, por aquellos tiempos, estaba llena de masones.

Un día asistió horrorizado al tenebroso espectáculo de una comitiva de masones que iban por la calle portando un estandarte donde se veía al arcángel san Miguel vencido por Lucifer. En un letrero se podía leer lo siguiente: «Satanás tendrá que reinar desde el Vaticano. El Papa será siervo de Satanás».

Durante una alocución en la Basílica de San Pedro el 29 de junio de 1972, Pablo VI, en el noveno aniversario de su coronación, refiriéndose a la situación de crisis que vivía entonces la Iglesia, se preguntaba: «¿Cómo se ha podido llegar a esta situación? Se creía que, después del Concilio, el sol iba a brillar sobre la historia de la Iglesia. Pero en lugar del sol han aparecido las nubes, la tempestad, las tinieblas, la incertidumbre. Sí, ¿cómo se ha podido llegar a esta situación?».

Hacía pocos años que el concilio Vaticano se había clausurado; sin embargo, la realidad eclesial posconciliar había dado un sorprendente giro hacia el pesimismo derrotista, que sumía en el estupor y el desconcierto al mismo Pontífice que había liderado una parte importante de la reforma conciliar.

La crisis de la Iglesia era endógena y arrancaba en las tensiones y conflictos posconciliares. La Iglesia jerárquica institucional, rígida y centralista, era combatida por una serie de movimientos y grupos doctrinales que ponían en tela de juicio hasta algunos principios dogmáticos. En este clima, se producía una disminución alarmante de las vocaciones sacerdotales, una oleada nunca vista de secularizaciones, una reducción preocupante de la asistencia de los fieles a Misa y, en general, un desinterés por la participación en la liturgia.

El fenómeno global en el que se enmarcaba esta crisis era «el avance imparable, a escala global, de los procesos de laicización en el mundo cristiano; con el proceso de abandono de la norma moral tradicional en los países católicos; con el fracaso general, por agotamiento, de la utilización de las formas democristianas para influir en la política en los países democráticos; con la profunda división interna de la Iglesia entre quienes querían mantener la ortodoxia doctrinal y quienes defendían la imposición de un progresismo, derivado de la influencia de la teología de la liberación y del relativismo moral, que amenazaba la propia estructura eclesial; con la cada vez mayor confusión de los católicos, que veían cómo la propia Iglesia o políticos apoyados por la Iglesia o que promocionaban el denominado humanismo cristiano defendían o mantenían posturas dubitativas ante lo que había sido la doctrina tradicional».[48]

En el mismo discurso antes mencionado, Pablo VI dio la respuesta a ese interrogante sobre las causas que habían hecho posible una crisis tan sorprendente, con unas palabras que conmocionaron al mundo:

«A través de una fisura el humo de Satanás entró en el templo de Dios. Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el Diablo, ese ser misterioso del que san Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres? [...] Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma».

El 15 de noviembre de 1972, Pablo VI retomaba el tema en el transcurso de una audiencia que dedicó completamente a explicar el papel del Diablo:

«El mal que existe en el mundo es el resultado de la intervención en nosotros y en nuestra sociedad de un agente oscuro y enemigo: el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica todo aquel que rehúsa reconocerla como inexistente; e igualmente se aparta quien la considera como un principio autónomo, algo que no tiene su origen en Dios como toda criatura; o bien quien la explica como una pseudorrealidad, como una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias [...].

El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser oscuro y perturbador existe realmente y sigue actuando; es el que insidia sofisticadamente el equilibrio moral del hombre, el pérfido encantador que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de las confusas acciones sociales, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o síquicas o a nuestras aspiraciones más profundas».

Esta llamada de atención de Pablo VI sobre la amenaza del Diablo tuvo lugar, recordemos, en 1972. Volviendo sobre el tema de las profecías, resulta asombroso comprobar que el 7 de octubre de 1951 la mística Teresa Musco había profetizado exactamente el año en que el Vaticano volvía a hacerse eco de la presencia del Maligno en la Iglesia: «A partir de 1972 se iniciará el tiempo de Satanás; el tiempo de las grandes pruebas. Hija mía, se atraviesa un tiempo muy delicado. Los cardenales se opondrán a los cardenales, los obispos a los obispos. Entre ellos no hay amor. Muchos hijos se encuentran sin amor y se han descarriado. No saben ya cómo dirigir las almas, pero no son capaces de acercarse a la oración».

Un año antes de su muerte, Pablo VI volvió sobre este tema en otra audiencia general: «No hay que extrañarse de que nuestra sociedad vaya degradándose, ni de que la Escritura nos advierta con toda crudeza que “todo el mundo –en el sentido peyorativo del término– yace bajo el poder del Maligno”, de aquel al que la misma Escritura llama “el Príncipe de este mundo”».

Todas las alusiones de Pablo VI al poder del Maligno fueron seguidas de clamores y protestas, que curiosamente se elevaron con más frecuencia y hostilidad desde aquellas tribunas públicas marcadas por el laicismo y el anticlericalismo, a las que parece que no debería importarles nada la reafirmación de un aspecto de la fe que dicen recusar en su totalidad. En esta perspectiva, la ironía puede justificarse, pero, ¿por qué se desató tanto furor?

«Mal le fue al papa Pablo VI hace algún tiempo por haber aludido al Diablo en el sentido del Antiguo y del Nuevo Testamento. Fue acusado de retorno al Medievo, de oscurantismo, de superstición, de ofensa en pleno 1974 a la ciencia y al espíritu científico racionalista y progresista».[49]

del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez más, se acusó al cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado!

Raramente los periódicos se habían levantado con una vehemencia tan ácida contra el soberano Pontífice. ¿Cómo explicar la violencia de estas reacciones? Que periódicos hostiles a la fe cristiana ironicen sobre una enseñanza del Papa no suscita ninguna extrañeza. Es coherente con sus posiciones. Pero que al mismo tiempo se dejen llevar de la cólera, esto es lo que sorprende...

¿Cómo no presentir bajo estas reacciones la cólera del Maligno? En efecto, Satanás necesita el anonimato para poder actuar de manera eficaz. ¿Cuál no será su irritación, por tanto, cuando ve al Papa denunciar urbi et orbi sus artimañas en la Iglesia? Es la cólera del enemigo que se siente desenmascarado y que exhala su despecho a través de estos secuaces inconscientes».[50]

Quizás no se ha puesto suficientemente de relieve que la misión crística era en gran parte una verdadera batalla contra el Maligno, en el sentido de que la redención del género humano pasaba por rescatarlo de las garras de Satanás, responsable de su caída y, por tanto, el adversario al que tenía que enfrentarse Jesús. «Jesús, un hombre entre los hombres, vino y cuando apareció tuvo lugar una tremenda batalla entre él y Satanás. Todo el destino del mundo y de la raza humana dependía del resultado de dicha batalla. Si Satanás podía encontrar o producir una pequeñísima grieta en la vida y el carácter de aquel hombre, entonces le controlaría y seguiría siendo el soberano indisputable del mundo y de la raza humana».[51]

De hecho, Jesucristo es el personaje bíblico que más habla del Diablo y prácticamente siempre lo hace llamándolo Satanás. En los evangelios, su papel va más allá del que ejercía en el Antiguo Testamento (como «acusador» y «tentador»), ya que en los textos neotestamentarios el Diablo aparece como un ser que se opone a Dios, convirtiéndose también en un enemigo personal de su Hijo y por tanto de Él mismo. Es sumamente revelador que antes de comenzar su misión pública se enfrente a sus tentaciones durante el retiro de 40 días en el desierto (Mt 4,1-11). Vencido, Satanás volverá a aparecer durante la agonía de Jesús en Getsemani, tentándole para que desistiera de su sacrificio redentor con la excusa de que los hombres por los que iba a entregar su vida no eran merecedores de su holocausto.

«Jesús vino “para deshacer las obras del diablo” (1Jn 3,8), para liberar al hombre de la esclavitud de Satanás e instaurar el reino de Dios después de haber destruido el reino de Satanás. Pero entre la primera venida de Cristo y la parusía (la segunda venida

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