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Gender, Migration, and the Next Phase of the Structural Transition

Gender and the Left-Behind: the Impacts of Migration on Left-Behind Elderly Women and Girls

4.5 Gender, Migration, and the Next Phase of the Structural Transition

La teoría del desarrollo delictivo de Moffitt (1993) explica la delincuencia como un fenómeno multicausado en el que intervienen las condiciones biológicas de la persona que delinque, sus experiencias de socialización y el ambiente en que se desarrolla.

Con base en los resultados de Maricopa, Moffitt identificó dos tipos de carreras delictivas: (1) aquélla que se presenta sólo en el transcurso de la adolescencia, y que corresponde a la mayoría de las personas que cometen delitos; y (2) el patrón de delincuencia persistente que se inicia en edades tempranas y que se extiende hasta la adultez. De acuerdo con esta autora, los jóvenes que delinquen de manera persistente en diferentes etapas de la vida se diferencian de quienes sólo lo hacen en la adolescencia, tanto en sus déficits neuropsicológicos -en especial en las habilidades verbales y en las funciones ejecutivas- como en

57 factores de personalidad y en el tipo de oportunidades disponibles en el ambiente en que se desarrollan (Moffitt, 1993; Raskin, Bates y Buyske, 2001).

Los jóvenes que presentan un patrón delictivo limitado a la adolescencia muestran menor incidencia de rasgos antisociales que los persistentes. La delincuencia se explica como una manifestación normal de esta etapa del desarrollo asociada con una importante dependencia del grupo de amigos (pares) y de su entorno social.

En la delincuencia persistente sólo se compromete un pequeño grupo de personas (alrededor del 5% de la población de jóvenes) en quienes confluyen varios factores como las disfunciones neurológicas graves y los rasgos de personalidad difíciles, que unidos a contextos sociales adversos promueven una importante vulnerabilidad para el desarrollo del comportamiento antisocial.

Las disfunciones neurológicas pueden ser causadas por daños ocurridos en el cerebro desde la etapa prenatal (por abuso de drogas de la madre ó influencia genética), déficits neonatales (nutrición, por ejemplo) ó complicaciones en el parto. A su vez, las disfunciones neuropsicológicas causan déficit neurocognitivos que comprometen las habilidades verbales y las funciones ejecutivas, ambas fundamentales en los procesos de socialización. El déficit en las habilidades verbales interfiere en la mediación verbal para el autocontrol, promueve los estilos cognoscitivos orientados al presente haciendo más probable la impulsividad.

Las funciones ejecutivas –como se explicó en el primer capítulo- se refieren a la atención, el razonamiento abstracto, la flexibilidad cognitiva, la planeación estratégica, la anticipación de acontecimientos futuros, la programación de secuencias específicas de conducta, la autoevaluación, la autoconciencia, la inhibición de conductas impulsivas o inapropiadas, y la interrupción de patrones de conducta para sustituirlos por conductas más adecuadas a la situación. El daño en estas funciones promueve la conducta impulsiva, la ruptura de relaciones interpersonales, la disminución de habilidades para resolver problemas sociales, para proponer soluciones alternativas a los conflictos, y para inhibir respuestas agresivas.

58 Los rasgos de personalidad difíciles se manifiestan en edades tempranas a través de comportamientos de hiperactividad o de irritabilidad, mientras en la adolescencia son más frecuentes la impulsividad y la desinhibición.

Los jóvenes que presentan tanto las disfunciones neuropsicológicas como el temperamento difícil, en ambientes adversos de escasas oportunidades legales, pobreza, violencia, etc., tienen una mayor probabilidad de involucrarse en actividades delictivas. Si bien los estilos de crianza positivos (que establecen apego emocional, límites apropiados, ejemplos prosociales, etc.) pueden modular el efecto de variables biológicas y ambientales adversas, la existencia de pautas de crianza inadecuadas (que fomentan la ruptura de vínculos afectivos, no establecen límites, son negligentes o autoritarios y proporcionan ejemplos antisociales) promueven las carreras delictivas persistentes a lo largo de la vida.

Las personas que inician a tempranas edades su comportamiento delictivo tienen mayor probabilidad de desarrollar carreras delictivas violentas, versátiles y largas, es decir, cometen un gran número de delitos graves, de diferente tipo y durante periodos largos de su vida.

De acuerdo con la investigación de Moffitt (1993), con independencia de la edad de inicio en actividades delictivas, los jóvenes que habían cometido delitos solían tener trabajos no cualificados, estar desempleados y presentar inestabilidad emocional a sus 18 años de edad. Sin embargo, en evaluaciones posteriores (a sus 32 años), los chicos que habían presentado actividades delictivas sólo en el curso de la adolescencia se diferenciaron de los crónicos de inicio temprano en que habían logrado objetivos importantes como tener una casa, conseguir un empleo estable y tener una baja tasa de condenas oficiales. Además, la autora explica que los jóvenes que sólo delinquen en la adolescencia participan en actividades delictivas menores y, aunque persisten en algunos hábitos antisociales (beber en exceso, consumir drogas ilícitas e iniciar peleas), éstos interfieren poco con su vida laboral.

La evidencia parece apoyar el hecho de que el grupo limitado a la adolescencia, aunque puede no volver a involucrarse en comportamiento delictivo después de esta etapa, en cambio sí persiste en conductas como prácticas sexuales inseguras o conducción peligrosa; conductas consideradas de riesgo que se pueden

59 presentar dos o tres veces con mayor frecuencia que en los grupos de no delincuentes (Rutter, Giller y Hagell, 2000).

En general, la investigación avala la propuesta de Moffitt (1993) acerca de las diferencias entre los jóvenes que inician a temprana edad su comportamiento delictivo y quienes lo hacen desde la adolescencia. En el estudio clásico de Cambridge, por ejemplo, del total de hombres con edades entre los 17 y 24 años que recibieron una condena por la comisión de delitos, el 73% tenía antecedentes de una sentencia por delitos cometidos cuando tenían entre 10 y 16 años, mientras sólo el 16% no presentó antecedentes de este tipo. Además, cerca de la mitad de los delincuentes juveniles fueron condenados por segunda vez cuando tenían entre 25 y 32 años, y sólo el 8% de esta población no tenía antecedentes de sentencias en su juventud (estudios de Krohn et al., 2001).

En este mismo sentido, en el estudio multidisciplinario sobre desarrollo y salud, realizado en Dunedin, el siete por ciento de la muestra presentó conducta antisocial y persistente en su niñez y adolescencia, mientras el 24% registró comportamiento antisocial sólo en su adolescencia (Moffitt, Caspi, Dickson, Silva y Stanton, 1996). En el trabajo de Kratzer y Hodgins (1996; citados por Rutter, Giller y Hagell, 2000), también se informaron diferencias en función de la edad de inicio del comportamiento delictivo, encontrando que sólo el siete por ciento de la muestra la inició en edades tempranas.