Porque si la salud del Rey se quebraba indefectiblemente, la del Príncipe no terminaba de asentarse. Porque ahora, cuando el príncipe Carlos está próximo a cumplir cuatro años, es conocido suficientemente ya su raquitismo crónico. El temor que ello ha infundido en la reina Mariana y en el anciano Felipe, ha sido lógicamente obsesivo. Porque el problema fundamental desde que nació el niño ha sido el de la alimentación. Y es verdad que, pese a tantos indicios que han venido lacerando el cuerpo del pequeño, éste ha resistido a toda prueba y ha sorprendido a los más pesimistas, que siempre fueron muchos. Con todo, su debilidad congénita es evidente y ha tenido fiebres frecuentes, desarreglos y catarros; pero, aunque con dificultad, todo se ha ido superando. Sin embargo lo que obsesiona es la alimentación, porque el Príncipe digiere con dificultad alimentos sólidos y, en consecuencia, todavía el destete no se ha producido. La lactancia dura todavía y los médicos no se atreven a eliminarla.
Y este asunto de la lactancia, fue cuestión muy seria porque generó, en el entorno del Príncipe, un ambiente muy excitable. Se trataba de conseguir la nodriza más adecuada en cualquier momento y esto no fue siempre posible. Por ejemplo, en enero de 1664, el príncipe Carlos tuvo una calentura producto del brote de un colmillo; coincidió el incidente —según cuenta el autor de Los Avisos— con que María Palomeque, su nodriza en aquel momento, había comenzado su ciclo menstrual y los médicos decidieron sustituirla. Ocurrió, sin embargo, que el pequeño, en su estado febril, se negó a aceptar a la sustituta y durante toda la noche persistió en su decisión primera. Alarmados los doctores, en junta permanente, buscaron una segunda nodriza pero Carlos también se negó. Habían pasado ya dos días, la fiebre no bajaba y el Príncipe yacía desnutrido. Alguien decidió que, pese a su estado, fuese María Palomeque la que le ofreciese su pecho: el niño lo tomó glotona y placenteramente. Pronto desapareció la fiebre y la recuperación de Carlos fue un hecho. Esto aconteció el día 6 de enero de 1664; doce días después, el 18 del mismo mes, María Palomeque fue sustituida porque algún doctor creyó detectar que la calidad de su leche se había deteriorado repentinamente. María Palomeque, natural de Ocaña, hacía la número siete de las nodrizas del Príncipe; todavía vendrían otras ocho más, y todas para sucederse unas a otras en un periodo de apenas año y medio.31
No parece que el Rey compartiera estos procedimientos, porque la tensión 31 Avisos de don Jerónimo de Barrionuevo. (Edición de A. Paz y Meliá, 2 vols.) Atlas, Madrid, 1968- 69. Vol. I, p. 84.
que el cuerpo médico, a las órdenes del mayordomo mayor de palacio, provocaba en las amas de cría era muy alta y esto no garantizaba que el alimento fuera bueno. En cierta ocasión, cuando el difunto príncipe Felipe Próspero estuvo enfermo, también de calentura, el monarca tuvo ocasión de comprobar el desasosiego en el que vivían estas mujeres tan fundamentales para la vida del heredero. Una mañana el Rey entró en la cámara del Príncipe cuando la fiebre le apretaba fuerte; preguntó, acusador, al ama y ésta le contestó: «Señor yo tengo tres hijos, los más lindos que hay en la Corte, criados a mis pechos, luciéndoles mi leche y cuidado; cuando lloraban, los mecía y, con saliva, les cuidaba las paperas y granos; dormían a mis pechos, dándoles, como dicen, carona; y yo comía, a mis horas, sazonado. Aquí todo me lo dan sin especias, sazón ni sal; paso las noches desvelada y si he de reposar, es fuerza retirarme a un camaranchón. La que se le antoja viene y me levanta las faldas registrándome si me ha venido el achaque; la barahúnda y bullicio es grande; la leche con tantas zozobras no es posible sea la que es menester.»32
La anécdota, real, la cuenta Barrionuevo en sus Avisos y pocas veces el historiador puede encontrar un texto tan rotundo, tan revelador y tan humano. Las amas de cría de Carlos padecieron este ambiente. Y, pese a todo, su cuerpo resistió, aunque siempre raquítico y debilitado. Pero se pensaba entonces que la leche materna era el alimento principal. Parece que sus cualidades eran tan apreciables que, cuando las enfermedades de Felipe IV castigaban su cuerpo tan enfermo, el único alimento que le producía mejora evidente era la leche materna que los médicos le ofrecían. Fue éste un asunto que provocó la chanza irónica del pueblo de Madrid cuando alguien colocó pasquines en la villa con el comentario siguiente: «Entre dos niños tetando está la pobre Castilla.»33
Ironías aparte, en aquel verano de 1665 ambos, padre e hijo, enfermos y decaídos mostraban, al unísono, lo debilitado de aquella dinastía que ahora manifestaba indicios notorios de desfallecimiento. Y esto, desde luego, no era nuevo: hacía ya al menos dos siglos que, del viejo tronco de la dinastía de los Habsburgo, surgían ramas endebles de salud muy deteriorada. Por eso ahora, en este tiempo, se hablaba con insistencia de las perturbaciones de la reina Juana, la madre del Emperador; de la epilepsia apenas disimulada de éste o del deterioro físico y psicológico del príncipe don Carlos, heredero de Felipe II. Algunas de estas herencias disfuncionales parecía que ahora se manifestaban en el Rey moribundo y amenazaban con expresarse en el príncipe heredero. Y respecto de los efectos de la endogamia, tan cercana e insistente, que la Casa de Austria venía practicando con los vástagos de sus líneas principales, parecía lógico que los efectos fueran perniciosos pero no era, ésta, una característica original de la Casa.34 Otras dinastías europeas
también la practicaban; y la mortandad entre los hijos de las mismas siempre fue muy alta. Por ejemplo María Teresa, la hija del monarca y única que sobrevivió de sus hermanos, casó con Luís XIV para vivir una existencia de partos y abortos 32 Ibídem nota anterior, p. 83. Citado también por G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. I, Apéndice, pp. 551-553.
33 A. Graf von Kalnein, Juan José de Austria... op. cit., p. 42, nota 22.
34 M. Alfonso Molas y C. Martínez Shaw, «Dignidad de Rey» en La Aventura de la Historia (n° 24, octubre 2000), p. 40.
continuada; seis hijos tuvo y, exceptuando al Delfín, cinco de ellos murieron párvulos. Por su parte la infanta Margarita, que marchó a Viena a los quince años para casarse con el emperador Leopoldo, murió a los veintiún años después de haber asistido también a la muerte de todos sus hijos con excepción de la archiduquesa María Antonia. Los príncipes e infantes de Europa murieron niños y jóvenes, la mayoría; y entre sus progenitores no eran extraños los casos de imbecilidad psicológica, depravación moral y ruina física. Por todo ello el príncipe Carlos, príncipe enflaquecido y de natural enfermizo, no era, ni mucho menos, el caso más dramático de todos. Porque si Luís XIV hacía ostentación de su heredero tras el nacimiento de éste, pronto se pudo comprobar que el carácter del Delfín manifestaba síntomas de indolencia y de necedad preocupantes. En cualquier caso la salud de Carlos, en su infancia primera, siempre fue asunto de alarma constante. Los cuidados se extremaron y la protección que se dio al príncipe fue tan fuerte que su voluntad no tuvo nunca oportunidad para expresarse autónoma, ni consigo mismo ni con su entorno. Los médicos vigilaron obsesivamente su salud y, desde luego, no siempre acertaron con los medios más adecuados para fortalecerla. Por ejemplo nunca supieron qué hacer con la supuración de los ganglios de la zona del cuello que, desde el primer momento, padeció el Príncipe. Opinaban los doctores que la supuración, con ser síntoma de enfermedad seria, también podía ser remedio, porque alejaba el problema de las hemorragias internas. En cualquier caso, aquel derrame tardó mucho en cerrarse; y todavía en julio de 1664, si debemos hacer caso al embajador francés, continuaba abierto. Una dolencia persistente, pues, que mostraba la enclenque estructura física del heredero. Raquitismo parece ser el concepto al que acudían los doctores para indicar aquella facilidad para enfermar y la lentitud para recuperar la salud.35
En mayo de 1663 Carlos padeció una persistente fiebre terciana que duró hasta muy avanzado el mes de junio. Los médicos se asustaron y, a pesar de la tierna edad del enfermo, decidieron sangrarle varias veces, con la consecuencia de un agravamiento de sus escasas fuerzas vitales. Aquel verano fue particularmente penoso porque, todavía no repuesto suficientemente, Carlos sufrió frecuentes vómitos y procesos diarreicos que asustaron a todos, al Rey y a su madre, en primer lugar. Se cambió de ama nodriza y se alternó la lactancia con otros alimentos que se entendían como reconstituyentes, tales como las vísceras de animales domésticos; pero las digestiones del Príncipe no eran fáciles.
Fueron meses angustiosos, desde luego, que además coincidieron con un ambiente de pesimismo y derrota causado por los fracasos de las tropas españolas en Estremoz y Évora. Don Juan, como se sabe, no supo aceptar bien sus responsabilidades en aquellos lances y, por ello, comenzó la separación paulatina de su padre. Fue entonces, en aquel verano de 1663, cuando este Príncipe, humillado y ofendido en su propia estima, intentó acercarse al entorno, todavía muy particular y cerrado, de su hermanastro el pequeño príncipe Carlos, débil y enteco. Las crónicas hablan de un corto encuentro entre don Juan y el confesor de la Reina Madre, el jesuita Everardo Nithard. Un contacto primero, necesario para don Juan y receloso 35 R. García Arguelles, Vida y figura de Carlos II «El Hechizado»: Estudio histórico-médico. (Actas del II Congreso Español de Historia de la Medicina). Vol. II. Salamanca, 1965, pp. 199-232.
para la reina Mariana que conocía el desparpajo y la ambición del hijo espurio de su esposo. Don Juan, entre cortés y preocupado, se interesó por la salud del Príncipe, inquirió del jesuita qué presente suyo le sería más grato a la Reina y, finalmente, insistió para que el padre confesor aceptase una donación de 5.000 ducados para las obras de la «capilla que, en honor de San Felipe, se levantaba en la iglesia de los jesuitas de Noviciado». Un encuentro de respeto cortesano y determinado por la etiqueta, pero de ninguna manera un encuentro neutro y apolítico. Encuentro preñado de ambiciones soterradas: las del príncipe don Juan asegurando, a ser posible, un lugar de privilegio en el futuro que ya se acercaba y las del jesuita, asentando las posiciones de doña Mariana, madre de un príncipe enfermo que había que proteger ante todo.36 A tenor de lo que ocurrió después, ni uno ni otro se miraron entonces con
franqueza ni con simpatía. Don Juan marchó a Consuegra, a sus territorios de la Orden de San Juan, y Nithard se refugió en palacio asistiendo a doña Mariana, aislada en su gineceo en medio del cual un niño pequeño y solitario era tratado con un cuidado obsesivo.
Porque, en efecto, el aislamiento de don Carlos fue absoluto. Rodeado de ayas, amas, nodrizas y damas de la Reina, el Príncipe no conoció otros varones más que los odiosos médicos que le mortificaban y el anciano Rey, su padre, que le visitaba con frecuencia. Ambiente femenino en su totalidad. Ha sido el duque de Maura el historiador que, con pluma hábil, mejor ha descrito el entorno educativo primero que le cupo a don Carlos: «Sentado el Príncipe en almohadones de rica estofa, la cabeza grande apoyada sobre el angosto pecho, abierta la boca, caído el belfo labio, sus ojos tristes acecharían curiosos la vida, con la precocidad de los niños enfermizos, a través de las conversaciones frívolas, para él apenas inteligibles, de las mujeres que le rodeaban.»37
Un príncipe en el centro del universo femenino de palacio y, paradójicamente, solo. Sujeto, desde el principio, al rigor de una dura etiqueta que sus propios doctores, los médicos, no podían en ningún modo obviar. Sentado entre almohadones, porque el raquitismo de sus huesos tiernos no le sostenían en pie, aquel niño fue principalmente víctima de su propio destino. Una terapia que, lejos de fortalecer el cuerpo débil, lo sometía a padecimientos insufribles: sangrías que le hacían desfallecer, emplastos que le irritaban, friegas y masajes que le molestaban. Todo era sufrido por aquel infante que ahora, con ya cuatro años, sigue en tiempo de lactancia y todavía no anda por sí solo. Y esto último sí que resulta un verdadero problema porque, a su edad, un príncipe heredero debe ya dejarse ver por la corte aunque las exigencias de la etiqueta puedan disimular algo sus deficiencias. Se ha corrido por palacio el pábulo, propagado sin duda a expensas de los sobornos franceses, de que don Carlos apenas logra andar con seguridad dos pasos; y que durante varias horas al día los médicos le envuelven las piernas en pieles para fortalecerlas. El rumor ha llegado a las calles y la mofa popular no ha podido contenerse. Alguien ha escrito, mordazmente, una letrilla que se hará famosa:
El príncipe, al parecer
36 J. Castilla Soto, Don Juan José de Austria: su labor... op. cit., p. 201. 37 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. I, p. 145.
por endeble y patiblanco es hijo de contrabando pues no se puede tener.38
Un rey que está enfermo, un príncipe de piernas blandas y de endeblez permanente, y una reina que, según dicen, sufre de fuertes jaquecas. ¿Qué puede pasar con esta Casa de Austria a la que Dios tantas veces ensalzó y protegió de las iras de sus enemigos? En este verano difícil de 1665 parece que don Felipe ha dispuesto que la infanta Margarita retrase el viaje a Viena que se había previsto para desposarse con su tío Leopoldo, el Emperador. La infanta tiene ya catorce años y su prometido la reclama urgido también por la necesidad de un heredero. Pero parece que don Felipe, escuchando la razón de sus consejeros, ha demorado la salida porque, si ahora Carlos faltara, habría que romper el compromiso contraído y casarla de inmediato con un príncipe que pudiera vivir aquí en el Reino. Las consultas que desde el Consejo de Castilla ha hecho su presidente el conde de Castrillo aconsejan también tomar esta decisión. Todos temen, pues, que la vida del Príncipe, como la del padre, no dure mucho. Luís XIV lo sabe y se mantiene a la expectativa desoyendo al embajador español, el marqués de las Fuentes, que reiteradamente le reclama que haga solemne la renuncia al trono español de María Teresa, su esposa, según se firmó cuando la Paz de los Pirineos de 1659. También Leopoldo estaba expectante y preocupado, y por ello, igualmente, le urgía el matrimonio con su sobrina.
Mientras tanto al monarca se le iban las fuerzas precipitadamente. Aquel verano de 1665, el último de su vida, no le fue placentero, ni mucho menos: el asunto irritante de Portugal, la derrota del ejército en Villaviciosa, la ruina económica del reino apenas disimulada, las enfermedades del Príncipe y el mutismo aislado de la Reina recluida en sus habitaciones. También ocurrió el desagradable incidente de Aranjuez, cuando don Juan fue a visitar a la familia real; luego, por último, sus repetidos achaques que parecen haberse cebado en su persona estos tres últimos meses.