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Superada la tentación de pensar en la dimensión espiritual reduciéndola a la religiosa y cultivada solo en la liturgia del templo, podríamos descubrir que el modo de alimentar la dimensión trascendente es mucho más rico de cuanto pudiera parecer. Quizás yendo al oculista podríamos descubrir lo que Wilber ha llamado los tres tipos de ojos, para subrayar la importancia del ojo del espíritu61. Sí, tres ojos: el de la cara, que nos permite ver (si no, estamos ciegos); el de la mente, que nos permite entender («lo veo» = «lo entiendo»), y el del espíritu, que nos permite comprender la interioridad de las personas, percibir la justicia, el modo como una persona ama, la compasión que otro experimenta... El ojo del espíritu es el más específicamente humano y nos permite trascender lo físico y ver la verdadera naturaleza de la persona.

Karlfried Graf Dürckheim62habla de cuatro lugares privilegiados de apertura a la dimensión trascendente:

– la naturaleza, – el arte,

– el encuentro interpersonal, – el culto (la religión).

Así pues, la contemplación de la naturaleza es un camino que nos invita a trascender las realidades cotidianas. La belleza de una flor, de un paisaje, de una simple hoja... Quizás también por esto Camilo hacía ir a los suyos a la viña, para cultivar la dimensión que ahora llamaríamos «cuidarse para cuidar». El activismo en el que caen hoy algunos religiosos será siempre un reto para aprender a descansar y cultivar esta dimensión contemplativa, no solo en la acción, sino también en el saber descansar. Camilo, de hecho, «cuando se encontraba en alguna viña con los suyos, a veces, para contentar a los que se lo pedían, también jugaba»63.

El arte es otro camino a recorrer para acceder a la dimensión trascendente. Tiene el poder de evocar algo más de lo tangible. Una estatua es más que una estatua; un cuadro es más que un conjunto de colores mezclados que forman una imagen; un tema musical es mucho más que un conjunto de notas. La armonía y la belleza que caracterizan las obras de arte nos ayudan a trascender, a abrirnos. Normalmente se llama arte a la actividad mediante la cual el ser humano expresa ideas, emociones o, en general, una visión del mundo a través de recursos plásticos, lingüísticos, sonoros o mixtos. El arte expresa cosas que no siempre se pueden expresar de otra manera.

Pues bien, sabemos cuánto apreciaba Camilo la presencia de la música64en esos lugares, alternativos a la Capilla Sixtina, que eran los pasillos del Hospital del Espíritu Santo, pero sabemos también cómo hizo verdaderamente del servicio a los enfermos una auténtica obra de arte. Pronzato dice:

«Considero que una de las intuiciones más brillantes de este “genio de la caridad” es haber introducido en la asistencia a los enfermos la idea de belleza. En su escuela no se aprendía simplemente un oficio o el sentido del deber, sino que se afinaba, “se educaba” el gusto artístico de los aprendices: saber escuchar, saber ver, saber distinguir los perfumes, saberse mover no arrastrando los pies sino a compás de danza. El servicio no como incumbencia dura y pesada, ni solamente como “cosa buena”, sino como “cosa bella”. De este modo Camilo rescataba una caridad desaliñada, sombría, enojosa, grosera, malhumorada, descuidada y chapucera para adornarla con ráfagas de luz, con hermosos colores, con notas alegres, con perfumes [...]. Su utopía lo llevaba a transformar el hospital en un jardín, a darle un encanto paradisíaco. [...] La acción es realmente buena solo si es bella»65.

Igualmente, y en tercer lugar, nos interesa el encuentro interpersonal como vía de acceso a la experiencia espiritual de la trascendencia. En efecto, a través de la comunicación, del diálogo, una persona se puede hacer instrumento del Espíritu para realizar un adecuado acompañamiento. Dice un teólogo: «El diálogo es el camino más recto para facilitar la liberación y el crecimiento personal y espiritual. Quizás porque constituye un reflejo del ser de Dios. Dios es un diálogo eterno de amor. Es en el diálogo a imagen y semejanza de Dios donde se reproduce un movimiento centrífugo de libertad para amar. Y, en el diálogo amoroso, las personas se realizan como imágenes e hijos de Dios»66.

«Camilo y sus compañeros habían comprendido bien que para poder desarrollar una obra de auténtica liberación del hermano enfermo –“liberar a los enfermos de la mano de aquellos mercenarios”– eran necesarias personas a su vez “liberadas” de los condicionamientos que dan la familia, los negocios y todo el conjunto de la vida mundana, para poder concentrar todo el propio potencial humano y espiritual en el enfermo»67.

En el fondo, podemos decir que Dios emerge en toda experiencia de amor hacia el otro. El amor humano es revelación, comunicación, del Amor más grande, que nos trasciende y nos permite decir con Juan: «Dios es amor» (1 Jn 4,8).

Y, en cuarto lugar, no podemos olvidar la importancia de los ritos sagrados como camino de acceso a la experiencia espiritual. De modo particular en momentos especiales de la vida (inicio, transición, final, vínculos especiales), los ritos nos sirven para expresar nuestra relación con el Ser trascendente en el que nosotros, creyentes, fundamos nuestra vida espiritual. Camilo, por otro lado, se convirtió en experto en contribuir a la pastoral de la salud y Sannazzaro considera que en el siglo XVII y XVIII se produjo una importante aportación de manuales para la pastoral hospitalaria, formándose una especie

de vademécum distribuido por Italia y España para el acompañamiento espiritual a los enfermos68.

Pero tenemos que decir también que la fe de Camilo en la encarnación del crucificado en el enfermo era tan fuerte que, como es sabido, llegará a posiciones poco normales para la época, como, por ejemplo, hablar de la necesidad de dejar incluso la misa para que se pudiera «dar todo al servicio de los enfermos»69. Es sabido, de hecho, que «no le gustaba aquella forma de unión que cortaba los brazos a la caridad. Y que era perfección suma, cuando tocaba hacer el bien a los pobres, dejar a Dios por Dios, puesto que para contemplarlo no faltaría tiempo en el paraíso»70.

Si la relación personal con el Señor llevaba a Camilo a ver a Cristo en el enfermo, el encuentro con Cristo a través del servicio al enfermo se convertía en estímulo para buscar mayormente al Señor en la oración. Es una verdadera dimensión mística del servicio a los enfermos, que hace transformar el hospital en su viña, en su jardín, en su nido.

Hoy tendríamos que preguntarnos libremente si nuestro oculistapodría decir de nosotros que la contemplación de la naturaleza, el arte, el encuentro humano y el culto nos sirven para cultivar la dimensión espiritual o si nos quedamos sin trascender lo que vemos con los ojos de la cara. En tal caso, el ojo del espíritu habría de ser examinado por si sufriera cataratas.

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