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1832. Mazzini funda la “Joven Italia”, en Italia, y la “Joven Europa” , en Suiza.
Bentham, D eontología (postum a). Larra, E lp o b re c ito hablador. Donoso Cortés, Memoria sobre la situación actual de la monarquía. 1833. Unión Aduanera alemana. Isabel II, reina de España. Rebelión de los
carlistas. Reforma liberal en México, con Gómez Farias. Michelet, His
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C R O N O L O G Í A X X X V
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INTRODUCCIÓN
SOBRE LA N EC ESID A D DE ESTU D IA R LAS M Á S A N TIG U A S
“ C R E E N C I A S D E LO S A N T IG U O S PA R A C O N O C E R SU S IN S T IT U C IO N E S
Nos proponem os m ostrar aquí según qué principios y por qué reglas se gobernaron la sociedad griega y la sociedad rom ana. A so ciam o s en el mismo estudio a rom anos y griegos, porque estos dos pueblos, ram as de una m ism a raza y que hablaban dos idiom as salidos de una m ism a lengua, han tenido tam bién un fondo de instituciones co m u n es y han atravesado una serie de revoluciones sem ejantes.
N os esforzarem os, sobre todo, en p o n er de m anifiesto las d iferen cias radicales y esenciales que distinguen p erdurablem ente a estos p ue blos antiguos de las sociedades m odernas. N uestro sistem a de ed u ca ción, que nos hace vivir desde la infancia entre g rieg o s y rom an o s, nos habitúa a com pararlos sin cesar con nosotros, a ju z g a r su historia según la nuestra y a explicar sus revoluciones por las nuestras. Lo que de ellos tenem os y lo que nos han legado, nos hace cree r q u e nos parecem os; nos cuesta trabajo considerarlos com o p u eb lo s extranjeros; casi siem pre nos vem os reflejados en ellos. De esto pro ced en m uchos errores. N o dejam os de en g añ am o s sobre estos antiguos pueb lo s cu an do los consideram os al través de las o p in io n es y aco n tecim ien to s de nuestro tiem po.
Y los errores en esta m ateria no carecen de peligro. L a id ea que se han forjado de G recia y R om a ha perturbado frecu en tem en te a nuestras generaciones. P o r haberse o bservado m al las in stitu cio n es de la ciudad antigua, se ha soñado hacerlas revivir entre nosotros. A lg u nos se han ilusionado respecto a la libertad entre los an tig u o s, y p o r ese solo hecho ha peligrado la libertad entre los m odernos. N u estro s ochenta años últim os han dem ostrado claram ente q ue una de las gran des dificultades que se oponen a la m archa de la sociedad m o d ern a, es el hábito por ésta adquirido de tener siem pre ante los ojos la antigüedad griega y rom ana.
Para co n o cer la verdad sobre estos antiguos p u e b lo s, es cuerdo estudiarlos sin pen sar en nosotros, cual si nos fuesen p erfectam en te
extraños, con idéntico desinterés y el espíritu tan libre com o si estu diásem os a la India antigua o a A rabia.
Así observadas, G recia y R om a se nos ofrecen con un carácter absolutam ente inim itable. N ada se les parece en los tiem pos m odernos. N ada en lo p o rv en ir podrá parecérseles. Intentarem os m ostrar por qué reglas estaban regidas estas sociedades, y fácilm ente se constatará que las m ism as reglas no pueden regir ya a la hum anidad.
¿D e dónde procede esto? ¿P or qué las condiciones del gob iern o de los hom bres no son las m ism as que en otro tiem po? Los grandes cambios que perió d icam en te se m anifiestan en la constitución de las sociedades, no pueden ser efecto de la casualidad ni de la fuerza sola. La causa que los produce debe ser potente, y esa causa debe residir en el hombre. Si las leyes de la asociación hu m an a no son las m ism as q ue en la antigüedad, es que algo ha cam biado en el hom bre. En efecto, una par te de nuestro ser se m odifica de siglo en siglo: es nuestra inteligencia. S iem pre está en m ovim iento, casi siem pre en p rogreso, y, a causa de ella, nuestras instituciones y nuestras leyes están sujetas al cam bio. H oy ya no piensa el hom bre lo que pensaba hace veinte siglos, y por eso m ism o no se gobierna ahora com o entonces se gobernaba.
La historia de G recia y R om a es testim onio y ejem plo de la estre cha relación que existe siem pre entre las ideas de la inteligencia hu m ana y ei estado social de un pueblo. R eparad en las instituciones de los antiguos sin pen sar en sus creencias, y las encontraréis oscuras, ex trañas, inexplicables. ¿Por qué los p atricio s y los plebeyos, ¡os p a tro nos y ios clientes, los eupátridas y los tetas, y de dónde pro ced en las diferen cias nativas e im borrables que entre esas clases encontram os? ¿Q ué significan esas instituciones lacedem ónicas q ue nos parecen tan contrarias a la n aturaleza? ¿C óm o explicar esas rarezas inicuas del antiguo derecho privado: en C orinto y en Tebas, p rohibición de vender la tierra: en A tenas y en R om a, desig u ald ad en la sucesión entre el h erm ano y la herm ana? ¿Q ué entendían los ju risc o n su lto s p o r a g n a
ción, por g e n s l ¿P o r qué esas revoluciones en el d erecho, y esas rev o
luciones en la política? ¿En qué consistía ese patriotism o sin g u lar que a veces extinguía los sentim ientos naturales? ¿Q ué se en tendía por esa libertad de que sin cesar se habla? ¿C óm o es posible que hayan podido estab lecerse y reinar durante m ucho tiem po instituciones que tanto se alejan de todo lo que ahora conocem os? ¿Cuál es el p rin cip io su p e rio r que les ha otorgado su autoridad sobre el espíritu de los hom bres? Pero frente a esas instituciones y a esas leyes, colocad las creen cias: los hechos adquirirán en seguida m ás claridad, y la explicación se o frecerá espontáneam ente. Si, rem o n tan d o a las p rim eras edades de
LA C I U D A D A N T I G U A - I N T R O D U C C I Ó N 5
raza es óec ' r> a* tiem po en que fundó sus instituciones, se observa faldea que tenía d e l ser hum ano, de ¡a vida, de la m uerte, de la segunda
existencia, del principio divino, adviértese una relación íntim a e n tre es tas o p in io n e s y las reglas antiguas del derecho p riv ad o , entre los ritos
e m an a ro n de esas creencias y las instituciones políticas.
La com paración de las creencias y de las leyes m uestra que una religión prim itiva ha constituido la fam ilia griega y rom ana, ha estab le cido el m atrim onio y la autoridad paterna, ha d eterm inado los rangos del parentesco, ha consagrado el derecho de p ro p ied ad y el d erech o de
h e re n c ia . Esta m ism a religión, luego de am pliar y e x ten d er la fam ilia,
ha fo r m a d o una asociación m ayor, la ciudad, y ha reinado en ella com o en la familia. De ella han procedido todas las instituciones y todo el derecho privado de los antiguos. De ella ha recibido la ciu d ad sus p rin cipios, sus reglas, sus costum bres, sus m agistraturas. Pero esas viejas creencias se han m odificado o borrado con el tiem po, y el d erecho privado y las instituciones políticas se han m odificado con ellas. E nton ces se llevó a cabo la serie de revoluciones, y las tran sfo rm acio n es so ciales siguieron regularm ente a las transform aciones de la inteligencia. Hay, pues, que estu d iar ante todo las creen cias de esos pueblos. Las más antiguas son las que m ás nos im porta conocer, p u es las insti tuciones y las creencias que encontram os en las bellas épocas de G recia y de Roma sólo son el desen v o lv im ien to de creencias e instituciones anteriores, y es necesario bu scar sus raíces en tiem pos m uy rem otos. Las poblaciones g riegas e italianas son infinitam ente m ás viejas que Rómulo y H om ero. Fue en una época m uy antigua, cuya fecha no p u e de determ inarse, cuándo se form aron las creencias y cuándo se esta blecieron o prepararon las instituciones.
Pero, ¿qué esperanza hay de llegar ai co n ocim iento de ese pasado remoto? ¿Q uién nos d irá lo que pensaban los hom bres diez o quince siglos antes de nuestra era? ¿P uede encontrarse algo tan inaprensible y tan fugaz com o son las creencias y opiniones? S abem os lo que pen saban los arios de O rien te hace treinta y cinco siglos; lo sab em o s por los him nos de los V edas, que indudablem ente son antiq u ísim o s, y por las leyes de M anú, que lo son m enos, pero donde pueden reco n o cerse pasajes que pertenecen a una época ex trem adam ente lejana. Pero, ¿dónde están los him nos de los antiguos helenos? C om o los italianos, Poseían cantos antiguos, viejos libros sagrados; mas de todo esto nada ha llegado a nosotros. ¿Q ué recuerdo puede quedarnos de esas gen e raciones que no nos han dejado ni un solo texto escrito?
Felizm ente, el pasado nunca m uere por com pleto para el hom bre, ^■en puede éste olvidarlo, pero siem pre lo conserva en sí, pues, tal
com o se m an ifiesta en ca d a época, es el p ro d u cto y resum en fje todas las épocas precedentes. Si se adentra en sí m ism o p o d rá en c o ^ trar y d istin g u ir esas diferentes épocas, según lo q ue cada una ha d ejad o en él.
O bservem os a los griegos del tiem po de Pericles, a los rom anos del tiem po de C icerón: ostentan en sí las m arcas auténticas y los vestigios ciertos de los siglos m ás distantes. El contem poráneo de C icerón (me refiero sobre to d o al hom bre del p u eb io ) tiene la im aginación llena de leyendas; esas leyendas provienen de un tiem po an tiquísim o y ates tiguan la m anera de pen sar de aquel tiem po. El co n tem p o rán eo de C icerón se sirve de una lengua cuyas radicales son extraordinaria m ente antiguas: esta lengua, al ex p resar los p ensam ientos de las viejas edades, se ha m odelado en ellos y ha conservado el sello que, a su vez, ha transm itido de siglo en siglo. E! sentido íntim o de una radical puede revelar a veces una antigua opinión o un uso antiguo; las ideas se han transform ado y los recuerdos se han desvanecido; pero las palabras subsisten, testigos inm utables de creen cias d esaparecidas. El contem poráneo de C icerón practica ritos en ios sacrificios, en los funerales, en la cerem o n ia del m atrim onio; esos ritos son m ás viejos q ue él, y lo dem u estra el q ue ya no responden a sus creencias. Pero q u e se con sideren de cerca los ritos que observa o las fórm ulas que recita, y en ellos se encontrará el sello de lo que creían los hom bres quince o veinte sig lo s antes.
LIBRO I
Ca p ít u l o I
C R EEN C IA S SO B R E EL A L M A Y S O B R E LA M U E R T E Hasta los últim os tiem p o s de la historia de G recia y de R o m a se vio persistir entre el v u lgo un co njunto de p ensam ientos y usos, que, indudablem ente, procedían de una época rem otísim a. D e ellos podem os inferir las opiniones que el hom bre se form ó al principio sobre su p ro pia naturaleza, sobre su alm a y sobre el m isterio de la m uerte.
Por m ucho q ue nos rem ontem os en la historia de !a raza in d o europea, de la que son ram as las poblacio n es griegas e italianas, no