2.3 Examples of Non-blocking Approaches
2.3.1 General and specific implementations
Entre las tonterías erigidas en proverbios, contra las que la ciencia lucha en vano, figura la opinión tan difundida de que los gatos son falsos. No consigo hacerme una idea precisa de cómo pudo surgir. Lo que es seguro es que la manera como caza el gato —acechando cuidadosamente a la presa— no pudo contribuir a ello, pues el tigre y el león cazan de la misma manera. Por el contrario, el gato queda libre de la acusación de ser un animal sanguinario, aun cuando, al igual que los mencionados depredadores, clava sus dientes en la presa hasta matarla. No conozco rasgo alguno en el comportamiento específico del gato que pueda ser calificado de «falso», sea siquiera con un atisbo de razón. Pocos animales hay en cuyo rostro el entendido puede leer de forma más precisa el estado de ánimo en un momento dado como en el gato. Uno sabe siempre cuál es la situación y qué actitud va a adoptar el animal un instante después. Cuando el rostro del felino se vuelve, libre por completo de arrugas, al observador, en Aquel se puede apreciar de forma inconfundible la expresión de confiada amistad; cuando las orejas están erguidas y los ojos muy abiertos, la excitación, sea miedo, simpatía u odio, se manifiesta inmediatamente en las distintas actitudes de tensión de su musculatura. Las rayas en la cara de un gato pardo permiten apreciar aún con más claridad las pequeñas contracciones de la piel y aumentan considerablemente la expresividad de su mímica, motivo por el que yo prefiero al gato pardo atigrado de entre todos los caseros. Un ligero destello de desconfianza —que no llega, ni con mucho, a miedo—, y los ojos, antes redondeados en señal de confianza, se vuelven un tanto rasgados y oblicuos, las orejas abandonan su postura erguida y «de simpatía», sin que haga falta alguna el ágil cambio de postura del cuerpo, como tampoco de la punta del rabo moviéndose sin parar, para dejar entrever su nuevo estado de ánimo.
Y cuán expresivas son las actitudes de amenaza del gato, y cuán distintas entre sí, según quién sea el causante: si una persona amiga que se «quiere aprovechar», o un enemigo realmente temible; la actitud varía también según que la amenaza sea puramente una medida defensiva, o el gato se sienta superior a su rival y anuncie su ataque. De hecho, esto lo hace siempre. Dejando a un lado los casos que entran de lleno en el campo de la patología, que se suelen dar en gatos sometidos a severos procesos de cría artificial (lo mismo que en los perros), un gato no araña ni muerde jamás sin haber avisado antes de forma seria y comprensible al agresor; las actitudes de amenaza se van acentuando paulatinamente y luego experimentan un repentino incremento que tiene, en cierto modo, el valor de un ultimátum cuya traducción en palabras es poco más o menos: si no me dejas inmediatamente en paz, me veré obligado, muy a pesar mío, a tomar medidas de represalia.
Ante un perro, o ante un animal de presa cualquiera que constituya una grave amenaza, el gato adopta su conocida actitud de curvar el lomo: ésta, junto con el pelo erizado en el cuerpo y rabo (el cual se mantiene un poco ladeado), dan la impresión al enemigo de que el animal es más corpulento de lo que realmente es, máxime toda vez que el gato se mantiene asimismo de costado a su enemigo, actitud, ésta, que recuerda en cierto modo la de bastantes peces cuando quieren imponer respeto. Las orejas están bajas y aplanadas, la boca estirada hacia atrás, el hocico fruncido. Del pecho del animal sale un gruñido más bien suave pero amenazador, metálico, y, en ocasiones acompañado de una mueca de todo su rostro, lanza el conocido grito, esto es, empieza a resoplar a intervalos, al tiempo que abre la boca y deja al descubierto los colmillos. De suyo, esta mímica amenazadora es, sin duda alguna, de
carácter defensivo y se puede apreciar en muchas ocasiones en que un gato se ve sorprendido por un perro corpulento, sin posibilidad de huir. Si pese al aviso, éste se sigue acercando, el gato, en lugar de huir, se lanza al ataque tan pronto como se sobrepasa una determinada «distancia crítica»: se lanza a la cara del perro y castiga con uñas y dientes los puntos más sensibles, a ser posible los ojos y el hocico del rival. Si el enemigo se echa hacia atrás por un instante tan sólo, el gato lo suele aprovechar para huir. Así, pues, el rápido y corto ataque ha sido únicamente un recurso para escapar.
Sin embargo, hay un caso en el que el gato puede proseguir su ataque en la posición de lomo curvado; es, concretamente, cuando se trata de una hembra que ve su cría amenazada por un perro. Aquí, la gata se lanza sobre su enemigo desde bastante más distancia; como quiera que el animal se desplaza, con la espina dorsal curvada, en sentido oblicuo, la escena resulta harto curiosa: la gata avanza lentamente hacia su enemigo en ángulo oblicuo. Yo nunca he podido observar esta actitud en un gato adulto, a no ser jugando; de hecho nunca se presenta una situación en que se vea obligado a atacar de esta forma a un enemigo superior a él. En las gatas que están criando, sin embargo, el ataque en ángulo oblicuo significa siempre la disposición a luchar a vida o muerte. En esta actitud, incluso la gatita más mansa resulta poco menos que invencible. Yo he visto perros corpulentos, auténticos «matagatos», capitular y huir ante semejante ataque. Ernst Seton Thompson describe con sorprendente grafismo un caso conmovedor y sin duda alguna realmente sucedido: en Yellowstone-Park, una gata, que estaba criando, puso en fuga y persiguió a un oso hasta que éste, atemorizado, se encaramó a un árbol.
Muy distinta es la actitud amenazadora y, al mismo tiempo, casi sumisa del gato que se ve maltratado por una persona a la que conoce. Esta forma de cohibida sumisión, con gestos que imploran piedad, se puede observar a menudo en exposiciones de gatos, en las que los animales se encuentran en un medio desconocido y se tienen que dejar tocar por personas extrañas, como, por ejemplo, por los jueces del certamen. Si, a causa de estas circunstancias, el gato coge miedo, su cuerpo se empieza a encoger y a agachar hasta que se pega al suelo. Las orejas están planas en actitud amenazadora, la punta del rabo azota el aire con movimientos nerviosos y, si aumenta la excitación, el gato, en ocasiones, se pone a gruñir. En este estado de ánimo, el animal busca a cualquier precio tener cubierta la espalda: se coloca con la rapidez de un rayo detrás de un armario, dentro de una chimenea o detrás de la calefacción; si por cualquier motivo no puede conseguir una protección de este tipo, se pega a la pared y, concretamente, de forma que el trasero dé a la pared y el cuerpo quede pegado a ésta en sentido oblicuo. La posición oblicua se puede apreciar incluso cuando el animal queda libre sobre la mesa del jurado calificador. Dicha postura equivale a un aviso de que el animal está dispuesto a lanzar un zarpazo. Cuanto más miedo coge el animal, tanto más intensa es su atención, hasta que, por último, levanta una pata con las uñas a punto para hacer presa. En una fase posterior de acobardamiento, esta misma forma de reaccionar conduce a la última, desesperada medida defensiva de que dispone el gato: se alza sobre las patas traseras y se apresta con todas sus armas a hacer frente al agresor. Hasta el buen conocedor de felinos se sorprende al ver la displicencia con que un juez experimentado coge un gato en un concurso, aunque lance la zarpa y abra la boca, al tiempo que deja oír la típica melodía gatuna. Aun cuando el gato en tales casos dice de forma inconfundible «no me cojas, pues, si lo haces, te morderé y arañaré», en el momento decisivo no lo hace o, a lo sumo, de forma cohibida y con escasa fuerza. ¡Incluso bajo esta dura presión aguantan las inhibiciones, adquiridas, del felino doméstico! Así, pues, el gato no se muestra de inmediato amable para morder y
arañar de golpe, sino que primero amenaza para escapar a las molestias, desde su punto de vista insoportables, que le ocasiona el juez del concurso, pero, después no tiene corazón para convertir sus amenazas en hechos. Esto es todo lo que hay en la «falsedad» del gato.
No pretendo tampoco que sea una virtud del gato ser incapaz de disimular su estado de ánimo y adaptarse; en cambio, sí que lo considero un signo de inteligencia superior en el perro: ¡éste sí que sabe hacerlo! He aquí algunos ejemplos que he podido observar personalmente.
Mi viejo Bully tenía una exquisita sensibilidad para detectar las ofensas a su dignidad. Sin duda alguna que perros inteligentes se dan perfecta cuenta de cuándo se ven obligados a desempeñar un papel lamentable y, en sentido humano, ridículo. Muchos de ellos montan incluso en cólera o quedan sumidos en un estado del más profundo abatimiento cuando alguien se burla de ellos.
Bully era ya viejo y sus ojos habían perdido buena parte de su capacidad visual, por lo que a menudo ocurría que, por error, me recibía con ladridos a mí o cualquier otro miembro de la familia, que volvía a casa. Era evidente que para él esto era un motivo de vergüenza y, aun cuando yo procuraba pasar por alto su equivocación, el animal quedaba profundamente abatido. Pero un buen día Bully hizo algo harto extraño en un caso como éste; de inmediato, yo lo tomé por una casualidad, pero, después caí en la cuenta de que era un auténtico alarde de inteligencia: la simulación intencionada.
Había entrado yo por la puerta del jardín y, antes de que me diera cuenta, el perro se abalanzó sobre mí ladrando ruidosamente. En el mismo instante me reconoció, se detuvo, quedó confundido por un instante sin saber qué hacer y luego se puso a ladrar de nuevo y a dar saltos en torno a mí; acto seguido, salió corriendo hacia la calle, cruzó la puerta del jardín de mi vecino, y allí se puso a ladrar como si desde un principio hubiera tenido «intención» de hacerlo así. Entonces yo le creí y tomé su momentánea indecisión por una falsa apreciación de mi parte, pues detrás de aquella puerta se hallaba efectivamente un perro enemigo, al que muy bien podían ir dirigidos los ladridos. Posteriormente, la repetición casi diaria de esta escena vino a enseñarme que el perro necesitaba efectivamente una «excusa» para disimular que había ladrado a su amo por error. Es cierto que el momento de indecisión se hacía cada vez más corto, y que el animal mentía cada vez con más frecuencia y, en este sentido, de forma más convincente, pero ocurría que, en ocasiones, ladraba donde no había nada a qué ladrar, por ejemplo, en un rincón vacío del jardín. Entonces se quedaba allí ladrando, enfurecido, a la pared.
El comportamiento descrito se podría explicar de forma más sencilla mediante la psicología del estímulo. Sin embargo, se puede apreciar perfectamente que se trataba de un comportamiento premeditado, obra auténtica de la razón, pues Bully aprendió incluso a aplicar el mismo truco a otra situación muy distinta.
Como a todos nuestros perros, también a él se le había enseñado con rigor de ley que no debía acosar a nuestras aves caseras. Sin embargo, le molestaba que nuestras gallinas andaran husmeando en el cuenco donde él comía, picando los restos. Pero tampoco entonces se atrevía a perseguirlas, como quien dice, en serio o, más exactamente, no se atrevía a confesar que las perseguía. Bully se lanzaba, ladrando, sobre las gallinas, que se dispersaban en medio de un gran alboroto, pero, en vez de perseguir a una en concreto o de atraparla, seguía corriendo y ladrando siempre en la misma dirección. También aquí terminaba a menudo en algún sitio donde ya no había nada a lo que ladrar, pues su astucia no llegaba hasta el punto de escoger premeditada e inteligentemente un objeto al que ladrar
situado en la dirección en que volaban las gallinas, pero más allá de donde éstas llegaban.
El truco de mi perra Stasi era distinto. Es sabido que muchos perros no sólo son zalameros, sino que incluso les gusta que se les tenga lástima. Si consiguen algún beneficio por este procedimiento, aprenden con sorprendente rapidez a coaccionar en un determinado sentido a la persona compasiva. Durante un paseo en bicicleta, cuando me encontraba en Posen, Stasi sufrió una ligera tendinitis en la pata delantera izquierda a consecuencia del excesivo esfuerzo realizado. Como cojeaba considerablemente, durante unos días me vi obligado a ir a pie, en lugar de utilizar la bicicleta. Posteriormente, cuando advertía que la perra se fatigaba o empezaba a renquear, me compadecía de ella y conducía asimismo más despacio. El astuto animal llegó a «calarme»: al cabo de algún tiempo, cada vez que la llevaba a algún sitio que no le gustaba, se ponía a cojear. Si me dirigía en bicicleta de casa al Hospital Militar o al puesto de socorro de otro hospital, donde ella tenía que quedarse vigilando mi bicicleta en algún sitio que no le gustaba, empezaba a cojear de tal forma, que la gente me llamaba la atención en plena calle. Si me dirigía a la Academia Militar, donde siempre había la posibilidad de hacer una escapada al campo, su dolor desaparecía al instante. Pero fue un sábado, en que yo estaba libre de servicio, cuando pude comprobar con toda claridad su truco. Por la mañana, cuando iba al hospital, el pobre animal apenas si podía seguir la bicicleta a velocidad mínima; en cambio, cuando, después de comer, me dirigía al Ketscher See, a dieciséis kilómetros por hora, Stasi no seguía la bicicleta, sino que corría a galope tendido, delante de mí, por el camino que ella conocía perfectamente. Y, el lunes, a cojear de nuevo.