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A Three-Generation Model With Localised Matter on Q (dP 9 ) 4

Imaginemos que, pasados cientos de años, un supuesto historiador del futuro se decidiese a estudiar el siglo XX español del mismo modo que hoy se estudia en las academias el reinado de Carlomagno o la caída de Bizancio. Después de pasar un buen número de horas revisando bibliografía -en algún soporte virtual que todavía no ha sido inventado, pero que facilitará mucho los trámites-, nuestro estudioso imaginario no tardaría en llegar a la conclusión de que el trienio 1936-1939 contiene en su interior muchas claves para entender no sólo los acontecimientos siguientes, sino también los años anteriores. Desde una multiplicidad de puntos de vista (políticos, económicos, sociales, culturales, filosóficos) la Guerra Civil es el momento decisivo de la centuria. La España del siglo XX no puede

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entenderse al margen de ella, y muy probablemente sería con la Guerra como nuestro historiador futurista comenzaría su crónica.

Como si pretendiera dar una respuesta universal, válida para los historiadores del futuro y hasta para los historiadores llegados de otra galaxia, en 1976, el escritor Juan Benet escribía un ensayo con este título: Qué fue la Guerra Civil. Según recordaba el mismo Cercas en uno de sus artículos, la definición propuesta, marcadamente literaria, goza todavía de una aceptación más que notable:

La Guerra Civil fue, sin duda alguna, el acontecimiento histórico más importante de la España contemporánea y quién sabe si el más decisivo de su historia. Nada ha conformado de tal manera la vida de los españoles del siglo XX y todavía está lejos el día en que los hombres de esta tierra se puedan sentir libres del peso y la sombra que arroja todavía aquel funesto conflicto (Benet, 1976).

Llama la atención el matiz profético de Benet, el aire -característico en su prosa- de maldición histórica. De hecho, el tiempo ha confirmado sus augurios. A comienzos del siglo XXI la sombra de aquel funesto conflicto reaparecía en España.

En su origen, la Guerra Civil fue un error de cálculo. Comenzó como un golpe de Estado militar el 17 de julio de 1936. “Fue un instrumento viejo empleado para un objetivo nuevo”, explica Helen Graham (2006: 17). En España, a lo largo del siglo XIX, el golpe de Estado había sido una palanca para el cambio de gobiernos de uso tan rutinario como en otros países una moción de censura. En esta ocasión el resultado no siguió los pasos habituales. El 18 de julio, los militares rebeldes encontraron una oposición imprevista. La sublevación fue abortada en los principales núcleos urbanos. El golpe encalló en Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao. Logró imponerse en Sevilla, Zaragoza, Salamanca y Burgos. “Fue tanto un fracaso como un éxito; fracasó en su intento de tomar el país completo de una sola vez, como había sido la intención de los rebeldes, pero sí logró paralizar el régimen republicano” (2006: 39). En consecuencia, el país quedaba partido en dos.

El conflicto bélico como tal finalizaría, al menos oficialmente, con la entrada de las tropas del general Franco en Madrid, el día 1 de abril de 1939. Como se ha señalado a menudo, no llegó la paz, sino la victoria. “Desde 1939 hasta la muerte de Franco, España estuvo gobernada como un país ocupado por un ejército extranjero”, subraya Paul Preston (2011: 326). Para Javier Tusell: “la Guerra Civil no concluyó el primer de abril de 1939. Su verdadero final fueron las elecciones de junio de 1977” (1996: 265). Y según otros autores, tampoco hoy puede hablarse de ella como un asunto resuelto, pues como apunta Ángel García Fontanet, en el debate político “la liquidación de la Guerra Civil no está terminada” (Fontanet, 2003).

¿En qué términos se sitúa hoy ese debate político? ¿Cómo debe actuar la sociedad española, las instituciones y la literatura ante el difícil legado de la Guerra y la represión franquista? Las distintas respuestas a esta pregunta constituyen una suerte de test de Rorschach político. Al igual que las manchas de tinta usadas por los psicólogos sirven para diagnosticar la personalidad de los pacientes, el lenguaje empleado en artículos y ensayos para referirse a la dictadura, la represión de

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posguerra y los pactos de la transición ofrecen abundantes pistas sobre las inclinaciones políticas en conflicto.

Metáforas para nombrar lo innombrable.

En líneas generales, anota Sebastiaan Faber, el debate vivido en España durante las últimas dos décadas puede contemplarse a través de cinco tipos distintos de discurso, todos los cuales recurren de algún modo a una visión metafórica. A continuación, nos servimos de la clasificación de Faber para desarrollar con más detalle cada uno de estos ejes discursivos.

1. Reabrir viejas heridas. El primero, sostenido principalmente por la derecha política, es que la idea de revisar el pasado no supone más que reabrir heridas ya cicatrizadas. Según este discurso, se trata de una tarea imprudente, puesto que la Transición española a la democracia habría supuesto la reconciliación plena entre los españoles. España, con una historia traumática a sus espaldas, logró por fin recuperar la plena normalidad democrática en el último tercio del siglo XX. Los defensores de esta interpretación, normalmente de forma implícita y ocasionalmente de manera explícita, contemplan con indulgencia la dictadura militar. La II República es juzgada en cambio como un experimento histórico fallido y peligroso, marcado por la inestabilidad política y una insostenible atmósfera de conflicto social. En su recuerdo del franquismo, este discurso pasa de puntillas por los años más sombríos de la posguerra. Sus defensores evitan referirse a la afinidad con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Por el contrario, destacan el progreso económico y el logro de una cierta estabilidad política, la cual incluso habría facilitado el tránsito pacífico a la democracia. Con respecto a la Guerra, suele trazarse una suerte de equivalencia moral: ambos bandos fueron igualmente responsables y se cometieron atrocidades en uno y otro lado. En su versión más extremista (menos frecuente) esta exposición de los hechos actualiza la historiografía del franquismo, esto es: presenta al régimen militar como un mal menor ante una grave deriva radical de la II República. En su versión más moderada (también más habitual) quienes defienden esta visión consideran que mirar hacia atrás no sólo sería un ejercicio estéril, sino también arriesgado, pues reabrir el pasado equivaldría a reabrir la caja de Pandora, desatando una espiral de odios felizmente olvidados.

2. La recuperación de la memoria histórica. Si el relato anterior es el preferido de la derecha política, éste corresponde esencialmente a la izquierda. La memoria es aquí entendida como un fenómeno intrínsecamente positivo. Un camino en un solo sentido, que devuelve la dignidad a los derrotados de la Guerra Civil y el franquismo. Este discurso denuncia la impunidad de los crímenes de la dictadura y el acuerdo tácito de olvido tras la muerte de Franco. Quienes sostienen este relato consideran necesario que el Estado propicie la exhumación de fusilados en fosas comunes y reivindican el reconocimiento público para

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quienes defendieron la legalidad democrática en 1936. Como señala Faber, el movimiento por la recuperación de la memoria histórica “lleva implícita una crítica feroz a la calidad de la democracia española actual y a la transición que la generó” (2010). En cuanto a su visión del pasado, vale decir que es simétricamente opuesta al punto anterior. La II República es defendida como un período de progreso político y modernización social y unos años dorados para la cultura y las artes. La experiencia republicana es valorada, en su conjunto, como un modelo en sí mismo más democrático que la actual monarquía parlamentaria. La Guerra Civil es interpretada en el marco de la lucha de clases: fue precisamente una agenda de progreso lo que provocó una reacción en contra por parte de los sectores más conservadores (una alianza entre la alta burguesía y los terratenientes con la iglesia y el ejército). El movimiento por la recuperación de la memoria contempla el franquismo a partir de los aspectos históricamente silenciados durante el régimen (la represión, los fusilados, el empleo de la tortura, el robo de niños, las cárceles, los deportados a campos de exterminio). Entre sus ángulos muertos, este discurso suele pasar de puntillas por asuntos como la represión en el territorio republicano durante la guerra, el desarrollo económico en España de los años sesenta o la complicidad tácita de buena parte de la población durante el régimen. La transición, por último, es vista como un proceso incompleto (en su versión más suave) o bien (en su versión más crítica) como un fraude colectivo que perpetuó en el poder a los vencedores de 1939.

3. La Historia usurpada. Tercera metáfora, más presente en el discurso académico. Para algunos historiadores, entre los que sobresale Santos Juliá, “la moda de la memoria” es una tendencia perturbadora, que no debería apoyarse desde la academia. Esto sería debido a que la “memoria” (subjetiva y sujeta a motivaciones políticas) ha ido progresivamente invadiendo el terreno reservado a la “Historia” (entendida como la búsqueda científica y objetiva de la verdad sobre el pasado). En su artículo “Bajo el imperio de la memoria”, publicado en Revista de Occidente en 2006, Santos Juliá considera que la llamada memoria histórica supone una visión apriorística del pasado, más interesada en conmemorar que en conocer (Juliá, 2006: 7-19).

4. Cuentas pendientes. Un discurso distinto, de orden menos sentimental y menos teórico, ve este proceso como un trámite dificultoso pero soluble; un asunto irresuelto que, si bien fue aparcado durante la transición, ahora en una democracia asentada puede por fin encararse. Los problemas del pasado son de tipo práctico: hay víctimas que merecen ser honradas, muertos que deben descansar en cementerios en lugar de continuar en fosas comunes, y sentencias judiciales ultrajantes que deberían ser anuladas. Una vez hecho esto, España podrá dar carpetazo a este problema y centrarse en asuntos más prácticos y concretos.

5. La Guerra como trauma. Una última metáfora, de orden distinto a las anteriores: la Guerra Civil como trauma psicológico. Numerosos académicos, inspirándose sobre todo en los estudios sobre el Holocausto, analizan el resurgir de la memoria histórica en España como el regreso de un pasado reprimido por el inconsciente colectivo. En su significado etimológico, trauma deriva de la palabra griega que designa una herida. El diccionario de la Real

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Academia da la siguiente definición: “choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente”. Esta es la clave: a diferencia de otros eventos, los traumas no son percibidos de forma convencional. El trauma fractura la línea del tiempo. El individuo -en este caso la colectividad- no puede insertar el recuerdo traumatizante en la cadena habitual de acontecimientos. Esta experiencia, por tanto, será procesada al margen del resto de sucesos. Lo traumático ha ocurrido, sí, pero quien lo padece no puede concebirlo dentro de los parámetros de la normalidad. Ello afecta, principalmente, al recuerdo. Recordar implica revivir, vivir de nuevo el trauma. Por ello existen muchas formas de encarar su memoria. Los traumas pueden en apariencia desaparecer, ser enterrados por un subconsciente que prefiere no lidiar con un pasado que solo genera desasosiego; o por el contrario pueden reaparecer insistentemente en forma de obsesión. De manera colectiva, las comunidades que sufren traumas históricos encuentran problemas similares para lidiar con el recuerdo. En España, la Guerra Civil y los peores años de la dictadura franquista generan todavía una ansiedad propia de la experiencia traumática. Según la visión clásica del psicoanálisis, la mejor forma de superar una experiencia de este orden es a través del relato. Poder nombrar lo que nos destruye nos ayuda a combatirlo. Como veremos, no por casualidad la última ola de novelas sobre la Guerra Civil se ha asomado a los episodios más traumáticos del pasado desde un punto de vista que privilegia la visión del testigo y la importancia del testimonio.

El debate entre cada uno de estos planteamientos es inagotable. ¿Es la Guerra Civil un trauma de tipo psicológico o conviene analizarla desde sus consecuencias sociales y políticas? ¿Denunciar en la esfera pública las atrocidades de la represión franquista contribuye a mejorar la calidad de la vida democrática o el discurso de la memoria es simplemente un instrumento de los partidos de izquierda para movilizar a su electorado? Ninguna metáfora alcanza a ser del todo satisfactoria. En todas puede percibirse una borrosa zona de grises. Un cierto escepticismo, por tanto, constituye una postura recomendable para abordar el estudio de este campo. Ello no supone, no obstante, situar todos los planteamientos en el mismo plano. Aunque es manifiesto que algunos discursos son más acertados que otros, argumenta Faber, cabe temer que todos comparten un problema básico: asumen que lidiar con el pasado es un proceso que puede alcanzar una línea de llegada, cuando lo más probable es que no sea así.

They posit thes process of “dealing with the past” as a finite one—a task that is necessary, that may be conflictive and difficult, but that, once you get it over with, results in a harmonious and definite closure. This is of course not the way it works. On the one hand, the past is always already “over with”. On the other, it never goes away (...). Learning to live with the past is at the core of being a historical being. (Faber, 2010).

Por esto mismo la discusión sobre cómo encarar el tiempo pretérito suele conducir a un punto muerto. A diferencia de los manifiestos o los artículos de opinión, las novelas, en opinión de Faber, nos ayudan a vivir con el pasado. No dan una respuesta, sino que transmiten una experiencia vivida. No procuraran cerrarlo, sino hacerlo revivir para las generaciones presentes.

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Una vez vistos los términos del debate, llega el momento de dar un paso más. Es necesario abordar una nueva serie de interrogantes, entre ellos saber cuál es la propia postura de Javier Cercas y el modo en que se representa el pasado en su obra literaria. ¿Cómo ha evolucionado esa imagen a lo largo de su trayectoria como escritor? Todo ello va a unido a una última cuestión, entender qué mueve a Cercas -y con él a toda una generación de escritores españoles- a concentrar una y otra vez su mirada en los años más oscuros de la historia reciente.

Entre la “dictadura del presente” y la “obsesión por el pasado”.

La temperatura política de la historia española experimenta una notable subida a comienzos del nuevo siglo. Desde finales de los años noventa hasta el estallido de la crisis económica en 2008, relatos sobre la Guerra y la posguerra que hasta no hacía mucho se consideraban anticuados y aburridos encuentran un inesperado interés por parte de nuevas generaciones de lectores. Por otra parte, los escritores adoptan nuevas formas de narrar los capítulos más convulsos del siglo pasado.

Desde el mundo académico se han tratado de encontrar respuestas que expliquen este interés sin precedentes por la llamada memoria histórica. La primera observación, según un buen número de investigadores, es realmente paradójica: el pasado interesa, en gran medida, por su desaparición a marchas forzadas. José Colmeiro, de la Universidad de Auckland, afirma con rotundidad:

La repetitiva valoración posmoderna de que nuestra cultura global sufre de amnesia, así como la retórica que le acompaña del duelo y la obsesión por la pérdida de identidad, como se puede observar en los omnipresentes signos de fragmentación, desmembramiento, simulacro, fisuras y el cultivo de la nostalgia, han renovado el interés por la recuperación de la memoria y la identidad cultural. (2011).

Colmeiro cita a otros autores que coinciden en su diagnóstico. Pierre Nora, por ejemplo, afirma: “hablamos tanto de la memoria porque es muy poco lo que queda de ella” (Nora, 1989: 7). Lo mismo podemos leer en el libro de Andreas Huyssen Twilight Memories: Marking Time in a Culture of Amnesia “El aumento de la amnesia en nuestra cultura se corresponde con una incesante fascinación por la memoria y el pasado” (1995: 254).

La literatura de Javier Cercas es un vivo ejemplo de estas dinámicas, de la ansiedad postmoderna ante la desaparición del pasado. Una causa declarada de nuestro autor, según sus propias palabras, consiste en la lucha a brazo partido contra “la dictadura del presente”:

¿Qué es la dictadura del presente? (…) Mi impresión es que, de manera natural, todos tendemos a pensar que el pasado nada tiene que ver con nosotros, con nuestra vida verdadera y nuestros verdaderos intereses: es sólo algo que está allí, lejos y exento, encerrado en los libros de historia, archivado en los anaqueles de las bibliotecas, separado del presente, y que, en consecuencia, el interés por él surge de la mera curiosidad erudita, no de ninguna necesidad auténtica, vital (…) Y es

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seguro que la inclinación a ignorar el pasado se ha vuelto más fuerte en una sociedad como la nuestra, dominada por los medios de comunicación. Éstos, ahora mismo, no sólo reflejan la realidad; la determinan, y en cierto sentido la crean. (“La dictadura…”, 2014).

Las novelas que intentan recuperar el pasado reman en sentido opuesto a una sociedad desmemoriada que habita en un ahora infinito. En su obra Adiós a la universidad (2011), el académico Jordi Llovet vincula esta “tiranía del momento” a la pérdida de peso de las humanidades en las sociedades contemporáneas. Cercas, basándose en las teorías de Thomas Hylland Eriksen y Zygmunt Bauman, argumenta que “nuestro tiempo ha sustituido la tiranía premoderna de la eternidad -caracterizada por el lema del memento mori- por la tiranía del momento- caracterizada por el lema del carpe diem” (“La dictadura…”, 2014).

Otros historiadores ponen en duda lo anterior. Para Margaret MacMillan, ocurre justo lo contrario: vivimos obsesionados por la historia. ¿Ejemplos? La historiadora canadiense los encuentra por docenas: muchas galerías de arte organizan enormes exposiciones de eventos y personajes históricos; la televisión tiene canales temáticos dedicados enteramente a la historia, los lugares históricos quedan agostados bajo los pies de los turistas; las películas históricas hacen mucho dinero, y la proliferación de novelas históricas populares demuestra que los editores saben muy bien dónde está el beneficio. “La historia, y no necesariamente la que estudian los historiadores profesionales, es muy popular en estos tiempos (…) Existe en el mundo una gran sed tanto de conocimientos como de entretenimiento, y el mercado ha respondido con entusiasmo” (2010: 15).

La ironía consiste en que ambos fenómenos -“la dictadura del ahora” y la “obsesión por el ayer”- no sólo no se contradicen, sino que se complementan. Cabe leer en ellos dos procesos paralelos originados por un mismo fenómeno: la quiebra de la identidad en las sociedades actuales. De nuevo José Colmeiro lo explica con perspicacia:

Mi hipótesis es que estos fenómenos son un reflejo de los grandes cambios históricos y sociales globales sucedidos en las últimas décadas del Siglo XX, así como de las ansiedades culturales generadas por las consecuencias de las corrientes de la globalización y el miedo resultante del olvido colectivo. (Colmeiro, 2011).

En consecuencia, siguiendo a Colmeiro, podemos concluir que la aparente paradoja de la actual

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