CHAPTER 3. MODELLING TRIP DISTRIBUTION WITH SOFT COMPUTING
4.2. Genetic Fuzzy Systems
«Aquí se queda, paseando por vuestras Ramblas, mi fantasma tiernamente agradecido».
CÉSARGONZÁLEZ-RUANO, La Vanguardia, 26 de noviembre de 1950
I
La relación de César González-Ruano con Barcelona fue siem- pre de verdadera topofilia. Se podría afirmar, al leer esa escritura experiencial que define toda su trayectoria literaria, que existe en el autor una clara conciencia de los lazos afectivos que el in- dividuo establece con el entorno; con los espacios, tanto públi- cos como privados, y con los objetos que los habitan. Desde la presencia y desde la ausencia, a través de la mirada y de la me- moria, Ruano nos dejó entrever su Barcelona. Su aproximación a la ciudad, cuando la vive y cuando la escribe, no parte de una voluntad de dibujar, aprehender, o construir la imagen objetiva, identitaria y fidedigna de Barcelona. Por el contrario, lejos de esa posible motivación un tanto ingenua, Ruano se acentúa a sí mismo como mediador de los bocetos y perfiles que, como es- critor, nos ofrece de la Ciudad Condal. Sabe, en efecto (así lo re- conocía él mismo en 1956 al recomponer su recuerdo de Barcelona para el lector de Arriba), que «no es posible conocer nunca una ciudad de un modo completo y objetivo. Cada uno vemos una ciudad diferente en la misma ciudad» (González- Ruano, Arriba, 5 de agosto de 1956; Nuevo descubrimiento, 1959, p. 132).
Por ello, cuando Ruano lleva a cabo su cartografía de Barce- lona, los textos resultantes representan, más allá de la referencia-
lidad necesaria, una imagen ficcional de la ciudad, que transforma o reconstruye, en cierto modo, Barcelona, pero ayuda, asimismo, a comprenderla.1
Desde el marco de la geocrítica,2los textos ruanianos funcio- narían como una pieza más de la multifocalización por la que de- bería caracterizarse todo intento de entender la ciudad, de esa Barcelona con la que coincidió el escritor, que incluiría a otros cronistas de más derecho quizá que el visitante forastero, alojado en el hotel Oriente una vez por semana, que fue Ruano. La mirada de éste, mucho más manifiestamente tamizada por su «yo», se une a la de cronistas como Sempronio, Manuel Vigil, Rafael Manzano o, incluso, el fotógrafo Català-Roca,3 que por los mismos años están dibujando, asimismo, su personal estampa, textual o visual, de Barcelona.
Sin embargo, a diferencia de estas otras voces, la lectura –li- teral y metafórica– que elabora Ruano de la ciudad suele desem- bocar en una suerte de paseo sentimental, donde el yo que ha recorrido espacios urbanos, lugares de la intimidad y de la colec- tividad tiene incluso más protagonismo y presencia que el propio espacio. Si bien algunas lecturas pudieron contribuir a la confi- guración de la Barcelona por parte de Ruano, los materiales que conforman esa imagen –dada a retazos– son mayoritariamente vi- venciales y fruto de un nexo especial con la ciudad y sus gentes que nunca se cansó de recordar. Incluso tras abandonar su volun- tario retiro en Sitges en la primavera de 1947 e instalarse de ma- nera definitiva en Madrid unos meses más tarde,4el escritor siguió evocando, en las páginas de la prensa catalana y madrileña, el amor que lo unía a Barcelona, ciudad que no dejó de visitar con frecuen- cia y a la que decía sentirse «espiritualmente vinculado» (La Van-
guardia, 7 de abril de 1954).5
A pesar de este cariño que siempre afloró en las referencias a la ciudad, no se animó Ruano a escribir una guía de viajes de Barcelona, como sí hizo –por encargo; de ahí su carácter más ob- jetivo– para las ciudades de Madrid, Cuenca o Sitges. Tampoco reunió en volumen algunos de sus artículos de tema barcelonés, siguiendo la línea de obras como Madrid entrevisto (1934), Ca-
liente Madrid (1961) o Pequeña ciudad (1963), fruto de la reco-
pilación de artículos publicados previamente en prensa. Por el contrario, la imagen de Barcelona se va organizando –como hemos avanzado– a pinceladas, dispersas, dadas en sus colaboraciones periodísticas y en las anotaciones de su Diario íntimo. Esas cola- boraciones son precisamente el origen de los tres capítulos dedi-
cados a Barcelona incluidos en su libro de viajes Nuevo descubri-
miento del Mediterráneo (1959), publicados con anterioridad en
el diario Arriba los días 22 y 29 de julio y 5 de agosto de 1956. Su «escritura del día»6es, pues, la que acoge la traslación textual de los espacios de Barcelona por los que pasea su mirada; resul- tado del entusiasmo con el que el autor experiencia la cotidianei- dad de los días, sus gentes, el movimiento de sus calles y plazas, sus cafés y tabernas, o la intimidad de sus viviendas. Al hacerlo, Ruano reivindica su presencia en esos espacios, vehiculando las distintas piezas que describen su propia intercomunicación con los mismos, uniendo la Barcelona vivida y la Barcelona recordada. Se convierte, así, en un singular embajador de la ciudad, llenando las páginas de la prensa madrileña de noticias, acontecimientos y personalidades destacables de Barcelona, que contribuyeron, sin duda, a estrechar los lazos culturales entre la Ciudad Condal y la capital madrileña; una necesidad que Ruano promulgó en múlti- ples ocasiones.
La cartografía tanto urbana como humana que se ofrece de Barcelona en las páginas ruanianas cobra más intensidad entre los años 1943 y 1947, cuando su trayectoria vital y literaria está más vinculada a la ciudad desde la cercanía que le da su residencia en Sitges. Sin embargo, se retrotrae, asimismo, a los últimos años de la década de los veinte, cuando el joven Ruano visita Barcelona y comparte sus primeras impresiones en revistas y periódicos madri- leños. De igual modo, se dilata en el tiempo hasta los últimos años de vida del autor, pues, aun después de reincorporarse definitiva- mente a la vida literaria madrileña, sigue pasando estancias más o menos breves en Barcelona, cuya crónica lleva a las páginas de la prensa. Esta circunstancia nos permite ver los cambios en la pers- pectiva de Ruano sobre la ciudad, las transformaciones de la ciudad misma, y propicia los viajes por la memoria, que facilita el tono nos- tálgico que domina, en general, en la literatura del escritor.
Barcelona cumple un papel fundamental en la trayectoria profesional de González-Ruano. Fue la proximidad de la ciudad lo que contrarrestaba el aparente retiro y apartamiento que parecía suponer Sitges, cuando Ruano, a su vuelta a España tras casi ocho años transcurridos por Europa, decidía instalarse en la villa. Bar- celona impedía la incomunicación y el aislamiento y le proporcio- naba, a su llegada en los últimos meses de 1943, los primeros contactos editoriales, las amistades y las posibilidades de colabo- ración periodística que requería. Por ello, al tratar de construir la Barcelona de Ruano, es necesario empezar por entender las co-
nexiones que determinan el arraigo para el escritor y que, en con- secuencia, convierten a la ciudad en fuente de inspiración y objeto literario.
II
Ruano se integró rápidamente en la rica vida cultural barcelonesa, fraguando una interesante red de amistades y contactos profesio- nales (escritores, editores, directores de revistas) que contribuye- ron a que el autor recuperara su puesto en la vida literaria española después de los años de ausencia y el oscuro episodio parisino.
Sus primeras colaboraciones en Barcelona se las ofrece la re- vista Destino, que, en aquellos momentos, estaba a cargo de Igna- cio Agustí –su director– y Josep Vergés –su gerente– (cf. Geli y Huertas, 1990). En Destino, adonde había llegado de la mano de Juan Ramón Masoliver, amigo de la etapa de Roma, Ruano pu- blicó un total de cuarenta y seis artículos entre el 27 de noviembre de 1943 y el 6 de enero de 1945. Irónicamente, el último artículo de Ruano en el semanario barcelonés aparecía el mismo día que el jurado del Nadal se reunía para deliberar el premio que le otor- garían a Carmen Laforet, razón última de la ruptura definitiva con la revista y temporal con los amigos Agustí y Masoliver. La calidad de los artículos que González-Ruano publica durante un año en
Destino es bastante desigual (las primeras colaboraciones ni si-
quiera las firmó), aunque se observa un progresivo interés en la atención y el cuidado que dedica el escritor a esta colaboración semanal. Son quizá más relevantes desde el punto de vista socio- lógico, puesto que ayudan a entender tanto los perfiles de las amis- tades que se van gestando en los primeros meses de su llegada como la idiosincrasia de sus proyectos profesionales. Pensando en el lector barcelonés, y poniendo en práctica su poética intimista y autobiográfica para el artículo periodístico, Ruano dedica –or- gulloso– muchas de sus colaboraciones a exponer sus lazos de amistad y confianza con las figuras sobresalientes de la vida artís- tica de Barcelona y Sitges. De las páginas de Destino se vislumbra la estrecha relación con Ignacio Agustí y, en general, con el grupo del semanario, que se concretaba en la asistencia a los respectivos homenajes, el interés de cada uno por los libros del otro y en los frecuentes encuentros en forma de reuniones, días de playa y cenas de amigos.
El carácter localista de sus colaboraciones en Destino lo lle- vaba igualmente a recordar entusiasmado el haber sido el motor de la visita de varios escritores a Sitges: Eugenio Montes, Dionisio
Ridruejo, Ignacio Agustí, Juan Ramón Masoliver, Álvaro Ruibal, entre otros. Glosaba, asimismo, con frecuencia su interés por la pintura catalana y su contacto con artistas como Durancamps, Se- rrano, Prim, Pruna o Sisquella. No se olvidaba Ruano tampoco de citar los proyectos de los amigos en los que él tenía alguna par- ticipación, como la revista mensual Entregas de Poesía, impulsada por Juan Ramón Masoliver (junto con los también poetas Fer- nando Gutiérrez y Diego Navarro), que publicaba íntegra, en su segundo número, su Balada de Cherche-Midi y que se encargó de una bella edición limitada de su Vía Áurea.7
En el mismo sentido, no resulta extraño que la publicidad indirecta gratuita que realizaba Ruano de Sitges, tanto en la prensa barcelonesa como madrileña, resultaron no sólo en el interés cons- tante que El Eco de Sitges, el semanario de la villa, demostraba por las cosas de Ruano –dando noticia de sus últimas novedades edi- toriales, glosando los sucesivos homenajes o reproduciendo los artículos que con tema sitgetano publicaba Ruano previamente en el periódico vespertino Madrid–, sino en el encargo de la guía de Sitges (Huésped del mar, 1946) para el primer número de la co- lección que inició La Xarmada como editorial.
Además de estas breves contribuciones en la prensa catalana, los contactos profesionales que inició González-Ruano a su llegada a Barcelona desembocaron, gracias a Galinsoga, en una de las co- laboraciones más queridas por el autor en el que por aquellos años seguía siendo el diario más importante de Cataluña y de España (Guillamet, 1996, p. 22), La Vanguardia, donde llegó a escribir un total de setecientos setenta y cuatro artículos (Velázquez, 2015). González-Ruano abría su colaboración en La Vanguardia Espa-
ñola unos meses después de llegar a España, el 4 de febrero de
1944, con la necrológica «Viaje de Giraudoux y llanto de los mitos», donde el autor aprovechaba para referir su nueva etapa vital en costas catalanas; y finalizaba el 10 de abril de 1964, con el artículo «Otra vez Sitges», cerrando así, sin proponérselo, el ciclo en el ro- tativo barcelonés que había empezado veinte años atrás.
Realizó, asimismo, otras colaboraciones puntuales para re- vistas y periódicos barceloneses, como Solidaridad Nacional o
Crítica, y escribió de manera regular para Revista. Semanario de
Actualidades, Artes y Letras,8fundada por Alberto Puig Palau con
la estrecha colaboración de Dionisio Ridruejo, con quienes había afianzado la amistad en los años cuarenta. En ella publicó Ruano un total de sesenta y cuatro artículos, desde el segundo número, fechado el jueves, 24 de abril de 1952, hasta la última semana de
junio de 1954, cuando en el número 115 apareció la última de sus colaboraciones. Los acuerdos de contribución semanal se concre- taron en el inicio de una sección titulada «El personaje en su casa», con la que intentaba ofrecer un mejor entendimiento de distintas personalidades ilustres (como Josep Maria de Sagarra o el doctor Barraquer) a través del espacio íntimo y doméstico de sus casas; una primera sección que duró apenas unas semanas y dio paso a una colaboración de tipo general, a la que siguió su sección más duradera (entre el 26 de febrero de 1953 y el 6 de mayo de 1954), bajo el epígrafe de «La vida de prisa». La modulación ingrávida de los artículos de González-Ruano en Revista fue quizá lo que propició que el también colaborador del semanario José María Valverde asegurara a Ridruejo, en carta fechada en Roma el 12 de febrero de 1954, que para mejorar Revista, entre otras acciones, «habría que decapitar a todos los “estilitas”, quiero decir, a todos los que están subidos en su columna» –entre los que citaba, en primer lugar, a González-Ruano–, con el fin de «crear una o dos columnas de verdaderos “columnistas”» (Gracia, 2007, pp. 270 y 271). Seguramente, la larga amistad de Ridruejo con Ruano ha- bría hecho embarazosa la petición de que éste abandonara el se- manario, pero lo cierto es que, después de la carta de José María Valverde, Ruano sólo publicó tres artículos más en Revista, si bien la época del cese de su colaboración coincide con su propia difi- cultad de mantener una publicación regular, con la progresiva des- aparición de Ridruejo en Revista y con el posterior abandono de Alberto Puig, anunciado en el número 130 del semanario, en oc- tubre de 1954.
III
A su llegada a España, los contactos y amistades del mundo social intelectual de Barcelona le suponen a González-Ruano oportuni- dades de edición de su obra en volumen con las competitivas em- presas editoriales Noguer, Lara, Janés, Borrás o Gustavo Gili, a cuyos impulsores ve con regularidad en sus sedes de Barcelona. Además de dar a luz las obras escritas o pensadas en París, como las mencionadas Balada de Cherche-Midi o Vía Áurea, con Entre-
gas de Poesía, ambas de 1944, o su antología poética Poesía (1924- 1944), con Montaner y Simón, Ruano publica en 1946 dos
recopilaciones de novelas cortas, todas escritas en su rincón de Sitges. La vida de prisa, un conjunto de doce narraciones breves, aparecía en Ediciones Lince, mientras que El poder relativo, con seis nuevas narraciones, se convertía en la primera colaboración
con el editor José Manuel Lara.9La editorial Lara publicaría al año siguiente la novela presentada al Nadal, ahora ya con otro tí- tulo, Imitación del amor (1947); y, una vez creada la editorial Pla- neta –de cuyo premio de novela sería Ruano jurado en algunas de sus convocatorias–, Lara publicó, asimismo, la novela del escritor
Los oscuros dominios (1953) y su Guía de Cuenca (1956). Estaba
previsto que Lara se encargara de la novela Cherche-Midi, cuyo manuscrito le fue entregado en 1946, pero, cuando Janés adquirió la editorial, se quedó también con su fondo, y en 1951 aparecería la novela bajo el sello de Janés, quien ya había reeditado, en 1948, su Baudelaire. Noguer tuvo la fortuna de hacerse con las memo- rias de Ruano, que publicó en 1951 y reeditó en 1957. El éxito de Mi medio siglo se confiesa a medias lo llevó, probablemente, a interesarse del mismo modo por el Diario íntimo, 1951, que salió a la luz en volumen en 1952.
Más adelante, con el artículo «Defensa de los editores», pu- blicado en La Vanguardia el 6 de diciembre de 1959, Ruano pretendía romper una lanza en general por el oficio de editor en unos tiempos difíciles para la producción del libro y, al mismo tiempo, exponer su generoso elogio a la labor editorial en soli- tario del joven Rafael Borrás, tras haberse diluido la empresa con Pareja, sello de su sugestivo Libro de los objetos perdidos y
encontrados, aparecido unos meses antes. A las cualidades de
«buen gusto, inteligencia literaria, curiosidad y amor por la vida» que veía en Borrás, Ruano añadía la voluntad de «contribuir al éxito y nutrición de sus compañeros desatendiendo la llamada egoísta y muy natural del hoy por mí, mañana por mí, caracte- rística en la profesión de las letras donde el canibalismo y la ob- sesión del vedetismo están a la orden del día» («Defensa de los buenos editores», La Vanguardia, 6 de diciembre de 1959), pa- labras que cobran nuevos sentidos si tenemos en cuenta que Bo- rrás acababa de publicar Memorias sin corazón, del amigo común Ramón Eugenio de Goicoechea, y estaba a punto de publicar
La memoria veranea (1960), el particular salvamento del olvido
por parte de Ruano de veintiséis personajes, que aparecería unos meses después.
Su integración en la vida social y cultural barcelonesa, que le ofrece colaboraciones periodísticas, ediciones y algunas charlas en instituciones más o menos oficiales de la ciudad, parece sumi- nistrarle objetivamente las necesidades básicas en su carrera lite- raria y, sin embargo, Barcelona representa la dualidad de ser el lugar que le proporciona ingresos y, a un tiempo, el que le per-
mite, o le incita, a gastarlos. En 1951, al recordar su etapa sitgetana y barcelonesa, confesaba Ruano:
Con una voluntad débil y desmoralizada iba a Barcelona, por ejemplo, para cobrar mil pesetas con las que podía vivir cómoda- mente en el pueblo más de una semana, y en Barcelona se me enre- daban las cosas. Me quedaba a dormir, vivía la noche y al siguiente día, molido y casi enfermo, regresaba a Sitges con doscientas o tres- cientas pesetas de aquellas mil que había cobrado (Memorias, 1957,
p. 630).
IV
Admitía Ruano sentir una «predilección, acaso exagerada» («Bar- celona, 1859», La Vanguardia, 8 de noviembre de 1959) por la zona de las Ramblas comprendida entre Canuda y Conde del Asalto; poco interesado en otros barrios altos de la ciudad, que pisaba sólo ocasionalmente,10allí se encontraba su «trocito bar- celonés».
Las Ramblas lo atraen especialmente por lo que tienen –en palabras de Ruano– de interesante «espectáculo humano, social» («Ramblear», La Vanguardia, 25 de abril de 1954). El escritor las concibe como el cronotopo que ofrece al paseante la oportunidad de deambular y divagar –también observar–, sintiendo el placer de la falta de prisa y rumbo fijo. Ésta es la actividad que define a este «río de asfalto» único, que ya entonces se conocía como «ram- blear» –verbo que estaba convencido Ruano de haber inventado– y que el escritor, desde su enclave del hotel Oriente, podía disfru- tar cada vez que volvía a Barcelona. En ese trocito de la ciudad, más que en el Ensanche, se hallaba –en opinión de Ruano– el pulso de Barcelona:
Cuando vengo a Barcelona, yo vengo concretamente a estas Ramblas. A los demás sitios me llevan. Eso es otra cosa. Sin estas Ramblas, mejor que en lo más moderno y mejor también que en lo más antiguo, es donde Barcelona es más Barcelona. Éste es su río vertebral con sus mejores afluentes («Cuidado con las Ramblas»,
9 de enero de 1959).
Su querencia por las Ramblas, en especial, el último tramo con- formado por la rambla de las Flores, la de los Capuchinos (o del Centro) y la de Santa Mónica, así como el cariño frecuente con que habló en la prensa11de sus quioscos de periódicos y libros, de sus pájaros y de sus flores, le valió el reconocimiento de los co- merciantes de la zona el 10 de enero de 1959, fecha del homenaje
que le rindieron en su familiar hotel Oriente por la especial dedi- cación que el escritor le había concedido siempre al popular paseo