4. A GENETIC PROGRAMMING APPROACH TO FITTING THE YIELD
4.2 Genetic Programming
Sabemos que las lenguas son portadoras de connotaciones sociales y de valores sentimentales, puesto que transmiten y enfatizan las normas y las marcas culturales propias de un grupo. Podemos afirmar, además, que los individuos crean actitudes frente a la lengua porque tienen conciencia de una serie de hechos lingüísticos y sociolingüísticos que les conciernen o los afectan y, por ello, afirmamos que existe una conciencia sociolingüística.
En relación con las creencias, diremos que estas se generan en un proceso cognitivo cuyo elemento básico lo constituye un proceso afectivo en el cual, a partir de un estímulo, un objeto es capaz de provocar sentimientos negativos o positivos que generarán una actitud. Por otro lado, aunque las creencias pueden estar basadas en la realidad y son producto del pensamiento, pueden ser verdaderas o falsas. Estas últimas motivan las actitudes negativas. Por otro lado, “el que una forma lingüística se evalúe como correcta o incorrecta se debe solo a apreciaciones subjetivas: la corrección es social, no lingüística” (Silva-Corvalán, 1989, p. 12).
Los investigadores discrepan acerca de la relación establecida entre los componentes mencionados. Lambert (1964) considera que la creencia, la valoración y la conducta están en un mismo nivel y sostiene que la actitud de un hablante surge de la suma de las dos primeras, lo que dará lugar a la tercera. Por su parte, Rokeach (1968) entiende que la actitud es interpretada como un conjunto de creencias sobre un asunto, las cuales están formadas por la unión de los tres componentes: cognoscitivo, afectivo y
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valorativo. En consecuencia, del sistema de creencias provocado por ciertos conocimientos, valoraciones y conductas se desprenden las actitudes.
Sumamos a estas consideraciones, la afirmación que sostiene que el conjunto de actitudes y creencias lingüísticas influye tanto en los casos particulares como sobre “[las] lenguas en su totalidad, bien lenguas maternas o lenguas extranjeras que vivan o no, en la misma comunidad de habla.” (López Morales, 2004, p. 292). Agregamos también el concepto de Moreno Fernández, uien analiza la “actitud lingüística”, en tanto efecto: “manifestación social del individuo centrada y referida específicamente tanto a la lengua como al uso ue de ella se hace en sociedad” (1998, p. 345).
La existencia de los prejuicios en torno de las lenguas es un tema que ha sido analizado por diferentes lingüistas. Blas Arroyo (1999a) se ha ocupado de estudiar este concepto y ha afirmado que existe una tendencia a juzgar la procedencia social de los hablantes y su personalidad evaluando la forma en que ellos se expresan. Este autor afirma que fueron los psicólogos sociales quienes han acuñado el concepto de prejuicio lingüístico para demostrar que la forma en que se emplea el lenguaje constituye una fuente de información sobre las características sociales de sus hablantes.
Somos conscientes de que un prejuicio es una opinión previa y, generalmente, desfavorable acerca de algo que se desconoce. En el caso de los estudios lingüísticos, y tal como manifiesta Moreno Cabrera (2000), estos prejuicios están enraizados en condiciones psicológicas y cognitivas así como también, en características socioculturales. Este mismo autor entiende que ninguno de los estudios sociolingüísticos ha logrado explicar el porqué de su existencia ni su origen. Moreno Cabrera (2000) sostiene que los estudios centrados en los prejuicios lingüísticos suelen evidenciar que existen valoraciones hacia la propia lengua y hacia aquellas que son
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diferentes. Por otro lado, es frecuente descubrir juicios u opiniones acerca de lenguas que desconocemos basándonos en comparaciones o considerando los idiomas que nos resultan familiares. Por todo lo expuesto, es posible afirmar que, para Moreno Cabrera (2000), los prejuicios lingüísticos son numerosos y que la única manera de atenuarlos es por medio de una de las tareas fundamentales de los lingüistas: cuestionar la existencia de dichos prejuicios, su estructura, su funcionamiento y las circunstancias en que tienen lugar. Así también, este autor entiende que los prejuicios constituyen auténticas actitudes e implican formas de comportamiento y, por ese motivo, estudiar y conocer las lenguas y su cultura conforma el camino para eliminarlos.
Por su parte, Tusón afirma ue “el prejuicio lingüístico […] no es otra cosa ue una manifestación del racismo, orientado hacia las lenguas y los hablantes. […] Puede llevar a la exaltación de la propia lengua como la única posible y razonable” (1997, p. 7) y explica que el prejuicio más simple de enunciar radica en la afirmación de que existen lenguas fáciles y difíciles. Tal como afirma este autor, la facilidad de una lengua será indiscutible para el hablante nativo. Quienes etiquetan a una lengua como difícil no manifiestan una predisposición para aprenderla, tal vez porque estén instalados en un monolingüismo cómodo. Según este lingüista, es posible que las lenguas emparentadas con la que hablamos nos resulten más sencillas de aprender que aquellas que provienen de troncos lingüísticos diferentes.
Según Tusón (1997), otro prejuicio frecuente hace referencia a la suavidad o aspereza de una lengua, calificativos que podrán derivar en los conceptos de belleza o de fealdad. En este aspecto, juega un rol fundamental la referencia a los patrones fónicos que nos resulten familiares. Aquellos semejantes a los propios conformarán la norma y los otros diferentes, constituirán rarezas, formas extrañas o ridículas.
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Además, este mismo autor afirma que entraría en juego el número de sus hablantes. Existen en el mundo, lenguas habladas por un mayor número de hablantes que otras. Otros preconceptos suelen presentar las lenguas como primitivas o referirse a su pobreza léxica, sin tener en cuenta que una lengua tiene las palabras que sus hablantes necesitan para referirse a los objetos y los conceptos que tienen valor en su propio contexto. Justamente, Tusón (1997) sostiene que todas las lenguas tienen recursos para satisfacer sus necesidades comunicativas y, frente a la ausencia de un concepto, sus hablantes serán quienes lo creen.
Para este mismo autor, creer que las lenguas son pobres y tomar como parámetro la excelencia literaria significa poner el acento en las obras literarias escritas en dicha lengua sin tener en cuenta que es ella la que posibilita las obras y no, a la inversa. La producción literaria presupone la lengua, sus términos cotidianos, las estructuras que sus hablantes utilizan.
En relación con los prejuicios geopolíticos, este lingüista plantea que no puede afirmarse que una lengua sea más importante que otra por su oficialidad; sin embargo, sí existen argumentos que sostienen que algunos idiomas son internacionales, de comunicación o de progreso. Con este tipo de criterios, se intentan justificar las ventajas de aprender una lengua diferente de la materna. Para este autor, todas las lenguas operan como factores de comunicación y si una llegara a ser internacional, será por movimientos colonizadores o por expansiones económicas o tecnológicas. Tusón (1997) afirma que en todas las lenguas existen variedades consideradas inferiores, aunque cabe preguntarnos con qué argumento defender estas consideraciones. Hasta el momento, podemos decir que existen justificaciones políticas y sociales, basadas en la falsa creencia de que una etnia o cultura puede ser superior a otra, así como la posibilidad de
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que, dadas ciertas necesidades comerciales, se seleccione una lengua como oficial para establecer la normativa.