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5.2 Databases, Toolkits and Platforms

5.2.1 Genotator

Todos dicen I Love You

Las invitaciones estaban enviadas, los trajes elegidos, la tarta encargada y los padrinos listos, pero la marcha nupcial no sonó el 14 de junio de 1991 en el plato 14 de la Twentieth Century Fox. La boda de la década, entre Julia Roberts y Kiefer Sutherland, con un presupuesto de 500 000 dólares, se había suspendido tres días antes. Bastó una llamada telefónica por la que Elaine Goldsmith, representante de la actriz, avisó al novio de que su prometida acababa de plantarle.

estaba preparada para casarme ni Kiefer tampoco.» El actor no mereció ni siquiera una explicación y tuvo que ir enterándose por la prensa, como el resto de los mortales, de lo que estaba ocurriendo; porque Julia se negó a hablar con él y no le devolvió las llamadas telefónicas. Cada uno de ellos vivió de modo muy distinto el día que deberían haber estado prometiéndose fidelidad y amor eternos.

El novio dedicó la jornada a sacar sus cosas de la casa que había compartido la pareja. —Propiedad de Julia— y luego, a última hora, echó unas partidas de billar, pasatiempo que le encanta. Ella disfrutó de esas horas con el actor Jason Patrie, en cuyo apartamento había dormido la noche anterior. El día 15 de junio, la actriz inició, según lo previsto, su luna de miel, sólo que con su nuevo amigo. Fueron a Irlanda, donde se alojaron en la propiedad de campo del músico Adam Clayton, del grupo U-2.

Para completar el cuadro, hay que aclarar que en mayo de ese año, días después de que Julia y Kiefer hubieran anunciado su boda, el diario inglés The Sun y el semanario National Enquirer. —Ambos sensacionalistas— publicaron una entrevista con una tal Amanda Rice, bailarina de striptease, que contó que llevaba varios meses saliendo con el actor y aportó fotos junto a él en Disneylandia para demostrarlo. Hacía, además,

comentarios humillantes sobre intimidades de su competidora.

Al parecer, Kiefer se quejaba de que Julia era «en la cama, fría como un pez» y de que hacerle el amor era como acostarse con un «cadáver». La actriz estaba, según Amanda, obsesionada con su cuerpo, que no le gustaba. Un comentario que encajó con la exigencia de la estrella de emplear dobles de cuerpo para sus desnudos de Pretty Woman. Puso como razón los escrúpulos religiosos y familiares, pero muchos creen que la causa pudo ser que sus piernas resultan muy delgadas y su busto escaso para el gusto de sus compatriotas.

Se han buscado toda clase de explicaciones a la ruptura del compromiso. Unos pusieron el énfasis en el juego de dobles parejas, Kiefer-Amanda y Julia-Jason, en el que se enzarzaron. Otros lo achacaron a los celos del novio, incapaz de soportar que su futura mujer cobrara más y fuera más famosa que él. La interesada responsabilizó en

Entertainment Weekly (22 de noviembre de 1991) de lo ocurrido a la infidelidad con Amanda Rice. Persistía una duda: ¿por qué tardó tanto en reaccionar?

Su razonamiento en la entrevista era que, al principio, optó por tragarse su orgullo, pero que luego se dio cuenta de que «todo se había tornado en un chiste enorme y que ya nada iba a ser respetable, honesto y sencillo, como pudo haber sido». Hay otra explicación, la que da Aileen Joyce en Julia: The Untold Story of America’s Pretty Woman (Pinnacle, 1993); la mejor biografía que se ha publicado sobre la estrella y la obra que mejor ayuda a comprender el fenómeno Julia Roberts.

«No supo. —Deduce Joyce— hasta que lo leyó [en National Enquirer] que Kiefer había divulgado detalles íntimos de su vida en común, como las inseguridades sobre su cuerpo… Para entonces, es probable que a Julia no le importara si Kiefer se había acostado o no con Amanda Rice. Lo que contaba para ella es que la había desnudado y traicionado… qué mejor venganza que humillar a Kiefer en público, no sólo dejándole ante el altar, sino largándose del brazo de un nuevo y apuesto amante.»

La pareja se había enamorado en el invierno de 1989, en el rodaje de Línea mortal. Nada nuevo en ella, una novata con fama de liarse con sus colegas, como había hecho antes con Liam Neeson en Satisfaction y con Dylan McDermott en Magnolias de acero. Kiefer, un joven valor en alza y mucho más famoso que ella entonces, tenía reputación de bebedor y pendenciero, pero era un hombre casado, desde 1987, con Camelia Kath, trece años mayor que él, con la que tenía una hija, Sarah, y compartía una hijastra.

El actor es hijo de Donald Sutherland, aunque ha tenido poco contacto con su padre, que se divorció de su madre cuando él tenía cuatro años, para irse a vivir con Jane Fonda, de la que se enamoró filmando Klute. Kiefer, que solicitó el divorcio de Camelia para irse con Julia, relanzó su carrera, después del abandono de ésta, con el éxito de Algunos

hombres buenos y se consoló, entre otras, con Amanda Rice, la chica Bond Maryam D’Abo y Kelly Winn, con la que acabó casándose en 1996.

Durante los meses que duró su noviazgo con Julia Roberts, ésta pasó de ser una actriz popular a convertirse en la mayor estrella femenina del cine de los noventa. Kiefer la acompañó sonriente y orgulloso la primera vez que optó al Oscar, por Magnolias de acero, pero se le hizo muy duro encajar que al año siguiente volviera a competir por el galardón con Pretty Woman. Se quejaba, según desveló Amanda Rice, de que esa película hizo de ella una auténtica «princesa de hielo».

La meteórica ascensión de la actriz reflejó la tragedia de una nueva generación de actores, que alcanzaron el éxito demasiado jóvenes y no siempre debidamente preparados para soportar las enormes presiones que supone el estrellato. Eso explicó su derrumbe emocional, del que tardó casi dos años en recuperarse; el colapso nervioso que obligó a Winona Ryder a abandonar el rodaje de El Padrino III (1990) en Roma, y la sorprendente muerte de River Phoenix por sobredosis de droga.

La desilusión de Kiefer no fue, con todo, única en la historia reciente del cine. Demi Moore, por ejemplo, dejó a Emilio Estévez con las invitaciones de boda ya enviadas. El hermano de éste rompió su compromiso —anillo de diamantes incluido— con Kelly Preston, actual señora de Travolta, por la actriz porno Ginger Lynn. Robin Wright, en fin, hoy casada con Sean Penn, tenía hasta el traje de novia comprado cuando Dane

Witherspoon, compañero suyo en la teleserie Santa Bárbara, se arrepintió en el último instante.

Si la espantada de Julia fue incomprensible y jamás bien explicada, no menos misterioso fue lo que ocurrió en los meses posteriores. La actriz no sólo dejó colgado a un futuro marido al irse a Irlanda, también obligó a reajustar el rodaje de Hook, el capitán Garfio, filme de Steven Spielberg en el que era el hada Campanilla. Lo acabó a su regreso, a duras penas y por los siete millones de dólares que iba a cobrar, más de lo que había ganado con todos sus trabajos anteriores juntos.

No volvió a ponerse ante la cámara entre agosto de 1991, que acabó con Hook, el capitán Garfio, y mayo de 1993, en que comenzó a filmar El informe Pelícano. Salvo una aparición muy breve, haciendo de ella misma. —Lo que llaman en inglés un carneo— en El juego de Hollywood, cinta en la que salía también el cantante de música country Lyle Lovett, diez años mayor que ella, con el que se casó por sorpresa el 27 de junio de 1993, poco después de su regreso a la actividad profesional.

De nuevo hubo multitud de hipótesis sobre el motivo de unas vacaciones tan largas en su mejor momento profesional. Se especuló con que padecía anorexia u otro mal desconocido, con una posible dependencia de las drogas, con pánico insuperable a que su siguiente película fracasara en taquilla y hasta con una depresión profunda. Esos meses son un enigma similar al de aquellos famosos días que pasó Agatha Christie desaparecida; secreto que la escritora policíaca jamás desveló.

La estrella tampoco dio mayores explicaciones sobre el particular. Por el contrario, se mostró siempre evasiva cuando se le preguntaba por esa etapa de su existencia. «Mi trabajo es actuar —puntualizó—, no aclarar cosas ni rellenar los puntos suspensivos tras los síes, peros, porqués y cornos de mi vida… Estoy segura de que no he hecho nada malo y de

que no tengo nada que esconder.» Entre otras actividades, rompió con Jason Patrie para vivir un romance con el mujeriego Daniel Day-Lewis.

En el capítulo de los desequilibrios personales ha jugado un papel importante su familia. Nacida el 28 de octubre de 1967 en Atlanta, en el Estado sureño de Georgia, quedó marcada por el divorcio de sus padres cuando tenía tres años. Se crió en Smyrna (Georgia) con su madre, su padrastro, su hermana —Lisa— y su hermanastra —Nancy—. Su

hermano Eric, once años mayor que Julia, creció, en cambio, con su padre, que murió de cáncer cuando ella contaba diez años y cuya falta nunca ha superado por completo.

Eric estudió en la prestigiosa Royal Academy of Dramatic Art de Londres y fue el primero de los Roberts que se hizo un nombre en Hollywood. Se dio a conocer con Star 80 y optó al Oscar por El tren del infierno. Sus hermanas Lisa y Julia se iniciaron en la

interpretación gracias a él, que le buscó a ésta su primer papel en el cine, en la olvidable Blood Red (título español en vídeo, En defensa propia), como hermana suya, también en la ficción. Lo triste fue que la ascensión de Julia coincidió con el declive de él.

El mayor de los Roberts no habla con su madre desde que se enfrentaron legalmente por el testamento paterno. Además, se destrozó la cara en un accidente en 1981. Por si fuera poco, tiene problemas de alcohol y drogas, y le han detenido varias veces. Rompió con su novia, Kelly Cunningham, en 1991, tras una riña doméstica, y Julia pagó a un abogado para que Kelly conservara la custodia de su sobrina Emma. En 1995, Eric fue detenido de nuevo por pegar a su esposa, Eliza.

A Julia tampoco le ha ido bien en amores. El 28 de marzo de 1995 anunció su separación de Lyle Lovett. En los veintiún meses que duró su matrimonio, que no tuvo luna de miel, nunca llegó a vivir con su marido y sólo le vio siete semanas en los ocho primeros meses de casados. En contra de la versión oficial, la pareja no se había conocido rodando El juego de Hollywood, en el verano de 1991, sino tres semanas antes de la boda. Su sueño de infancia de formar una familia se desvaneció.

Su carrera, que alterna fiascos y éxitos, sigue una trayectoria imprevisible y hace tiempo que interesan más sus romances que su trabajo. Lo que no ha perdido es su sentido del humor y aún bromea sobre esta circunstancia. «Lo más encantador de mi vida

sentimental es que no me obliga a salir de casa —ha dicho—. Todo lo que tengo que hacer es limitarme a leer la prensa.» Es de desear que la buena noticia de un día no muy lejano sea que ha hallado, al fin, la felicidad.

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